6 de Mayo: Beata Isabel de Toess


6 de Mayo: Beata Isabel de Toess

La Beata Isabel de Toess, fue princesa de Hungría, que muchos confunden con su tía y homónima Santa Isabel de Hungría. Fue hija de Andrés III, rey de Hungría, llamada el Veneciano, y Tenna, hija de Manfredo, rey de Sicilia,


Día celebración:  6 de mayo.
Lugar de origen: Buda, Hungría.
Fecha de nacimiento: 1297.
Fecha de su muerte: 6 de mayo de 1338.


Contenido

– Introducción
– La Beata Isabel de Toess se hace Dominica
– Virtudes religiosas de Beata Isabel de Toess
– Sus milagros
– Paciencia en las pruebas | Muerte
– Oración a la Beata Isabel de Toess


Introducción

Con el perdón y venia de los lectores, nos permitimos advertir a los menos versados en hagiografía que no debe confundirse esta hija de Santo Domingo con su tía y homónima Santa Isabel de Hungría, duquesa de Turingia y terciaria de San Francisco. Encontramos su vida en la obra de Helvetia Sancta que escribiese Enrique Murer de Lucerna, religioso cartujo del convento de Ittengen, y cuyo texto no es mas que la traducción alemana de la biografía que en dialecto local escribiera una religiosa y que forma parte de las crónicas del monasterio de Toess, cerca de Winterthur, en Suiza; la Acta Sanctorum, a su vez, han publicado una traducción latina.

La Beata Isabel nació en Buda el año 1297; fueron sus padres Andrés III, rey de Hungría, llamado el Veneciano, y Tenna, hija de Manfredo, rey de Sicilia, Grandes manifestaciones de alegría acompañaron el nacimiento de la princesa. Todas las campanas de la capital se echaren a vuelo; en todas las plazas de la ciudad se abrieron fuentes que dejaban correr en abundancia no ya agua clara, sino vino generoso: todos los grandes del reino acudieron a la Corte para presentar a los soberanos sus votos de felicidad.

Murió poco después la reina Tenna y Andrés se desposó en segundas nupcias con la princesa Inés, hija de Alberto de Austria, rey de los Romanos. Pasado algún tiempo en la corte de Hungría, obtuvo licencia la reina de su marido, para acompañar a su hija política a Viena, con la intención de hacerla educar con los hijos de su hermano. Pero habiendo Andrés en 1301, a los 10 años de reinado, su viuda persuadió a los grandes del reino para que desposasen a su infanta Isabel, con su pariente el príncipe Enrique, duque de Austria.

Empero, el primero de mayo de 1308 era asesinado por su propio sobrino el rey Alberto, padre de Inés; y la reina de Hungría, deseosa de vengar el asesinato, volvió con Isabel a Buda y prsiguió a los culpables, incendió sus castillos y devastó sus campos.

La pequeña Isabel quedó conmovida a la vista de tantos males y de tanta sangre derramada; la misma reina se conmovió también, y a modo de expiación, se unieron las dos para restaurar en Agrovia un monasterio de la Orden de Santa Clara (1310). Confiaba Inés que su hija política se decidiría con ella a abrazar con ella el estado religioso, pero el convento designado no era de su agrado. Más tarde, autorizada para elegir en Suiza un monasterio donde sirviera a Dios toda su vida, escogió a las Dominicas de Toess.

La Beata Isabel de Toess se hace Dominica

Se adelanto en ella la devoción a los años y la prudencia a la edad y, acompañadas estas singulares gracias de una índole apacible, modestia singular, docilidad incomparable y propensión como natural a todo lo bueno, se conoció, desde luego, que no necesitaba la ilustre niña de muchas instrucciones para caminar por las sendas de la virtud. En efecto, desde sus más tiernos años distribuyó el tiempo, y aún las horas, en oración, lectura espiritual y obras de piedad, lo que observó con tal exactitud, que ni aún las muchas enfermedades que padeció la dispensaron de estos santos ejercicios.

Cumplidos los trece años, la inocente virgen recibió el habito de la Orden de Santo Domingo ante el altar mayor de la nueva iglesia de Toess. Andando e! tiempo, este altar debía ser dedicado al misterio de la Anunciación y a Santa Isabel, duquesa de Turingia.

Cuando la joven hubo pasado quince semanas con el habito dominicano, en perfecta observancia,|sometida a la obediencia y a la humildad, tal como lo exige la Regla de la Orden, Inés, que manifestaba hacia ella atenciones muy interesadas, ordenó a las hermanas que la admitieran a la profesión. La Madre Priora dio su consentimiento y así las Beata Isabel de Toess, admitió gustosísima los votos de religión.

Virtudes religiosas de Beata Isabel de Toess

Para mantenerse en un estado de pureza perfecta, la joven religiosa recurría a la confesión con mayor reverencia de la prescrita por la Regla y hacia, además, cada año una confesión general.

Observaba con esmero y perfección la Regla y las Constituciones de la Orden Santo Domingo, y daba a las superioras pruebas de la más rendida sumisión. Esta hija de reyes era modelo de humildad y de caridad, ningún trabajo le parecía abyecto o vil y se llenaba de confusión al verse tratar con alguna deferencia. Manifestaba, sobre todo, un gran sentimiento de caridad con tas Hermanas enfermas o afligidas, y consideraba los padecimientos de éstas como propios.

Ponía con la pobreza religiosa el fundamento de las demás virtudes; no tenia nada como propio y vivía desprendida de todo. De cuando en cuando su madre política, la reina Inés, la visitaba y la encontraba con una túnica usada y remendada. Al observarla la reina le decía con ternura: «No te da vergüenza. hija mía, de llevar ese hábito siendo como eres hija del rey de Hungría?» Pero estas palabras no le hicieron cambiar en lo más mínimo su amor a la pobreza.

La Beata Isabel de Toess Ilegó a saber con alegría que las rentas anuales del monasterio eran escasas; era verdad, pero si el monasterio era pobre, las virtudes religiosas reinaban en él e Isabel daba el ejemplo. Su fervor en la oración era tan grande que de todas sus acciones parecía hacer una oración continua, manifiesta era su prontitud a la asistencia al coro para el canto de las Horas Canónicas. Nunca se permitió abstenerse de aquel oficio, ni aún en caso de enfermedad.

A menudo la encontraban en la iglesia arrobada en éxtasis, elevada sobre el suelo a un codo de altura; y otras, en tal estado de debilidad física, que sus compañeras tenían que llevarla a la celda.

Se sentía cada día más aficionada a la meditación de la Pasión. El Viernes Santo, deseosa de honrar al Divino Maestro y movida por un sentimiento de humildad, hacia cuatrocientas genuflexiones, y en cada una rezaba una oración; en este día no tomaba ni vino ni agua. También tenia la costumbre de repartir en el tiempo de Adviento el rezo de siete mil Avemarías, acompañadas de otras tantas inclinaciones para honrar el fruto bendito del seno de la Virgen Madre. La vigilia de Navidad se recogía desde Maitines, para rezar mil Avemarías en honor del Salvador que acababa de nacer.

Isabel buscaba la soledad para entregarse a la contemplación. Repetidas veces las Hermanas más jóvenes acudían a ella para acompañarla en sus ejercicios espirituales y tener parte en sus dolores y angustias; ella las despedía con bondad, diciendo: «Trabajo para mi, hijas mías, porque tengo presente la eternidad: ¡Ojala que a mi llegada a la patria celestial pueda encontrar un puestecillo!»Y con estas palabras se volvía a la oración.

Un día. una de las religiosas mas ancianas la buscaba con intención de consultarla, no encontrándola en el monasterio, se dirigió al coro, en donde vio que una Hermana, a quien no reconoció de pronto, yacía en tierra al pie de una imagen de la Santísima Virgen. Al contemplarla más de cerca, la vio de improviso levantarse misteriosamente del suelo. Mas tarde comprendió que había estado en presencia de la Beata Isabel de Toess.

Se trataba, no obstante, como si hubiera, sido la mujer mis profana y pecadora del mundo, y en ninguna cosa perdonaba a su cuerpo. Decía que daba Dios gran gloria en el otro mundo por la penitencia que aquí se hace, y que habíamos de tener muy presente a Jesucristo, el cual no quiso gozar ni una hora de descanso en este mundo.

Este rigor que con ella misma usaba, tenía como fundamento el conocimiento de sus culpas y su profunda humildad; porque estaba tan sumida en el abismo de su nada, sentía de si tan gran menosprecio que, por mucho que la pudiesen humillar, ella creía que era mucho peor de lo que pudieran decir y aun imaginar. Las honras le eran un dolor y carga intolerable.

Se tenía por la menor de todos, servia aún a las legas, y hacia los oficios humildes que ellas habían de realizar, para aliviarlas del trabajo a costa de su propia fatiga. Trataba de mejor gana con las más sencillas, pedía consejo a las que sabían menos que ella, imitaba lo bueno que veía en las demás. y todas tenían mucho que imitar de ella.

 

Sus milagros

Murieron dos personas que en vida habían injuriado a la sierva de Dios. Al poco tiempo se aparecieron a tres monjas y les suplicaron que se postrasen, en su nombre, a los pies de su santa compañera para pedirle perdón de las injurias que le habían inferido, rogándole, al mismo tiempo, que intercediera por ellas ante Dios para que pudieran disfrutar pronto de las eternas alegrías.

Ademas, una de estas almas se apareció a una de esas monjas, advirtiéndola que no podría alcanzar el descanso eterno sin pedir perdón a la santa princesa por su mediación. La monja respondió que no podía cumplir este encargo en seguida por estar la Beata Isabel de Toess enferma de gravedad. y el alma replicó que, mientras tanto, no entraría en el cielo. Isabel manifestó más tarde a la monja que también aquella alma se le había aparecido a ella, mientras hacia oración en el coro, suplicándole que acudiera a su ayuda.

Una pobre mujer que habitaba no lejos de Toess, se encontraba hacia ya cuarenta años paralizada de brazo y mano, cosa que le imposibilitaba para todo trabajo. Una voz le dijo claramente: «Ve a ver a Ja reina de Hungría. Suplícale que toque tu mano y recobrarás la salud». Creyó que era sueño y no le dio importancia.

La noche siguiente se dejé oír la misma voz. La enferma decía para sus adentros: «:Cómo podré ir yo a Hungría?»; pero entonces el consejo fue mas claro: «Ve a la reina de Hungría que esta en el convento de Toess». Obedeció la mujer y Ilevó ante Isabel su propia embajada; pero la princesa religiosa, sabedora de lo que pretendía, tuvo miedo, y se declaré indigna del poder que se le atribuía, Sin embargo, cediendo a las reiteradas instancias de las Hermanas, se entrevistó de nuevo con la visitante, estrechándola entre sus brazos y se puso en oración, pidiéndole a Dios que recompensara su fe. Al instante quedó curada del brazo y la mano.

Otro día entró la Beata Isabel de Toess  a la huerta del monasterio con una compañera para recrearse un poco; las religiosas paseaban en el jardín. Había allí un local destinado a la destilación de agua de rosas y de otros medicamentos de la enfermería. La Beata Isabel de Toess y su compañera se percataron de que el fuego había hecho presa de aquel local, construido todo de madera y amenazaba con consumirlo en breve tiempo. Disponían de agua, por tenerla muy cerca, pero carecían de vasijas para a arrojarla a las llamas; la otra religiosa propuso ir a pedir auxilio pero no había mucho tiempo.

Fue entonces que la Beata Isabel de Toess, tomando una criba medio quemada, la sumergió en el agua  y, llena milagrosamente de ella, arrojó el contenido sobre las llamas que se apagaron inmediatamente.

Paciencia en las pruebas | Muerte

Entre las pruebas que soportó Isabel, merece particular mención la suma pobreza en que vivió durante los veinticuatro años que pasé en aquel parvo cenobio, donde las privaciones eran extremas. No cabe duda que sus amigos y parientes hubieran podido remediarla, pero su madre política mostraba verdadera avaricia para con ella, Esta reina que injustamente retenía toda la herencia de Andrés III, sólo permitía que su hija política pudiera disponer de una parte insignificante.

Poco tiempo después de su profesión, Isabel cayó gravemente enferma y, habiéndosele prescrito aguas medicinales, fue enviada a Bada, en Argovia, acompañada de otras monjas. De allí se trasladó a Koenigsfelden, donde residía su madre política. La reina le mostré todas los tesoros que el padre de nuestra Beata había dejado; pero no le dio nada, y la dejé salir con las manos casi vacías. La pobrecita monja prefirió dirigir los pensamientos al cielo, y se fue a visitar el célebre monasterio de Nuestra Señora de las Ermitas, o de Einsiedeln. Así olvidó la aflicción con que la dureza de su madrastra había amargado su alma.

A los pocos años de profesar, la Beata Isabel de Toess vio su salud nuevamente comprometida. Sin que los médicos descubrieran la naturaleza del mal, que iba agravándose día a día; fue preciso velar a la enferma, que acabó por perder todas las sus fuerzas físicas e intelectuales. La enfermedad se prolongó desde Pentecostés hasta principios de noviembre. Entonces se le apareció su tía Santa Isabel de Hungría, y le prometió que as los catorce días, o sea, en su fiesta, 19 de noviembre, recobraría la salud.

Efectivamente, el día señalado, obligada a dejar la cama por la violencia de los dolores, se dirigió precipitadamente a la iglesia; tan pronto como estuvo en el coro sufrió un desvanecimiento ante el altar; y mientras las monjas cantaban las Vísperas, la enferma se incorporé, abrió los ojos como si saliera de un profundo sueño y se encontré completamente curada. Una leve debilidad fue cuanto le quedé de su extinguida dolencia.

Cuatro años antes de su muerte, Isabel se vió acometida de las fiebres intermitentes llamadas «tercianas, que. al repetirse cada tres días, dejan al paciente sin fuerzas ni energías; hubiérase dicho que intentaba Nuestro Señor compartir con su esposa los sufrimientos y penas de su Pasión, tal como ella misma lo había deseado frecuente y ardientemente.

Y en tal medida Dios nuestro Señor le concedió la gracia de soportarlo todo por su amor, que nunca manifestó, ni con palabras ni con gestos, la menor tristeza o asomo de desagrado, Por el contrario, en los dos últimos años que pasó en este valle de lágrimas. resplandeció de modo admirable su paciencia, precisamente al sufrir los mas agudos dolores, a les que se juntó la parálisis,
privándola de todo movimiento e inutilizándola hasta para comer y beber sin ayuda ajena.

La parálisis fue seguida de la gangrena, hasta el punto de cubrirse todo su cuerpo de Ilagas ulcerosas. Así, visitada por la prueba, agradecía al Señor desde el fondo del alma tamaño don. Un año entero pasó la Beata Isabel de Toess en un estado que, al parecer, no podía prolongarse sin sobrenatural intervención. Y, sin embargo, iba a transcurrir el segundo de igual modo, entre padecimientos de un cuerpo paralizado y purulento y acerbos dolores soportados con una paciencia y humildad a toda prueba.

Una noche en que la vigilante se había dormido, se apagó la lampara; la Beata Isabel de Toess suspiraba por el nuevo día, pero no quiso despertar a la monja, que se hallaba vencida por el cansancio. Se puso la Beata en oración, la lampara volvió a encenderse milagrosamente, y espació por la habitación maravillosa claridad.

Otra noche, mientras dormía la monja que la velaba, se sintió la Beata Isabel de Toess tan fortalecida. que se levantó de la cama, se vistió y se fue al coro, donde oró algunos instantes ante el Santísimo Sacramento. Satisfecha su devoción, volvió en silencio a su cuarto y se acosté; no se conoció el caso sino por sus confidencias, pero no quiso manifestar lo que le fue declarado en
este coloquio con Jesús Hostia, y se llevó el secreto a la tumba. Desde entonces, ya no volvió a pisar la iglesia del monasterio.

El tiempo de la libertad se aproximaba; conservando aún el uso de los sentidos, pidió les últimos Sacramentos, que recibió con gran fervor y, tras las ceremonias acostumbradas en tales casos, suplicó que abriesen la ventana para poder contemplar el cielo. Luego, dirigiendo sus mirada a la bóveda azulada, desahogó su corazón con una plegaria:

Oh Dios mio, Criador y Redentor de mi alma, que un día seréis mi galardón, dirigid sobre mi una mirada de misericordia, recibidme en la patria celestial, lejos de este mundo lleno de dolores, por los méritos de vuestra Pasión y muerte.

Dirigiéndose luego a la madre Priora y a sus Hermanas, les agradeció por el gran honor que le habían hecho por haberla admitido, por las bondades y cuidados que le habían prodigado y, particularmente, por la paciencia con que habían suportado sus enfermedades.

Luego, volviendo a la oración, invocó silenciosamente la ayuda de Dios, percibiéndose tan sólo el movimiento de sus labios. En tiernos coloquios con Dios, expiró un 6 de Mayo de 1338 a la edad de 41 años.

Al día siguiente, después de los funerales, en medio de las lágrimas de los asistentes, el cuerpo de la Beata Isabel de Toess fue inhumado en la Iglesia

Oración a la Beata Isabel de Toess

Oh Dios mio, Criador y Redentor de mi alma, que un día seréis mi galardón, dirigid sobre mi una mirada de misericordia, recibidme en la patria celestial, lejos de este mundo lleno de dolores, por los méritos de vuestra Pasión y muerte. Amén.

Beata Isabel de Toess | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.