6 de Agosto: San Sixto II, Papa y Mártir


San Sixto II

El papa San Sixto II fue obispo de Roma desde el 31 de agosto de 257 hasta su muerte el 6 de agosto de 258. Fue martirizado junto con siete diáconos, incluido Lorenzo de Roma durante la persecución de los cristianos por el emperador Valeriano.


Día celebración:  6 de agosto.
Fecha de su muerte: 6 de agosto de 258.


Contenido

– Introducción
– El problema de los rebautizados
– Octava persecución
– Segundo Edicto
– Traslado de los sagrados cuerpos de San Pedro y San Pablo
– Martirio
– Oración a San Sixto


Introducción

Subió San Sixto al solio pontificio ciento noventa años después de la gloriosa muerte del Príncipe de los Apóstoles, cuando el trono de San Pedro se hallaba teñido en púrpura con la sangre de los mártires. También él, como su predecesor derramó su sangre por Cristo, enrojeciendo real y materialmente la cátedra de Roma, pues fue decapitado en el trono mismo en que presidía las reuniones de los fieles.

Su pontificado duró sólo un año. Había sucedido a San Esteban I, el 30 de agosto del año 257 y recibió la palma del martirio en la persecución de Valeriano, el 6 del mismo mes del año siguiente. Poseemos escasos datos biográficos de los primeros años de su vida.

Tan sólo sabemos que nació en Atenas, que frecuentó las escuelas filosóficas de Grecia y que, convertido al cristianismo, fue ordenado sacerdote y llegó a ser arcediano de la Iglesia Romana. Al ser elevado al supremo sacerdocio, sucedióle en aquel cargo Lorenzo, mártir también según le profetizara San Sixto, cuando le conducían al suplicio. «Post tres dies meséqueris, sacerdotem levita, le había dicho. Dentro de tres días me seguirás en el sacrificio, ¡oh diácono!, para asistir al ministro del Señor».

El problema de los rebautizados

La Iglesia cristiana de África veíase amenazada con un cisma por la cuestión de los rebautizados; una parte de Asia estaba a punto de separarse de la comunión de Roma por idéntica razón. Esta querella, suscitada en épocas anteriores, había alcanzado mayor recrudecimiento entre el papa San Esteban, predecesor de San Sixto, y el obispo de Cartago, San Cipriano. Se ventilaba la validez del bautismo conferido por los herejes.

San Cipriano, impulsado por celo excesivo en pro de la pureza del dogma católico, declaraba nulo tal bautismo. Según su criterio, la validez del sacramento dimanaba de la santidad del que lo administraba, y no de su institución divina ni de las condiciones establecidas por el Divino Maestro. Error gravísimo que comprometía toda la economía de la religión. El Papa, defensor nato de la Verdad, declaróse, como era natural, en contra de tales teorías; de ahí surgieron profundas desavenencias entre Roma y Cartago. La doctrina ortodoxa triunfó, tras agrias controversias animadas, sin embargo, por bonísimas intenciones.

Al advenimiento de Sixto II, el fuego de la discusión no estaba por completo apagado: San Cipriano vivía aún y la iglesia africana conservaba fielmente su ideas y su espíritu. San Sixto, dotado de gran paciencia y bondad, restableció la calma en los espíritus aunque sin ceder ni un ápice en las definiciones de sus antecesores, y en lo establecido en los antiguos usos romanos, reanudó las relaciones con el obispo de Cartago y volvió al seno de la Iglesia a numerosos disidentes.

En el Concilio de Arlés (314) tomó a plantearse la misma dificultad, la cual sólo quedó zanjada definitivamente en el concilio de Nicea, el año 325. En el horizonte de la iglesia, divisábanse enemigos más terribles: los enemigos de fuera.

Octava persecución

Desencadenóse la octava persecución durante el gobierno del emperador Valeriano. Su desarrollo comprende dos fases o épocas bien caracterizadas. La primera época fue suave en apariencia, se limitó a declarar ilícita la asociación de los cristianos, prohibir sus asambleas y desterrar a los principales jerarcas. En el primer edicto persecutorio —julio de 257— se conservaban ciertos miramientos para con los cristianos y se recordaba con aparente satisfacción la antigua simpatía que hacia ellos tuviera el emperador.

Marciano, hombre impío y sanguinario, valióse de su influencia como ministro, para torcer aquellas buenas inclinaciones y arrancar el edicto que contenía los extremos anteriormente expuestos.
En medio de las mil vejaciones y penalidades, la fe y constancia de los discípulos de Cristo permaneció firme e inquebrantable; más aún, con sus ejemplos y consejos ganaban muchos prosélitos para la verdadera causa.

Estos resultados tan adversos, contrariaron los planes de los perseguidores y les hicieron cambiar de táctica. Las nuevas determinaciones fueron objeto de otro edicto, promulgado por orden de Valeriano en junio del año siguiente, antes de emprender la expedición contra los persas. Desde este instante la persecución entra en su segunda fase. Nuestro Santo será de los primeros en experimentar las terribles consecuencias de aquel cambio.

Segundo Edicto

Conocemos algunos pormenores de este documento por una carta que San Cipriano dirigió a Suceso, obispo de Abbir Germaniciana, ciudad de la provincia proconsular de África, informándole de ciertos rumores que más tarde confirmaron plenamente unos emisarios enviados por él a la Ciudad Eterna con el fin de prevenir a sus hermanos. «Los enviados a Roma para cerciorarse de la veracidad del edicto publicado contra nosotros —dice la carta—, están ya de regreso. Según ellos, el emperador Valeriano ha cursado un escrito al Senado para que sancione las siguientes medidas:

«Decapitación, sin juicio ni proceso, de los obispos, sacerdotes y diáconos cristianos, degradación e incautación de los bienes pertenecientes a los senadores nobles (egrégii viri) y caballeros romanos que se declaren cristianos, los cuales, si persisten en su declaración, serán igualmente decapitados, las matronas serán desposeídas de sus haciendas y condenadas al ostracismo, los empleados del palacio imperial (coesariani) que hayan hecho profesión de fe cristiana y no abjuren de la misma, se harán tributarios del fisco y trabajarán encadenados como esclavos en los dominios del César. El emperador manda con este mensaje el modelo de la carta que será remitida a todos los gobernadores de las provincias romanas».

Por lo transcrito podemos juzgar de la difícil situación creada a los cristianos. A la pena de destierro, prescrita en el edicto del 257, sustituídsela por la pena capital que, en este caso, se aplicaba conculcando las leyes más elementales del derecho procesal y penal, ya que no había interrogatorio, ni juicio regular, nt sentencia legitimada por la fórmula: in continente animadvertantur.

Numerosos clérigos fueron, efectivamente, ejecutados en el acto, sin que para ello mediara ningún requisito judicial. La aristocracia y los «cesarianos» sufrieron también el peso de la ley; en cambio, la clase baja —los humiliores— no fue molestada lo más mínimo. Buscábase la destrucción del cristianismo atacando a los jefes y a los cristianos influyentes; pensaban que así desorganizarían la religión.

No iban mal encaminados los enemigos de Cristo, pues, ¿qué podían hacer los simples fieles sin la dirección de los Papas y sacerdotes y sin las dádivas y larguezas de los cristianos adinerados que socorrían todas sus necesidades espirituales y corporales?

Para éstos les bastaba la aplicación del edicto anterior que les prohibía tener reuniones, acudir a los cementerios y a los lugares del culto. Los senadores, los nobles, los caballeros cristianos, después de confiscados sus bienes, debían renegar de su fe o morir víctimas de su constancia. La vida de los «cesarianos» era respetada, pero a la expropiación de sus bienes seguía la condena a trabajos forzados, algunos eran encadenados, y debían trabajar para el emperador en condiciones bárbaras e inhumanas, como simples esclavos. Tal es la parte dispositiva del fatal edicto del año 258.

El Senado votó cuanto propuso Valeriano y su «senatus consultus» sembró, de este modo, el dolor y la muerte en todas las provincias. Roma experimentó, antes que ninguna otra ciudad, los efectos de tan arbitraria disposición.

En la misma carta a que anteriormente nos hemos referido, San Cipriano notificaba a Suceso el martirio del papa Sixto. «Con gran dolor —le decía— te comunico que Sixto, juntamente con cuatro diáconos, ha sido decapitado en las catacumbas, el día 8 de los idus de agosto.

Los prefectos de Roma, se preocupan del cumplimiento del edicto con celo incansable; cada día son condenados a muerte o privados de sus bienes muchos de nuestros hermanos. Te ruego avises a los fieles, a fin de que, en todas partes, se hallen dispuestos al combate que nos dará la victoria final». No estaba de más aquella caritativa y oportuna prevención.

Traslado de los sagrados cuerpos de San Pedro y San Pablo

Aquellas draconianas disposiciones amenazaban destruir los lugares destinados al culto y aun la existencia misma de la Iglesia. Una de las primeras providencias del papa Sixto fue poner a salvo los venerandos restos de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo. Sus sepulcros, universalmente conocidos, se hallaban en el monte Vaticano, junto a la vía Cornelia, y en la quinta de Lucina, junto a la vía Ostia, respectivamente.

La piedad de los primitivos cristianos había levantado capillitas sobre sus tumbas; se temió con fundamento fuesen profanadas sus reliquias en tan críticas circunstancias. El 29 de junio del año 258 —según opinión autorizada— el Papa mandó trasladar los sagrados restos a una cripta de la vía Apia, en el sitio denominado ad catacumbas. Durante muchos años se desconoció el lugar preciso de su descanso.

Los arqueólogos han emitido opiniones dispares sobre esta traslación; algunos la han negado a pesar de la tradición constante, corroborada por una inscripción del papa San Dámaso. En fin, excavaciones recientes, practicadas bajo el pavimento de la basílica de San Sebastián, han arrojado luz definitiva sobre este tema y han confirmado plenamente la creencia tradicional.

Queda otro punto por dilucidar: ¿cuánto tiempo se conservaron los venerandos restos en la cripta de la vía Apia? Lo ignoramos; muchos creen con gran probabilidad de certeza, que permanecieron allí hasta la paz de la Iglesia, y que el emperador Constantino los volvió a colocar en el primitivo enterramiento al construirse las dos basílicas de San Pedro y San Pablo.

Más tarde, San Dámaso hizo colocar, para perpetua memoria del traslado, la inscripción métrica siguiente: «Hic habitasse prius sonetos cognoscere debes. Nómina quisque Petri páriter Paulique requiris. ..» («Debes saber que descansaron aquí, en tiempos pasados, los santos cuyos nombres buscas Pedro y Pablo. .»)

Esta inscripción no ha sido hallada, sólo se conoce por transcripciones antiguas, de aquí las vacilaciones para determinar con precisión el lugar de esta sepultura provisional. Pero las recientes excavaciones han descubierto, bajo la basílica de San Sebastián, en las paredes del subterráneo, gran número de grafías —más de cien— con las cuales los piadosos peregrinos del siglo III invocaban la protección de los Santos Apóstoles.

Transcribimos algunas: Pedro y Pablo, acordaos de nosotros. — Pedro y Pablo, socorred al mayor de los pecadores. — Pedro y Pablo, interceded por todos nosotros. — Pedro y Pablo, y tú que lees esto, acordaos de Sozomena. — Pedro y Pablo, con­servadnos a Vicente. Este precioso descubrimiento —unido a la tradición constante según la cual los cuerpos de los Santos Apóstoles fueron trasladados a esta región—, nos permite afirmar rotundamente ser aquél el lugar preciso en donde fueron ocultadas las santas reliquias.

Martirio

San Cipriano, en la carta dirigida a Suceso, no refiere más datos sobre la muerte de San Sixto. Con todo, el pormenor concreto de su decapitación en la catacumba es importantísimo y echa por tierra leyendas que habían oscurecido la historia de sus postreros momentos. Sabed que Sixto ha sido decapitado en la catacumba el 6 de agosto —escribe lacónicamente el obispo de Cartago; afirmación tan sucinta como elocuente.

Las circunstancias de este martirio son emocionantes: Hallábase el pontífice en la catacumba de Pretextato, lugar funeraria privado, para celebrar los divinos misterios. Los agentes del emperador, celosos para impedir las reuniones de los cristianos, irrumpieron en el subterráneo y sorprendieron a San Sixto que sentado en su cátedra, dirigía la divina palabra a los fíeles.

Sin hacer caso de los demás, apoderáronse al punto del santo obispo y de los ministros que le acompañaban para conducirlos a presencia del prefecto más celoso y enemigo de los cristianos. Celebrada la entrevista, fueron condenados Sixto y sus compañeros a ser decapitados en el mismo lugar en que fueran sorprendidos en flagrante delito de culto ilegal. Momentos después se los condujo al suplicio. En el trayecto encuentran a Lorenzo, prim er diácono, el cual entabla con el Pontífice el sublime diálogo que San Ambrosio nos ha legado y que la Iglesia ha consagrado en su liturgia.

— ¿Adonde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adonde vas, sacerdote, sin tu diácono? ¿Vas a ofrecerte a Dios en sacrificio? ¿Pues cómo le quieres ofrecer —fuera de tu costumbre— sin ministro? ¿Qué has visto en mí por donde me deseches? ¿Hasme hallado por ventura cobarde y flaco? Dísteme cargo que administrase a los fieles el Sacramento de la sangre de Cristo; y ¿ahora quieres sin mí derramar tu sangre? Escogísteme para lo que es más, y ¿no me quieres para lo que es menos?

Mira que no te reprendan de inconsiderado, aunque te alaben de fuerte, pues la falta del discípulo es deshonra del maestro. Muchos ilustres varones alcanzaron renombre de victoriosos por haber vencido; muchos capitanes triunfaron por haber peleado sus soldados valerosamente.

—No te dejo, hijo mío — respondió el santo pontífice Sixto—, ni te deshecho por pusilánime y cobarde, antes te hago saber que te queda otra batalla más dura que la mía y otros tormentos más rigurosos. Por ser yo viejo y flaco, mi tormento será breve y ligero, mas tú, que eres mozo robusto, triunfarás con mayor victoria del tirano. Deja de llorar, que presto me seguirás.

Pasados esos tres días, tú, que eres diácono, seguirás a tu sacerdote. ¿Para qué buscas compañía en tu pasión, pues toda la gloria de tu martirio se ha de atribuir a tus grandes hazañas? ¿Para qué me quieres contigo? Elias dejó a Elíseo, y no por eso le faltó virtud y fuerza para hacer grandes maravillas; lo mismo harás tú sin m í; sólo te encomiendo que los tesoros de la Iglesia que están a tu cargo, los repartas a los pobres como a ti te pareciere y con santa libertad.

La profecía se cumplió íntegramente: cuatro días después, el 10 de agosto San Lorenzo sufría por Cristo espantosos tormentos. Al llegar a la catacumba, los soldados hicieron sentar a San Sixto sobre la silla pontifical y le cortaron la cabeza. Igual suerte corrieron sus cuatro diáconos Jenaro, Magno, Vicente y Esteban.

En distinto lugar y el mismo día fueron inmolados también dos diáconos llamados Felicísimo y Agapito. Todos recibieron sepultura en la catacum ba de Pretextato; pero los restos del santo Pontífice y de sus cuatro compañeros fueron trasladados a la cripta papal, en la catacumba de Calixto, tan pronto como los cristianos recobraron el uso de sus cementerios; la cátedra ensangrentada fue colocada detrás del altar. El año 1700, Inocencio XII cedió esta gloriosa reliquia a Cosme II, duque de Toscana, el cual, a su vez la donó a la catedral de Pisa, donde aún se conserva.

Encima del cementerio de Pretextato se construyó más tarde una pequeña basílica, en el lugar mismo ubi decollatus est Xystus, donde Sixto fue decapitado. El papa San Dámaso grabó la inscripción anteriormente citada, cuyo texto reproducimos más abajo; ratifica en ella que Sixto presentó su cabeza al verdugo. Pruebas tan convincentes confirman el testimonio de San Cipriano respecto al género de muerte de nuestro Santo.

El Líber Pontificalis, recogiendo la doble tradición de los escritos y de los monumentos, dice en la nota biográfica que San Sixto II fue decapitado: cápite truncatus est. Por todo lo cual queda sin fuerza cualquier opinión que atribuya a nuestro mártir otro género de suplicio.

Oración a San Sixto

San Sixto, ruega por nosotros.

San Sixto | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.