5 de Junio: San Bonifacio, Arzobispo


San Bonifacio

San Bonifacio, nacido Winfrido  en la ciudad de Crediton de Devon en Inglaterra, fue una figura destacada en la misión anglosajona a las partes germánicas del Imperio franco durante el siglo VIII. Organizó fundamentos significativos de la iglesia en Alemania y fue nombrado arzobispo de Maguncia por el papa Gregorio III. Fue martirizado en Frisia en 754, junto con otros 52, y sus restos fueron devueltos a Fulda, donde descansan en un sarcófago que se convirtió en un lugar de peregrinación.


Día celebración: 5 de junio 
Lugar de origen: Crediton, Reino Unido.
Fecha de nacimiento:  680.
Fecha de su muerte:  755.
Santo Patrono de: Fulda, Germania, Inglaterra.


Contenido

– Introducción
– Principia su apostolado
– Obispo de Alemania
– Arzobispo de Maguncia
– Influencia del Santo en Francia
– Martirio y culto a San Bonifacio
– Oración a San Bonifacio


Introducción

Corrían los días del año 718 cuando el papa San Gregorio II recibía en audiencia a un monje anglosajón que, postrado a sus pies, le entregaba una carta del obispo de Winchester, solicitándole atendiese benignamente la petición del peregrino.

Aquel humilde monje que confiadamente se presentara entonces al Sumo Pontífice era Winfrido, el gran apóstol de Alemania que la historia conocería con el nombre de Bonifacio. Se creé que nació por los años de 680 en la ciudad de Kirton —hoy Crediton— en el Devonshire. Y a desde niño dio muestras de lo que había de ser andando el tiempo, pues a los cinco años, habiendo oído predicar una misión a ciertos monjes, determinó abrazar a su vez la vida monástica.

Y aunque procuró su padre por todos los medios disuadirle de aquella idea e inclinarle a las cosas del mundo, ni valieron ruegos ni influyeron halagos y amenazas; tanto más se resistía cuanto mayor era el combate, y aun de la misma lucha, fue aprendiendo, para conseguir más ilustres victorias.

Atacado su padre por una grave dolencia que le puso casi repentinamente a las puertas de la muerte, conoció ser aquello castigo de Dios por la violencia hecha a su hijo, y, llorando su culpa, condescendió con él y le envió al monasterio de monjes benedictinos de Exéter, cuando apenas contaba siete primaveras.

Allí estuvo algunos años el santo niño, dándose al ejercicio de la virtud y al estudio de las letras con notable aprovechamiento. Con la bendición de su abad, se mudó luego al monasterio de Nursling, en la diócesis de Win­chester, donde hizo tales adelantos en las ciencias convenientes a su estado, que era la admiración de todos los monjes y mereció que sus superiores le juzgasen digno de desempeñar una cátedra de Teología.

La fama de su santa vida, rara habilidad y excelente doctrina cundió muy presto por toda Inglaterra. De todas partes acudieron discípulos deseosos de oír a tan sabio maestro; los mismos reyes se consideraban honrados de tener por consejero y árbitro al monje Winfrido.

Otra vez parecía que el  mundo quería tentar al joven monje que en edad tan temprana había dicho adiós a sus importunas solicitaciones. Pero San Bonifacio, firme e inquebrantable como al principio, no sólo no pensó en sacar provecho para su medro personal de la confianza que le mostraban los poderosos del mundo, sino que rehusó las dignidades eclesiásticas. Se contentó con ordenarse sacerdote siendo de edad como de treinta años, y de allí en adelante se dio con nuevo ardor a la oración, contemplación y austeridad de vida.

Y es que se sentía movido a cosas mayores para honra y gloria de Dios; pensaba en los dilatados países de Alemania que eran todavía paganos, y este pensamiento encendía en su corazón, grandísimas ansias de ir a predicar el Evangelio a los infieles y sellar su predicación con el martirio. Ésta era por entonces la única aspiración del famoso profesor de Nursling: la de llegar a ser apóstol de Alemania.

 

Principia su apostolado

No tardaron en cumplirse aquellos nobles anhelos de su alma de apóstol.  El año de 716 dejó San Bonifacio el monasterio de Nursling con licencia de su superior y pasó a la ciudad de Utrecht, en cuyo territorio esperaba poder dilatar más y más la obra de su compatriota San Wilibrordo, primer apóstol de Frisia, y a la sazón obispo de Utrecht. Pero al poco tiempo, la persecución de Radbodo, rey de los frisones, cruel enemigo de los cristianos y destructor de iglesias, le obligó a dejar aquel país.

Muy afligido aunque no desalentado con aquel primer fracaso, volvió el celoso misionero al monasterio de Nursling. Poco tiempo permaneció el Santo en su convento. Estando en él,  murió el abad Wiberto. Entonces los monjes rogaron a San Bonifacio que quisiese ser su superior, esperando que con esto lograrían que el Santo permaneciese en su compañía; pero él se negó con toda humildad, manifestando de paso a los monjes el propósito que tenía de volver a evangelizar la Frisia.

Ellos, en tendiendo que era voluntad de Dios, se resignaron y le dejaron ir. Tomó, pues, otra vez el bordón de peregrino, se despidió de los monjes y dejó y a para siempre a Inglaterra. Antes de emprender este segundo viaje, se fue al obispo de aquel lugar, y le declaró que era su intención dirigirse a Roma para visitar los cuerpos de los gloriosos príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo; le suplicó que le diese su bendición y cartas testimoniales de su vida para el Sumo Pontífice Gregorio II.

El obispo lo hizo todo de muy buena gana, y San Bonifacio partió, acompañado de otros siervos de Dios que tenían el mismo espíritu y querían imitarle. Llegó a Roma, cumplió con su devoción, besó el pie al Papa y le manifestó su deseo y la causa de su ida a Roma. El santo pontífice, vistas las cartas del obispo y entendiendo que aquél era negocio del Señor, le recibió con gran benevolencia y trató varias y graves cosas con él.

Finalmente le hizo predicador apostólico, y con fecha 15 de mayo de 719 le dio un Breve muy favorable para que predicase el Evangelio a todos los infieles de cualquier parte del mundo, mandándole que siguiese en todo la liturgia romana y le avisase de lo que para la buena ejecución de tan alto oficio hubiese menester. Además le mudó el nombre de Winfrido por el de Bonifacio.

Recibida la bendición de Su Santidad salió de Roma para Alemania y pasando por Lombardía, visitó a Liutprando, rey de los longobardos, del cual fue muy bien recibido. De allí, a través de los Alpes, entró en Baviera y  Alemania hasta llegar a la provincia de Turingia. Obedeciendo al deseo del Sumo Pontífice, observaba con gran atención las comarcas por donde pasaba y, como dice su hagiógrafo, imitaba a la abeja que revolotea un rato sobre todas las flores del jardín antes de posarse sobre el cáliz de la flor preferida.

Estaba en Franconia cuando tuvo noticia de la muerte de Radbodo. Se embarcó entonces para Frisia y llegó a la ciudad de Utrecht para proseguir con el obispo San Wilibrordo la labor interrumpida hacía tres años.

Allí permaneció por espacio de otros tres, sirviendo al prelado con extremada humildad, obediencia y caridad, desarraigando las paganas supersticiones, instruyendo a los neófitos y edificando iglesias al verdadero Dios.

Quiso el santo obispo, que era ya muy anciano, retirarse a descansar, y rogó a San Bonifacio, a quien juzgaba muy digno de continuar aquella empresa, que aceptase el obispado y se encargase de aquella iglesia; pero no pudo lograrlo. San Bonifacio rehusó, alegando que no había cumplido los cincuenta años que entonces se requerían para ser consagrado obispo. Dejó luego la Frisia con licencia de San Wilibrordo y partió para el centro de Alemania.

En el viaje se detuvo en el monasterio de Pfazel, cerca de Tréveris. Era allí abadesa una hija del rey Dagoberto II , llamada Addula, la cual había entrado en religión después de la muerte de su marido. Comió el Santo con las religiosas, y después empezó a explicar a la comunidad lo que se había leído durante la comida. Estando en esto, un nieto de Addula, llamado Gregorio, de quince años de edad, como inspirado del Señor, declaró delante de todos que también él quería tener parte en los trabajos y sudores del celoso misionero; efectivamente, andando el tiempo se mostró digno discípulo de San Bonifacio.

Seguido de su nuevo discípulo, entró el Santo en Turingia. Las dificultades que allí se le ofrecían eran muchas y grandes. Las cristiandades tan florecientes fundadas por San Kiliano habían sido desbaratadas por los bárbaros, dueños y señores de aquella parte de Alemania. Privados como estaban de toda ayuda espiritual, los cristianos se olvidaban fácilmente de las promesas del Bautismo y aun muchos de ellos ofrecían sacrificios a los ídolos.

A pesar de todas estas dificultades, el santo misionero mudó en pocos meses la faz de aquella provincia. Los paganos dejaban sus chozas de ramaje, y gustosos seguían al santo apóstol para oír la divina palabra; los ya bautizados se afirmaban en la fe y volvían a la práctica de la vida cristiana.

Estos magníficos resultados costaron al Santo grandes trabajos, fatigas y angustias. No le faltaron tampoco ratos de desaliento, en los cuales descubría su alma confidencialmente al obispo de Winchester, escribiéndole para pedirle consejo y dirección:

«Suelen los hombres —le decía en un a carta—buscar consuelo en sus ratos de tristeza y aflicción, cerca de los amigos que por su sabiduría y autoridad les infunden mayor confianza. Por eso quiero yo declarar a vuestra paternidad las angustias de mi alma afligida».

El prelado aconsejó a su antiguo discípulo un método de evangelización señalado por el papa San Gregorio Magno, y que un año antes había dado excelente resultado a San Agustín en la conversión de Inglaterra. Le decía que no era menester combatir de frente los errores de los paganos ni altercar sobre la genealogía de sus dioses, sino proceder con discreción y hacerles explicar sus creencias, llevándolos primero al convencimiento de que esos dioses no son eternos en su origen.

Obispo de Alemania

El año 722, San Bonifacio, que deseaba sumamente ser guiado y aconsejado, envió a Roma uno de sus familiares llamado Binna, para que particularmente diese relación al Sumo Pontífice Gregorio II de lo que había hecho y del estado en que quedaba la Iglesia de Cristo en aquellos países, y pidiese a Su Santidad respuesta para las dudas que por carta le proponía.

El Papa recibió con mucho agrado al embajador de Bonifacio; pero no se  contentó con aquel mensaje, y así, al despedir al delegado Binna, le dio orden por escrito para que San Bonifacio en persona fuese a verle a Roma. El Santo, como hijo de obediencia, acudió luego y el Papa le recibió en la basílica Vaticana ante la Confesión de San Pedro. Finalmente, el día de San Andrés, 30 de noviembre de 722, le consagró obispo y le otorgó, además, jurisdicción ilimitada sobre todas las iglesias de Alemania.

Prometió ayudarle y favorecerle perpetuamente y le dio letras apostólicas para el duque Carlos Martel que a la sazón gobernaba el reino de los francos y para los otros príncipes eclesiásticos y seglares cristianos de Alemania, por las cuales les recomendaba a San Bonifacio, y les rogaba que le amparasen y defendiesen.

Estaba un día el Santo predicando en Geismar, cuando vinieron a decirle que allí cerca había un árbol de extraordinaria corpulencia dedicado a Júpiter. Era el famoso «roble de Thor», al que los paganos daban culto secular. Confiando en el poder de Dios, determinó el Santo cortarlo y arrancarlo. Se fue, pues, al ídolo resuelto a hacerlo pedazos; pero los paganos, al saberlo, le siguieron en tropel para estorbarlo y para matarle como a enemigo de sus dioses. En breve toda la población en armas se agrupó alrededor del ídolo, dispuesta a vengarse de los audaces que se atreviesen a profanarlo.

Iba el Santo acompañado de los clérigos y de algunos fieles servidores, pero no pudo evitar que los paganos le cercasen. No se asustó San Bonifacio, antes mandó dar con la segur en el árbol. Se oyó entonces un furioso clamoreo; la muchedumbre enardecida iba ya a extremar la violencia, pero de repente retrocedieron todos, sobrecogidos de pavor extraordinario.

Aquel árbol gigantesco empezó a crujir y, derribado por una fuerza invisible, cayó a los pies del Santo hecho pedazos en cuatro partes. Viendo este milagro, los gentiles se convirtieron y respetaron a aquel hombre, cuyo poder era superior al de sus dioses. Todos ellos pidieron el Bautismo. Jesucristo había triunfado.

Para celebrar esta victoria. San Bonifacio hizo edificar un oratorio al apóstol San Pedro con la madera de aquel mismo árbol. Predicó San Bonifacio en Turingia por espacio de siete años con admirable fruto. No se contentó con instruir a los infieles, sino que también puso mucho cuidado en arrancar las espinas y malezas de los vicios que entre los fieles y cristianos habían crecido.

La manera de apostolado que más abundante fruto dio al insigne apóstol benedictino fue la de fundar monasterios en la provincia, los cuales llegaban a ser centros de misión, educación, ejemplo y oración; en suma, verdaderos focos de civilización.

El más famoso fue el monasterio de Fuld a, que vino a ser para Alemania lo que el de Monte Casino para Italia. Hubo también valerosas mujeres que acudieron de Inglaterra para ayudar al celoso misionero y ocuparse de otros monasterios de vírgenes por él fundados. Las santas religiosas Cunigilda, Tecla, Valburga y Lioba fueron en  medio de aquellas gentes semi-salvajes, y por su mansedumbre, oración y vida retirada y silenciosa, ejercieron gran influencia sobre aquellos pueblos.

Y por cierto que fue providencial la llegada a Alemania de estas santas mujeres precisamente cuando comenzaba la civilización germánica, pues como muy acertada y bellamente se dijo, «ha dispuesto la divina Providencia que junto a todas las cunas vele amoroso el corazón de la mujer».

Arzobispo de Maguncia

Una de las primeras cosas que hizo el papa San Gregorio III , sucesor de San Gregorio II , fue enviar el palio a San Bonifacio (732), haciéndole con esta arzobispo. Lo que hasta entonces había sido diócesis de Alemania, pasó a ser provincia eclesiástica y quedó dividida en varios diócesis gobernadas por otros ta n to s obispos elegidos y ordenados  por nuestro Santo. Él no tenía sede fija, a pesar de ser el metropolitano. Así podía darse más libremente al cuidado de los intereses generales. Pasados trece años determinó residir en Maguncia, cuya sede pasaba a ser, con aprobación del papa San Zacarías, la metrópoli religiosa de Alemania.

Por deseo del Vicario de Jesucristo, se dilató más aún el campo de las misiones de Alemania. La necesidad que sentía San Bonifacio de pensar y obrar en toda ocasión en conformidad con las ideas y deseos del Sumo Pontífice, le decidió a emprender por tercera vez el viaje a Rom a, donde permaneció casi un año (738-739). Volvió acompañado de un pariente suyo, el monje Winebaldo, con encargo de dar cabo a la ordenación de la jerar­quía eclesiástica en Baviera, Hesse y Turingia.

Lo primero que hizo en Baviera fue celebrar un concilio, nombrar obispos para las sillas de Salzburgo, Friesing y Ratisbona, y fundar la sede de Eichstaett. Con eso quedó establecida canónicamente una jurisdicción regular en Baviera. En la provincia de Hesse fundó la sede de Buraburgo, y en Turingia, las de Erfurt y Wurtzburgo.

Influencia del Santo en Francia

San Bonifacio fundó la Iglesia de Alemania, pero también reformó la Iglesia de las Galias, y difícil es dilucidar cuál de estas dos magnas obras ha sido más fecunda en frutos de salvación». Así ha escrito Godofredo Kurt, sabio belga, cuyo juicio sobre el apostolado de nuestro Santo merece ser explicado.

La jerarquía metropolitana atravesaba días de flojedad en el reino franco, y fue restaurada por San Bonifacio, lealmente favorecido por Carlomán y Pipino el Breve, hijos de Carlos Martel. Procuró que se celebrase concilio cada año, cuando hacía ya casi un siglo que no se celebraban. Promulgó muchas y sabias prescripciones para reformar la manera de vida de los clérigos; les prohibió llevar armas, dedicarse a la guerra, a la caza y al cuidado de los halcones.

Los cristianos, y más aún los campesinos, estaban totalmente contaminados por antiguas ideas mitológicas y honraban inconscientemente a la vez a Jesucristo y a Wodán. La autoridad civil cooperó con la religiosa en la lucha contra las prácticas paganas. Finalmente, los príncipes francos prometieron devolver a la Iglesia los bienes de que la despojara Carlos Martel. Todas estas reformas fueron aprobadas por un Concilio general celebrado en el año 745, el mismo en que San Bonifacio ocupó la silla arzobispal de Maguncia.

Carlomán había vivido hasta entonces totalmente indiferente en materia de religión, por haberse criado entre guerreros. Por los consejos de San Bonifacio, mudó de vida y se hizo a su vez apóstol. De allí adelante estuvo siempre dispuesto a defender los derechos de la Iglesia, a usar de su autoridad para hacer respetar las leyes canónicas, y poblar a Alemania de misioneros. El Señor le premió con gracias muy señaladas: Carlomán renunció a los honores terrenos, tomó hábito monástico, se retiró a Monte Casino y mereció ser contado en el número de los Beatos.

Los benedictinos celebran su fiesta del 17 de agosto. Este renunciamiento de Carlomán fue causa de gloria y grandeza terrenales para su familia porque, abdicando él, quedaba único rey Pipino, su hermano. Los francos, que necesitaban un defensor valeroso contra los sajones que los amenazaban por el norte al tiempo que los sarracenos invadían el sur, determinaron coronar por rey a Pipino y privar del reino al débil Childerico, descendiente de Clodoveo.

El año 752, volvió San Bonifacio a Francia en calidad de legado ponti­ficio, y luego de recibir el juramento de Pipino, lo coronó en la catedral de Soissons. La Iglesia y el trono andaban de la mano en Francia y a pacificada, y preparaban así unidos el reinado de Carlomagno. Alemania evangelizada había recibido, junto con el derecho canónico, la organización eclesiástica, por lo que no eran ya de temer en ella conflictos de jurisdicción.

El Santo había dado cima a su apostólico ministerio en aquellas comarcas. Juzgó entonces que podía emprender sus correrías apostólicas por tierras de infieles. Mas antes de partir, proveyó a las cosas de la Iglesia de Maguncia y a las otras de Alemania. Dejó de obispo en su lugar a un discípulo suyo llamado Lullo, y en carta conmovedora que escribió a Pipino le encomendó que cuidase y amparase a todos los sacerdotes, religiosos y monjas llegados de Inglaterra. Con eso, se embarcó para Frisia con algunos clérigos y monjes.

Martirio y culto a San Bonifacio

El día 5 de junio del año 755, se detuvo el santo arzobispo cerca de Dokkum , ciudad situad a en el extremo septentrional de Frisia. Todo estaba ya dispuesto para la celebración del Santo Sacrificio, y sólo se esperaba que llegasen los numerosos neófitos que habían de recibir la Confirmación. Al amanecer, se vio venir a lo lejos innumerable muchedumbre de gentes; pero, ¡ay!, no los que se esperaban.

Eran paganos que, atraídos por la esperanza del pillaje, cayeron armados sobre el Santo y sus compañeros. Los clérigos y criados de Bonifacio quisieron tomar las armas para resistirles, pero el Santo salió de su tienda y les dijo: «Dejad las armas, hijos míos, y y a que ha llegado ocasión de alcanzar la corona, seamos fuertes en el Señor, el cual salvará nuestras almas».

Se adelantó él primero hacia los bárbaros, y los clérigos y servidores le siguieron: todos ellos lograron en ese día la corona del martirio. Al lado de San Bonifacio se halló un libro salpicado de su sangre titulado Del beneficio de la muerte, cuyo autor es San Ambrosio.

El cuerpo de San Bonifacio se halla en el monasterio de Fulda por mandato del mismo Santo. Un año después de su muerte, un Concilio de Inglaterra lo nombró patrono de aquel país, y un siglo más tarde y a era venerado en toda Alemania. Pío IX mandó celebrar la fiesta de este Santo con rito doble.

Oración a San Bonifacio

Querido San Bonifacio, tú que desde tu tierna infancia te apasionaste por las cosas de Cristo, pide a Dios aumente mi amor por Él. Tú que quisiste ser siempre monje, y terminaste siendo Obispo, pide a Dios aumente mi humildad.

Tú que fuiste mártir y no perdiste la alegría, dile al Señor que me de la Gracia de mantener la alegría en la prueba, el Espíritu de Dios en la adversidad!

Tú que en tu vida, hiciste de la oración y la meditación de la palabra de Dios, tu alimento y el aire que respiró tu espíritu, pide al Padre me de la Gracia de perseverar en la Oración y gustar en la meditación de su Palabra de Vida.

Tú que te doliste tanto, por ver cuanta gente moría a tu alrededor sin conocer la Salvación que viene de nuestro Señor Jesucristo, pide al Señor me dé la Gracia del fuego apostólico, que redoble mis ánimos para no dejar de predicarlo con mi ejemplo y mi palabra!

Tú que siendo Obispo, y ya entrado en años, elegiste retornar el sendero de simple misionero, y en el encontraste la muerte en el martirio, en manos de los bárbaros que rechazaban a Cristo, pide a Dios nuestro Señor, me done la Gracia de no amar más esta vida terrena, que la Vida eterna, de no atarme a mis lugares mundanos, sino que sepa escuchar y seguir el Espíritu del Señor, allí donde este me llame.

San Bonifacio | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.