5 de Agosto: Santa Afra de Augsburgo, Penitente y mártir.


Santa Afra

San Afra (muerta en el 304) fue martirizada durante la persecución de Diocleciano. Junto con San Ulrico, ella es santa patrona de Augsburgo. Su día de fiesta es el 5 de agosto. Afra fue dedicada al servicio de la diosa Venus por su madre, Hilaria. A través de sus enseñanzas, el obispo Narciso convirtió a Afra y su familia al cristianismo. Cuando se supo que Afra era cristiana, fue llevada ante Diocleciano y se le ordenó sacrificar a los dioses paganos. Ella se negó y fue condenada a muerte por fuego.


Día celebración: 5 de agosto.
Lugar de origen: Augusta Vindelicorum, Alemania.
Fecha de nacimiento: Siglo III.
Fecha de su muerte: 304.
Santa Patrona de: Prostitutas, Penitentes, Almas en pena, Emergencias por incendio.


Contenido

– Introducción
– Ovejas Descarriadas
– El demonio ante el obispo
– Bautismo de Afra y sus compañeras
– En el tribunal de Cayo
– La hoguera
– Suplico de Santa Hilaria y sus compañeras
– Oración a Santa Afra


Introducción

Grande es la misericordia del Señor y el poder de la gracia divina, que saca del fango del vicio a las almas sumidas en los más abyectos pecados, para conducirlas por el sendero de la virtud a las más altas cimas de la perfección. Buena prueba de ello es la vida de nuestra Santa, la cual, arrancada de su miseria moral con infinito amor y predilección para ser transportada a los vergeles de la Pureza infinita, brillará eternamente como testimonio de la bondad infinita de Dios.

Nació Santa Afra en Augusta Vindelicorum, hoy Augsburgo, en Alemania. Sus padres, que eran paganos, educáronla desde la más tierna infancia según los principios de su religión. Ya mayor, tributaba culto especial a la voluptuosa Venus, y para mejor honrarla convirtió la propia casa en mo­rada de corrupción. Al tener noticia de la guerra que Diocleciano había decretado contra los cristianos, cuya moralidad conocía, pero cuyos dogmas ignoraba, sintió un atisbo de compasión hacia ellos.

Desde este momento la gracia divina comenzó su bienhechora influencia y no cesó en ella hasta conseguir su total conversión. Afra se prestó de su parte a se­cundar los planes divinos sin que bastaran pasiones ni tormentos para apartarla un punto de Su empresa.

Ovejas Descarriadas

Huyendo de la persecución de Diocleciano, el obispo de Gerona San Narciso, salió de su patria con un diácono llamado Félix. Guiado por el Señor, fuese a Alemania con deseo de predicar el Evangelio a aquellos pueblos y convertirlos a nuestra santa Religión. Al llegar a la ciudad de Augusta, quiso tomar posada y fue encaminado a la casa de Afra, mujer principal, cuya desarreglada vida le era desconocida en absoluto.

Afra, como dueña de la casa, acogió a los recien llegados y les preparó cena abundante. Admiró, desde los primeros momentos, la gravedad y modestia de sus miradas, su porte correctísimo y su lenguaje sencillo y honesto; cualidades que tan desconocidas le eran en su habitual compañía. La admiración y sorpresa rebasaron todo límite cuando, al principiar la cena, sin falsos respetos, el más anciano bendijo la mesa. No pudo entonces Afra contener la emoción y se dirigió decidida a Narciso:

— ¿Quién sois? —le preguntó.

— Soy —respondió éste— un pontífice de los cristianos.

Al oír estas palabras, Afra, llena de temor y vergüenza, se arroja a sus pies, y después de una breve y dolorida pausa, acabó por decir:

—Señor, apartaos de esta indigna morada la mujer que os habla es la más depravada de todo el país y no merece el honor de hospedaros.

— Nuestro Señor no desecha nunca la oración del pecador arrepentido. Replicó el obispo con paternal bondad:

—  Él, la santidad misma, ha muerto para expiar todos los pecados y purificar todas las conciencias. Re­cibe, hija mía, la luz de la vida, de la fe, y tus pecados te serán perdona­dos, mi entrada en tu casa será para ti manantial de alegría eterna.

Llena de confusión, preguntó Afra:

— ¿Cómo se podrán borrar mis pecados, que no tienen número?

— Cree en Jesucristo, recibe el bautismo y te salvarás, dijo Narciso. La pobre mujer creía soñar. Arrebatada de inmenso júbilo, llama a sus tres esclavas, compañeras de infamias. Digna, Eunomia y Euprepia. «El venerable anciano que ha entrado en mi casa —les dijo— , es un obispo de los cristianos, me ha asegurado que si creo en su doctrina y recibo el bautismo, quedaré purificada de mis iniquidades. ¿Qué me decís? — Esclavas tuyas somos, respondieron, tu voluntad será la nuestra, te hemos seguido por el camino de la infamia, te seguiremos en el de la virtud».

Al clarear el día, presentáronse los emisarios del juez en busca de los dos fugitivos. «Son de los míos —respondió ella con entereza— ; en estos momentos se hallan en el sacrificio». Los soldados creyeron que se encontraban en algún templo de los ídolos y se alejaron.

Satisfecha Afra de haber vencido la primera dificultad, siguió ocultando sigilosamente a los enviados del Señor; acudió a casa de su madre Hilaria, y le dijo Tengo en mi casa un obispo cristiano; durante toda la noche, con las manos levantadas al cielo, ha dirigido plegarias a su Dios, a instancias suyas hemos rogado con él.

Al cantar el gallo, las luces se apagaron y por más que hice por encenderlas todo fue inútil. Entonces su acompañante me dijo – «Mujer, no busques la luz que se apaga, hoy mis­mo verás otra luz que no se extingue nunca».

Mientras tanto el obispo rogaba a su Dios en estos términos «Oh luz verdadera, desciende de los cielos, muéstranos tus resplandores para que seamos iluminados». De repente, la sala quedó iluminada de brillantísima luz que persistió hasta la aurora, en que el pontífice terminó su oración. Desde entonces la claridad iba amortiguándose a medida que el día avanzaba.

Presa de gran asombro, dije al venerable pontífice: «Indigna soy de recibirte en mi casa, soy gran pecadora. — He venido a donde Dios me ha guiado», respondió. «Al amanecer —prosigió Afra—, varios soldados, encargados de prenderlos, registraron la casa. Para evitar el peligro de nuevas pesquisas, convendría esconderlos aquí esta noche. ¿Qué os parece? —Haz lo que te propones, hija mía» —respondió Hilaria».

Apenas llegó la noche, Afra comunicó al venerable anciano sus propósitos , éste aceptó gustoso la invitación. En cuanto se halló en su presencia, Hilaria se arrojó a sus pies y, abrazándoselos con efusión dijo:

— Os ruego, señor, limpiéis mi alma de pecado.

— Grande es tu fe —respondió Narciso—. pues antes de oír hablar de los misterios de Dios, crees en ellos, cuando tantos otros los desprecian aún después de conocerlos. Veo con satisfacción que te hallas dispuesta a recibir la verdad; prepárate, pues, desde hoy, con ayunos y oraciones. Entretanto, yo te instruiré durante siete días en los misterios de la fe, el octavo, te regeneraré en las aguas bautismales y tu alma se tomará pura e inocente como la de un niño y gozará el amor de aquel que la creara.

El demonio ante el obispo

Si os place —dijo Hilaria—, os explicaré cuáles han sido hasta el presente nuestra religión y nuestras creencias. —Habla —respondió Narciso— , que así encontrará desahogo tu corazón.
—Mis padres —prosiguió Hilaria— , aunque eran de la isla de Chipre, vinieron a establecerse en esta ciudad para tributar adoración a Venus, nuestra diosa preferida, a quien consagré mi hija, pensando honrarlos con ello. Por este motivo se dio a toda clase de deshonestidades y de infamias».

Al oír este relato, el santo obispo, con los ojos bañados en lágrimas, dijo a su diácono Félix: «Pidamos al Señor, hermano mío, que derrame sus gracias donde abunda la iniquidad, y que aborrezcamos y hagamos aborrecer una religión tan m onstruosa e infame». Mientras oraban apareció en la cámara el demonio con aspecto de un horrible y deforme negro, cubierto de lepra y de úlceras repugnantes.

— ¡Oh santo obispo Narciso! —exclamó el espíritu infernal—. ¿Qué haces entre mis fidelísimas siervas? Las almas santas, los cuerpos puros, los sacrificios inmaculados, sean, enhorabuena, para- tu Dios y Señor; pero la iniquidad, la maldad y el vicio, me pertenecen; son fruto de mi trabajo. Vete, pues, de aquí donde nada es tuyo.

—Espíritu inmundo —replicó Narciso— , en nombre de mi Señor, te ordeno que respondas a mis preguntas. Dime, malvado, ¿conoces a Jesucristo, mi Dueño, a aquel Jesús de Nazaret que fue arrestado, escupido, coronado de espinas, crucificado, muerto en la Cruz, y que resucitó al tercer día?

—Ojalá no le hubiera conocido nunca — vociferó el demonio con rabia —. Al ser crucificado vuestro Dios, nuestro jefe huyó de su presencia y fue amarrado con fuertes cadenas de fuego por el poder del Redentor.

— ¿Cómo se llama vuestro jefe?

— Satanás.

— Pero, ¿qué mal había hecho Jesús para ser crucificado?

—Ninguno, pues nunca pecó.

— Si estaba exento de culpa, ¿por qué y por quién ha sufrido tanto?

—No sufría por sus pecados, sufría por los pecados de los hombres.

—Espíritu infernal, has caído en el lazo de tus propios argumentos. Si sabes que Jesucristo sufrió y murió en cruz por los crímenes de los hombres, apártate de estas mujeres, pues para ellas han sido y son los frutos del divino Sacrificio. En virtud de esta redención, reciben hoy su fe y sacian su sed espiritual en el saludable manantial de su gracia.

—Tu ley te prohíbe tomar el bien del prójimo —rugió el demonio.— Alardeas de justo y santo, y me arrebatas las almas conquistadas tiempo ha por mis esfuerzos.

— Ladrón y salteador, condenado para siempre —replicó con energía el obispo— : estas almas son obra de Dios, tú se las has robado y yo quiero restituírselas. —Entonces, ¿por qué no me conduces al Creador? Por ventura, ¿no soy también su criatura?

— Has de saber que Jesucristo — según tu propio testimonio— padeció por los pecados de los hombres, pero no por las maquinaciones de los demonios. Márchate, pues, y ve a juntarte con tu jefe Satanás.

—Permite, por lo menos, que me quede aquí esta noche.

—Si puedes, accedo a ello.

—Fácil me será si acabas de una vez tus oraciones.

—Espíritu eternamente maldito, toda la noche rezaré y haré rezar a los moradores de esta casa para obtener del Señor el perdón de los pecados y para desbaratar tus propósitos. Ante tal decisión, dio el espíritu infernal un gran alarido y desapareció.

Bautismo de Afra y sus compañeras

Hilaria, Afra y sus compañeras, testigos de esta escena, llenas de temor y temblor, habían prorrumpido en copioso llanto y, con el rostro pegado en tierra, imploraban el auxilio y protección del Dios de los cristianos. Fortaleciólas San Narciso con paternales consejos y prudentes instrucciones. Tanto él, como su diácono, unieron a la oración el ayuno para,asegurar el triunfo definitivo sobre el demonio. El Señor atendió sus súplicas días más tarde, Hilaria, su hija, las tres esclavas, todos sus familiares recibían las regeneradoras aguas del bautismo.

San Narciso permaneció nueve meses en Augsburgo conquistando almas para el cielo: los paganos acudían secretamente a casa de Hilaria y allí recibían de labios del celoso obispo palabras de vida eterna. Al establecerse definitivamente el cristianismo, la casa de Hilaria fue destinada al culto cristiano bajo la advocación del Salvador y de su santa Madre.

En aquel templo se reunían los primitivos cristianos; allí confirió San Narciso el sacerdocio —y según algunos el episcopado- a Dionisio, tío de Afra, que no tardaría en dar su sangre por la fe , hombre merecedor de esta distinción y de este honor, por el celo infatigable con que continuó la obra de las conversiones. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, por lo cual, cimentada y fertilizada esta nueva cristiandad, San Narciso y su diácono Félix se volvieron a Gerona, donde, a los tres años de apostolado, recogieron la palma del martirio. La Iglesia celebra su fiesta el 29 de octubre.

En el tribunal de Cayo

La persecución de Diocleciano, sangrienta como ninguna otra, continuaba devastando el campo cristiano. Los magistrados, antiguos protectores de Afra pecadora, no bien se enteraron de su transformación, mandaron detenerla. Sin el miramiento debido a su edad, condición y sexo, fue conducida ante el juez Cayo. Sus respuestas, recogidas en las Actas de Santa Afra, exhalan el perfume de una profunda humildad y de una confianza ilimitada en los méritos de su divino Salvador.

Cayo. — Sacrifica a los dioses, que más ventajoso té será vivir estima­ da de los hombres que perecer en los tormentos.

Afra. — Bastantes pecados he cometido en mis años de desvarío, cuándo desconocía a mi Dios y Señor, para que ahora le ofenda cumpliendo lo que me mandas. Nunca te obedeceré.

Cayo. — Vete al Capitolio y sacrifica a los dioses.

Afra . — Mi Capitolio es Jesucristo, a quien tengo siempre delante de mis ojos y a quien pido, cada día, perdón de mis iniquidades. Indigna soy de ofrecerle un sacrificio inmaculado, lo comprendo; pero quiero, al menos, aunque pecadora, ofrecerme en holocausto. Feliz me consideraré, si mi cuerpo purifica, en los suplicios y en el fuego, los pecados de que ha sido instrumento.

Cayo. — Conozco la vida que has llevado, muy contraria, por cierto, a esos sentimientos que parecen animarte ahora.

Afra. — Verdad es cuanto dices, pero mi Dueño y mi Vida descendió de los cielos por los pecadores, como dice el Evangelio. Él perdonó a la pecadora que bañó su pies con lágrimas de arrepentimiento, y nunca me­nospreció a las pobres mujeres ni a los publícanos, antes quiso comer con ellos. Así, pues, confío que perdonará también mis pasados extravíos.

Cayo. — Déjate de tonterías; abraza, como en otro tiempo, el culto de Venus, y disfrutarás de riquezas y honores.

Afra. — Menosprecio tus viles promesas, precio y fruto del pecado. El dinero que tenía ya lo he echado de mí, porque no lo podía guardar con buena conciencia.

Cayo. — Ese Dios que adoras te juzgará indigna de ser su sierva; en vano le servirás, ya que nunca te considerará como suya: jamás una mujer de mala vida podrá decirse cristiana.

Afra.— Aunque ciertamente no merezco llamarme cristiana, la infinita misericordia del Señor suple con creces mis escasos méritos. Él mismo me ha concedido el honor de llevar tan glorioso nombre.

Cayo. — ¿Qué pruebas tienes de la verdad de lo que tú afirmas?

Afra. — En este mismo instante tengo una prueba manifiesta, al otorgarme el Señor la dicha de confesar públicamente su nombre y la gracia de poder expiar mis pecados por el martirio.

Cayo. — Puras leyendas y cuentos. Sacrifica a los dioses y ellos te salvarán de este mal paso en que te has metido.

Afra. — Mi único salvador es Jesús. Aquel que pendiente en la cruz prometió el paraíso al buen ladrón que confesó públicamente su divinidad.

Cayo. — ¡ Basta de cuentos! Sacrifica a los dioses o serás azotada con varas en presencia de tus amantes.

Afra. — Una sola cosa me sonroja: mis pecados.

Cayo. — Avergonzado estoy de haber disputado contigo tanto tiempo; obedece o morirás.

Afra. — Eso es lo que anhelo. ¡ Ojalá consiga con el martirio la gloria tan largamente esperada.

Cayo. — Sacrifica a los dioses, o mando que te atormenten, y que te quemen viva.

Afra . — Padezca tormentos este cuerpo, instrumento de iniquidad, para que por él se purifique mi alma.

Entonces el juez, harto de razones, dictó sentencia por la cual condenaba a Afra a ser quemada viva, por el delito de declararse cristiana públicamente y negar a los dioses del imperio el culto que les era debido.

La hoguera

Al punto los soldados se apoderaron de la valerosa cristiana. Condujéronla a una isla del río Lech, en las afueras de Augsburgo, y una vez llegados allí, atáronla bárbaramente a un poste.

Mientras los verdugos amontonaban en su derredor la leña que había dé consumirla, Afra, con los ojos elevados al cielo, pronunciaba esta hermosa plegaria, que uno de sus historiadores nos ha transmitido: «Omnipotente y eterno Señor que invitáis a penitencia a los pecadores y cuyas promesas son verdaderas; que recibís al pecador en cualquier momento, olvidado ya de sus culpas
pasadas, recibid ahora el sacrificio que de mi vida os hago en espíritu de expiación. Os suplico, Señor, por este fuego temporal preparado para atormentar mi cuerpo, que me libréis del fuego eterno que devora cuerpo y alma juntamente».

Los verdugos encendieron la hoguera; por entre el crepitar de los leños encendidos, oíase la voz de la generosa mártir que continuaba su plegaria: «Señor Jesús, infinitas gracias os sean dadas por la gloria que me cabe de ser víctima indefensa de mi fe. A Vos, sacrificado en el leño de la Cruz por la salvación del mundo entero, a Vos, Justísimo Señor, ofrecido por los injustos; Bendito, sacrificado por los malditos; Manso, inmolado por los violentos y rudos, Santo, ofrecido por los pecadores, a Vos me ofrezco en sacrificio; a Vos que vivís y reináis en unidad del Padre y del Es­píritu Santo por los siglos de los siglos».

Pronunciaba estas últimas pala­ bras cuando su alma, purificada con la sangre del martirio, voló al cielo para recibir la recompensa de los mártires tan esforzadamente conquistada.

Suplico de Santa Hilaria y sus compañeras

Las esclavas de nuestra Santa, trocadas en hermanas suyas por el cristianismo, presenciaron el glorioso triunfo de su ama, desde la orillaopuesta. Consumado el sacrificio, a instancias suyas, los verdugos las llevaron al lugar donde Santa Afra acabada de expirar. Quedaron atónitas las tres jóvenes al no descubrir en el santo cuerpo lesión alguna. Dios nuestro Señor había querido así glorificar aquel cuerpo que, si un día fuera carne de pecado y objeto de perdición, había sido rehabilitado por el Bautismo y en el fuego abrasador de los torturas, voluntariamente sobrellevadas en defensa de la fe y como testimonio de perfecto amor.

Hilaria, acompañada por varios sacerdotes cristianos, aprovechó la paz de la noche para recoger los preciosos restos. Trasladáronlos con santa devoción y diéronles sepultura en el sepulcro familiar, cerca de Augsburgo.

Poco tiempo después, noticioso Cayo de que algunas mujeres cristianas se reunían para orar en la capillita erigida sobre la tumba de Santa Afra, mandó un escuadrón de soldados con orden de quemarlos vivos si no rendían culto a los dioses del imperio. Ni las promesas más tentadoras, ni las más severas conminaciones pudieron doblegar la constancia ile Hilaria y de sus tres compañeras.

Encerráronlas, pues, en el pequeño oratorio, que llenaron al mismo tiempo de sarmientos, maleza y hierbas secas. Luego prendieron fuego y cerraron la puerta. Hilaria y sus trescompañeras Digna, Eunomia y Euprepia, en íntima unión con Dios, esperaron arrodilladas la unión definitiva en las moradas eternas. La voraci­dad de las llamas y la intensidad del humo, realizaron en breves momentos, tan santos deseos.

Oración a Santa Afra

Santa Afra, ruega por nosotros.

Santa Afra| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.