Acadia: Genocidio católico


Existe una Nación que sufrió persecución, abandono y grandes pérdidas. Hoy nadie se acuerda, y mucho menos se intenta reparar la herida…

Existió una vez un país llamado Acadia del que hoy apenas quedan unos pocos rastros. El prolífico y abundante lugar no figura ya más en los mapas tras el duro desenlace del odio religioso contra los católicos que destruyó una obra indiscutiblemente maravillosa.

Hay que remontarse a los viejos mapas de América del Norte de los siglos XVII y XVIII para encontrar su nombre escrito. Acadia era entonces una colonia francesa, fundada en 1604 por Pierre du Guast de Monts. Su capital era Port Royal, hasta que, en 1613, los ingreses la destruyeron. Jamás se recuerda lo que aconteció ni se desagravia a la pobre gente que sufrió tanto dolor y humillación…

Sin embargo, y a pesar del silencio posterior, los acadienses existieron y aún hoy quedan descendientes desperdigados por el mundo e incluso se han vuelto a sentar bases después de muchos años de aquel funesto evento.

 

Acadia tiene una bandera: la tricolor francesa, con la estrella dorada de la Virgen sobre el azul. Tiene también un himno nacional, Ave Mari Stella, y una fiesta nacional, que se celebra el 15 de agosto (día de la Asunción de la Virgen).

El contexto histórico europeo

Las evoluciones político sociales que venían afectando el acontecer de Europa en los últimos siglos, estaban fuertemente marcadas por elementos ideológicos y religiosos. El enfrentamiento sangriento entre las distintas casas europeas a partir de la pseudo reforma protestante en 1500 había opuesto las coronas al dividirlas entre protestantes y católicos.

Gracias a los incentivos y llamados que Martín Lutero, Calvino y Zwinglio los príncipes alemanes se lanzaron en una campaña de rapiñaje y expropiaciones verdaderamente salvaje. Todos los bienes eclesiásticos fueron traspasados a los poderosos que apoyaban la causa protestante. Expulsados de sus parroquias y monasterios, los católicos y religiosos en general fueron masacrados o exiliados si tuvieron más suerte.

Así, las motivaciones religiosas se unieron a la ambición y la codicia que tomaron por la fuerza e injustamente los bienes y propiedades católicas en los países donde la Reforma se había introducido generando una bola de nieve que creció y creció hasta aplastar sus respectivos países. La situación religiosa se combinaba, entonces, con motivaciones políticas y viejas riñas fronterizas, formando un «unum» globalizador donde no se podían apreciar bien las líneas de división entre una u otra motivación.

Dentro de este panorama, las grandes potencias europeas se enfrentaban dentro del viejo continente y en sus colonias. Ningún rincón de la tierra quedó ajeno al conflicto. España, Francia e Italia luchaban por la causa católica. Alemania, Holanda e Inglaterra lo hacían por la protestante.

Para apreciar mejor este conflicto basta pensar en el fenómeno de la piratería en que las naciones destruían la potencia naval del enemigo tanto por iniciativa privada (piratas) como por empresas estatales de rapiñaje (corsarios y filibusteros). Por lo mismo, creemos importante recalcar que aún el aspecto más insignificante de la vida de aquella época estaba marcado por el conflicto religioso, no excluyendo ni siquiera al arte o la economía.

Francia e Inglaterra se enfrentaban enconadamente dondequiera que pudiesen tener contacto sus intereses. Ya en 1600 el Sagrado Corazón de Jesús se lamentaba por la apostasía inglesa y prometía «al amado y buen rey Luís XIV» el triunfo en sus batallas si hacía grabar el emblema del Sagrado Corazón en sus armas.

Sin embargo, con el pasar del tiempo la vivencia de la fe que Cristo nos legó fue decayendo con el romanticismo y el pragmatismo de una vida diluida en especulaciones de negocios, materialismo, naturalismo, etc.

Acadia, contra toda tendencia de la época, ingresa al escenario como un molestísimo punto doloroso, una suerte de espina en el talón del protestantismo, a causa de su militancia católica, su coherencia de vida y la pureza de una fe sentida y vivida colectivamente. Vendrá a ser, entonces, una nueva Vandée.

Historia de Acadia

Desde la destrucción de Port Royal en 1613, Acadia cambió de manos después de cada guerra y de cada tratado de paz: anexionada por los ingleses durante 1628, francesa de nuevo en 1632, inglesa en 1654, francesa en 1667…Mientras, con una enorme tenacidad, campesinos, pescadores, soldados y clérigos franceses la iban colonizando.

En 1710, los protestantes británicos conquistaron la parte más poblada, una península a la que llamaron Nueva Escocia. Y esta vez se quedaron. Prometieron respetar los bienes de los acadienses, pero en 1755, ante la inminencia de una guerra contra Francia, el gobernador anglicano Lawrence tomó una resolución terrible:

 

Lectura del acta. Wikimedia Commons.

El 10 de septiembre, comenzó la deportación: las familias católicas, atacadas por el odio religioso de los ingleses, fueron obligadas a dejarlo todo en pocas horas, mientras casas, granjas, molinos, iglesias y cosechas eran incendiadas. Miles de acadienses debieron marchar, con sus familias rotas para siempre: mujeres y niños por un lado, y hombres por otro, fueron embarcados y diseminados por las Trece Colonias, llevados cautivos a Inglaterra o deportados a Francia.

Cerca de 6.000 fueron los exiliados desde Port Royal, Grand Pre, y Beaubassin en 1755. Esta primera expulsión tuvo por destino algunas colonias norteamericanas e Inglaterra (vía Virginia). Más de 3.000 personas más siguieron el destierro después de la caída de Louisbourg en 1758. En esta segunda partida, fueron enviados a Francia. Entre 1755 y 1758, los acadienses migraron a muchos otros lugares.

Los que podían escapar, se refugiaban en las zonas todavía francesas: las islas de Saint Jean – Príncipe Eduardo – y cabo Bretón. Otros buscaron asilo mucho más lejos, en Martinica, Guayana, Haití y hasta en las islas Malvinas. De los diez mil acadienses, nueve mil sufrieron deportación o exilio. Fue lo que todavía hoy llaman el Gran Dérangement; es decir, el «Gran Desorden«.

Entre las colonias norteamericanas a las que llegaron están: Connecticut, Georgia, Maryland, Massachusetts, Nueva York, Pennsylvania y South Carolina. Otros lugares entre Europa y Canadá fueron: Inglaterra, Quebec, New Brunswick, Isla Príncipe Eduardo, Nueva Escocia y Francia. Finalmente, entre destinos estaban las colonias francesas de: Santo Domingo, Martinica, Guyana Francesa, Islas Falkland, St. Pierre y Miguelon y Louisiana.

Poco después, por el Tratado de París de 1763, los británicos se hicieron con el resto del Canadá francés. Acadia había desaparecido de los mapas, pero permaneció grabada en las memorias.

Y sucedió algo inaudito: desde todos los lugares de su exilio, los acadienses comenzaron a regresar, con cuentagotas, burlando las prohibiciones británicas. Una tradición afirma que los primeros colonos habían encontrado este país tan bello y fértil, que lo llamaron Arcadie – Arcadia – en recuerdo de la feliz región de Grecia, y que, con los años, el nombre perdió su erre. Fue la nostalgia de ese país feliz, de sus familias y amigos lo que impulsó a tantos a volver hacia sus antiguos hogares.

Hoy, los acadienses suman un diez por ciento de la población total de Nueva Escocia – la llamada Vieja Acadia – y hasta un tercio de los 738.000 habitantes de Nuevo Brunswick. Conservan viva la memoria de su pasado, su cultura, su lengua – un francés arcaico, repleto de palabras inglesas – y su religión católica.

Historia de un testigo

Una mujer Acadiense que estuvo allí contó lo que ocurrió durante la deportación. Fue escrita por Thomas Miller para el Registro Histórico y Genealógico de los primeros colonos del Condado de Colchester.

En el segundo día de septiembre de 1755, los habitantes franceses del Pueblo de Cobequid (ahora Masstown), en el lado norte de la bahía, y parte superior del Municipio de Londonderry, estaban comprometidos en sus trabajos de campo, que que era tiempo de cosecha.

Con la marea de la tarde se vieron tres navíos aproximarse a la Bahía. Dos de ellos se prepararon para anclar, uno opuesto el Pueblo, y el otro en Bajo Cobequid, mientras el tercero iba más allá a la orilla. La curiosidad era grande. ¡Quienes eran ellos, y adónde iban! Su curiosidad todavía se elevó por la apariencia de una persona que los informó del siguiente aviso ~ como anunciado en la puerta de la Iglesia:

«A los habitantes del Pueblo de Cobequid, y las orillas circundantes, para hombres jóvenes, muchachos y viejos, ordenamos a todos asistir a la Iglesia el próximo día a las tres POSTMERIDIANO y oír lo que se les tiene que decir». Firmado por John Winslow.

Entretanto los marineros llegaron a tierra, y los granjeros les proporcionaron leche gratis, y todo lo que quisieron. Las pequeñas partidas de Soldados que llegaron, charlaron con las personas, examinaron sus granjas, o se paseó por las tierras altas en busca de perdices, y en la tarde del tercer día de septiembre se unieron a las personas cuando tuvieron que asistir a la Iglesia.

Cuando llegaron a la Iglesia, para su gran asombro, la encontraron rodeada por soldados que contestaron sus preguntas apuntando con sus bayonetas y ordenándoles que se fueran a casa. Se encontraron con muchas de las mujeres de las casas más cercanas a la Iglesia, ansiosas y tristes por la detención de sus amigos. Al alba se leyó el siguiente aviso colocado en el cerco opuesto a la Iglesia:

»Cobequid, 4 de septiembre de 1755. Todos los funcionarios, Soldados, y Marineros empleados en el Servicio de Su Majestad, así como todos sus súbditos por la presente son notificados de que todo el ganado, caballos, ovejas, cabras, cerdos, y pollos de cada tipo que se suponía que eran de los habitantes franceses de esta Provincia, ha sido confiscado por Su Majestad de cuya propiedad es todo ahora.

Sólo pueden cuidar pero no herir, destruir, o matar a cualquiera de los animales nombrados anteriormente, ni robar huertos o jardines, ni provocar pérdidas de algo en estos distritos, sin especial orden dada en mi campamento, el día y lugar a ser publicado a través del Campamento, y en el Pueblo dónde se encuentran los barcos. Firmado por John Winslow, Comandante en Jefe.»

Cuando las personas leyeron este aviso quedaron mudos del terror; la muerte los miró fijamente a la cara. En el entretanto trescientos hombres y muchachos se encontraron prisioneros en su propia Iglesia. Algunos de los muchachos gritaron alto, algunos intentaron forzar la puerta, pero se intimidaron por los mosquetes de sus guardias. El día amaneció sobre los infelices prisioneros; ellos deseaban que les permitiesen volver con sus familias para la comida; esto les fue negado, pero a sus familias les pidieron que les proporcionaran comida.

Unos pocos prisioneros fueron enviados fuera durante el día para informar a aquéllos que el estaban a una distancia de la Iglesia que si no se rendían inmediatamente, sus casas serían quemadas y se dispararía a sus amigos más cercanos. Uno de estos mensajeros intentó escapar; le dispararon, y le prendieron fuego a la casa y el granero. Así, el trabajo de destrucción comenzó.

Alrededor de 200 mujeres casadas y más de 100 mujeres jóvenes, además de los niños, recibieron la orden de colectar lo que pudieran de ropa, y se prepararan para embarcar. En vano los hombres rogaron por saber a dónde se irían, ninguna respuesta fue dada. Al mediodía del 5 de septiembre, la playa tenía cajas, cestos y bultos apilados; detrás de éstos, había multitud de mujeres y niños llorando; los niños lloraban por sus madres, y las madres buscaban a sus niños; los hombres enfermos y las mujeres postradas fueron llevados por doncellas fuertes.

Un poco antes del acantilado los prisioneros de la iglesia recibieron la orden de formar seis grupos y marchar al lugar de embarco; ellos se negaron a obedecer la orden. A las tropas les ordenaron que arreglaran bayonetas y avanzaran delante de los prisioneros. Este acto produjo obediencia, y ellos comenzaron a marchar.

Cuando llegaron a la playa, y vieron su propiedad, sus madres, esposas, niños, y hermanas arrodillados a cada lado del camino, un lamento largo, fuerte de angustia salió de ellos a causa de ser echados así de repente fuera de sus casas y hogares, el lugar de su nacimiento, sus campos, que estaban cubiertos entonces con las cosechas de la estación con parte del trigo cortado, y el resto listo por cortar, y ser separados de sus esposas y familias, dejando atrás su Iglesia y las tumbas de sus parientes, ser dispersados entre los extraños de una tierra extraña, entre personas cuyas costumbres, leyes, idioma, y religión estaban fuertemente opuestas a las suyas.

Las mujeres fueron obligadas la misma tarde a embarcar en otra nave. Aproximadamente a medianoche todos estaban a bordo, excepto una o dos mujeres que habían escapado para visitar sus desamparadas casas la próxima mañana, y fueron testigos del triste estrago que habían hecho la noche anterior algunos de los soldados británicos que permanecían prendiendo fuego a varias casas del pueblo. Entre éstas estaba la Capilla, de 100 pies de longitud por 40 pies de ancho, que contenía una gran y pesada campana.

La nave de transporte con los hombres a bordo bajó a la boca del Río de Avon, y allí esperó el otro barco a bordo del cual estaban las mujeres y los niños. Al alba ya estaba a la vista, y navegaron bajo la Bahía con la carga más triste a bordo que jamás haya navegado fuera de Cobequid; y cuando los navíos destacaban para pasar Blomidon, el tercer barco que había zarpado más allá de la Bahía se les unió, cargado con los habitantes franceses que aquí recogió de los lugares llamados Onslow, Truro, Clifton, y Selma.

Con un viento favorable estos miserables, sin hogar, vagabundos sin casa, perdieron de vista el lugar de su nacimiento; la noche escondió para siempre de su vista las montañas azules de Cobequid.

Puede aquí mencionarse que mientras los habitantes franceses de Truro fueron cazados por los soldados británicos como la perdiz en la montaña, algunos de ellos huyeron a un escondite, y acamparon en los bosques sobre el Río Salmón, en lo profundo del arroyo, el Sr. William Murray había puesto sus molinos recientemente, y de esto el arroyo tomó su nombre como el Arroyo del Pueblo francés.

Uno de las mujeres que habían escapado, o se habían dejado atrás a causa de que el barco estaba sobrecargado, volvió esa noche a su lugar anterior de morada, y allí permaneció durante la noche totalmente inconsciente. Por la mañana, cuando recuperó la conciencia, estaba demasiado débil para tenerse en pie; esto fue algunas horas antes de que ella comprendiera por completo los horrores de su situación. Después de un tiempo pudo arrastrarse a la puerta, y allí la escena que la rodeó era temible. El primer objeto que miró fue la Iglesia, la bonita Casa de Misa, un montón de ruinas teñidas de negro.

Ella tomó el sentido de su abandonada situación por su vaca que se le acercó, mientras mugía para ser ordeñada. Entonces ordeñó su vaca y tomó algo de la leche con una corteza de pan que la reavivó tanto que partió para ver si podía encontrar a cualquiera que permaneciese en el pueblo; pero no había nadie para ser encontrado. El ganado había irrumpido en los campos, y estaba comiendo el trigo; los caballos estaban corriendo en manadas a través de los campos.

En la tarde de ese día, las vacas y cabras ascendieron a su lugar de ordeñe acostumbrado, y mugieron las vacas alrededor del porquero desértico, todavía atados al chillante redil con hambre; y los bueyes, esperaban la mano del amo que los liberase del yugo (habían sido usados en el transporte de los bienes hasta los barcos) bramando en la agonía del hambre; se engancharon y lucharon entre sí, corriendo a través del pantano, arruinando las carretas o dando volteretas en las regueras, hasta que la muerte acabara con sus sufrimientos.Los cerdos estaban buscando en los jardines.

Ella se sentó en el peldaño mirando la desolación del Pueblo, cuando un indio se la acercó y le dijo que viniera con él. Ella inquirió por el destino de su gente. «Se han ido,» dijo él, «todos se han ido,» apuntando abajo a la Bahía; «las personas de todas partes están prisioneras; vea el humo subir, ellos quemarán todo aquí esta noche». Luego le ayudó a recoger algunas de las más valiosas cosas que quedaron. El indio la llevó entonces a su aldea, cerca del borde del bosque, aquí ella encontró alrededor de una docena de su gente, el remanente que quedó de lo que era una vez la colonia feliz del pueblo de Cobequid (ahora Masstown).

Ellos esperaron en los bosques al lado norte de la Bahía por más de un mes para ver si más rezagados podían encontrarse antes de que empezaran a ir a Miramichi. En ese tiempo se reunieron aproximadamente veinte de los habitantes franceses que habían escapado de Annapolis. Estas personas les informaron eso: las casas y cosechas en Annapolis fueron quemadas por los soldados que habían sido enviados al río para traerlos a las naves. Algunos huyeron a los bosques; algunos, además de esta partida, cruzaron la Bahía, pensando pasar a Miramichi por los bosques.

Tras otra semana de viaje, ellos se encontraron con un grupo que había escapado de Shepoudie (ahora llamó Shubenacadie). De estas personas supieron que fueron incendiados aproximadamente doscientos cincuenta edificios a lo largo de los lados del río.

El reconocimiento nunca llega…

La antigua época en que el pueblo militante católico iba colectivamente a misa, creaba formas de arte nuevas hasta entonces, hacía comidas totalmente exóticas y atractivas y llevaban una saludable y bella vida familiar campestre habían quedado atrás.

El crimen de los cajunes (como son llamados los habitantes de Acadia) fue haber sido católicos en un tiempo en que se permitió que la intolerancia asesina de algunos protestantes que no podían soportar que gente honrada y piadosa practicara la religión que ellos deformaron horriblemente, se desatara provocando todo tipo de estragos.

De no ser maldad la que medió en esta tragedia… ¿por qué separar familias que durante años en unos casos y por el resto de su vida en otros no pudieron volver a encontrarse y permanecer unidos? ¿cuál fue la perversión en la mente y el corazón de aquellos que decidieron despojar a los inocentes acadienses de sus tierras, de sus costumbres, de su idioma, de su familia y de sus bienes?

¿Es posible que mientras este tipo de cosas ocurrieron y aun hoy siguen ocurriendo de una u otra forma a la cristiandad nadie pida perdón, nadie repare lo que se ha hecho a tantos sufrientes y tantos mártires como han existido? ¿Qué pasa con nuestros pequeños y grandes holocaustos que nadie siquiera recuerda o considera?

Acadia, tierra de trabajo, de esfuerzos, de piedad y de gloria a Dios, tuvo que sufrir la persecución, el robo e incluso desaparecer de los mapas para no incomodar a cierta gente que encima tiene el descaro de exigir disculpas por parte de nuestra Santa Madre Iglesia.

Algo tiene que cambiar… ¿no es así?

http://web.archive.org/web/20030111040740fw_/http://www.cristiandad.org/investigaciones/acadia.htm