31 de Marzo: San Nicolás de Flue


San Nicolás de Flue

San Nicolás de Flue, ermitaño nacido Sachseln. Quería el Señor que Nicolás fuese modelo de perfectos cristianos en diferentes estados. Durante 19 años de su vida, recibió como único alimento la Eucaristía. Murió con la muerte de los justos el 21 de marzo de 1487, a los setenta de su edad, después de haber pasado veinte en el desierto


Día celebración: 31 de marzo / 21 de marzo.
Lugar de origen: Sachseln, Antigua Confederación Suiza.
Fecha de nacimiento:  21 de marzo 1417.
Fecha de su muerte: 21 de marzo de 1487.
Santo Patrono de:  La Guardia Suiza (Guardia papal).


Contenido

– Introducción
– San Nicolás de Flue contrae matrimonio
– Soldado y hombre de estado
– San Nicolás de Flue se retira a la soledad
– La Sagrada Eucaristía: Su único alimento por 19 años
– El lujo cierra la puerta del Cielo
– Salva la independencia de su patria
– Enfermedad y muerte
– Oración a San Nicolás de Flue


Introducción

El bienaventurado San Nicolás de Flue, cuyo apellido alemán corresponde en castellano al de «la Roca», nació el 21 de marzo del año 1417 en un pueblo de Suiza, llamado Sachseln, perteneciente al cantón católico de Unterwald. Era su familia una de las más nobles y antiguas del país, distinguida entre los suizos en el dilatado espacio de más de cuatrocientos años, no sólo por una especie de bondad, que era como hereditaria en ella, sino por el desempeño de los primeros cargos de la nación, entre los cuales se hallaba el de juez y consejero superior.

San Nicolás de Flue dejó de ser niño tan presto, que parecía haberse anticipado la piedad a la razón, así como la razón a la edad. Notóse desde luego en él un juicio tan maduro, un entendimiento tan claro y una prudencia tan superior a sus años que se creyó, había logrado el uso libre de la razón antes de salir de la cuna, contra las reglas ordinarias de la naturaleza.

A vista de tan felices disposiciones para la virtud, se dedicaron sus padres con particular cuidado a educarle en los piadosos principios de la religión; pero su bella índole no había menester muchos preceptos. Nicolás sólo hallaba gusto en hacer oración y leer vidas de Santos.

Frutos bellos dé su inocencia fueron la sinceridad, la modestia y el candor; rendido siempre a sus padres, no tenía más voluntad que la suya. Aunque era de complexión débil y de un genio extraordinariamente apacible para los demás, comenzó muy presto a ser duro y riguroso para consigo. Movido del ejemplo de su patrón San Nicolás, ayunaba regularmente cuatro veces a la semana y mortificaba su delicado cuerpecillo con otras muchas penitencias.

En aquellos tiempos las riquezas de Suiza consistían principalmente en ganados, granjas, pastos y dehesas; por lo que era ordinario que los jóvenes e incluso los hijos de familias acomodadas y ricas se ocuparon en el inocente oficio de pastores. El grande amor que nuestro Nicolás profesaba a la soledad y a la oración, le hacía hallar todas sus delicias en el apartamiento, y hubiera tomado este apacible oficio si la total subordinación a la voluntad de sus padres no sirviese de estorbo a la ejecución de un intento tan conforme a su inclinación y genio.

La vista de los campos le inspiraba tanto amor al desierto, que desde luego se hubiera retirado a él; pero quería el Señor que Nicolás fuese modelo de perfectos cristianos en diferentes estados.

San Nicolás de Flue contrae matrimonio

No obstante el deseo que tenía de mantenerse en el estado del celibato, San Nicolás de Flue se vio precisado a sacrificar su natural repugnancia en obsequio de la obediencia y , por condescender con sus padres, consintió en contraer matrimonio con una virtuosa doncella, llamada Dorotea; y ,como era Dios el autor de esta dichosa boda, ni la unión pudo ser más estrecha ni el matrimonio más feliz.

Pegáronse presto a Dorotea todas las virtuosas inclinaciones y todos los devotos ejercicios de su esposo; y por el arreglo de las costumbres, las obras de caridad, la concordia- de las voluntades, el buen régimen y la modestia de la familia, aquel hogar parecía una casa religiosa. Nicolás, sin aflojar en sus penitencias ordinarias, iba creciendo cada día en devoción.

Levantábase regularmente a media noche y pasaba en oración más de dos horas. Encendíase más y más por instantes la tierna devoción que profesaba a la Santísima Virgen, devoción que parecía ser en él como otra naturaleza, pues era muy rara la conversación en que no hablara, como hombre verdaderamente arrebatado, de las excelencias, del poder y de la bondad de esta tiernísima Madre.

Traía continuamente en la mano el rosario, que rezaba muchas veces cada día, siendo ésta la devoción de su cariño y la que llenaba todos los espacios que le dejaban libres las demás ocupaciones. Su confianza en la soberana Reina de los Ángeles era absoluta, y aun se dice que muchas veces en el decurso de su vida recibió la visita de esta celestial Señora.

Favorecióle el Señor con diez hijos, cinco varones y cinco hembras. A todos dio con sus instrucciones y ejemplos tan bella educación, que tuvo el consuelo de dejarlos herederos, más de un rico tesoro espiritual que de bienes materiales. Juan, su primogénito, y Gauterio, el tercero de sus hijos, fueron sucesivamente gobernadores del cantón y desempeñaron con honor este empleo.

Nicolás, el menor de todos, fue uno de los más ejemplares sacerdotes de su tiempo; y toda aquella santa familia acreditó la eminente virtud de su bienaventurado padre.

Soldado y hombre de estado

Por las leyes del país se vio obligado San Nicolás de Flue a prestar servicio de armas por algún tiempo; y pareció que la divina Providencia le había conducido al ejército para contener las licencias de los soldados y dar a todos raros ejemplos de perfección cristiana. Un día, queriendo sus conciudadanos quemar el convento de Caterinental, en el que se había refu­giado la tropa enemiga, Nicolás se opuso enérgicamente:

—Hermanos — les dijo— , no manchéis con la crueldad la victoria que Dios os ha hecho conseguir.

Gracias a su intervención se salvó el convento. Era naturalmente esforzado, intrépido y excelente oficial. Quisieron premiar sus virtudes y servicios y le eligieron juez y consejero superior, a pesar de su resistencia. Desempeñó ambos cargos durante diecinueve años, cumpliendo fielmente sus obligaciones. Estas elevadas funciones no le impedían atender a la salvación de su alma. Su oración habitual, que se ha hecho célebre y popular en los cantones suizos, era la siguiente:

«Señor y Dios mío, quitad de mí todo lo que me impide ir a Vos. Señor y Dios mío, concededme todo lo que me pueda llevar hacia Vos. Señor y Dios mío, haced que no haya en mí nada que no sea vuestro y que me entregue a Vos por completo.»

Esta vida, aunque tan ajustada, no le satisfacía y suspiraba continuamente por la soledad. A la edad de cincuenta años, hallándose sumido en profunda meditación, oyó una voz que le decía:

Nicolás, ¿por qué te inquietas? No te preocupes más que de hacer la voluntad de Dios y no confíes en tus propias fuerzas. No hay nada más agradable a Dios que servirle con abandono y buena voluntad.

Poco después oyó una voz interior que le decía:

«Abandona todo lo que amas y Dios mismo cuidará de ti».

Comprendió que Dios le pedía que abandonase a su mujer, a sus hijos, su casa y cuanto poseía, como en otro tiempo hicieron los Apóstoles, para servir a Jesús. Tuvo que sostener largo y penoso combate, pero al fin triunfó la gracia, y tomó la inquebrantable resolución de abandonarlo todo para seguir el llamamiento divino.

Desde luego solicitó el consentimiento de su esposa. Ésta oró, pidió consejo a amigos ilustrados y por último accedió. La mayor parte de los hijos estaban ya criados, y en cuanto a los más jóvenes la madre prometió educarlos en la doctrina cristiana.

 

San Nicolás de Flue se retira a la soledad

Una vez arreglados todos sus negocios, despidióse de su mujer y de sus hijos, les declaró cuán de corazón les agradecía el cariño que le habían profesado y se alejó descalzo, vestido con una larga túnica de tela burda y con un rosario en la mano; de esta suerte salió de su patria, sin dinero y sin provisiones.

Llegado a Liestal — cantón de Basilea— , encontró a un piadoso campesino, al que dio cuenta de sus proyectos, suplicándole de paso que le indi­case un lugar desierto donde pudiese vivir desconocido y ocuparse únicamente de su salvación. Admiróse en gran manera el campesino; pero al mismo tiempo hízole notar que si se alejaba tanto de su tierra, podrían to­marle por fugitivo, vagabundo o delincuente. Entendiólo así Nicolás, y resolvió tornarse al cantón de Unterwald.

Llegada la noche, quedóse dormido al raso. En medio de su sueño parecíale sentir un impulso irresistible que venía del cielo y le impelía hacia su país.Volvió, pues, a su patria y, en medio de las tinieblas de la noche, pasó silencioso y ligero por delante de su casa, que encontró al paso, y bajó a un valle llamado Kúster, propiedad suya. Allí estableció su morada bajo un enorme fresno en medio de malezas.

A los ocho días de estar allí, unos cazadores lo descubrieron y dieron noticias suyas a Pedro de Fluee, su hermano. Éste se encaminó al sitio donde estaba y le rogó que, para no morir de hambre ni de frío, volviese al seno de su familia. Nicolás le respondió:

Has de saber, querido hermano, que no moriré de hambre, pues desde hace once días no la he sentido. Tampoco tengo sed ni frío; Dios me sostiene y no tengo motivo para abandonar estos lugares.

Sin embargo, menudearon tanto las visitas que se vio precisado a buscar un sitio más oculto. Era una boca o una oscura caverna abierta en una escarpada roca, cubierta toda de espinas, de piedras y de cascajo, que le servían de lecho. También allí afluyeron piadosos peregrinos, que le edificaron una cabaña de ramas y cortezas de árboles. En ella pasaba los días y las noches, sin tomar alimento, consagrado a la oración y meditación de las verdades celestiales.

La Sagrada Eucaristía: Su único alimento por 19 años

Así transcurrió un año entero, cuando de pronto surgió la sospecha de que alguien le llevaba secretamente de comer. Algunos funcionarios del Gobierno observaron largo tiempo y con minuciosidad los alrededores de su cabaña; pero pudieron convencerse de que el piadoso ermitaño no tomaba otro alimento que la Sagrada Eucaristía, único sostén de su existencia. Todos quedaron maravillados.

El obispo de Constanza, para cerciorarse del milagro, envió a su Vicario general, el cual preguntó al ermitaño cuál era la mayor virtud. San Nicolás de Flue respondió: «La obediencia». Entonces el Vicario puso ante él pan y vino y le mandó comer y beber. Obedeció el ermitaño, pero inmediatamente se sintió acometido de tan violentos calambres de estómago que se temió por su vida. Desde aquel momento no le volvieron a incomodar, persuadidos como estaban de que Dios le sostenía sin necesidad de alimento.

En esta cabaña no pasó Nicolás más que un año, pues creciendo cada día el concurso y devoción de los pueblos, sus conciudadanos le edificaron una celda de piedra y una capilla a la que la piedad de los archiduques de Austria asignó las necesarias rentas, así para su conservación como para la manutención del capellán que la servía.

Diecinueve años y medio vivió solo en aquella celda, sin más alimento que la Sagrada Eucaristía, que recibía cada mes y todos los días festivos de manos del sacerdote que estaba consagrado al servicio de su capilla.

Cerca de su celda vivía un piadoso ermitaño llamado Ulrico, noble bávaro que, atraído por la reputación de las virtudes de San Nicolás de Flue, había acudido con el fin de imitar su género de vida. Ulrico visitaba con frecuencia a Nicolás y tenía con él santos coloquios.

La devoción de los fieles pudo más que la humildad del siervo de Dios; y así no se pudo negar a hacerles algunas pláticas espirituales, que reformaron luego las costumbres, hicieron grandes conversiones y fueron seguidas de muchas maravillas.

A una hora determinada San Nicolás de Flue hablaba a los peregrinos que venían; de todas partes a visitarle. Un día se presentaron su esposa y sus hijos: las palabras del esposo y del padre les edificaron y conmovieron cuanto se puede pensar.

El lujo cierra la puerta del Cielo

Cierto día fue a visitarle una señora con su nuera espléndidamente ataviada. El Santo miró a la joven como quien está preocupado y le dijo:

—Si lleváis semejantes trajes por vanidad, tened entendido que aunque estuvieseis ya en el paraíso, seríais arrojada de él, y, si acostumbráis a vuestros hijos, que serán numerosos, a gastar este lujo, no veréis nunca el rostro de Dios.

Y añadió:

— Vuestros hijos os darán mucho que hacer; y si algún día para ponerlos en paz tenéis que echar mano de un tizón ardiendo, acordaos entonces de lo que ahora os digo.

Esta mujer fue madre de once hijos y la profecía de San Nicolás Flue relativa al tizón se cumplió exactamente.

Otro día se presentó al Santo un joven vestido muy a la moda y le preguntó en tono de broma si le gustaba el traje. Nicolás respondió:

— Cuando el corazón y los sentimientos son buenos, todo es bueno; sin embargo, más te valdría atenerte a la sencillez de nuestro traje nacional.

Salva la independencia de su patria

Su profunda sabiduría y prudencia le habían conquistado la confianza de las autoridades, que le pedían siempre consejo en los asuntos importantes. En 1476 y 1477 los suizos se cubrieron de gloria derrotando al duque de Borgoña en Grandson, Morat y Nancy; pero no tardaron en surgir entre ellos disentimientos y rivalidades con motivo de la distribución del botín y de la admisión de las ciudades de Friburgo y Soleura en la Confederación. Tras empeñados e inútiles debates, iban a retirarse los diputados con el corazón lleno de odio y con amenazas de venganza y represalias. Todo hacía presagiar una guerra civil.

Pensaron entonces en San Nicolás de Flue, el cual acudió a Stans vestido de una pobre túnica de color oscuro que le llegaba a los talones; iba con los pies descalzos y la cabeza descubierta, apoyándose con una mano en un palo y llevando en la otra un rosario.

Al presentarse el santo anciano ante la asamblea, todos se levantaron e inclinaron con respeto. Tomó la palabra y, en un discurso lleno de sencillez, de fe, de emoción y de patriotismo, hizo oír a sus compatriotas el lenguaje de la justicia, del desinterés, de la caridad cristiana, de la concordia y de la paz. La gracia de Dios acompañaba al santo anacoreta y en una hora quedaron allanadas todas las dificultades. No era fácil resistir a la voz de un hombre a quien Dios favorecía tan extraordinariamente con el don de profecía y de milagros.

Se admitieron en la Confederación los cantones de Friburgo y Soleura, se confirmaron y completaron con nuevas bases los antiguos tratados de alianza, se repartió el botín de las expediciones militares proporcionalmente al número de soldados alistados por cada cantón, y se adoptaron las disposiciones que parecieron más prudentes para lograr la pacificación de los cantones y el mantenimiento del orden público.

El júbilo fue universal. «El motivo no podía ser más justo: allí los confederados habían salvado a su patria de los enemigos extranjeros, mientras que aquí la salvaron de sus propias pasiones.» El verdadero libertador que Ies había hecho conseguir esta victoria sobre sí mismos era el pobre ermitaño San Nicolás de Flue; pero ya no se hallaba en Stans, porque la misma noche de su triunfo, esquivando las felicitaciones, había regresado humildemente a su apacible retiro. Ahí vivió aún seis años en medio de la mayor santidad.

Enfermedad y muerte

Por fin, Dios le envió una enfermedad tan aguda, que le hacía retorcerse en el lecho en medio de sufrimientos indecibles. Este martirio duró ocho días y ocho noches sin quebrantar en lo más mínimo su paciencia. Exhortaba a los que iban a verle a vivir de modo que su conciencia no temiese la muerte:

— La muerte es terrible — decía— ; pero es mucho más terrible caer en las manos del Dios vivo.

Mientras tanto, se calmaron bastante sus dolores y pidió la Extremaunción y el Cuerpo adorable del Salvador, que recibió con fervor admirable. Cerca del moribundo estaban su fiel compañero fray Ulrico y su amigo el cura de Stans; por último, acudieron la piadosa esposa y los hijos del solitario para recibir sus últimas recomendaciones y darle el postrer adiós.

San Nicolás de Flue dio gracias a Dios por todos los beneficios que le había dispensado, hizo un esfuerzo para practicar el último acto de adoración en la tierra y murió con la muerte de los justos el 21 de marzo de 1487, a los setenta de su edad, después de haber pasado veinte en el desierto. Toda Suiza le lloró como a un padre y él la sigue protegiendo desde el cielo.

Quiera el Señor que sus oraciones logren reducir de nuevo a todos los habitantes de los cantones a la santa fe de sus padres, a la fe de los valientes que fundaron la independencia de Suiza, mediante la cual se puede conquistar no sólo la patria terrena, sino también la patria eterna del cielo.

El día siguiente al de su felicísimo tránsito, fue llevado el santo cadáver con extraordinaria pompa a la iglesia de Sachseln, donde se le dio sepultura. Los muchos milagros que sin tardar comenzó a obrar el Señor en su sepulcro, le merecieron la veneración pública de todos los cantones y pronto fue célebre en Alemania, en los Países Bajos y en Francia.

El año de 1538 fue solemnemente levantado de la tierra su sagrado cuerpo por el obispo de Lausana y colocado en un magnífico relicario. Día a día fue creciendo el concurso de los pueblos,  especialmente desde que la Silla Apostólica aprobó y autorizó su culto.

En dicho relicario se ven, entre otros adornos, condecoraciones de Órdenes Militares, testimonio del valor de nuestro héroe y de sus descendientes, que han tenido a gloria juntar la suya con la de su ilustre antepasado.

El 21 de marzo de 1887 celebró la República suiza el cuarto centenario de la gloriosa muerte del Santo. Dos años antes, el gobierno y el clero de Obwalden habían empezado los preparativos para tan extraordinaria solemnidad religiosa y nacional. Fue canonizado por Su Santidad Pío XII  en mayo de 1947.

Oración a San Nicolás de Flue

Señor mío y Dios mío, aleja de mí todo lo que me aleje de Ti.
Señor mío y Dios mío, concédeme todo lo que me acerque a Ti.
Señor mío y Dios mío, líbrame de mí mismo y concédeme poseerte sólo a Ti.

San Nicolás de Flue | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.