9 de Junio: Beata Ana María Taigi


Beata Ana María Taigi

Beata Ana María Taigi, nacida Anna Maria Giannetti, fue profesa católica italiana de los trinitarios seculares. Se casó con Domingo Taigi, persona un tanto impulsiva, aunque dedicada a su esposa, que experimentó una serie de éxtasis durante su vida.La beata Ana María Taigi se convirtió en trinitaria después de experimentar una repentina conversión religiosa en el invierno de 1790 mientras estaba en la Basílica de San Pedro y entró en contacto con una serie de cardenales y luminarias que incluían a Vincent Strambi y al obispo Benedict Joseph Flaget, entre otros.


Día celebración: 9 de Junio.
Lugar de origen: Sena de Toscana, Italia.
Fecha de nacimiento: 29 de mayo de 1769.
Fecha de su muerte: 9 de junio de 1837.
Santo Patrono de: Acción Católica de Italia, esposas, madres y víctimas de abuso verbal por parte de su esposo. Terciarios trinitarios


Contenido

– Introducción
– Ana María Terciaria
– El Sol milagroso
– Sus padecimientos
– Hija, madre y esposa
– Su trabajo y abnegación
– Otros favores celestiales | Su muerte
– Oración a la Beata Ana María Taigi


Introducción

Esta «Santa» nació en Sena de Toscana el 29 de mayo de 1769. Por reveses de fortuna, abandonaron sus padres la patria que los vio nacer y, a pie, como mendigos, fueron a Roma para ocultar su miseria y buscar trabajo. Vivieron en la calle de las Vírgenes, no lejos de la iglesia de Santa María de los Montes, donde conocieron a San Benito José Labre.

El padre, Luis Gianetti, se colocó de criado en una buena casa. La madre, María Masi, se las ingenió para hallar ocupación entre diversas familias, y la niña, de sólo cinco años, fue admitida gratuitamente en las «Maestre pie» (Maestras pías) de la vía Graciosa.

Ana María era una niña encantadora, de una distinción poco común entre las niñas del pueblo, inteligente, viva, siempre alegre y sonriente. La piedad sobrepujaba en ella a los encantos de la juventud, que transcurrió en la mayor inocencia. A los trece años se colocó en un obrador con el encargo de devanar seda, y seis años después entró de camarera en el palacio Mutti, donde estaba sirviendo su padre. Allí conoció a Domingo Taigi, criado también del palacio Chigi, con quien se casó después de haber rogado al Señor la hiciese conocer su voluntad, y consultado el parecer de sus padres y de su confesor.

Frisaba entonces en los veintiún años cuando se celebró el casamiento en la iglesia parroquial de San Marcelo, el 7 de enero de 1790. En este día, Ana María hizo a Dios el sacrificio completo e irrevocable de su propia voluntad en manos del que el Cielo le deparaba de esta suerte por compañero de su vida.

No fue este joven matrimonio en sus comienzos lo que suele decirse un matrimonio bien avenido, pues los caracteres, los gustos, las costumbres de ambos esposos, eran bastan te diferentes; mediaba casi un abismo entre la delicadeza de Ana María y la tosquedad de Domingo; ella, pronta para concebir las cosas; su marido, lento en comprenderlas; María era amable y fácil de contentar; Domingo, testarudo y violento, aunque piadoso, amante del deber y de corazón grande.

Su unión fue dichosa. Gustaba a Domingo presentarse en público con su joven esposa, elegante y bien trajeada. Aunque pobre, le había comprado, según era costumbre, algunos atavíos un tan to vistosos, y Ana María, para complacerle, se abandonó algún tiempo a ligeras vanidades. Pero muy pronto asaltaron la delicadeza de su alma crueles inquietudes.

Ana María Terciaria

Un día, impulsada por la gracia, fue llorando a confiar sus remordimientos a un sacerdote de la iglesia de San Marcelo. Allí tomó la resolución de no vivir más que para Dios y llegar a ser una santa. Vuelta a casa, se flageló ásperamente y, renunciando desde aquel momento a sus mundanos adornos, se vistió como una mujer del pueblo un vestido sencillo y tosco. Sentía la necesidad de acercarse todavía más a Dios; para ello franqueó de par en par su corazón a su confesor el padre Angelo.

— Siento en mi un deseo vivísimo de ofrendarme al Señor — le dijo—, de manera que le pertenezca sin reserva, y ponerme en su divina presencia como una víctima expiatoria por tantos pecados como se comenten en el mundo.

Alabó el confesor tan santas aspiraciones y le recomendó obtuviera de su marido el permiso de hacerse Terciaria. «Sí. seguramente — le dijo— que Dios la quiere así, es decir, religiosa en medio del siglo».

Muy devota de la Santísima Trinidad , logró de su esposo licencia de vestir el hábito de Terciaria de las Trinitarias descalzas, y desde esa fecha sus oraciones fueron más largas, más rigurosas sus penitencias y más absoluta su fidelidad a todos los deberes de la mujer cristiana. También desde entonces la favoreció Nuestro Señor con esas intimidades que concedió en otro tiempo a Santa Catalina de Sena, a Santa Teresa de Jesús y a tantas otras Santas.

El Sol milagroso

Dios obró en favor de su fiel sierva un milagro, único en su género, cuyos efectos se manifestaron de continuo durante cuarenta y siete años, que fue el resto de su santa vida. Le concedió la visión permanente de un globo luminoso, en el cual leía las diversas necesidades de las almas que ella quería socorrer, el estado espiritual de los pecadores, los peligros que amenazaban a la Iglesia; en una palabra, todo aquello por lo que ella se había ofrecido como víctima expiatoria.

Era un disco resplandeciente del tamaño del Sol natural, rodeado de rayos, los superiores terminaban por una corona de espinas entrelazadas, de cuyos dos extremos salían sendas espinas muy largas, cuyas puntas arqueadas se cruzaban debajo del disco y aparecían por ambos lados de los rayos. En el centro se hallaba majestuosamente sentada una matrona hermosa con los ojos elevados hacia el cielo y en actitud de extática contemplación.

La beata Ana María Taigi vio por vez primera este raro fenómeno al poco tiempo de su admisión como Terciaria Trinitaria, después de una sangrienta disciplina que acababa de imponerse. A su vista quedó sobrecogida, temiendo no fuese ilusión y engaño del demonio; se apresuró a comunicárselo a sus directores espirituales, a quienes nada tenía oculto, y, tan to ellos como el mismo Dios en sus comunicaciones íntimas, la tranquilizaron.

Reparó que la luz, por deslumbradora que fuese, presentaba sin embargo algunas sombras; al mismo tiempo una voz interior le hizo saber que esta claridad aumentaría su brillo según ella purificara más y más su corazón. Fue el acicate que le impulsó to da su vida a correr con nuevos bríos por el camino de la santidad. Puede decirse — con Luis Veuillot— que allí veía ella todas las cosas: las pasadas, las presentes y las venideras, todas se mostraban a su inteligencia con todas sus circunstancias.

En cualquier momento del día podía echar un a mirada sobre aquel sol siempre presente; pero era sobre todo por la noche, en las prolongadas horas de vigilia, durante las cuales la piadosa mujer rezaba sus oraciones acostumbradas, cuando Dios ponía ante su vista figuras naturales o alegóricas. A menudo le daba Dios la explicación, otras veces la dejaba en la ignorancia; pero, no obstante, quería que lo anotara , porque algún día el acontecimiento se lo haría comprender.

Si la beata Ana María Taigi deseaba ver en el sol un objeto determinado, por ejemplo, la respuesta a una pregunta que se le había hecho, el estado de un alma por la que quería rezar, desaparecía toda imagen extraña y el objeto buscado se presentaba inmediatamente.

De todas las clases sociales: gente del pueblo, religiosos, prelados y príncipes de la Iglesia, hombres políticos, acudían a consultarla. Un diplomático francés, a quien ella reveló los secretos de la política europea, como los de la conciencia de él, decía: «Tiene el mundo entero ante sus ojos, como tengo yo mi petaca en la mano».

Cuando se supo en Roma el don sobrenatural que el Señor había concedido a su sierva, se designaron sacerdotes graves y doctos que pudieran observarla y fueran confidentes suyos. Uno de ellos, Monseñor Natali, que la conoció durante treinta años, tenía por misión recoger todas las comunicaciones que ella recibiera de Dios. La beata Ana María Taigi, siempre obediente, y por mucho que le costase, dio a conocer con escrupulosa fidelidad los extraordinarios favores con que el Cielo la distinguía, a quien tenía derecho a ello.

Sus padecimientos

El resultado inmediato de sus visiones, era dar pábulo a la sed de expiación de la sierva de Dios. En cuanto veía a un alma sufriendo, un peligro para la Iglesia o algún bien que obtener, poníase en oración, y ofrecía a Dios su ayuno casi continuo, sus disciplinas y los padecimientos que la Providencia nunca le escaseó.

Tuvo largos intervalos de desoladora sequedad espiritual; sufrió contradicciones, calumnias, insultos. Fue probado su cuerpo en todos sus sentidos. De continuo tenía dolor de cabeza, que se acrecentaba los viernes después del mediodía. Estaban sus ojos como atravesados por agudas puntas que eran un martirio seguido. Una de sus manos recibió el poder de curar a los enfermos; pero, por una especie de compensación, esta misma mano le hizo sentir constantemente vivos dolores. En fin, diversas enfermedades la visitaron e hicieron de su pobre cuerpo una ruina, clavada mucho tiempo sobre un camastro.

En sus dolores, la beata Ana María Taigi permanecía tranquila, alentad a por este pensamiento: «Sufro por Dios; expío por tal alma». A veces se la oía exclamar de repente: «¡Ah!, demos gracias al Señor y a su Santísima Madre porque en este momento se confiesa el enfermo, es un alma ganada para Dios».

Hija, madre y esposa

Desde el primer día se esmeró la beata Ana María Taigi en tener para su esposo la obediencia más completa, como a un representante de Dios. Sus voluntades y hasta sus caprichos le parecían cosa sagrada. Renunciaba incluso a sus devociones por complacerle.

Al principio de su vida conyugal, los Taigi vivían en una pequeña habitación del entresuelo, en el palacio Chigi. Pero algunos años más tarde, en vista de sus numerosos hijos, mudaron de casa y fueron a otra, paupérrima, situada en la calle de los Santos Apóstoles, no lejos de la iglesia de Santa María in Via Lata.

Cada día, el sirviente de los príncipes Chigi volvía de su trabajo muy tarde, a veces a las dos de la madrugada, y siempre encontraba a su mujer trabajando o rezando, esperándole. «Algunas veces, al entrar para cambiar de vestido —dice Domingo— estaba la casa abarrotada de gente. Inmediatamente mi mujer dejaba a todos los señores y prelados que venían a consultarla, y se apresuraba a secarme el sudor y servirme con afabilidad y contento».

La mansedumbre y la virtud de su esposa tomaron pronto tal ascendiente sobre Domingo, que éste y a no hizo nada sin su consentimiento. Elementos de discordia no faltaban , sin embargo, en el hogar de los Taigi. Con la aprobación de su marido, la beata Ana María daba hospitalidad a su madre, y su padre iba también a menudo a visitarla. El carácter un poco raro de los suegros y el temperamento fogoso del yerno, suscitaron inevitables conflictos que ella resolvía siempre amigablemente.

En su vejez, el padre de la beata Ana María Taigi, malhumorado y agobiado por los achaques, se hacía insoportable a cualquiera que no fuese su santa hija. Ésta se esmeraba por serle agradable, le cuidaba como si fuera un parvulito, y le dirigía tiernas palabras de consuelo. Le preparó para recibir los últimos Sacramentos y, cuando ya hubo exhalado el postrer suspiro, ofreció por su alma largas y fervorosas oraciones. Lo mismo hizo con su madre.

«Siete hijos hemos tenido de nuestro matrimonio — dice Domingo en una de sus declaraciones— , cuatro niños y tres niñas. Todos han sido criados por la sierva de Dios. Ella tuvo cuidado de hacerlos bautizar apenas nacieron y confirmar en tiempo oportuno; practicó cuantos medios tuvo a su alcance para instruirlos cuidadosamente cuando hicieron la primera confesión y comunión. Gracias a su vigilancia, todos nuestros hijos han observado una conducta edificante y cristiana.»

Concerniente a la modestia, todo le parecía poco a su prudencia de madre, pues no sólo hacía dormir a los niños en un cuarto separado del de las niñas, sino que rodeaba cada cama con cortinas. Por la mañana y por la noche hacía la ronda de las pequeñas alcobas para enseñar a sus hijos a levantarse y acostarse con el recuerdo de la presencia de Dios. Era el momento elegido, de preferencia por la noche, para, si había motivo, dar a quien conviniera el reproche merecido por las faltas del día; luego los santiguaba con agua bendita, encomendábalos a Dios y a la Virgen, y los besaba tierna­mente.

 

Su trabajo y abnegación

La casa de la beata Ana María parecía un monasterio, donde todo: oración, trabajo, comidas, recreaciones, se hacía a hora fija. Por la mañana, antes de amanecer, la piadosa madre iba a la iglesia. Después de recibir al Señor y oír Misa, volvía a casa a despertar a sus hijos, les hacía rezar la oración, les preparaba el desayuno, acompañaba a los más pequeños a la escuela, disponía labor para las hijas mayores, a las cuales ella misma daba educación religiosa y las primeras nociones de trabajo manual.

Luego se ponía a ordenar la casa. «Trabajaba, lavaba y hacía el arreglo doméstico con tal actividad, que hubiera podido cansar a cuatro mujeres», dice Domingo. El tiempo restante se la veía casi siempre sentada en su mesita de trabajo en la que había un canastillo de coser, un Crucifijo y un rosario. Jamás se la vio ociosa.

Era hábil en toda clase de labores. En tiempo de la invasión francesa, en 1798, los víveres llegaron a ser de una carestía excesiva y Domingo Taigi vio cercenarse una parte de sus emolumentos. Para subvenir a las necesidades de los suyos, la Beata confeccionaba corsés, jubones, borceguíes, babuchas y otras prendas, que vendía a buen precio. Así, la familia Taigi pudo atravesar sin demasiada angustia aquella hora de penuria y privaciones.

Durante la comida, la diligente madre de familia no se sentaba casi nunca a la mesa común. Siempre de pie, se ocupaba en servir a su madre, su marido y sus hijos. Procuraba para los demás una alimentación sana y abundante; en cuanto a sí misma, comía poco y se contentaba con alimentos groseros, a veces hasta con las sobras echadas a perder. Después de la comida, durante las horas de la siesta, abría un libro de piedad y se ponía a rezar.

Como recursos seguros, la Beata no tuvo ordinariamente más que los seis escudos que ganaba mensualmente Domingo y el producto de su propio trabajo . A menudo se encontraba en apuros para pagar el alquiler y hacer frente a las más urgentes necesidades. En estos casos iba a rezar fervorosamente a una iglesia y con entero abandono decía al Señor: «Vuestra indigna sierva espera de Vos, ¡oh Dios mío!, el pan para el día de hoy».

Su confianza nunca sufrió decepción. La Providencia le enviaba siempre lo necesario. Muchas veces tuvo ocasión de enriquecerse esta pobre familia: hubiera bastado con que la Beata abriese la mano. La reina de Etruria, curada por ella de un mal cruel, le dijo un día presentándole un a caja llena de oro: «Toma, toma, Ana mía. — ¡Qué cándida sois, señora —respondió ingenuamente Ana— . Yo sirvo a un Amo mucho más rico que Vos; confío en Él, y Él provee a mis necesidades de cada día».

Entonces la reina le ofreció para Domingo una buena colocación con un crecido salario. Ana María le dio las gracias cortésmente en estos términos: «No, no; ruego a Su Majestad nos deje en nuestra medianía. El Señor nos quiere en la posición en que estamos. Tengo absoluta confianza en su auxilio».

Ni siquiera quiso recibir dinero para distribuirlo entre los pobres con el fin —decía ella— «de no apartarse del real sendero de la pobreza». Y no es que no se interesase ella por los indigentes; a pesar de sus cargas de familia, los socorría de todas las maneras. Sabiendo un día que su madre había rehusado dar limosna a un mendigo, sintió honda pena por ello:

—Por Dios, madre —le dijo— , no despida más a un pobre sin hacerle una caridad. A falta de otra cosa, siempre encontrará usted pan en este armario.

Más a menudo aun, pagaba ella con su propia persona; con frecuencia se la llamaba en auxilio de los enfermos e inmediatamente acudía, sin reparar en si el tiempo era bueno o malo. Cuando enviudó su hija Sofía, la beata Ana María Taigi acogió a un tiempo en su casa a la pobre madre con sus seis hijos, y hasta a una criada que tenía Sofía. Ésta vacilaba al imponer a su madre semejante carga:

— ¿En que piensas tú, hija mía? — respondió— . ¡Qué poca confianza tienes en Dios! Bien sabes que nunca abandona a nadie. Dios lo arreglará; tú tendrás cuanto te haga falta.

Otros favores celestiales | Su muerte

Ana María se mostró siempre en el hogar doméstico como esposa y madre, abnegada cumplidora de sus deberes con toda perfección por amor a Dios, sin demostraciones exteriores de los carismas que el Señor le concedía, de forma que, de sus éxtasis, arrobamientos y dones sobrenaturales, apenas si su esposo tuvo algún indicio. Sin embargo, estos fenómenos no eran raros. En cualquier lugar en que se encontraba hallábase de repente inmóvil, privada de sus sentidos, fijas las miradas en un objeto invisible.

Llamábala entonces Domingo y, al no recibir respuesta, la sacudía fuertemente. Algunas veces, persuadido de que se encontraba mal, la instaba para que tomase algún calmante. Al fin, viendo que era esto habitual en ella, atribuyó estos accidentes a un simple adormecimiento; y , cuando su mujer, ya vuelta en sí, recobraba de repente su alegría y su sonrisa, le decía: «Pero, ¿cómo puedes dormirte así en la mesa? Se diría que estás cargada de sueño».

La más joven de sus hijas, viendo que un día su madre no daba señales de vida, exclamó asustad a: «¡Mamá ha muerto!… ¡Mamá ha muerto !… —No -le dijo Sofía, más perspicaz— , mamá está en oración».

La Beata procuraba no dejar traslucir esos favores sobrenaturales, pero no siempre lo conseguía. Más fácil le era ocultar sus mortificaciones, los cilicios provistos de agudas puntas, las cadenillas de hierro con que se ceñía, las sangrientas disciplinas con que se flagelaba, la corona de espinas que llevaba debajo de su cofia.

El 10 de mayo de 1836, mientras oraba en San Pablo extramuros, delante de un crucifijo que veneraba con particular devoción, oyó una voz interior que le decía: «Hija mía, muy pronto estarás conmigo en mi reino».

Habiendo caído enferma el 26 de octubre siguiente, guardó cama largos meses, torturada por crueles padecimientos. Todos los días. Monseñor Natali celebraba Misa en su modesto oratorio y le daba la Sagrada Comunión. Después de haber recibido la Extrema unción, expiró el viernes 9 de junio de 1837. Contaba entonces sesenta y ocho años.

Las exequias se celebraron en Santa María in vía Lata , su parroquia, y su cuerpo fue llevado al cementerio  del Campo Verano, donde su tumba llegó a ser muy pronto lugar de peregrinación; en 1855 fue transportado a la iglesia de San ta María de la Paz.

La causa de la sierva de Dios fue introducida el 8 de enero de 1863, siendo nombrado postulador el Superior General de los Trinitarios. Dos años más tarde, el 10 de julio de 1865, los restos de la beata Ana María Taigi fueron transportados a la iglesia de San Crisógono en el Transtíber, a cargo de los Trinitarios. Allí descansan definitivamente.

Fue beatificada por Benedicto XV el 30 de mayo de 1920, y su fiesta se fijó en 9 de junio para el clero romano. Domingo, que vivió aún doce años, no podía hablar de su mujer sin derramar lágrimas de ternura; invariablemente terminaba sus conversaciones con esta frase: «Sí, en verdad, era una mujer muy buena».

Oración a la Beata Ana María Taigi

Concédenos, Señor, un conocimiento profundo y un amor intenso a tu santo nombre, semejantes a los que diste a la Beata Ana María Taigi, para que así, sirviéndote con sinceridad y lealtad, a ejemplo suyo también nosotros te agrademos con nuestra fe y con nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Amén.

Beata Ana María Taigi | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.