31 de Mayo: Santa María Reina


Santa María Reina

 

María como Madre del Hombre-Dios, Rey del universo por derecho de naturaleza y por mérito de conquista, es REINA MADRE. La dignidad real de María ha recibido el tributo de homenaje más insigne y la justificación teológica más amplia y convincente por boca de los Sumos Pontífices.

León XIII veneró a María, con todo el pueblo cristiano, “elevada sobre la gloria de todos los santos, coronada de estrellas por su divino Hijo, sentada junto a El, Reina y Señora del universo”.(Enciclica Iucunda semper, 8 de septiembre 1894).

Indagando, a continuación, en su vida los títulos y méritos  de tan universal soberanía, que une a Madre e Hijo en el imperio espiritual del mundo, escribió el Papa:

“Mientras que es elegida para Madre, sin dudar un momento se proclama y se confiesa esclava del Señor. Y, como ha prometido santamente, y santa y prontamente establece, desde este momento, una perpetua comunidad de vida con su Hijo Jesús, ya sea en la alegría o en el llanto. De esta manera, llega a tales alturas de gloria como ningún ángel podrá jamás alcanzar, porque ninguno podrá parangonarse con Ella, ni en virtud, ni en méritos.

Por esto le pertenece a Ella la corona del cielo y, porque se convertirá en la Reina de los mártires, la corona de la tierra. Así, en la celestial ciudad de Dios estará sentada en el trono, coronada por toda la eternidad, junto a su Hijo, porque constantemente, durante toda su vida, pero de manera especial en el Calvario, beberá con El el cáliz rebosante de amargura”.

-(Enciclica Magnae Dei Matris, 8 de septiembre 1892).

Pío XII no es menos generoso en las alabanzas a la celestial Señora cuando afirma: “Todos saben que, como Jesucristo es Rey universal, Señor de los señores y tiene en sus manos la suerte de los individuos y de los pueblos, de la misma manera, su santa Madre, honrada por todos los fieles como Reina del mundo, tiene junto a El mayor poder de intercesión”. (Litt. apost. Dum saeculum, 15 de abril 1942).

Parangonando, en otro lugar, la realeza de la Madre y del Hijo, observa sabiamente:

«Jesús es Rey de los siglos, por naturaleza y por conquista; por El, subordinadamente a El, María es Reina, por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Su reino es vasto como el reino de su Hijo Dios, porque nada se halla excluido de su dominio.

Por lo cual, la Iglesia saluda a María como Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes; por idéntico motivo, la aclama como Reina del cielo y de la tierra, gloriosa y dignísima Reina del universo y nos invita a invocarla, de día y de noche, entre los gemidos y lágrimas en que abunda tanto este destierro: Salve Regina, Mater misericordiae, vita, dulcedo, spes nostra, salve»

– (Nuncio radiofónico de 13 de mayo 1946)

Bastan estas autorizadas afirmaciones de los Romanos Pontífices, depositarios fidelísimos e intérpretes infalibles de la divina revelación, para asegurarnos de que la realeza de María, aunque no se halla definida como dogma de fe, es, sin embargo, una verdad ciertísima, que sería, por lo menos, temerario y escandaloso poner en duda.

Esta certeza recibió un nuevo sello, cuando el Romano Pontífice Pío XII, como digna coronación del Congreso Internacional Mariológico-Mariano, y, para perpetuo y más vivo recuerdo del primer centenario de la definición de la Inmaculada Concepción, proclamó en la Enciclica Ad Coeli Reginam (11 octubre 1954), la festividad litúrgica de la realeza de María.

El sentido, el fundamento teológico y el fin de tal proclamación, además dle haber sido expuestos en la susodicha Encíclica, fueron nuevamente ilustrados, en la Alocución de 10. de noviembre de 1954, con estas memorables palabras:

“No ha sido intención Nuestra introducir novedad alguna, sino más bien hacer que brille a los ojos del mundo, en las actuales circunstancias, una verdad capaz de traer remedio a sus males, de liberarlo de sus angustias y de enderezarlo hacia el camino de salvación que él mismo busca ansiosamente.

Menos aún que la realeza de su Hijo, la realeza de María no ha de ser concebida en analogía con las realidades de la vida política moderna. Indudablemente, no podemos representar las maravillas del cielo sino mediante las palabras y las expresiones, tan imperfectas, del lenguaje humano: pero esto no significa precisamente que, para honrar a María, debamos de adherirnos a una concreta estructura política.

La realeza de María es una realidad ultra-terrena, que, al mismo tiempo, penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su esencia profunda, es decir, en lo que ellos tienen de espiritual y de inmortal.

El origen de las glorias de María, el momento solemne que ilumina toda su persona y toda su misión, es aquel en el cual, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el Fiat, que expresaba su consentimiento a la disposición divina; de esta manera se convertía, Ella, en Madre de Dios y en Reina y recibía el oficio real de velar por la unidad y por la paz del género humano. Por Ella tenemos la firme confianza de que la humanidad se irá, poco a poco, encaminando por este camino de salvación; Ella guiará a los jefes de las naciones y los corazones de los pueblos, hacia la concordia y la caridad”.

Nuestra Señora es la primera de las criaturas porque ella es la Madre de Dios. Nadie ha tenido o puede tener una unión con la Santísima Trinidad tan cerca como la de ella. Ella es la Hija más amada del Padre Eterno, la Madre más admirable de la Palabra eterna, y la Esposa más fiel del Espíritu Santo.

Además, ella es Reina porque Dios colocó el gobierno de todas las cosas en sus manos. Dios no hace nada sobrenatural en la tierra que no pase por ella. Todas las oraciones que se elevan desde la tierra hasta el cielo pasan a través de ella; todas las gracias que vienen de Dios a la tierra están a su solicitud. Si todo el Cielo suplicara algo sin su intercesión, no se alcanzaría; y si ella sola entre los ciudadanos del Cielo pidiera algo, obtendría todo lo que pidiera. Esto la convierte en reina en la plenitud del término.

Cómo llevar a cabo la coronación de Santa María Reina

Para el acto de coronación la imagen, debe estar iluminada por una vela, símbolo de la presencia de Cristo que prometió su presencia entre quienes se reúnen en su Nombre. También pueden haber flores naturales en honor de nuestra Reina. Se comienza el acto de coronación haciendo la Señal de la Cruz, y rezando un Credo para pedir a la Virgen que conserve la fe católica de nuestros hogares y de todos nuestros países.

Se puede agregar un cántico y luego, en silencio, cada uno se consagra personalmente a la Virgen según su devoción personal. Puede emplear la formula de consagración que aquí se muestra.

Y después se puede recitar esta oración del Himno Akathistos:

Cantaré un himno a la Reina Madre
y me acercaré gozoso a celebrar sus glorias
cantando alegre sus maravillas
¡Oh Señora!
nuestra lengua es incapaz de alabarte dignamente
pues Tú, que engendraste a Cristo Rey,
has sido elevada sobre los Serafines
Dios te salve, ¡Oh Reina del mundo!
¡Oh María! Reina de todos nosotros

Se procede entonces a colocar en la cabeza de la imagen de María la Corona diciendo:

¡Santa María, Madre de Dios y nuestra, te coronamos como Reina de nuestra familia (o de nuestro grupo de oración)!

Finalmente se reza el Santo Rosario y al final se agregarán tres Avemarías en desagravio al Corazón Inmaculado de María.

Fuentes

http://www.corazones.org/maria/reina_maria.htm
http://www.cenaculum.org/coronacion/introduccion.asp

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