7 de Abril: Santa Juliana de Mont Cornillon


santa JULIANA DE CORNILLON

Santa Juliana de Mont Cornillon, conocida también como Juliana de Lieja, contribuyó a la institución de la solemnidad de Corpus Christi. Fue priora de Mont-Cornillon, junto a Lieja.


Día celebración: 7 de abril / 5 de abril.
Lugar de origen: Retinnes, Bélgica.
Fecha de nacimiento: 1193.
Fecha de su muerte:  5 de abril de 1258.
Santa Patrona de: El Santísimo Sacramento.


Contenido

– Introducción
– Vida religiosa
– Eva la reclusa
– Santa Juliana de Mont Cornillon y la Eucaristía
– La Luna dela hendidura – Revelación de Nuestro Señor
– Opinión de los teólogos
– Primera Fiesta de Corpus Christi (1246)
– Persecuciones y últimos años
– Oración a Santa Juliana de Mont Cornillon


Introducción

La fiesta del Santísima Sacramento, que ha llegado a ser tan popular en casi todas las naciones católicas — pero en ninguna como en España, con el nombre del Corpus o día del Señor — , fue instituida en el siglo XIII. Para establecer esta hermosa solemnidad y dar con ello un nuevo y magnífico desarrollo al culto de la Eucaristía, Nuestro Señor se sirvió de una humilde religiosa belga, cuya vida vamos a relatar.

Santa Juliana de Mont Cornillon nació en el pueblecito de Retinnes, cerca de Lieja, el año de 1193, de familia honrada y rica. Su padre llamábase Enrique y su madre Frescenda. Después de varios años de matrimonio y de muchas súplicas, Dios les concedió una hija a quien pusieron por nombre Inés, y después otra que recibió en el bautismo el nombre de Juliana.

Apenas tuvo ésta tiempo de conocer a sus padres, pues a los cinco años se quedó huérfana. Los amigos de la familia pusieron entonces a las dos niñas como pensionistas en las Agustinas hospitalarias del monasterio de Monte Cornillón.

Monte Cornillón es una colina en cuyas laderas se escalona el barrio oriental de Lieja. En la parte baja los habitantes habían construido dos hospicios, uno para hombres y otro para mujeres.

Primero fue leprosería, mas luego se desdobló y recibió también otros enfermos. Como es natural, el hospicio dedicado a los hombres era servido por religiosos y el de las mujeres por religiosas; todos seguían la regla de San Agustín. Las religiosas tenían al frente una Madre Priora, pero el Prior de los religiosos tenía jurisdicción sobre ambas comunidades.

Las Agustinas se dedicaban también a la educación de algunas jóvenes que les confiaban los bienhechores del establecimiento. El pensionado es­ taba situado a corta distancia del hospicio, en una propiedad llamada La Boverie, que suministraba a las Hermanas las provisiones necesarias.

Cuando Juliana ingresó, el internado estaba dirigido por una religiosa de mucha virtud y de gran firmeza, llamada Sapiencia. Esta digna maestra, que más tarde fue priora de Monte Cornillón, tuvo
la gloria de ser la primera que formó a  Santa Juliana de Mont Cornillon en la piedad y la virtud. Bajo su dirección hizo la niña rápidos progresos en los estudios y no tardó en saber de memoria todo el Salterio.

Pero Sapiencia no apreciaba menos la sumisión y la humildad que la ciencia. Un día, la pequeña Juliana oyó referir que San Nicolás, niño aún, ayunaba los miércoles y viernes, y tuvo la ocurrencia de hacer lo propio; pero sobre todo lo hizo porque las Hermanas también ayunaban en esos días. Su vigilante maestra dióse cuenta de ello, y amonestó a la joven severamente por haber querido ayunar sin permiso y la envió a confesarse.

Santa Juliana de Mont Cornillon supo más tarde ayunar, muy austeramente, pero aprendió también a juntar la modestia con la docilidad; de ello dio prueba aun antes de que su educación fuese completa. Cuando se lo permitieron sus fuerzas, pidió que le encargaran de ordeñar las vacas de la granja, empleo que cumplió con gran abnegación.

Vida religiosa

En el año 1207, Juliana ingresó como religiosa en la comunidad de las Agustinas, y continuó trabajando abnegadamente con el mayor interés. No descuidaba tampoco lo que pudiera elevar su alma y alimentar su vida espiritual. Gustaba de leer obras piadosas en francés y en latín. Entre estas últimas prefería las de San Agustín y San Bernardo.

Desde la infancia entregó de tal modo su corazón a Jesucristo que nunca el afecto de las criaturas le pudo apartar de él. Era un alma de angelical pureza y cándida inocencia. Su conversación sin orgullo ni afectación, era eco de los piadosos sentimientos que llenaban su corazón.

La sencillez fue siempre virtud suya muy querida. Todas estas virtudes le granjearon pronto el aprecio general; pero tales muestras de respeto la apenaban. Evitaba en lo posible exhibirse, sobre todo ante los extraños, si eran distinguidos; cuando alguno se presentaba en el convento, procuraba no encontrarse con él. Solicitaban a veces autorización para conversar sobre cosas espirituales, pero ella replicaba:

«Soy no más que ayudante de la cocina, ¿qué podréis aprender de mí? Sé ordeñar las vacas, dar de comer a los pollitos del corral y hacer otras labores semejantes. Respecto a lo de hablar de Dios, vosotros lo haréis mejor que yo, pues tenéis más instrucción y yo os escucharía con gusto».

Estimando que no se puede amar verdaderamente a Dios sin apenarse por verle ofendido diariamente de tantos modos, lloraba no sólo por sus faltas sino también por los crímenes del mundo entero. La obediencia y la caridad la encontraban siempre dispuesta a toda clase de trabajos materiales útiles a la comunidad, por muy humildes y penosos que fueran. El tiempo que sus ocupaciones le dejaban libre consagrábalo a la oración y meditación.

Pero lo delicado de su complexión no pudo soportar por mucho tiempo el peso de los numerosos trabajos que se imponía; por otra parte la llama interior de amor divino que la abrasaba era tan grande que parecía consumir su cuerpo; por ello sus fuerzas se agotaron prematuramente y su debilidad la hizo descargarse de las labores más penosas. Tal vez Dios lo quería así, a fin de dar a su sierva más tiempo para la contemplación.

Claramente se veía que Dios la sostenía en ese estado de agotamiento. En efecto, a pesar de todo siguió observando los ayunos acostumbrados en la comunidad y se puede decir que los treinta años últimos de su vida fueron una cuaresma continuada. Sólo hacía una comida al día, por la tarde, y aun en ella tomaba m uy poca cantidad, de modo que la costumbre de ayunar era ya en ella como una segunda naturaleza.

Las noches de las vísperas de fiesta pasábalas, por regla general, en oración. Las demás noches su sueño era muy corto y no siempre tranquilo, pues los demonios, sus enemigos, aprovechaban con frecuencia esos momentos par atormentarla: unas veces moviendo la cama, otras, tirando de la almohada. Juliana entonces se despertaba, se ponía a rezar y los demonios huían inmediatamente.

Como los cristianos de aquella edad de fe, se unían íntimamente al espíritu de la Iglesia y su piedad encontraba alimento, luces y gracias especiales recorriendo el ciclo litúrgico. Las fiestas de la Santísima Virgen llenaban de gozo el alma de Santa Juliana de Mont Cornillon. En esos días rezaba nueve veces el Magníficat. Gustábale añadir a la salutación angélica las palabras de María:  «H e aquí la esclava del Señor, etc.», queriendo así felicitar a la Santísima Virgen por su obediencia.

Su meditación predilecta era la de los sufrimientos de Jesús. Favorecida con el don de milagros y de profecía, llegó también a leer en el fondo de los corazones, como de ello dio testimonio su amiga, la Beata reclusa Eva.

Eva la reclusa

Eran las reclusas mujeres que renunciaban al mundo y se encerraban para toda su vida en una celda o pequeño eremitorio anexo a un templo. Una ventana que daba a la iglesia permitíalas asistir a los divinos oficios. Eva solicitó abrazar esta vida austera en la flor de su juventud, pero pronto su alma se asustó de tanta privación. Santa Juliana de Mont Cornillon le infundió valor y, encerrada que fue Eva en una celda contigua a la colegiata de San Martín de Lieja, tomó por costumbre visitarla todos los años.

Estrecha amistad las unió en el Señor. Rezaban juntas o conversaban de asuntos piadosos. A veces Juliana, iluminada por luz interior, respondía de pronto a dificultades que su amiga no había osado proponerle.

Santa Juliana de Mont Cornillon y la Eucaristía

Esta heroica sierva de Dios había tenido desde su infancia una admirable devoción al Santísimo Sacramento de la Eucaristía; asistir al Santo Sacrificio de la Misa era el gran consuelo de su alma. En
La Boverie no tenía cada día esa dicha, y era para ella gran privación; suplíalo uniéndose de lejos al sacerdote por la oración y la meditación.

La Sagrada Comunión producía en ella efectos tan maravillosos que le parecía que su cuerpo hubiera podido abstenerse de cualquier otro alimento durante un mes, si se lo hubieran permitido. El día que comulgaba y los siguientes se abismaba tanto como podía en el silencio y el recogimiento para conversar continuamente con el Esposo celestial. Por eso, Jesucristo se dignó escogerla para dar un magnífico desarrollo al culto de la Sagrada Eucaristía.

La Luna dela hendidura – Revelación de Nuestro Señor

Un día del año 1208, teniendo Juliana quince años, al ponerse en oración vio un astro semejante a la luna llena, pero con una muesca o hendidura en su borde. Diariamente se presentaba la misma visión a sus admirados ojos. Acabó por inquietarse y temió fuera una ilusión del demonio. Rogó y pidió oraciones a sus amigas para vencer — decía ella— una «tentación que la turbaba».

Pero la visión reaparecía siempre. Santa Juliana de Mont Cornillon entonces suplicó insistentemente a Nuestro Señor le hiciera conocer si ese fenómeno tenía algún significado. Nuestro Señor al cabo de dos años se dignó responderle:

«La luna representa a mi Iglesia en la tierra engalanada por el esplendor del ciclo litúrgico, la muesca significa la falta de una gran solemnidad cuya institución deseo. Para despertar la fe de los pueblos y para el bien espiritual de mis elegidos quiero que una fiesta especial se instituya en honor del Santísimo Sacramento de mi Cuerpo y de mi Sangre; esta fiesta tendrá una solemnidad que no puede revestir el Jueves Santo, por estar impregnado de la memoria de mi Pasión; además, dará ocasión a los cristianos para reparar sus negligencias y las faltas de devoción hacia este Sacramento».

El divino Maestro añadió:

«Encárgote que seas tú la primera que se ocupe de esta fiesta y que dé a conocer la necesidad de establecerla.»

Estas últimas palabras aterraron a la humilde religiosa; respondió a Nuestro Señor que no veía la posibilidad de que ella cumpliese tal misión. Pero cada vez que entraba en oración el Señor renovaba el ruego.

— Señor — decía entonces Juliana— , dignaos escoger para obra tan di­fícil a algún grande y sabio personaje eclesiástico que sepa y pueda llevarla a buen fin; pues yo, la última de vuestras criaturas, ¿qué puedo en ello? Os ruego me libréis de esta inquietud.

— Tú empezarás — replicó el Salvador— y otras personas humildes con­tinuarán.

Durante veinte años Juliana siguió suplicando al Señor, muchas veces con gran abundancia de lágrimas, que confiase esta misión a otros. No se resistía por falta de obediencia o de devoción, sino únicamente por humildad, y precisamente por esta virtud Nuestro Señor la hacía objeto de su elección.

Por fin, en 1230, persuadida de la voluntad divina y animada por su amiga, Eva la reclusa, Santa Juliana de Mont Cornillon, que era desde 1222 priora de su convento, fué a ver al venerable sacerdote Juan de Lausana, canónigo de San Martín de Lieja y le expuso el negocio rogándole que lo examinara él mismo y lo consultara con otros teólogos.

Opinión de los teólogos

Entre otros fueron consultados Hugo de San Caro, provincial de los Dominicos, que después fue cardenal, y Santiago Pantaleón de Troyes, arcediano a la sazón de Lieja y posteriormente obispo de Verdún, patriarca de Jerusalén y por fin Papa con el nombre de Urbano IV.

Todos juzgaron que una fiesta especial en honor del Santísimo Sacra­mentó sería útil a la gloria de Dios y al bien de las almas y que nada se oponía a su institución. Esta decisión llenó de gozo el alma de Santa Juliana de Mont Cornillon. Sin embargo, hubiera deseado que el honor de ser la primera en dar comienzo a esta obra no recayera sobre ella. Juliana había oído hablar de una beguina llamada Isabel de Huy, que tenía fama de santa. Era, en efecto, un alma virtuosísima, a quien Dios había levantado a gran perfección por los caminos del sufrimiento.

Juliana fue a proponerle entrase en la comunidad de Cornillón. Con gran alegría de Juliana, Sor Isabel consintió en ello. Aquélla creyó sin duda que Dios había comunicado a un alma tan santa sus designios relativos a la fiesta del Santísimo Sacramento. Grande fue su extrañeza y su dolor al encontrar a Isabel opuesta al proyecto.

Isabel, notando la tristeza de su piadosa amiga, suplicó al Señor que le manifestase la causa de ello. Al cabo de un año sucedió que en ocasión en que Sor Isabel estaba rezando con la reclusa Eva, fue repentinamente arrebatada en éxtasis, revelándole Dios los inmensos beneficios que su Providencia dispensaría al mundo por la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento. A partir de este día, Isabel, como la reclusa Eva, quiso compartir con Juliana la realización de tal empresa.

Sin embargo, la opinión pública empezaba a preocuparse de la nueva fiesta y el demonio se aprovechaba de ello para desencadenar contra este proyecto una verdadera tempestad. No faltaron burlas a la «visionaria» de Monte Cornillón. Juliana acudió a la oración, su arma ordinaria, y emprendió varias peregrinaciones.

Primera Fiesta de Corpus Christi (1246)

Se acercaba la hora de la victoria. El obispo de Lieja, Roberto de Torote, publicó en 1246, el mismo año de su muerte, una pastoral relativa a la institución de la fiesta del Corpus, fijando su cele­bración el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad. Desde 1247 a 1252 los canónigos de San Martín fueron los únicos que observaron el mandato episcopal.

En 1252 llegó a Lieja Hugo de San Caro, cardenal Legado del Papa, el que, como teólogo consultado, había aprobado ya el proyecto de Santa Juliana de Mont Cornillon. Haciendo uso de los poderes de que Inocencio IV le había investido, el cardenal resolvió inaugurar en Lieja la nueva fiesta. Fue celebrada con gran pompa en medio de gran concurso de fieles en la iglesia de San Martín.

El legado pronunció un discurso, y el 29 -de diciembre publicó un decreto por el que ordenaba a todas las provincias de su Legación que celebrasen esta solemnidad el jueves siguiente a la Santísima Trinidad.

El 30 de noviembre de 1254, otro Legado, el cardenal Capocci, que vino a Lieja con misión especial, confirmó a su vez la iniciativa del cardenal de San Caro. Por fin, diez años después, Urbano IV , el antiguo arcediano de Lieja, Santiago Pantaleón, instituyó oficialmente la fiesta del Corpus en la Iglesia universal por la Bula «Transiturus», con fecha 8 de septiembre de 1264.

Con la misma fecha se dignó comunicárselo por un Breve personal a la reclusa de San Martín, Eva, la amiga de Juliana, ya que ésta había fallecido seis años antes. Santo Tomás de Aquino compuso el oficio de la nueva fiesta, que fue confirmada y ampliada con octava por Clemente V, en el Concilio de Viena del Delfinado (1311-1312) y declarada privilegiada de segunda clase por Pío X en 1911.

Persecuciones y últimos años

Después de la muerte de su antigua maestra Sapiencia, a quien el martirologio de Enríquez incluye como Beata, Santa Juliana de Mont Cornillon fue elegida a los 29 años priora de Monte Comillón, cargo que desempeñó con gran celo. El prior Godofredo, hombre virtuoso, la sostenía con sus consejos y autoridad.

Pero desaparecido este santo varón (1240), un ambicioso simoníaco, llamado Rogerio, usurpó el gobierno de los hospicios y por su instigación la multitud destruyó el oratorio del convento; Juliana hubo de refugiarse en una casa que Juan de Lausana puso a su disposición (1240). Uno de los primeros actos de Roberto de Torote, elegido obispo de Lieja en noviembre de 1240, fue reintegrar a Juliana a Comillón y desterrar a Rogerio a Huy.

Pero muerto el prelado el 16 de octubre de 1246, el enemigo de la Santa volvió a inmiscuirse en la dirección de los hospicios y amotinó nuevamente al populacho contra la priora. Obligada ésta a abandonar definitivamente la ciudad de Lieja en las fiestas de Navidad del año 1247, anduvo errante por varias ciudades, sobre todo en Namur y , tras muchas humillaciones y sufrimientos, recibió hospitalidad en las Cistercienses de Salcina, cerca de aquella ciudad. Allí perdió Santa Juliana de Mont Cornillon a su querida Isabel, que murió tan santamente como había vivido.

Juliana hubiera también deseado acabar su vida en esta hospitalaria casa, pero su espíritu profético le reveló nuevos destierros. La comunidad de Salcina fue arrojada de su convento por una facción hostil y criminal; Juliana se afligió de tal manera al ver así perseguidas a las religiosas, que su débil salud recibió con ello nuevos golpes. La abadesa la recomendó a un sacerdote de Fosas, villa situada a unos veinte kilómetros al sudoeste de Namur. Este sacerdote le ofreció una celda de reclusa, habitada poco antes por su propia hermana, cerca de la iglesia de Fosas. Allí había de acabar su vida.

El día de Pascua de 1258, sobreponiéndose a la debilidad de su cuerpo, minado desde hacía algunas semanas por enfermedad mortal, subió a la iglesia, asistió a Maitines y Laudes, oyó varias misas y recibió la Sagrada Comunión con fervor de serafín. Por la tarde, pidió la Extremaunción y respondió a las oraciones, impetrando, con lágrimas, perdón de sus pecados.

Santa Juliana de Mont Cornillon tuvo en su lecho a la abadesa de Salcina, que había acudido con algunas religiosas. El miércoles después de Cuasimodo, se vio que Juliana llegaba a sus últimos momentos. Como su enfermedad le impedía comulgar, la piadosa abadesa propuso que trajeran la Sagrada Eucaristía para que pudiera al menos adorarla. Cuando vio entrar a su Divino Salvador, se incorporó sobre su pobre lecho:

— Aquí viene — le dijo el sacerdote— tu Salvador, el que nació y murió por ti; pídele te defienda contra tus enemigos y te lleve a la patria celestial.

— Amén — respondió ella— . ¡Proteja Él también a la Madre abadesa!

Y con su acto postrero de adoración y de amor, Santa Juliana de Mont Cornillon entregó su alma al Dios de la Eucaristía el viernes 5 de abril de 1258. Su cuerpo fue primero inhumado en la abadía cisterciense de Villers a 34 km. de Fosas.

Nueva tumba de mármol negro lo recibió el 17 de enero de 1599. El protestantismo llevó allí su destrucción, pero algunas reliquias que enviaron primero a Roma y después a Portugal, fueron de­
vueltas a su primitivo relicario. Son veneradas en la abadía de San Salvador de Amberes y en San Martín de Lieja. Su culto y su oficio fueron ratificados y aprobados por Pío IX en 1868. La Orden de San Agustín celebra su fiesta el 7 de abril por un rescripto del 1.° de septiembre de 1870.

Oración a Santa Juliana de Mont Cornillon

Santa Juliana de Mont Cornillon, ruega por nosotros.

| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.