Lecciones desde el Infierno de Dante: Ni siquiera un Papa puede cambiar enseñanzas básicas de la Iglesia

Lucifer los pecadores. Parte del mosaico del Bautisterio de la Iglesia de San Juan, Florencia. Dominio Público.

En 1294, Celestino V fue elegido Papa, después de un interregno de dos años sin uno, debido a la incapacidad  de llegar a una solución por parte de los Cardenales.

Sólo cinco meses después el papa Celestino V renunció porque, aunque había fundado y dirigido los Celestinos, una rama de los benedictinos, se sentía indispuesto para ocupar el cargo papal.

En 1415, el papa Gregorio XII se «retiró» a fin de evitar el cisma sobre la sucesión apostólica. Celestino, por lo tanto, fue el último Papa en renunciar al papado, antes de Benedicto XVI en 2013.

La mayoría de los eruditos de Dante han creído durante siglos, que Dante hacía referencia a Celestino en el Infierno Canto 3 (el lugar que contiene almas de los indiferentes que se negaron a elegir a Dios). Habla de encontrarse con uno, a quien sin nombrarlo se refiere como el  «que por cobardía hizo semejante rechazo» (che per viltade fece il gran rifiuto).

Dante pensó que esto era una profunda traición a la Iglesia, sobre todo porque el sucesor de Celestino, Bonifacio VIII (un intrigante político), estaba involucrado en el exilio de dos años impuesto sobre él.

El propio Bonifacio tuvo una vida problemática debido a sus constantes esfuerzos por expandir los poderes papales. Su famosa Bula Papal Unam Sanctam, reclamó su autoridad sobre los gobernantes seculares, lo que condujo a su condena en una lista completa de los cargos por parte de los obispos franceses. Así el rey francés Felipe el justo,  envió fuerzas que capturaron y humillaron a Bonifacio, una experiencia que contribuyó a su muerte.

Dante nunca se cansó de sugerir que Bonifacio, junto a otros papas corruptos, fue al Infierno. La astucia de Bonifacio puede ser una de las razones por las que Dante defendió la división de poderes entre la Iglesia y el Imperio.

Pero hay una escena que involucra a Bonifacio, de hecho, una de las más divertidas de la Divina Comedia. En ella, aunque de una manera extraña, Dante presenta varios argumentos importantes sobre los poderes papales, el pecado y el destino humano.

En el infierno, entre los malvados consejeros, Dante se encuentra con Guido da Montefeltro. Guido era un astuto y «maquiavélico» personaje que utilizó todo tipo de mentiras y trucos para obtener victorias militares y políticas. Sin embargo, al final de su vida, se dio cuenta de que tenía que hacer penitencia por sus pecados, razón por la que ingresó en un monasterio franciscano.

En términos generales, no es muy buena idea leer las grandes obras de la imaginación humana para obtener de ellas  lecciones prácticas o, -Dios nos libre-, políticas. Lo que más necesitamos de tales obras, por ejemplo, Shakespeare o Dostoievski, especialmente en el momento actual en que estamos tan abrumados por la controversia diaria, es una apertura de horizontes,  una nueva forma de vernos a nosotros mismos y al mundo que revela una realidad radicalmente diferente de lo que obtenemos de la TV e Internet.

No solo los jóvenes en estos días están perdiendo la idea de que hubieron otros tiempos que fueron diferentes (y no solo peores) y pueden tener algo que enseñarnos.

Para empezar, algo interesante sobre el episodio de Guido es que Dante encuentra a Guido en un lugar aún más profundo que el de los violentos. Hay debates sobre lo que esto significa. Pero en sus otras obras, Dante sugiere algo que a los modernos nos puede parecer sorprendente: las mentiras y los engaños son peores que la violencia física porque ofenden a la parte racional del ser humano, que es más noble y más necesitada de protección incluso, que el cuerpo.

Desde este punto de vista, representar lo que no es así para otros sobre un asunto serio, es una ofensa aún mayor contra el orden de Dios, que atacar físicamente a otra persona.

En el caso de Guido, sin embargo, hay un giro adicional. Después de que Guido ha entrado en el monasterio para hacer penitencia por sus pecados, Bonifacio VIII se acerca a él para pedirle un favor. Bonifacio tenía problemas con una noble familia romana, los Colonnas, que han huido a la cercana ciudad de Palestrina. Necesita tomar la ciudad y eliminar a los alborotadores.

Guido le responde: «Ya no hago ese tipo de cosas». Bonifacio dice: «Mira, yo soy el Papa. Hazme este último favor y te concedo la absolución por adelantado». «¿Puedes hacer eso?», «Sí, soy el Papa. Tengo las llaves del Reino».

Así que Guido propone una estratagema: prometer amnistía a los Colonnas para lograr ingresar a la ciudad, luego de lo cual reclamaría el control y arrestaría todos. Así, el papa sería feliz y Guido volvería a su monasterio franciscano.

Más tarde, Guido muere: San Francisco de Asís llega para llevarlo al Cielo, pero también lo hace el Diablo:

Francisco – el momento en que morí – vino entonces por mí,
pero uno de los querubines negros,
le gritó, «No le lleves», ¡No me hagas trampa!

¡Él debe bajar para unirse a los mios,
porque ofreció consejo lleno de mentira,
desde entonces he estado tras su cuero cabelludo!

«Porque no puedes perdonar a quien no se arrepienta,
Y uno no puede arrepentirse de lo que desea:
Tal contradicción no puede ser permitida.»

Debemos suponer que Guido no se arrepintió de su última traición, tal vez, debido a que pensó que el Papa lo había absuelto sin tener que arrepentirse personalmente de un pecado. Pero la verdad es la verdad. Incluso el Papa no puede hacer que un acto malvado sea bueno o repartir la absolución cuando un alma no se ha apartado del pecado.

En cualquier caso, esta parte de la historia nos permite ver que incluso en la supersticiosa Edad Media, habían opiniones firmes sobre los límites de la autoridad papal, especialmente cuando se trataba de cambiar las enseñanzas, el concepto de la misericordia divina, negando toda razón y lógica para propósitos terrenales.

Fuentes

Of Hell and Logic


Traducido y adaptado por Proyecto Emaús