8 de Junio: San Medardo, Obispo y Confesor


san Medardo de Noyón

SAN MEDARDO

San Medardo fue el obispo de Vermandois que trasladó la sede de la diócesis a Noyon en el norte de Francia. San Medardo fue uno de los obispos más honrados de su tiempo, a menudo representado riendo, con la boca abierta y, por lo tanto, fue invocado contra el dolor de muelas.


Día celebración:  8 de junio.
Lugar de origen: Picardía, Salency (Francia).
Fecha de nacimiento: 8 de junio de 456.
Fecha de su muerte: 8 de junio de 545.
Santo Patrono de: El clima. Invocado contra los dolores de muela.


Contenido

– Introducción
– Dios recompensa con milagros su caridad
– Se consagra al servicio de Dios
– San Medardo instituye la fiesta de la Rosa
– San Medardo y los ladrones
– Su episcopado
– Trabajos apostólicos
– Su muerte
– Oración a San Medardo


Introducción

Hacia la mitad del siglo V, y en un a pequeña aldea de Picardía, llamada Salency, nacían dos hermanos: Medardo y Gildardo, que, andando el tiempo, serían gloria de su patria. Juntos nacieron,
el mismo día fueron consagrados obispos y juntos volaron al cielo.

Era su padre Nectardo, noble leudo franco de la corte de Childerico, padre de Clodoveo; había nacido en la tinieblas del paganismo, pero los ejemplos y las oraciones de su esposa Protagia lograron que se bautizase. Desde entonces, los dos esposos brillaron tanto por su piedad y compasión con los pobres, como por la nobleza de su linaje y el brillo de su fortuna, y tuvieron el incomparable honor de dar a las iglesias de Noyón y de Ruán, sendos obispos santos.

Colocado el joven San Medardo bajo la dirección de los monjes, muestra tanto ardor para el estudio como inclinación a la piedad. El espíritu de Dios le acompaña visiblemente y desde su juventud aparece en él el don de profecía. Un día dijo a uno de sus condiscípulos, llamado Eleuterio, a quien amaba muy particularmente a causa de su virtud : «Tú serás primero conde franco; y a los treinta años, obispo». Y así fue, efectivamente.

Dios recompensa con milagros su caridad

Las lecciones de sus maestros y los ejemplos de sus piadosos padres infundían en el niño impulsos de generosidad que presagiaban sus futuras grandezas. Un día le encargó su padre que guardara unos caballos en el prado. Mientras cumplía el mandato, San Medardo vio pasar un soldado franco que llevaba a cuestas una silla de montar y una brida.

— ¿Por qué va usted así? —pregunta el niño.

— ¡Ay! — responde el guerrero— , poco ha se me ha muerto el caballo y me he tenido que cargar con los arneses, sin saber cómo me podré procurar otra cabalgadura.

— En nombre de Dios —responde el joven— , tome uno de estos caballos.

El soldado vacila, pero las reiteradas instancias de San Medardo le deciden. Apenas se había marchado el militar, vino un criado a reemplazar al niño. En aquel instan te estalló una violenta tempestad y San Medardo tuvo que estarse en medio del prado sin poder guarecerse: empero apareció sobre su cabeza un águila con las alas extendidas que le protegió de la lluvia.  Sorprendido el criado de la maravilla de que acababa de ser testigo, fue a dar parte a su amo, y éste acudió con todo su séquito. El prodigio los colmó de admiración, pero pronto se dieron cuenta también, de que el número de los caballos no estaba completo.

Interrogan al niño, quien relata ingenuamente lo que ha acontecido, y en seguida, después de contar de nuevo los caballos se cercioran de que no falta ninguno. Entonces, Nectardo, sobrecogido de súbito de un profundo respeto hacia San Medardo, a quien el cielo protegía tan palpablemente, le dice:

— Hijo mío, todo lo que yo tengo es tuyo. Dispón de todos mis bienes según tu voluntad y ruega a Dios para que tu madre y yo tengamos parte en la gracia y bendición que el cielo te otorga.

Otro día, San Medardo había recibido de su madre un capote de mucho precio, para figurar con dignidad entre los jóvenes de su condición; saliendo el niño a la calle encontró a un pobre casi desnudo; inmediatamente se quitó el capote y vistió con él al aterido miembro de Jesucristo.

Nada afligía tanto su corazón como las disputas entre cristianos. Estaba aún con sus padres, cuando varios habitantes de su pueblo riñeron por cuestiones de límites de sus respectivas heredades. Como los espíritus se enardecían fue San Medardo al encuentro de los campesinos. Viendo una piedra en medio del campo: «Aquí está el límite verdadero —dijo— , acabad, pues, las disputas», y al mismo tiempo la tocó ligeramente con el pie. Si hemos de dar crédito a un relato, la huella del diminuto pie quedó impresa en la dura piedra y los labriegos maravillados por este prodigio tuvieron que rendirse  a la verdad.

Asiduo a la oración, a las vigilias y a los ayunos, San Medardo progresaba día a día en santidad. Dicen sus biógrafos que era un peregrino en la Tierra; pero su vida pura y obediente le hacía pasar por un habitan te del Cielo.

Se consagra al servicio de Dios

Según iba creciendo en edad, iba aumentando su piedad. Como Gildardo seguía la misma ruta , los padres comprendieron entonces que Dios llamaba a sus hijos al servicio del altar. San Medardo y su hermano fueron, pues, encomendados a la dirección de Alomer, obispo de Vermand. Ambos hermanos recibieron juntos la tonsura clerical y la ordenación sacerdotal. Una hermana que tenían consagró también a Dios su virginidad.

Muy pronto, un profundo dolor vino a afligir el corazón de los hijos: Nectardo y Protagia murieron, y fueron a recibir la recompensa destinada a los padres cristianos.

San Medardo instituye la fiesta de la Rosa

San Medardo ejerció los primeros años de su ministerio en Salency, donde instituyó la popular «fiesta de la Rosa». Había separado de sus tierras patrimoniales una pequeña heredad que llevó el título de «feudo de la Rosa» hasta la Revolución francesa, y cuyas rentas, evaluadas en veinticinco libras, servían cada año de dote a la joven más virtuosa del país.

Se díce que la hermana de san Medardo fue la primera que por elección de los habitan tes recibió de las manos de su hermano «la corona de rosas». El recuerdo de este acontecimiento ha sido conmemorado en un gran cuadro que hay en el altar dedicado al Santo, en la capilla de su pueblo natal.

Está representado San Medardo con hábitos pontificales, colocando una corona de rosas sobre la cabeza de su hermana, arrodillada. Esta recompensa fue muy codiciada. La elegida era designada por el señor del lugar entre tres jóvenes naturales de la población. Tenía que hacérsele la presentación de las jóvenes un mes antes y, cuando había fijado su elección, se anunciaba en el sermón parroquial, para que las otras jóvenes, rivales de la elegida, tuviesen tiempo de presentar reclamaciones, si la elección no les parecía conforme a la más rigurosa justicia.

El examen se hacía imparcialmente y sólo después de esta prueba se confirmaba la elección hecha por el señor. Esta práctica se popularizó mucho y dio origen a una fiesta popular, santificada por las bendiciones de la Iglesia, y que durante tres siglos dio muy felices resultados. Las revueltas que han trastornado a Francia no han logrado destruir por completo institución tan provechosa.

Es verdad que el demonio, esa mona de Dios — como le llama Tertuliano— ha procurado aprovecharse de una costumbre tan laudable, suprimiendo con bastante frecuencia en esta ceremonia la bendición del sacerdote. A la verdad, que es hacer muy poco caso de las intenciones del piadoso fundador.

San Medardo y los ladrones

Nuestro clérigo edificaba a toda la comarca con sus heroicas virtudes. Sus numerosos milagros le dieron muy en breve gran reputación de santidad. Entregado por completo a los asuntos del Padre celestial, abandonó el cuidado de las cosas terrenas para librar a las almas de las manos del demonio. Dios velaba, no obstante, sobre los bienes de su siervo.

Una noche de otoño, un ladrón se metió en una viña, propiedad de San Medardo. Cortó tantos racimos como pudo y, cuando se hubo cargado lo bastante, se dispuso a salir con el fruto de su robo, presuroso por desaparecer de allí antes del aba; pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Toda la noche anduvo erran te por la viña sin poder hallar la salida, ni desembarazarse de su acusadora carga. Detenido de mañanita por los vecinos, confesó su culpa; cuando iba a sufrir la pena debida a su latrocinio apareció San Medardo, lleno del espíritu de mansedumbre y de misericordia; el buen sacerdote reprendió al ladrón y, cuando le vio arrepentido, le dio con la absolución de su robo, abundante provisión de uvas.

Otro ladrón había robado las colmenas de San Medardo; permitió Dios que fuera tan cruelmente atormentado por las abejas, que impulsado tanto por el aguijón del remordimiento como por el de los laboriosos insectos, se vio obligado a arrojarse a los pies del hombre de Dios para obtener a la vez perdón y libertad.

Si Dios defendía con prodigios las propiedades de su siervo, San Medardo se señalaba como valiente defensor de los derechos de la Iglesia. El ejercito de los francos, con Clotario al frente, acababa de saquear la fortaleza, las iglesias y los monasterios de Noyón; al pasar con sus carros llenos de botín vieron aterrorizados cómo de repente los caballos se pararon y permanecieron en completa inmovilidad.

Los soldados y los jefes vinieron a caer de hinojos ante San Medardo: éste les habló con tanta energía y elocuencia que le prometieron restituir todos los bienes de que ilícitamente se habían apoderado. Entonces, a la voz de San Medardo los caballos pudieron reanudar su interrumpida carrera.

Su episcopado

Había llegado el momento escogido por Dios para que esta antorcha fuese colocada en el candelabro. Acababa de morir (en 530) Alomer, obispo de Vermand y , por voz unánime, clero y pueblo escogieron para sucederle al párroco de Salency: San Medardo contaba setenta y tres años. Juzgándose incapaz de llevar semejante carga, la rehusó mucho tiempo.

La multitud consternada, prorrumpió en llanto. Pareciéndole manifiesta la voluntad de Dios, San Medardo aceptó por fin el honor que su humildad quería eludir, y algunos días más tarde recibió la consagración episcopal de manos de San Remigio, obispo de Reims.

Los tiempos eran difíciles; la Galia había sido devastad a por los vándalos y los hunos; la ciudad de Vermand, por ellos destruida, no estaba aún repuesta de sus ruinas. Los francos, dueños en adelante del país, comenzaban a dar oídos a las dulces -enseñanzas de la Iglesia; pero los obispos y los monjes necesitaron mucho tiempo aun para educar cristianamente a este pueblo, apenas salido de la barbarie.

Mientras tanto, San Medardo tuvo que trasladarla sede de su obispado a Noyón, cuyas murallas y situación ofrecían mayor seguridad en aquel período de continuos estragos y guerras. Casi inmediatamente después que el óleo santo se hubo derramado sobre la frente de San Medardo, quedó vacante la sede de Tournai, por muerte de San Eleuterio, pastor de esta ciudad y amigo del obispo de Noyón.

Eleuterio era precisamente el joven a quien San Medardo había profetizado la dignidad episcopal. Quiso nuestro Santo asistir a los funerales de su antiguo condiscípulo; acto seguido, se decretó un ayuno de tres días para preparar la nueva elección. Varios nombres habían sonado ya, cuando por súbita inspiración del Espíritu Santo, todas las voces exclamaron con unánime regocijo: «¡Medardo obispo de Noyón y Tournai!»

Alegando el prelado que los cánones se oponían a tal nombramiento, se apresuró a rechazarlo; pero el rey, los obispos, San Remigio y, finalmente, el Pontífice de Roma, San Hormisdas, considerando la necesidad de las dos Iglesias, ratificaron la elección, y San Medardo tuvo que aceptar aquella doble carga.

Al propio tiempo que se posesionaba de la sede de Noyón, Gildardo, su hermano —conocido también con el nombre de Godardo— , era consagrado obispo de Ruán. En unión de San Remigio, San Medardo y San Vedasto cooperaron a la completa conversión de Clodoveo, primer rey cristiano de los francos, como está consignado en escritos antiguos de la iglesia de su nombre, en Ruán. Tuvo parte, el año 511, en el primer Concilio de Orleáns, uno de los más célebres de Francia. Godardo terminó su pontificado al mis­mo tiempo que su bienaventurado hermano.

Trabajos apostólicos

El obispo de Noyón y Tournai se consagró por entero a la salvación de las almas. No es tarea fácil relatar lo mucho que tuvo que sufrir por parte de los infieles: vióse a menudo amenazado de muerte y condenado por los malvados al último suplicio; pero como era inquebrantable en medio de estas persecuciones y soportaba los malos tratamientos con una constancia nunca desmentida, triunfó al fin de la pertinacia de los infieles y libertinos, y, en poco tiempo, operó tantas conversiones y regeneró tantos idólatras en las aguas del Bautismo, que la comarca cambió de faz y se vio resplandecer brillantemente la luz del cristianismo.

Mientras San Medardo ocupaba la sede de Noyón, una reina joven, la propia mujer de Clotario I, huía de las delicias y de los peligros de la corte. Radegunda — tal era el nombre de la fugitiva— había ido a postrarse a los pies del santo obispo y a suplicarle, con el consentimiento de su marido, que la consagrase al Señor y le impusiera el velo. Los nobles francos, que habían invadido la basílica, expulsaron violentamente al obispo del altar y le ordenaron con amenazas que no accediese a los deseos de la reina.

San Medardo estaba perplejo.Se resistía el santo pontífice a sancionar esta separación canónica, por temor de que se interpretara mal y se creyera que se trataba de pronunciar sentencia de divorcio que la ley divina declara imposible entre cristianos.

Sin embargo, Santa Radegunda se había retirado al sacrarium o sacristía . Allí, ella misma se cortó los cabellos y luego volvió revestida de un hábito religioso a postrarse delante del Pontífice: —Si tardáis más tiempo en consagrarme al Señor — le dijo— , si teméis más a los hombres que a Dios, el Buen Pastor os pedirá cuenta del alma de su ovejuela.

Fueron pronunciadas con tal majestad estas palabras, que la asamblea toda quedó hondamente conmovida. San Medardo, viendo desvanecerse sus temores, desafió las amenazas de los nobles francos y Radegunda fue consagrada a Dios.

Posteriormente pensó Clotario volverla a llamar a la Corte. Para conjurar tamaño peligro pidió Radegunda a un ermitaño intercediera por ella delante de Dios, y ante la posibilidad de que el rey renovase sus tentati­vas, tomó el propósito de fundar un monasterio en Poitiers, para hacer penitencia por Francia, de la que había sido reina. Mas antes colocó sobre el altar sus ricos adornos y su diadema, y distribuyó su patrimonio entre los pobres.

Su muerte

Una grave enfermedad detuvo al apóstol en sus trabajos y le dio el aviso de que se acercaba el día de las recompensas. Estaba entonces en Noyón. Al divulgarse la noticia, millares de fíeles acudieron a recibir de su Padre la postrera bendición.

El rey Clotario llegó a inclinar su testa coronada bajo la mano bendita del obispo; luego, acercándose al oído, preguntó a San Medardo si tenía que darle alguna orden.

—Rey de los francos, y vosotros todos los que me rodeáis — dijo el moribundo— , os tomo como testigos de que quiero ser enterrado aquí en medio de mis hijos.

El rey le suplicó que accediera a que su cuerpo fuese sepultado en la importante ciudad de Soissons. San Medardo consintió en ello, y luego principió una oración que debía concluirse en el Cielo. Fue su muerte el 8 de junio de 545.

Una inmensa multitud, tanto del pueblo como de la nobleza, quiso asistir a las exequias del santo obispo. Mucho hubieran querido los habitantes de Noyón guardar entre ellos los preciosos restos de su Padre, pero el rey se mantuvo firme y quiso que el cuerpo fuese sepultado en Crouy, cerca de Soissons. Clotario, ayudado de los nobles principales, llevó la preciosa carga.

Fue un verdadero triunfo, realzado con numerosos milagros. Cuando llegaron a Crouy, donde el rey había determinado levantar una iglesia, el féretro quedó inmóvil y no hubo fuerza humana capaz de moverlo. Inmediatamente Clotario hizo donación a la nueva iglesia de la mitad del precioso tesoro y la carga se aligeró notablemente. La iglesia que Clotario comenzó, fue terminada con magnificencia por su hijo Sigeberto y sus sucesores.

También se le agregó un monasterio que se confió a los religiosos Benedictinos: fue tan ilustre, que el papa San Gregorio le hizo depender inmediatamente de la Santa Sede, y le confirió otros grandes privilegios; en él se congregaron hasta 400 religiosos que cantaban noche y día y uno tras otro, las alabanzas divinas. Últimamente dependía de la Congregación de San Mauro.

Según ya hemos dicho, San Medardo fue hermano de San Gildardo, y ambos nacieron el 8 de junio y en el mismo día 8 de junio fueron los dos consagrados obispos. Murieron ambos en el mismo día y hora, de suerte que en vida, santidad, virtudes y muerte fueron tan conformes que no hay que decir del uno más que del otro.

Oración a San Medardo

San Medardo Ruega por nosotros. Amén.

| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.