Agosto: Mes del Inmaculado Corazón de María | Día 5


Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

(para todos los días)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.

“Que al Corazón de la Santísima Virgen se le llama con propiedad Corazón admirable, por ser un abismo de maravillas. Que nadie, a excepción de su Hijo Jesús, las conoce perfectamente, ni puede hablar dignamente de ellas”.

Día 5

No sin motivo, ciertamente, llama el Espíritu Santo a la Virgen bienaventurada: “Signum magnum”, milagro estupendo. Y con toda propiedad los Santos Padres la atribuyen y refieren de Ella un sin fin de parecidas cualidades.

San Ignacio mártir, la llama «prodigio del Cielo, sagrado y muy sagrado espectáculo, digno de los ojos de Dios y de la justa admiración de los hombres y de los Ángeles«. San Germán, patriarca de Constantinopla se expresa en estos términos: «Todo es en vos maravilloso, todo grande. ¡Oh Madre de Dios!, y vuestras maravillas superan todo pensar y decir».

¿No oís a San Juan Crisóstomo publicar a todos los vientos que esta divina Virgen ha sido y será eternamente Magnum miraculum, “un magno milagro”? (Sermo De Virgine). San Epifanio nos anuncia que María es «maravilloso misterio de Cielos y tierra, y prodigioso milagro digno de extasiar al universo mundo».

«¡Oh Virgen sacratísima» -sigue diciendo este Santo Padre-, «Vos habéis puesto en arrobamiento a los ejércitos todos de Ángeles; porque ver una mujer vestida de sol en el cielo, es un prodigio que arroba a todos los habitantes del Cielo; ver a una mujer en la tierra llevar al sol entre sus brazos es una maravilla digna de extasiar a todo el universo» (Sermo De Laudibus Deiparae).

San Basilio, Obispo de Seleucia, habla de este modo: “Jamás vi  sobre la tierra un prodigio que haya tenido algún parecido: un Hijo que es Padre de su Madre, un Hijo que es infinitamente de más edad que la Madre que lo dio a luz”. Están resonando en mis oídos las palabras de San Juan Damasceno, cuando nos declara que la Madre del Salvador es “El milagro de los milagros”; “tesoro y fuente de milagros”; “abismo de prodigios”; y que si el divino Poder ha hecho infinidad de obras maravillosas anteriormente a la Virgen, no venían a ser, por así decirlo, más que pequeños ensayos y preparativos hasta llegar al milagro de los milagros que se ha cumplido en esta divina Virgen.

Era menester que se sucediesen todos estos milagros para llegar a la maravilla de las maravillas. Y por fin San Andrés, Arzobispo de Candía, nos asevera que, después de Dios, María es el hontanar de todas las maravillas que han venido verificándose en el universo; y que Dios ha hecho en Ella tales y tan numerosas maravillas, que sólo Él es capaz de conocerlas perfectamente y alabarlas como se merecen.

Preparación para la Fiesta de la Asunción

(Pequeña Cuaresma de la Madre de Dios del rito Bizantino)

A la Purísima acudamos con ánimo, oh miserables pecadores, postrémonos con contrición clamándole desde el fondo del ser:

Señora, auxílianos con tu dulce ternura; no tardes ya, pues las culpas nos están acabando.

No dejes ir frustrados a tus siervos, pues tú eres su esperanza única.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

Amén.

Oh Madre de Dios, jamás dejaremos los indignos de exaltar tus grandezas,

pues si tú no rogaras por nosotros, ¿quién, de los profusos males, nos libraría? o

¿quién, hasta ahora, libres nos conservaría?

No nos apartaremos de ti, Señora que rescatas a tus siervos de toda adversidad.

 Amén.