8 de Agosto: San Ciríaco y sus compañeros mártires


San Ciríaco y sus compañeros mártires


Día celebración:  8 de Agosto.
Fecha de nacimiento: Siglo III.
Fecha de su muerte: 303.


Contenido

– Introducción
– Víctima de su caridad
– Martirio de Sisinio y Saturnino
– Ciríaco cura a la hija del emperador
– Viaje a Persia
– Martirio
– Oración a San Ciríaco


Introducción

El siglo III tocaba a su fin. Maximiano, soldado advenedizo y general cruel, había sido elevado al mando del imperio por Diocleciano. Estos dos «Augustos» con los «Césares» Galerio, Subordinado a Diocleciano, y Constancio Cloro, a Maximiano, formaron la tetrarquía rectora de los destinos del mundo. Este último, en agradecimiento a su bienhechor, determinó construir un magnífico edificio que perpetuara su nombre. Las Termas de Diocleciano iban a ser, sin duda alguna, el monumento más grandioso de Roma.

Se iniciaron los trabajos en 302. Hasta esta fecha, Diocleciano se había mostrado condescendiente y benévolo con los cristianos, algunos de ellos ejercían altos empleos en los diversos ramos administrativos, sobre todo en el ejército, los esclavos cristianos eran tratados con suavidad desconocida hasta entonces.

La nefasta influencia de su yerno Galerio, hombre sanguinario y de instintos malvados, y la debilidad de carácter de Diocleciano, acabaron por cambiar radicalmente tan buenas disposiciones. La primera labor de Galerio fue purificar el ejército (297). Seis años más tarde, el emperador, lleno de años y achacoso, se dejó arrancar los edictos persecutorios. Las «Actas» de un grupo de mártires africanos de esta época ofrecen algunos detalles.

En el reinado de Diocleciano y de Maximiano, las furias infernales se desencadenaron contra los cristianos; se buscaban los Libros Sagrados para quemarlos, se demolían las iglesias y se prohibía el culto y las reuniones de los fieles. Pero la grey del Señor, al par que impedía en lo posible aquellas horrendas profanaciones, se aprestó a defender su fe.

El hierro, el fuego, las ruedas, los calabozos, los más diversos instrumentos de tortura que inspirar pudiera la perfidia humana, entraron en juego contra ellos. El valor y la serenidad de los discípulos de Cristo enardecía la cólera de sus perseguidores, los cuales, al verse vencidos, resolvieron emplear un nuevo género de suplicio, tanto más cruel cuanto más prolongado, a cuya sorda violencia, consumiéndose en la oscuridad, se extinguiría el nombre cristiano en todo el imperio. Ordenaron, pues, que el soberbio edificio de las Termas fuera erigido a costa del sudor de los cristianos, condenados a trabajar, como penados, en aquella obra.

Era espectáculo verdaderamente digno de admiración del cielo ver aquel prodigioso número de confesores de Cristo de toda edad y condición: los ancianos, vilmente tratados, acarreando piedras, arena y mor­tero; los nobles, uncidos a pesados carros, eran bárbaramente fustigados a latigazos como animales; los jóvenes y adolescentes perdían prematuramente el vigor de la vida sometidos a trabajos impropios de su edad.

La degradada y corrompida Roma contemplaba impasible esta dolorosa escena de la hum anidad doliente. El prolongado martirio se acrecentaba por la escasez y mala calidad de los alimentos y por la carencia de agua. Trabajaban sin descanso todo el día, expuestos a la inclemencia del tiempo ; sin embargo, era de maravillar la apacible tranquilidad con que aquellos hombres, en medio de tantas penalidades e injusticias, cumplían sin protesta su labor.

Víctima de su caridad

Vivía en Roma, por aquel entonces, un noble cristiano, rico y poderoso, llamado Trasón, que, conmovido por las vejaciones de que eran blanco los siervos de Dios, resolvió emplear sus inmensas riquezas en socorrerlos. Ciríaco, Largo, Sisinio y Esmaragdo fueron los instrumentos de que se valió para llevar a término su generoso propósito. Según refiere un antiguo autor italiano, Ciríaco era toscano de origen; de familia rica, pero pagana. Sucedió a su padre en la prefectura de su provincia y más tarde fue agregado a la corte imperial en Roma.

En esta ciudad conoció la religión cristiana, aprendió secretamente sus dogmas y su moral, distribuyó sus riquezas entres los pobres, y abrazó el cristianismo para dedicarel resto de su vida a las obras de caridad entre sus hermanos perseguidos.

El valor, la abnegación, el celo y la caridad de estos cuatro varones granjearon la confianza de Trasón. Los atletas de Cristo, burlando la vigilancia de los guardianes, depositaban en las manos y en el corazón de sus hermanos, empleados en la construcción de las Termas, la limosna material y el consuelo espiritual. El papa San Marcelino, noticioso del celo con que Ciríaco y Largo se desvivían para aliviar y socorrer a los cristianos perseguidos, premió tan desinteresados servicios elevándolos a la dignidad del diaconado que tan merecida tenían por sus virtudes.

El Señor quiso, además, recompensar con tesoros celestiales la heroica abnegación de sus siervos dándoles parte en los sufrimientos de aquéllos. Cierto día, los guardianes los sorprendieron en su caritativa ocupación, al punto fueron arrestados y se los condenó a compartir idénticas penalidades y trabajos. Al serles comunicada la sentencia se llenaron de gozo, porque entendían tener ocasión de alentar a los demás.

En adelante, no pudiendo aliviar a sus compañeros con limosnas, ayudábanles con exhortaciones y ejemplos. Risueños y sonrientes, Ciríaco y sus tres compañeros transportaban piedras y arena y arrastraban carretones. Terminada su labor, aún les sobraba tiempo para ayudar a los más necesitados y agobiados, cual si a ellos no les pesara la propia fatiga.

Cierto día un venerable anciano, por nombre Saturnino, cayó rendido de fatiga; los cuatro jóvenes levantáronle respetuosamente y le prodigaron cuantos cuidados estaban a su alcance. Este acto humanitario llenó de admiración a sus propios guardianes, los cuales, pusieron en conocimiento del emperador la virtud y entereza de nuestros Santos. Maximiano, en vez de conmoverse, se irritó en extremo. Ordenó que los arrojasen, sin demora, a un oscuro calabozo, y que allí los atormentasen sin piedad.

Martirio de Sisinio y Saturnino

Días más tarde, el emperador hizo comparecer a Sisinio ante su tribunal para ver si lo atraía hacia el culto de los falsos dioses.

— ¿Quién eres tú? —preguntóle.

— Soy —respondió Sisinio con suavidad— un pecador, me llamo el siervo de los siervos de Cristo.

— ¿Qué himnos cantan los cristianos?

— Si los conocieseis, conoceríais y adoraríais a vuestro Creador.

— ¿Por fortuna hay otro Creador que Hércules, el invencible?

— Me causa vergüenza oir pronunciar su nombre —-replicó el Santo.— Propongo a tu inmediata elección esta alternativa, sacrificar al dios Hércules o ser pasto de las llamas.

—Morir por Cristo es mi único deseo, ¡ dichoso de mí, si consigo la corona de la inmortalidad!

Mortificado por semejante lenguaje, ordenó el emperador que le encerrasen en la cárcel M am ertina; mas, creyendo vencer su constancia, sometióle más tarde a un nuevo interrogatorio. Al comparecer ante los jueces, viéronle rodeado de una luz celestial y se oyó una voz que decía: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que os tengo preparado desde el principio de los siglos.

Aproniano, testigo de este milagro, se convirtió al cristianismo y recibió de manos de Sisinio las aguas bautismales. Algunos días después fue decapitado y su alma gloriosa voló al cielo con
la falange de los mártires. Sisinio y su compañero Saturnino fueron conducidos de nuevo a la cárcel, donde instruían y bautizaban a numerosos paganos que los visitaban. Enterado de ello Laodicio, prefecto de Roma, mandó que, cargados de cadenas y pies descalzos, compareciesen ante él:

— ¿Perseveráis aún dijo el prefecto— en vuestras vanas y ridículas supersticiones y negáis la adoración a los dioses del imperio?

— Nosotros, pobres pecadores —replicó Sisinio— , somos siervos de Cristo y por nada del mundo nos envileceremos adorando a los demonios.

Entonces Laodicio mandó traer el pebetero en que se ofrecía el incienso.

—Confunda el Señor vuestra vanidad e idolatría —exclamó Saturnino.

A esta voz cayó el ídolo en tierra, y dos soldados, llamados Papías y Mauro, movidos por la gracia de lo alto, se convirtieron a la fe cristiana.

—Verdaderamente —exclamaron—, el Señor Jesucristo que adoran Si­sinio y Saturnino es el único Dios verdadero.

Ebrio de cólera el juez, ordenó que extendiesen a Sisinio y Saturnino en el ecúleo y que fuesen golpeados con nervios de toro y varas flexibles. Sufrieron bárbaros tormentos sin dejar de repetir «Gloria a Ti, Señor de cielos y tierra, que nos concedes la gracia de ser contados entre tus siervos». Y dirigiéndose a los verdugos les decían:

— ¿Es posible que el demonio os haga ser tan crueles?

Estas palabras enfurecieron más al tirano Laodicio que mandó romperles las mandíbulas con piedras y quemarlos a fuego lento con antorchas encendidas. Estos suplicios no alteraron al paz y la alegría que se traslucía en sus rostros. Laodicio, vencido, ordenó que los decapitasen, lo cual ejecutaron los verdugos en la vía Nomentana. Como inocentes corderos se prestaron al sacrificio que les abría las puertas de la eterna gloria.

Papías y Mauro fueron arrastrados bárbaramente hasta la misma vía. Perdieron la vida en este cruel e inhumano suplicio y como consecuencia de él quedaron su cuerpos horriblemente mutilados, era el día 29 de enero.

Ciríaco cura a la hija del emperador

San Ciríaco y sus amigos acompañaban sus rudos trabajos con fervientes oraciones y alentábanse mutuamente en la práctica del bien y de la virtud. El Señor recompensó su fidelidad y sus sufrimientos con el don de milagros; por su intercesión algunos ciegos recobraron la vista y otros varios enfermos volvieron a encontrar la salud. Pero Nuestro Señor quiso manifestar por su fiel siervo Ciríaco, con mayor clarividencia, la fortaleza de su brazo. Una hija de Diocleciano, llamada Artemia, sufría horriblemente, porque era atormentada por el demonio; la medicina humana se veía impotente para curar tan gran mal.

El maligno espíritu gritaba sin cesar que sólo abandonaría su presa por orden de Ciríaco, diácono de los cristianos. Convenía, por lo tanto, recurrir a la benevolencia de aquel cristiano, condenado a trabajos forzados por la crueldad imperial, grande humillación se pedía al amor paterno. Por orden del emperador, Ciríaco y sus dos amigos, Largo y Esmaragdo, vinieron al palacio escoltados por los nobles de la corte, y con toda clase de atenciones y deferencias.

Llegados a la cámara imperial, acercóse Ciríaco a la joven posesa y ordenó al demonio, en nombre de Dios, que abandonase el cuerpo de su víctima. «Si me arrojas de aquí —replicó el demonio—, haré que vayas a Persia». La diabólica predicción tuvo cabal cumplimiento, para confusión suya, y mayor gloria de Dios. El demonio cedió al poder divino y la princesa fue libertada del inmundo espíritu.

La emperatriz Prisca —cristiana en secreto, según Lactancio— instruyó a su hija sobre los misterios de la fe y la bautizó sin el conocimiento de Diocleciano. Éste, reconocido por aquel milagroso favor, concedió la libertad a Ciríaco, a Largo y Esmaragdo, y mandó que les diesen una casa en Roma y se les guardase toda clase de miramientos.

Viaje a Persia

Al mismo tiempo que esto ocurría en Roma, Jobía, hija del rey de Persia, se halló poseída del mismo demonio. Presa de espantosas convulsiones, gritaba: «Sólo el diácono Ciríaco, que está en Roma, puede socorrerme». El rey envió con urgencia emisarios al emperador Diocleciano, suplicándole que le enviase a Ciríaco sin perder un instante.

El emperador accedió gustoso a sus ruegos. Ultimados los preparativos del viaje y nombrada la comitiva imperial, emprendieron el camino de Persia, yendo con Ciríaco sus dos compañeros. Hicieron por mar parte del viaje; y saltando en tierra, no fue posible hacerles admitir el equipaje que se les daba para su comodidad.

Caminaban los tres a guisa de peregrinos, con el bordón en la mano, sin dispensarse de sus acostumbradas penitencias, ayunando todos los días y cantando alabanzas al Señor. Cuando Ciríaco llegó al palacio del monarca persa, éste se arrojó a sus pies, y le pidió humildemente la curación de su hija.

El santo diácono le prometió atender a su demanda. Puesto en oración, prosternado en tierra y con el rostro bañado en lágrimas, mandó al demonio, en nombre de Jesu­cristo, que dejase libre a Jobía. Obedeció al instante, y ante tamaño prodigio, así el padre como la hija se convirtieron y recibieron el bautismo junto con más de cuatrocientos gentiles, testigos del estupendo milagro.

El rey de Persia, en agradecimiento, quiso otorgarles ricos presentes; mas los austeros cristianos los rehusaron, diciendo:

—Los siervos de Cristo dan gratuitamente lo que gratuitamente han recibido. No hay aquí méritos nuestros, sino sólo de Dios. ¡Hermosa confesión del poder divino y de la debilidad humana!

Para atender a los nuevos convertidos y confirmados en la fe, permanecieron en la corte de Persia cuarenta y cinco días, después de los cuales emprendieron el regreso a Roma. Eran portadores de cartas laudatorias del rey de Persia para su colega Diocleciano, el cual les dispensó honroso recibimiento y los dejó después en absoluta libertad de acción.

Martirio

Los tres confesores de Cristo aprovecharon de esta libertad y tolerancia para proseguir repartiendo la limosna espiritual entre los pobres desgraciados y para frecuentar las reuniones cristianas. Mas esta paz pasajera preparaba furiosa tempestad. Diocleciano, viejo y achacoso, fijó su residencia en Nicomedia (Asia Menor), y dejó a Maximiano el cuidado del Occidente. Éste, árbitro de la situación, descargó sobre los cristianos las iras de su venganza contenidas por el débil Diocleciano.

No se había olvidado de Ciríaco, Largo y Esmaragdo, los cuales fueron arrestados y encarcelados nuevamente. Días más tarde comparecieron ante el tribunal de Carpasio. Ni las amenazas ni la adulación de este inicuo ma­gistrado doblegaron la voluntad indomable de los confesores de Cristo.

—Insensatos —les dijo— , reconoced, al fin, vuestro error, adorad a los dioses del imperio, que son los únicos capaces de salvaros.

—Nosotros no conocemos más que un solo Dios —repuso Ciríaco—, y este Dios es Jesucristo, Señor de cielos y tierra, muerto en la Cruz por nosotros. Confesaremos su nombre aunque nos cueste la vida.Este lenguaje, propio de héroes cristianos, enardeció al juez, el cual or­denó al verdugo que derramara pez hirviendo sobre la cabeza de Ciríaco.

El mártir daba gracias a Dios por tan señalado favor y exclamaba: «Gloria a Ti, Señor, que me has juzgado digno de sufrir por tu nombre!»

La serenidad y el valor de la víctima, enfurecieron a Carpasio:

—Que le pongan en el potro —decía—, y que desgarren sus miembros y le azoten con varas hasta que el dolor le vuelva a su juicio.

Mientras los verdugos ejecutaban la bárbara sentencia, Ciríaco no cesaba de orar. Parecía vivir en un mundo interior, ajeno a aquella escena.

— ¡Oh Jesús, soberano y dueño mío —decía— , ten misericordia de este indigno siervo tuyo! Gracias te doy, ¡Dios mío!, porque me haces el honor de dejarme padecer por la gloria de tu santo nombre.

Vencido el juez por la constancia de los mártires, los volvió a encarcelar y notificó al emperador la actuación del tribunal y su fracaso.

El día siguiente, por mandato del príncipe, condujeron a Ciríaco, Largo y Esmaragdo, con otros veinte cristianos más, a la vía Salaria, no lejos de las puertas de Roma, para ser decapitados. El dichoso tránsito, según el martirologio romano, acaeció el 16 de marzo del año 303. Los sagrados cuerpos fueron recogidos por un santo sacerdote, llamado Juan y enterrados cerca de esta misma vía, excepto el de San Ciríaco, que, a ruegos de Lucina, rica y piadosa dama romana, fue colocado en la catacumba que ella misma había hecho construir en el camino de Ostia.

Verificóse esta primera traslación el 8 de agosto, día en que la Iglesia celebra su fiesta. Más tarde las reliquias de San Ciríaco fueron trasladadas a Roma y depo­sitadas en la iglesia de Santa M aría «in vía Lata», edificada sobre el emplazamiento de la casa donde viviera San Pablo antes de ser preso.

 

Oración a San Ciríaco

Oh glorioso San Ciriaco,
a ti recurro devoto y compungido,

a ti, que por tu celo

y compasión sobresalientes,
el Papa San Marcelino

elevó a la dignidad del diaconado
en la iglesia de Roma,
y quien, con intrépida paciencia,
soportaste la dislocación de tus miembros,
la laceración de tu carne,
la tortura del agua hirviendo y,
finalmente, la muerte misma decapitando.

Mírame que yo te invoco,
y obtén para mi la gracia

de permanecer firme en la fe,
a pesar de las tentaciones del maligno,
y vivir en tal unión con Cristo Jesús,
como para merecer

la bendición de la eternidad en presencia de Él.

¡Oh, excelente mártir de Cristo!

Honrado hoy en todo el mundo,
déjame experimentar el poder de tu brazo

y expulsa de mi, de mi familia

y de mi hogar, toda entidad maligna.

Muéstranos tu misericordia,

y no permitas que el mal nos siga acechando

como la has mostrado en tiempos pasados,
concediéndonos el favor que deseamos.

Amén.

| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.