Agosto: Mes del Inmaculado Corazón de María | Día 19

Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

(para todos los días)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.

Oraciones para cada día del mes

“Que al Corazón de la Santísima Virgen se le llama con propiedad Corazón admirable, por ser un abismo de maravillas. Que nadie, a excepción de su Hijo Jesús, las conoce perfectamente, ni puede hablar dignamente de ellas”.

Día 19

Y he aquí la cuarta excelencia del Sagrado Cuerpo de la Madre del Santo de los santos, que consiste en haber cumplido a perfección el mandamiento que Dios nos enseña por su Apóstol con estas palabras: “Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo”; y que Ella comenzó a poner en práctica mucho antes de que se pronunciasen.

Queriendo dar a conocer el Espíritu Santo a todos los cristianos que la voluntad de Dios es su santificación, no sólo en sus almas mas también en sus cuerpos, en los que han de llevarle y glorificarle, les comunica por boca de San Pablo: “Que deben ser en cuerpo y alma, como vasos honorables y santos, útiles al servicio del soberano Señor de todas las cosas, y dispuestos a toda clase de buenas obras”.

Que sus miembros deben ser como armas de justicia y de santidad en manos de Dios, de que pueda servirse Él para combatir y vencer a su enemigo, el pecado, y para santificarles.

Que sus cuerpos deben ser hostias vivas, santas, agradables a Dios y dignas de ser inmoladas a gloria de su Divina Majestad.

Que esos mismos cuerpos deben ser templos del Dios vivo.

Que son miembros de Jesucristo, hueso de sus huesos, carne de su carne, porción del mismo, y sus santas reliquias; y en consecuencia, deben vivir animados de su espíritu, vivir su vida, y hallarse revestidos de su santidad; y que el Hijo de Dios debe vivir no sólo en sus almas, sino también en sus cuerpos; y que debe aparecer su vida en nuestra carne mortal.

Ahora bien; si un cuerpo de muerte, y una carne de pecado como es la nuestra, están obligados a llevar realmente todas estas santas cualidades y estar adornados de tan grande santidad, ¿cómo puede dudarse que el virginal Cuerpo de la Madre de Dios no se halle poseído de tan sublime perfección, y que no haya experimentado tales efectos en sumo grado?

¿No es cierto que este Cuerpo Bienaventurado es vaso purísimo y utilísimo para gloria de su Hacedor, y es asimismo el más cumplido en frutos de buenas obras como jamás se hayan dado?

¿No es cierto que después de la Víctima adorable, inmolada en la Cruz, nada más santo ha podido ofrecerse nunca a Dios que el purísimo Cuerpo de la Reina de los Santos?

¿No es cierto que es el más augusto y el más digno templo de la divinidad, después del Sacratísimo Cuerpo del Hijo de Dios?

¿No es cierto que es el primero y más noble miembro del Cuerpo Místico de Jesús?

Y ¿quién podrá referir el ornato y lustre que la casa de Dios recibe de este precioso y admirable vaso? ¿Quién podrá pensar en la gloria que recibe la Santísima Trinidad en este santo templo, con el sacrificio de esta hostia incomparable?