4 de Julio: San Ulrico, Obispo


San Ulrico

San Ulrico, Obispo de Augsburgo, también conocido como Udalrico o Odalrici, fue el primer santo en ser canonizado no por una autoridad local sino por el Papa.


Día celebración: 4 de Julio.
Lugar de origen: Zúrich, Suiza
Fecha de nacimiento: Año 890.
Fecha de su muerte: 4 de julio de 973.
Santo Patrono de: Augsburgo.


Contenido

– Introducción
– San Ulrico en el monasterio de San Galo
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– Peregrinación a Roma
– Episcopado de San Ulrico
– Derrota de los húngaros
– Peregrinación a Roma
– El poder de la oración y de la fe
– Falta y reparación
– Muerte del Santo
– Oración a San Ulrico


Introducción

San Ulrico es el primer Santo solemnemente canonizado por la Iglesia. Este acto, de singular importancia histórica como bien puede entenderse, fue el más notable del pontificado del papa Juan XV, que ocupó la silla de San Pedro desde el año 985 hasta el 996. San Ulrico de Dillingen, llamado también Udalrico, nació en el año 890 en Augsburgo. Hijo del conde Ubaldo, estaba unido por su madre Ditperga, hija del duque Burchard, a la casa de Suabia, la más ilustre de Alemania en aquella época, tal unión se trocó en parentesco por el matrimonio de su hermana Huitgarda, cuyo marido reinó también en dicho Ducado.

Vino San Ulrico al mundo con una complexión tan delicada que sus padres temían verle morir de un momento a otro, así las cosas, y ante el peligro de perder el hijo único que Dios les había dado, elevaron al cielo fervorosas oraciones para pedir la salud y la vida de aquel ser que tan querido les era. Sus súplicas fueron favorablemente acogidas y no sólo el niño recobró las fuerzas físicas sino que dio prueba de muy enérgico y poderoso carácter. El cielo preparaba así, con una especial bendición, al que había de ser muy pronto dechado de espiritual fortaleza y rigurosa
austeridad

San Ulrico en el monasterio de San Galo

Hacía ya tres siglos que San Galo había fundado en San Columbano, cerca del lago de Zug el célebre monasterio que lle­vaba su nombre. En el siglo X, la abadía, regida según la regla de San Benito, había llegado a su máximo esplendor, hasta el punto de que muchos príncipes y nobles del imperio enviaban a ella a sus hijos para que fueran instruidos en todas las ciencias conocidas entonces. En esta escuela se entregó San Ulrico a la virtud, al mismo tiempo que se entregaba al estudio de las letras divinas y humanas con fervoroso entusiasmo.

Pronto llamó la atención el joven estudiante, a su penetración de espíritu unía las virtudes del verdadero religioso, y fue el modelo de sus condiscípulos por la asiduidad en el estudio. A las pasiones que en esta edad suelen dominar a la juventud oponía él las armas poderosas de la oración y de la austeridad, fortalecido con ellas, progresaba de continuo por los ásperos caminos de la virtud.

Su inalterable afabilidad y mansedumbre le ganaban los corazones de cuantos le trataban, jamás salió de su boca una palabra ofensiva para nadie. Fuera de esto, tenía un dominio tal sobre los movimientos y afectos del corazón, que vivía en este mundo como si realmente no estuviese sometido a sus influencias. Los monjes de San Galo, admirados de tan hermosas disposiciones, instaron al joven para que vistiese el hábito benedictino.

San Ulrico consultó largamente cuál fuese la voluntad de Dios sobre su vocación, y al fin fue atendido. En efecto, Santa Guiborada, que vivía retirada cerca de San Galo, le predijo el episcopado, anunciándole que Dios le destinaba para grandes luchas. Su humildad le hizo vacilar un instante, pero las instancias y ruegos de la santa le determinaron a volver a su patria, «por­ que — le decía— allí te llama Dios para socorrer a muchísimas almas afligidas».

A partir de aquel momento el estudiante se sintió inflamado de encendidísimo deseo de conquistar almas para Jesucristo, y convencido de que el Señor le llamaba hacia el nuevo estado de su vida, entregóse de lleno a cumplir las obligaciones que le imponía esta resolución con el fin de prepararse convenientemente para el sacerdocio. Aunque no hizo profesión como benedictino, guardó durante toda la vida, no sólo el espíritu de la Orden, sino también el hábito y hasta la observancia regular en cuanto ello le fue posible.

De esta manera, imprimió a su conducta un carácter de austeridad y fervor, gracias al cual se le hizo más fácil y asequible el camino que había de llevarlo a las grandes conquistas de la santidad.

Peregrinación a Roma

Por aquellos días ejercía el episcopado en Augsburgo, Adalberón, preceptor de Ulrico desde el año 906. El joven clérigo fue nombrado familiar del obispo y, luego, canónigo de la catedral. Deseoso de visitar el sepulcro de los Apóstoles, comunicóselo al prelado, el cual le aprobó y le dio, además, cartas para el Sumo Pontífice. San Ulrico tomo el camino de Roma vestido de peregrino, y edificó con sus virtudes a cuantos hubieron de tratarle durante el viaje.

Una vez satisfecha aquella devoción, visitó al Papa a fin de cumplir ante él el encargo de su obispo. Lo recibió Sergio III con bondad, y le anunció, al mismo tiempo, la muerte de Adalberón, suceso que el Padre Santo había conocido por inspiración de Dios. Aún más, le insinuó la idea de consagrarle obispo y designarle como sucesor del prelado difunto, el cual, en una de las cartas de que San Ulrico era portador, hacía grandes elogios de su familiar y canónigo.

El peregrino, sinceramente asustado, alegó su gran juventud y su inexperiencia — tenía entonces diecinueve años— y suplicó al Papa que no le impusiese una carga tan por encima de sus fuerzas. Sergio III no le instó más, pero le aseguró, de parte de Dios, que su ne­gativa no le libraría del episcopado más adelante. Predíjole que grandes calamidades afligirían a su futura diócesis.

Ambas profecías se realizaron en efecto catorce años más tarde cuando al morir el obispo Hiltino, sucesor de Adalberón, todos los sufragios de clero y pueblo, recayeron sobre San Ulrico. A pesar de su resistencia fue llevado en triunfo a la Catedral y, con gran solemnidad, consagrado obispor el 28 de diciembre del año 923. Realmente era la voluntad del Señor.

Episcopado de San Ulrico

Como le había predicho Sergio III, el nuevo obispo encontró la capital de la diócesis presa de las mayores calamidades. Las terribles invasiones de los húngaros, aún paganos, habían devastado iglesias y conventos, el rebaño estaba disperso, sin guía y sin pastor, y, lo que era peor aún, muchos cristianos llevaban vida poco edificante. A la vista de tan triste espectáculo, San Ulrico se sintió penetrado de vivo dolor y suplicó al Señor tuviese piedad de su pueblo.

Los cristianos fieles que le habían reconocido por su obispo ayudáronle a reconstruir la ciudad que se hallaba medio en ruinas. El prelado procuró al mismo tiempo elevar la decaída moral de sus diocesanos por medio de continuas y celosas instrucciones, corrigió los abusos que se habían introducido entre los clérigos, y reprimió los vicios con gran energía. Ningún obstáculo podía detenerle en sus viajes apostólicos, pues dedicado por completo al cuidado de su rebaño, iba de pueblo en pueblo socorriendo a los pobres y consolando a los afligidos.

Varios aldeanos le visitaron un día para suplicarle que fuese a bendecir una capillita que ellos mismos habían construido en lo alto de unas rocas, el camino era de muy difícil subida y varios obispos habían ya rehusado ir a tal lugar por considerarlo inaccesible. San Ulrico no vaciló en complacer a los campesinos, y los siguió a través de las rocas, feliz y dichoso en sufrir esas incomodidades por Jesucristo, su divino modelo.

Gracias a esta solicitud, cada día mayor en el santo obispo, la Iglesia de Augsburgo volvió a resurgir floreciente, parecía que todos habían olvidado las desgracias pasadas, a las que sucedieron días de paz; pero aquella calma era sólo aparente no tardaron en presentárseles nuevas y graves amenazas.

Derrota de los húngaros

La guerra había estallado entre el emperador Otón I, llamado el Grande y su hijo Luitolfo, que pretendía destronarle. San Ulrico se declaró lógicamente contra el desnaturalizado hijo. Éste, en venganza, envió contra Augsburgo a uno de sus mejores generales llamado Amoldo, que tomó por sorpresa la ciudad y la entregó al pillaje, pero, al pretender apoderarse del obispo, fue duramente castigado. En efecto, mientras estrechaba el sitio de la ciudadela donde San Ulrico se había refugiado, un reducido ejército de campesinos que corrió a socorrer al prelado, derrotó a las huestes de Amoldo, no obstante la superioridad de éstas.

Tal suceso, tenido por milagroso, fue atribuido a las oraciones de San Ulrico, el cual, apenas se vio libre, se apresuró a mediar entre el emperador y su rebelde hijo hasta conseguir reconciliarlos hacia fines del año 954. Al año siguiente, en una nueva invasión, los húngaros pasaron a san­gre y fuego los países de la Nórica desde el Danubio hasta la Selva Negra.

Llegados poco después a las puertas de Augsburgo, le pusieron cerco, saquearon los alrededores e incendiaron la iglesia de Santa Afra, pero como en otro tiempo el ejército de Átila fue contenido en su marcha triunfal sobre Roma, así también los nuevos bárbaros encontraron en San Ulrico a un nuevo León, que se opuso a su avance y a sus devastaciones.

El obispo tuvo conocimiento de la invasión, por una aparición de Santa Afra, patrona de la ciudad. En ella le anunció al mismo tiempo el triunfo contra el invasor. Al acercarse las hordas paganas, se revistió San Ulrico con los ornamentos sagrados y determinó a los habitantes a defenderse, recordándoles que combatían por su fe y su independencia.

Bajo la lluvia de piedras y flechas lanzadas por los bárbaros, el obispo recorría las murallas inflamando los ánimos y sosteniendo el ardor de los sitiados. Después, rodeado de sus clérigos, dirigía a Dios y a la Santísima Virgen públicas oraciones para pedir la salvación de la ciudad. Gracias al proceder del obispo, Augsburgo contuvo el choque de los bárbaros el tiempo suficiente como para dar tiempo a la llegada del emperador Otón al frente de su ejército. Al acercarse éste, los húngaros, que habían sufrido ya durante el sitio sensibles pérdidas, se desalentaron, y fueron completamente derro­ tados. Era el 10 de agosto de 955.

En su precipitada huida dejaron abandonados gran número de muertos sobre el campo de batalla. Reconocido Otón, agradeció a San Ulrico la ayuda generosa y valiente que le había prestado en tan críticas circunstancias, y le ofreció los medios necesarios para reparar los daños causados en la ciudad por los sitiadores.

Tal suceso que el pueblo atribuía a la virtud de su pastor, redobló el cariño y veneración de todos. San Ulrico, por su parte, no descuidó medio alguno para reparar los desastres anteriores. Se le apareció de nuevo Santa Afra para revelarle el lugar de su sepultura, y el piadoso obispo se apresuró a reconstruir en dicho lugar la iglesia dedicada a la santa mártir.

Recogió en su palacio episcopal a todos los sacerdotes a quienes la invasión de los bárbaros había privado de medios de vida, multiplicó las limosnas en favor de los desgraciados, a quienes distribuyó todos sus haberes, de suerte que su nombre vino a considerarse como sinónimo de caridad y como expresión de grandeza de alma y de religiosa sencillez.

Peregrinación a Roma

Cuando la ciudad de Augsburgo estuvo libre de todo peligro, el santo pastor ordenó en toda la diócesis solemnes oraciones en acción de gracias, y no contento con esta pública manifestación de su reconocimiento hacia la bondad divina, resolvió hacer por segunda vez el viaje a Roma para agradecer a los santos apóstoles Pedro y Pablo, su insigne y visible protección sobre la capital del episcopado, ya que en su poder y guarda había confiado cuando los húngaros la amenazaban.

Cumplió San Ulrico esta peregrinación con gran piedad y sincera humil­dad. Acogido a su paso por las ciudades como libertador, refería a Dios cuanta gloria le tributaban, y exhortaba a los fieles a confiar en Aquel que puede dar el triunfo sobre los malvados. «Demos gracias al Señor —decía— , pues nos ha otorgado la victoria sobre nuestros enemigos temporales, pero no olvidemos que, si nos ha dispensado tal favor, es para que vigilemos con más diligencia y atención las puertas de nuestra alma, a fin de evitar los asaltos del demonio, nuestro más formidable rival».

Llegado a Roma, fue recibido solemnemente por el papa Juan XII. El duque Alberico de Camerino, gran cónsul de Roma, para demostrarle su adhesión fervorosa le hizo donación de la cabeza de San Abundio, insigne reliquia que el prelado aceptó con gran alegría para enriquecer el tesoro espiritual de su diócesis. En 927, a pesar de su ancianidad y de sus achaques. San Ulrico peregrinó de nuevo a Roma, pues quería, antes de morir, visitar por última vez el sepulcro de los Apóstoles, hacia quienes sentía gran veneración.

El poder de la oración y de la fe

En uno de estos viajes, San Ulrico se vio detenido por el Taro, que, al desbordarse, había inundado las tierras de ambas márgenes. Cuantos le acompañaban buscaron en vano un medio para atravesarlo. Comprendió el santo obispo que era necesario recurrir a Dios, y ordenó que levanta­sen un altar a la orilla del río, celebró en él la santa misa y, por la sola eficacia de su oración, el agua retrocedió a su cauce, con lo cual pudieron los viajeros continuar su camino sin peligro alguno.

Otra vez, atravesando el Danubio, al chocar el barco que le conducía contra una roca, abrióse en él profunda brecha. Todos los pasajeros se apresuraron a ganar tierra. Ulrico se quedó el último a fin de favorecer el salvamento de los demás, y Dios le recompensó este acto de caridad, ha­ ciendo que llegara sano y salvo a la orilla. En el mismo momento de poner pie en tierra, el barco, hasta entonces sostenido como por una fuerza invisible, se hundió en las aguas del río.

En otra ocasión, dirigiéndose a Ingelheim para asistir a un concilio provincial, encontró en el camino a un mendigo gravemente herido. Lleno de compasión, el santo obispo le ofreció generosa limosna diciendo «En nombre de Nuestro Señor, toma esto y vete en paz».

Poco después, Roberto — que así se llamaba el mendigo— se sintió completamente curado. El santo pastor había fundado en uno de los arrabales de la ciudad un convento de religiosas. Una de ellas, a quien sus hermanas querían con­ fiar el encargo de administradora, a causa de su práctica en los negocios, asustada del tráfago que acompaña de ordinario a dicho cargo, rehusó aceptar. El obispo le mandó que se sometiera por caridad a sus hermanas, mas, a pesar de ello, aún se resistió.

Sin embargo, aconteció que una noche, mientras dormía, recibió aviso sobrenatural de que en castigo de su desobediencia quedaría paralítica. Efectivamente, al despertar se sintió sin movimiento en ambas piernas. En tal estado, la condujeron a presencia del cbispo, a quien pidió perdón de la falta cometida, y, recibido que hubo su bendición, se levantó completamente curada; con lo que dio muchas gracias a su bienhechor.

Cierto día corrió el rumor de que el obispo de Constanza había muerto, todos esperaban las órdenes de Ulrico para saber las honras fúnebres que se habían de celebrar por el eterno descanso del alma de su colega en el episcopado. «Permaneced tranquilos — les respondió el hombre de Dios— , que mañana sabremos lo que hay de cierto respecto a esa noticia» , al día siguiente, en efecto, un mensajero llegado de Constanza anun­ ciaba que el obispo de aquella diócesis gozaba de perfecta salud.

Refieren los biógrafos de San Ulrico que los Santos Fortunato y Adalberón, sus predecesores, se le aparecieron durante la celebración del santo sacrificio de la misa, y, le asistieron de una manera especialísima en la bendición de los santos óleos que se hace el Jueves Santo. Un gran número de dolientes recobraron la salud al ser ungidos con dichos óleos. El mismo San Ulrico, gravemente enfermo, recobró la salud de esta manera.

A la vuelta de su tercera peregrinación a Roma, fue llamado a Ravena, donde el emperador quería consultarle algunas cuestiones importan­tes. Apenas Otón supo que se acercaba el Santo, salió a su encuentro y lo recibió con grandes honores, pues lo tenía en particular estimación.

La emperatriz Santa Adelaida, que se hallaba también en Ravena, sin­tió grande alegría al poder conversar con el siervo de Dios de las cosas referentes al servicio divino y a la salvación de las almas. Santa Adelaida, modelo de princesas por la eminencia de sus virtudes, aprovechó los avisos y ejemplos que con muy fraternal afecto le prodigó el celoso obispo.

Falta y reparación

Quiso San Ulrico, antes de morir, proveer de sucesor a su Iglesia, y pensó para ello en su sobrino Adalberón, a quien estimaba grandemente por sus eminentes cualidades. Juzgando que no podía ser más favorable la ocasión de obtener para él el obispado, habló sobre el particular al emperador, quien accedió a su demanda. Semejante proceder era contrario a los sagrados cánones, los cuales castigaban con la pena de entredicho a los obispos que nombraran en vida a sus sucesores.

En un Concilio reunido en Ingelheim, los obispos censuraron unánimes la conducta de su colega y prohibieron a Adalberón el ejercicio de las funciones episcopales. San Ulrico se sometió humildemente a todas las exigencias del Concilio, pidió perdón de su falta y solicitó permiso para tomar la cogulla benedictina. Los obispos juzgaron que debía continuar ejerciendo sus deberes episcopales, a lo que se sometió sin réplica; pero él se impuso severas penitencias a fin de expiar lo que llamaba su crimen. La espontaneidad y fervor de su gesto causaron gran admiración.

Muerte del Santo

Los últimos años de la vida de San Ulrico fueron una larga cadena de penitencias, que aumentaban en número y en rigor a medida que sentía acercarse la muerte. A pesar de sus fatigas continuó visitando su diócesis y predicando al pueblo la palabra de Dios. El tiempo que le quedaba e incluso muchas veces el de la comida y descanso, lo consagraba a la oración, a las santas lecturas y a la meditación.

Supo por revelación divina, que muy pronto iría a unirse definitivamente con Aquél que lle­naba su alma, y este pensamiento le colmó de alegría. Distribuyó entre los pobres los poquísimos bienes que aun le quedaban y, momentos antes de expirar, con el fin de imitar a Jesucristo hasta el último suspiro, se extendió sobre un lecho de ceniza preparado en forma de cruz. Ocurrió su santa muerte el día 4 de julio del año 973.

Enterrado en Augsburgo en la iglesia de Santa Afra, obró desde su sepultura numerosos milagros. Fue canonizado solemnemente por Juan XV el primero de febrero de 993. El texto de la Bula se ha conservado hasta nuestros días, y hacen mención de ella muchos historiadores. Este precioso documento lleva, además de la firma del «obispo de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana», la de cinco obispos, diez cardenales, un arcediano y tres diáconos, y constituye una joya bibliográfica.

Oración a San Ulrico

Obispo y ayudante del Señor San Ulrico de Augsburgo, intercede ante Dios todopoderoso, para que nos conceda salud y fe. Te lo pedimos por jesucristo Nuestro Señor.

San Ulrico | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.

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