Agosto: Mes del Inmaculado Corazón de María | Día 20

Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

(para todos los días)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.

Oraciones para cada día del mes

“Que al Corazón de la Santísima Virgen se le llama con propiedad Corazón admirable, por ser un abismo de maravillas. Que nadie, a excepción de su Hijo Jesús, las conoce perfectamente, ni puede hablar dignamente de ellas”.

Día 20

¿Quién dudará de que el Espíritu de Jesús no se halle plenamente viviente en todas las partes del Cuerpo de su divina Madre -la más noble y perfecta de las vidas-, como en el más noble y excelente de entre sus miembros? ¿A quién le cabe dudar de que este Sagrado Cuerpo no se vea amado, poseído y regido por este mismo Espíritu como por su propia alma? ¿Quién puede dudar de que Dios no se vea más honrado en este Cuerpo de la Virgen Madre, que en todos los cuerpos restantes y en todos los espíritus aun los más santos del Cielo y de la tierra? ¿Quién puede dudar, en fin, de que esta fidelísima Virgen no haya glorificado a Dios en su Cuerpo, de todas las formas posibles?

Le ha glorificado con la práctica de las palabras de San Pablo, mucho antes de que fuesen proferidas: “Mortificad vuestros miembros”; pues la Virgen ha mortificado de continuo los suyos con ayunos, abstinencias y otras maceraciones, y por una perfecta privación de las satisfacciones de la naturaleza: no comiendo, no bebiendo, ni durmiendo, ni tomando recreación alguna para satisfacción de los sentidos, sino por sola necesidad, y para obedecer a la divina Voluntad, que gobernaba enteramente su Alma y su Cuerpo y en todas las cosas.

Le ha glorificado por el santísimo empleo que hizo de sus miembros y sentimientos, sirviéndose de ellos tan sólo para gloria de Dios y cumplimiento de su santísima Voluntad.

Le ha glorificado por el ejercicio continuo en toda clase de virtudes de toda especie, que tenían puesto sus reales no sólo en su Alma, sino también en sus sentidos y en los miembros todos de su Cuerpo.

“Bien la habéis podido ver siempre gozosa en sus sufrimientos -dice San Ignacio Mártir-, fuerte en las aflicciones, contenta en la pobreza, dispuesta a servir a todos, aun a los mismos que la afligían, sin darles muestras nunca de frialdad y alejamiento. Era moderada en la prosperidad, tranquila y ecuánime siempre. Su compasión compasiva con los apenados, esforzada en oponerse a los vicios, constante en sus santas empresas, infatigable en sus trabajos, invencible en la defensa de la religión”.

¿Qué palabras habría yo de emplear -exclama San Juan Damasceno- para expresar la gravedad de vuestro andar, la modestia de vuestros vestidos, lo gracioso de vuestro semblante? Vuestro vestido era siempre honesto, vuestro andar grave y acompasado, muy lejos de la ligereza; vuestra conversación era dulcemente grave y dulce con gravedad; vos huíais en lo posible el trato con los hombres, erais obedientísima y humildísima, no obstante vuestra contemplación tan elevada; en una palabra, fuiste siempre la mansión de la Divinidad”.