30 de Julio: Santos Abdón y Senén


Santos Abdón y Senén

Los santos Abdon y Sennen, llamados de diversas maneras en los primeros calendarios y martirologios: Abdo, Abdus y Sennes, Sennis, Zennen, son reconocidos por la Iglesia Católica Romana como Mártires Cristianos, con un día festivo dedicado el 30 de julio. Históricamente no se sabe mucho sobre estos santos, excepto sus nombres, que fueron mártires y que fueron enterrados el 30 de julio de algún año en el Cementerio de Ponciano en la Via Portuensis.


Día celebración: 30 de Julio.
Lugar de origen: Persia. Actual Irán.
Fecha de nacimiento: Siglo II.
Fecha de su muerte: 250.
Patronzago: Patronos de los niños, toneleros y jardineros; protectores contra las enfermedades oculares. En Valencia y Aragón, invocados contra el granizo y el pedrisco: «els sants de la pedra».


Contenido

– Introducción
– Conducidos a Roma
– Ante el tribunal de Decio
– Martirio
– El cementerio de Ponciano
– Santa María de Arles en Rosellón
– Grandes Milagros
– Oración a los Santos Abdón y Senén


Introducción

La tradición ha hecho de Abdón y Senén dos príncipes o sátrapas persas, tan ilustres por su nacimiento como por sus cuantiosas riquezas y encumbrada dignidad. El historiador moderno Pablo Allard que sigue este parecer, cree que se trata de dos prisioneros hechos en la expedición del emperador Gordiano 111 contra Sapor, rey de Persia. Por el contrario, Alberto Dufourq, también historiador moderno, supone que eran simples obreros.

Funda su opinión en el hecho de que sus tumbas estaban en las cercanías del barrio poblado por los obreros adscritos a las factorías del Tíber. Lo cierto es, como la tradición atestigua y con­ firman los nombres, que ambos eran de origen oriental. Sábese que los dos padecieron martirio por la fe de Jesucristo el 30 de julio del año 250 ó 251, durante la cruel persecución del emperador Decio. Conócese, asimismo, el lugar de su inhumación.

Y como cualquiera de ambas interpretaciones puede aceptarse en nuestro caso sin perjudicar a la esencia doctrinal del suceso histórico, optaremos por la que ha encontrado más arraigo en el sentimiento del pueblo.

 

Conducidos a Roma

Según el primitivo relato de su pasión, Abdón y Senén, aunque ven­cidos en la guerra y hechos prisioneros cuando la sublevación del rey Sapor, gozaron de relativa libertad, hasta que habiendo sido informado Decio, general del ejército imperial, de que habían dado tierra a unos cristianos martirizados en Babilonia y Cordula, mandó arrestarlos e hízoIos comparecer ante su tribunal. Ya en su presencia les dijo con mal disimulada indignación:

—Así que, ¿también vosotros sois del número de los insensatos? Vuestra misma impiedad ha hecho que los dioses os pusieran en mis manos como a cautivos de Roma.

—Mejor sería decir que hemos alcanzado victoria con el auxilio de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo que reina eternamente —contestaron los caballeros cristianos.

—Yo creo —dijo el general— que no negaréis que vuestra existencia depende de mi arbitrio, y que sois mis esclavos.

—Has de saber, oh Decio, que sólo nos rendimos y prestamos vasallaje a Nuestro Señor Jesucristo, humillado por amor de los hombres hasta descender a la tierra.

Irritado por tan valientes respuestas, mandó el general que los dos confesores fuesen encerrados en estrecho y oscuro calabozo.

Pronto los sucesos obligaron a Decio a dejar aquel país y volver a Roma. Según costumbre llevóse consigo algunos prisioneros para que sirvieran de espectáculo al pueblo romano; entre ellos iban Abdón y Senén.

Cuatro meses duró aquel largo y penoso viaje, pero las fatigas y trabajos que en él padecieron nuestros prisioneros, quedaron compensados con la esperanza de recibir la palma del martirio. No obstante, fue disposición divina que a su llegada a Roma hallaran, no la muerte que esperaban, sino la libertad, gracias al emperador Filipo el Árabe, que sucediera a Gordiano III en 244, y que manisfestaba gran admiración por los cristianos.

Ante el tribunal de Decio

Decio, que sucedió en el Imperio a Filipo, no heredó de éste la benevolencia para con los seguidores de Cristo, antes, llevado de la antipatía personal y política, quiso darse la cruel satisfacción de perseguir a muerte a los que aquél había protegido y honrado con su confianza. Fueron encarcelados muchos cristianos, entre ellos Abdón y Senén. Quiso Decio ,el emperador que el juicio de estos dos últimos revistiera extraordinaria solemnidad, y, según rezan las Actas, citó a los senadores al templo de la Tierra, anunciando que él personalmente presidiría el acto.

Reunida la asamblea, hubieron de comparecer los dos mártires. Fueron recibidos con un murmullo general, efecto de la admiración que en la asamblea despertara la magnificencia de sus vestidos y el brillante resplandor de las joyas con que se adornaban. Decio mandó a Claudio, pontífice del Capitolio, que trajese el trípode sagrado destinado a las ofrendas. Luego, dirigióse a los caballeros de Cristo para exhortarlos a que renunciasen a la fe.

—Ofreced sacrificios a los dioses —les dijo— y al instante obtendréis la gracia del Imperio, y seréis colmados de honores y riquezas.

—Aunque indignos y miserables pecadores, nos hemos ofrecido a Dios en holocausto sempiterno. Así que ya nada tenemos que ofrendar a vuestros dioses —contestaron los valientes confesores de la fe.

—Preparad para estos miserables los más acerbos suplicios y las torturas más horribles —rugió Decio, fuera de sí— ; disponed en seguida leones y osos hambrientos que acaben con tamaña insolencia.

—Haz lo que tengas por conveniente, —replicaron los Santos— por­que nuestra confianza la ciframos en Cristo Señor nuestro, que tiene poder para desbaratar todos tus planes y contra cuya providencia de nada ser­virán tus enojos y tiránicos caprichos.

Hubo de sonreír el emperador ante aquella noble osadía de sus prisioneros. Debió juzgar desmedidas la confianza e intrepidez con que se disponían a enfrentar sus amenazas, pero pensó que la reflexión y la soledad acabarían por doblegarlos e hizo que los volvieran a los calabozos.

Martirio

Cuando al siguiente día bajaba el emperador del monte Palatino, camino ya del anfiteatro de Vespasiano, anunciáronle que los osos y leones destinados a los dos cristianos persas, habían sido hallados muertos en las jaulas. Encolerizóse Decio por este contratiempo, y desistió de presenciar los juegos. Al mismo tiempo, dio órdenes terminantes al prefecto de la ciudad, llamado Valeriano.

«Lleva a los presos ante el dios Sol —le dijo—, y si se obstinan en no adorarle, haz que sean arrojados a las fieras que haya disponibles».

Cumplió Valeriano la orden, y conminó a los confesores, diciéndoles:

—Considerad la nobleza de vuestro linaje tan reñida con las doctrinas usando Cristianas, y ofreced a los dioses el sacrificio que se les debe, de lo con­trario tened entendido que os arrojaré a las bestias feroces.

—Sólo a Cristo nuestro Dios adoramos, y por nada del mundo inclinaremos nuestras cabezas ante esos ídolos, fabricados por los hombres —respondieron los atletas de la fe.

No obstante la decisión y firmeza de estas palabras, los arrastraron los soldados hasta la estatua y quisieron forzarlos a sacrificar; mas ellos, llevados de santa indignación, escupieron al ídolo, y luego, encarándose con Valeriano le dijeron:

—Comprende, Valeriano, que tus vanos ídolos sólo pueden inspirarnos desprecio, así que, lo que has de hacer, hazlo pronto.

Ebrio de furor, ordenó el prefecto que los azotasen despiadadamente. Cumplióse con exquisita crueldad aquella orden hasta ensangrentar los mismos vestidos de los valerosos mártires. Pero no consiguieron los verdugos arrancarles ni una sola queja. Parecía aquello un desafío entre el furor sanguinario de los sayones y la calma imperturbable de sus víctimas.

Ya que hubieron desfogado su rabia, condujéronlos al circo, donde esperaba ya la multitud. En cuanto aparecieron en el anfiteatro, recibiólos un clamoreo confuso. A una orden del heraldo, llegáronse los dos hermanos ante Valeriano, presidente del espectáculo por ausencia del emperador, para dirigirle el acostumbrado saludo de los que debían morir.

—Venimos —le dijeron— a recibir la corona que nos tiene reservada Nuestro Señor Jesucristo. Que Él te perdone el mal que piensas hacer y te conceda la gracia de conocerle un día. Y a ves con qué regocijo y serenidad acatamos tu sentencia. Gracias a ella se nos abrirán hoy las puertas del cielo, el mismo Señor por cuya fe hemos venido al suplicio, nos presta aliento y fuerza para el supremo combate. Aprende tú, ¡oh Valeriano! y aprended, romanos todos de esta lección que la omnipotencia de Jesucristo os da en sus dos humildes siervos.

Encamináronse después muy tranquilamente hacia el centro de la plaza y esperaron la muerte sumidos en fervorosa oración. Dio el prefecto orden de soltar las fieras, y con loco regocijo de los espectadores alzáronse las rejas de los fosos subterráneos. Corrieron aquéllas con temerosa furia hacia sus víctimas, mas ya cerca de ellas paráronse cual si las detuviera alguna fuerza sobrenatural.

Aproximáronse luego lentamente hasta donde los mártires aguardaban y, cual si de bestias mansas se tratase, rodeáronlos y tumbáronse a sus pies. La muchedumbre, aquella muchedumbre frenética y voluble que de tan diversas maneras solía reaccionar ante lo extraordinario, prorrumpió en atronadora gritería maldiciendo la súbita transformación.

El cementerio de Ponciano

Cosa de medio siglo más tarde y siendo ya cristiano el emperador Constantino —dicen las Actas— apareciéronse los santos Mártires para revelar el lugar de su tumba. Removiéronse entonces con sumo respeto y decoro las preciosas reliquias y fueron trasladadas al cementerio de Ponciano. En un Cronógrafo o Martirologio de la Iglesia romana que data del siglo IV, se lee lo siguiente con fecha 30 de julio:  «Abdón y Senén, en el cementerio de Ponciano, cerca del Oso Cubierto».

Esta cita del Martirologio es el documento histórico más antiguo que poseemos sobre los dos mártires. El cubículum o cámara sepulcral de los Santos Abdón y Senén se convirtió desde el siglo IV al VII en uno de los lugares de reunión preferidos por los cristianosde Roma. Llama poderosamente la atención una pintura del siglo VI o VII que todavía se conserva y que decora la cara anterior del sepulcro, representa la apoteosis de los ilustres mártires.

En terreno del cementerio edificóse una basílica hacia el siglo VIII , pero como aquella parte de la ciudad fue la castigada en la prolongada lucha habida entre los lombardos y la Santa Sede, quedó el templo, como tantos otros, en lamentable estado. En vista de ello, el papa Gregorio IV determinó trasladar los santos cuerpos a la iglesia de San Marcos, en el interior de la ciudad. Llevóse a cabo la traslación en 826. Guardóse allí tan rico tesoro hasta la segunda mitad del siglo X.

Santa María de Arles en Rosellón

Por aquella época, el monasterio benedictino de Santa María, en la actual diócesis de Perpiñán, y todo el valle de Arles de Tech, parecía experimentar los efectos de la indignación de Dios. Año tras año, asolaban los campos continuas y terribles tormentas, los lobos, osos y gatos monteses, acosados por el hambre, abandonaban sus guaridas para destruir lo poco que en las campiñas quedaba.

Los damnificados hacían continuas rogativas para obtener de la divina misericordia el término de aquel azote; pero en vano; diríase que Dios no quería en modo alguno escuchar los ruegos de aquellas atribuladas gentes.

Amolfo, abad del monasterio, determinó ir a Rom a en busca de reliquias de santos, persuadido de que por ellas se aplacaría el Señor. Así, pues, a pesar de su avanzada edad, partió para la Ciudad Eterna.

Los acontecimientos confirmaron que Dios le guiaba en aquella empresa. Habiendo reparado el Papa en la presencia del abad Amolfo durante la procesión estacional, llamóle y se informó por él de las grandes pruebas que afligían al monasterio y territorios anejos. Edificado, además, por el objeto de su largo y penoso viaje, concedióle, dice la tradición, las reliquias que deseara llevar, excepto, naturalmente, las de los apóstoles Pedro y Pablo y de los mártires Esteban y Lorenzo.

Durante el sueño fuele revelado al abad las reliquias que debía pedir. Vio una cripta, y en ella dos tumbas de donde manaba una fuente de sangre. Era la confesión de la basílica de San Marcos en la que la víspera había tenido lugar la estación. «Las reliquias que hay en estas tumbas, díjole una voz, son las de los bienaventurados mártires Abdón y Senén».

Vuelto hacia donde partía la voz, exclamó Arnolfo: «Plázcaos, Señor, que me las lleve para remedio de los males que afligen a mi país». Sus deseos fueron cumplidos, porque informado el Papa de aquella revelación, mandó buscar las sagradas reliquias, y halladas, hizo con ellas dos lotes, uno de los cuales recibió el abad con gran contento y satisfacción.

Era, en verdad rico el tesoro adquirido, y por ende, expuesto a grandes peligros, máxime en aquellos siglos de fe viva. No lo ignoraba el dichoso abad, y para prevenir la piadosa codicia que pudiera suscitarse en los moradores de los lugares por donde debía pasar, acudió a una ingeniosa estratagem a; y fue —dice la crónica— que mandó hacer un barril con tres compartimientos, puso en el del medio su  preciosa carga, y llenó de vino los dos extremos

Grandes Milagros

Pronto se manifestó la virtud que las reliquias comunicaban al vino, porque en el puerto de Génova, el demonio denunció la presencia de los mártires por boca de una posesa. El avisado abad dio a la mujer un poco de aquel vino y quedó ésta libre del demonio. Ya en alta mar desencadenóse una furiosa tempestad. En lo más recio del peligro postróse de rodillas el abad, e invocó la protección de los mártires, imitáronle los demás y juntos hicieron un voto al Señor.

En un momento, experimentaron los maravillosos efectos de la oración, porque aparecieron en el barco dos jóvenes de extraordinaria hermosura, que se dieron a arreglar el palo mayor, roto a consecuencia de la borrasca; acomodaron las velas, y, por fin, apaciguaron el mar, con gran pasmo de los atribulados nautas.

Éste y otros estupendos milagros realizados abordo, despertaron la atención de todos los que en el buque iban, pero el buen abad, siempre desconfiado y con temor de que pudieran asaltar su preciado tesoro guardó absoluto secreto sobre él, de manera que pasó completamente inadvertido para cuantos viajaban.

Desembarcado que hubo en una ensenada del cabo de Creus, cargó Arnolfo el preciado barril sobre sus venerables hombros y continuó su camino por tierra. Al llegar al pie de los Pirineos, topó con dos ciegos que pedían limosna; dioles también a beber un poco del vino del misterioso barril y recobraron al punto la vista. Para atravesar la cordillera con más comodidad, trató Arnolfo con un arriero y convinieron en ir juntos hasta el convento.

En cuanto pisaron tierra patrimonial del monasterio, las campanas de los lugares por donde pasaban, repicaban alegremente por sí solas, como para dar la bienvenida a los celestiales protectores.

Ya se oía el alegre carillón del monasterio cuando plugo a Dios manifestar la santidad de sus siervos con otro m ilagro; porque cuando su­ bían una empinada pendiente del flanco de la montaña, de tal manera aguijoneó el arriero a la pobre bestia que le hizo perder el equilibrio y rodó, entre peñas y malezas, hasta dar en el río.

¡Dios Santo! —exclamó nerviosamente el buen arriero— , si no tengo dentro de mí al mismísimo diablo, yo no sé lo que me pasa. ¿Por qué habré hecho esta barbaridad?». Con todo, la acémila no sufrió el menor daño, sino que levantóse por sí sola, remontó el lecho del río con la carga intacta sobre sus lomos, y llegó al monasterio antes que los dos estupefactos caminantes.

Con las santas reliquias recibió el valle de Arles de Tech la bendición de Dios, pues desde entonces se vio libre de las terribles calamidades que habían venido azotándolo.

Oración a los Santos Abdón y Senén

Pues por Dios sois tan amados
Y el que os sirve no medra (sic),
Guardad los campos de piedra
Abdón y Senén sagrados.
A las fieras y a los osos
Al fin de que os comieran
Os arrojan y os respetan
Halagüeños y amorosos.
Os respetan los Leones;
Los gentiles más infieles
Os descuartizan crueles
Hechos fieras y dragones.
De Persia el malvado Decio
Os trajo proceso a Roma
No hacéis al tirano aprecio
Escupiendo con desprecio.
Guardad los campos de piedra
Abdón y Senén benditos.

Santos Abdón y Senén | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.