9 de Diciembre: San Juan Diego


San Juan Diego

San Juan Diego (Juan Diego Cuauhtlatoatzin), fue beatificado en 1990 y canonizado por Juan Pablo II en el 2002, tuvo la dicha de presenciar la aparición de la Santísima Madre de Dios cuando contaba cerca de 57 años de edad.

Según la narración de Luis Lasso, Juan Diego había sido un indio de la etnia indígena chichimeca. Habría nacido el 5 de abril o el 5 de mayo de 1474 en el barrio de Tlayácac de la ciudad de Cuautitlán (28 km al este-noreste del centro histórico de la ciudad de México), que pertenecía al reino de Texcoco. Según Lasso, el indio fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos en torno al año de 1524.

Juan Diego era un hombre considerado piadoso por los franciscanos y agustinos asentados en Tlatelolco, donde aún no había convento ni iglesia, sino lo que se conocía como «doctrina», una choza donde se oficiaba misa y se catequizaba. San Juan Diego hacía un gran esfuerzo al trasladarse cada semana saliendo muy temprano del barrio de Tlayacac, Cuautitlán, que era donde vivía, y caminar hacia el sur hasta bordear el cerro del Tepeyac.

Las apariciones fueron 4 en total y se dieron entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531. Dio testimonio de ellas a Don Antonio Valeriano de Azcapotzalco, quien las recolectó en las crónicas conocidas como Nican Mopohua.

El 9 de diciembre de 1531 se le apareció, en el cerro del Tepeyac, la Virgen María, quien se presentó como “la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios”. La Virgen le encomendó que en su nombre le pidiese al Obispo Capitalino, el franciscano Fray Juan de Zumárraga, la construcción de una Iglesia en el lugar de la aparición.

El Obispo no aceptó la idea y la Virgen le pidió que insistiera. Al día siguiente, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas del prodigio.

El martes 12 de diciembre, la Virgen se le presentó y lo consoló, invitándolo a subir a la cima de la colina del Tepeyac para que recogiera flores y se las trajera. A pesar de la estación invernal y la aridez del lugar, San Juan Diego encontró flores muy hermosas y la colocó en su “tilma”. La Virgen luego le mandó que se las presentara al Obispo.

Estando frente al Prelado, el Santo abrió su “tilma” y dejó caer las flores. En el tejido apareció la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde ese momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México y en una de las mayores devociones marianas que permanece con fuerza hasta nuestros días.

San Juan Diego, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la “Señora del Cielo”. Limpiaba la capilla y acogía a los peregrinos que visitaban el lugar, donde hoy se eleva un gran templo.

La tradición nos cuenta que cuando Juan Diego mostró al obispo las hermosas flores durante un helado invierno, se apareció milagrosamente la imagen de la Virgen impresa en el ayáte.

San Juan Diego es un santo reconocido por su gran humildad:

Señora y Niña Mía. El prelado me recibió benignamente y me escuchó, pero comprendo que cree que cuanto le he dicho es invención mía, que Tu quieres que te hagan un templo. Te ruego que le encargues tu mensaje a uno de los principales, conocido y estimado, para que así le crean. Yo, soy un hombrecillo insignificante, soy cordel, soy hoja seca…

San Juan Diego habría muerto en la Ciudad de México en el año 1548 (o alrededor)​ a la edad de 74 años en la fecha atribuida del 30 de mayo.

Oración a San Juan Diego

Tú que fuiste elegido por Nuestra Señora de Guadalupe como instrumento para mostrar a tu gente y al mundo que el camino del cristiano es uno de amor, compasión, comprensión, valores, sacrificios, arrepentimiento de nuestros pecados, aprecio y respeto por la creación de Dios, y por encima de todo, uno de humildad y obediencia.

Tú, quien ahora sabemos que estás en el Reino de nuestro Señor y cerca de nuestra Madre, sé nuestro ángel y protégenos, quédate con nosotros mientras luchamos en esta vida moderna sin saber, la mayor parte del tiempo, donde fijar nuestras prioridades.

Ayúdanos a orar a Dios, por medio del Corazón de nuestra Señora de Guadalupe hacia el Corazón de Jesús, para obtener los dones del Espíritu Santo y usarlos para el bien de la humanidad y el bien de nuestra Iglesia.
Amén.