29 de Mayo: Santa María Magdalena de Pazzi


Santa María Magdalena de Pazzi

Santa María Magdalena de Pazzi nació en Florencia, Italia, el 2 de abril de 1566, de Camillo di Geri de’ Pazzi, miembro de una de las familias nobles más ricas y distinguidas del Renacimiento Florencia y Maria Buondelmonti. Fue bautizada como Catalina, pero en la familia se llamaba Lucrezia, por respeto a su abuela paterna, Lucrezia Mannucci. «Sufrir y no morir» fue el lema de esta mujer a la que se le conoce también como la extática. Es una de las grandes místicas estigmatizadas. Se ofrendó por la renovación de la Iglesia.


Día celebración: 29 de mayo / 25 de mayo
Lugar de origen: Florencia, Italia.
Fecha de nacimiento: 2 de abril de 1566.
Fecha de su muerte: 25 de mayo de 1607.


Contenido

– Introducción
– Nacimiento e infancia
– Vocación religiosa
– Con las Carmelitas
– Éxtasis y pruebas interiores
– Sus últimos años, virtudes y milagros
– Enfermedad y muerte
– Oración a Santa María Magdalena de Pazzi


Introducción

Florencia,como su nombre indica, es la «ciudad de las flores». La naturaleza ha prodigado en su suelo las esencias más variadas y más hermosas; los hombres la han coronado de villas y jardines espléndidos, y la Providencia parece haber ratificado este nombre haciendo nacer, tal vez más que en otras partes, las flores admirables de la más grande santidad.

En el transcurso de seiscientos años, o sea, desde el siglo XI hasta fines del XVI, esta ciudad privilegiada ha visto nacer a quince santos o santas oficialmente canonizados, e inscritos todos en el calendario de la Iglesia universal. La más maravillosa flor de Florencia es, sin duda, Santa María Magdalena de Pazzi.

Nacimiento e infancia

En el siglo XV , los Pazzis eran una de las familias más poderosas de Florencia y se disputaban la primacía con los Médicis. Su palacio, situado al sur de la catedral, en el ángulo de la calle del Procónsul, subsiste todavía, y se ve aún, en el patio, el escudo de armas de la familia, esculpido por Donatello. Allí nació, el 2 de abril de 1556, esta niña incomparable que en la pila bautismal recibió el nombre de Catalina.

Desde sus primeros años dio claras muestras de los dones de la divina gracia que al nacer le fueron otorgados, y a la edad que los otros niños no piensan más que en juegos y diversiones, Catalina se complacía en la oración, en la práctica de la caridad y en los ejercicios de penitencia.

La soledad le gustaba tanto, que sólo tomaba parte en las distracciones de sus compañeras cuando su madre se lo mandaba. Prefería retirarse a algún aislado rincón del palacio, para entregarse a la oración, no sólo durante el día, sino también en las horas de la noche: con frecuencia, su aya la sorprendió en elevada contemplación, en vez de entregarse al descanso.

En vista de disposiciones tan extraordinarias su madre las descubrió a su propio confesor, y éste tuvo gran empeño en enseñar a la angelical niña la manera de meditar. Desde entonces, Catalina no dejó de hacerlo cotidianamente. No descuidaba las obras de caridad, así espirituales como temporales.

Por sus manos pasaban las acostumbradas limosnas de la familia, y partía con los pobres lo que su madre le daba para almorzar o merendar. Cada año, durante el verano, pasaba una temporada en el campo; reunía a los niños de la aldea y les enseñaba el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo. Un año, emprendió la educación religiosa de la hija de un colono de su padre.

Como aun no había terminado su labor cuando llegó el momento de volver a la ciudad, sintió Catalina tal pesar por esta separación prematura, que sus padres le autorizaron para llevar consigo a palacio a la aldeanita y poder acabar así su obra de apostolado.

Sus frecuentes meditaciones sobre la Pasión, inflamaron pronto su corazoncito de un amor ardiente por los sufrimientos y por la penitencia, y así se privaba de todo alimento delicado, comiendo sólo lo necesario para sostenerse, pasando noches completas en fervorosa plegaria y dándose rudas disciplinas o poniendo sobre su cabeza, antes de acostarse, una corona de espinas. Llegó tan lejos en sus penitencias, que su madre tuvo que moderarla, y para poder observarla mejor la hizo dormir en su propia habitación.

A la práctica de virtudes tan por encima de su edad. Catalina juntaba un amor muy grande a Jesús en la Eucaristía. Los días en que su madre había comulgado, le gustaba mucho estar a su lado: «Mamá — le decía— , siento en vos el dulce perfume de mi amado Jesús», y suspiraba pensando en el día en que le seria concedido tal gracia y favor. Y así. como una excepción a la disciplina entonces vigente, su confesor le permitió hacer la primera Comunión, cuando solo contaba diez años.

El 25 de marzo de 1576, Catalina se unió por primera vez al Amado de su alma. A partir de este momento su deseo de comulgar fue tal que el confesor se lo permitió todos los domingos. y en estos días, cuando salía de la iglesia, tenía los ojos bañados en lágrimas por no poder seguir tanto como ella hubiera querido su íntima comunicación con el amor de los amores, Cristo Jesús.

Vocación religiosa

Catalina sólo tenía diez años cuando Nuestro Señor le dio a conocer el divino llamamiento. Tres semanas después de comulgar por primera vez, mientras daba gracias, se sintió inspirada por Dios a prometerle lo que creía serle más agradable, y, comprendiendo que el Señor nada ama tanto como la pureza perfecta y completa, hizo entonces mismo el voto de perpetua virginidad. No tardó mucho en recibir la recompensa de su generosidad, pues el mismo día pudo ver en uno de sus dedos un anillo misterioso, prenda de la alianza que contraía con el divino Esposo.

Empero Camilo de Pazzis había sido nombrado gobernador de Cortona en 1580 y Catalina, que tenía a la sazón catorce años, fue colocada como pensionista con las religiosas de San Juan de los Caballeros de Malta, con el fin de completar su educación.

Algo muy significativo aconteció por entonces; y fue que el confesor del Pensionado hubo de imponer su criterio a la Superiora para que permitiera a Catalina frecuentar la Sagrada Mesa. Como gozaba de bastante libertad, Catalina pudo seguir fiel a su modo de vivir y continuar sus rezos, ayunos y mortificaciones como antes. Las religiosas quedaron muy sorprendidas y propusieron a su virtuosa alumna que entrase en su Congregación. Pero Catalina prefirió una Orden que no tuviese necesidad de reforma.

A los quince meses, Camilo de Pazzis volvió a Florencia y reintegró a su hija al seno de la familia. La salud de Catalina dejaba tanto que desear que parecía un esqueleto, y sus fuerzas eran tan débiles que ni coser podía. Se sometió dócilmente a las prescripciones de los médicos; se mostró siempre alegre y jovial con sus hermanos, que buscaban su compañía, pero sin sacrificar en nada sus ejercicios espirituales, y pronto recobró por completo sus fuerzas.

Una vez cumplidos los dieciséis años, sus padres pensaron en darle estado, y buscaron entre sus conocidos un joven digno de poseer tal tesoro. Catalina se dio cuenta de sus proyectos y comprendió que debía, sin esperar más, descubrirles el voto de virginidad que tenía hecho. Habló primero a su padre y le manifestó claramente que era muy capaz de dejarse cortar la cabeza antes que faltar a su voto y renunciar al estado religioso.

Camilo de Pazzis se rindió pronto a sus deseos; no fue tan fácil convencer a su madre, pues aunque verdaderamente cristiana, estaba cegada por un afecto demasiado natural; no quiso oír hablar de ello y tomó todos los medios para hacer perder a su hija sus anhelos de vida religiosa. Catalina, en el colmo de su dolor, buscó consuelo en la oración, y cayó en un estado de languidez inquietante.

Su madre, viéndola con esa apatía e indolencia, consultó al padre Blanco, su confesor, el cual declaró que la vocación de su hija era verdaderamente formal y que sería grave falta contrariar los designios de la Providencia. La pobre madre se resignó al fin y dio su consentimiento.

Quedaba entonces por escoger el Instituto en el cual entraría Catalina. El padre Blanco le indicó las Dominicas, las Clarisas y, por último, las Carmelitas de Santa María de los Ángeles; la joven se decidió por estas últimas, porque, además de ser muy observantes, comulgaban todos los días.

Con las Carmelitas

El 14 do agosto de 1582, algunas semanas antes de la muerte de Santa Teresa, Catalina de Pazzi atravesó el umbral de su nueva mansión. Pasados quince días, volvió a su familia, según costumbre de la Orden, para estudiar por última vez su vocación, y el primero de diciembre del mismo año regresó al monasterio del que ya no salió más. Dos meses después, el 30 de enero de 1583, se revestía del santo hábito del Carmelo, y tomaba el nombre de Hermana María Magdalena.

Nada sería capaz de darnos a conocer la alegría de la joven novicia que acababa de entregarse por completo a Dios y con ánimos de no volver atrás por ningún motivo; su rostro parecía transfigurado.

Por la tarde misma se puso completamente en las manos de su superiora, prometiéndole obediencia absoluta y suplicándole que no le escatimase mortificaciones ni humillaciones. Acabado el año de probación, solicitó el favor de profesar. La superiora le respondió que lo haría más tarde, al mismo tiempo que otras novicias llegadas poco tiempo después que ella.

Pero Dios lo había decidido de otra manera. Al cabo de un mes cayó tan gravemente enferma, que no quisieron que la Hermana María Magdalena muriera sin haber tenido el consuelo de emitir los votos de religión. La trasladaron, pues, a la capilla y el 27 de mayo de 1584 se unió con Aquel que era su único amor, con los votos de religión.

Aunque la enfermedad persistía, las religiosas no perdieron todas las esperanzas de curación. Acudieron a la intercesión de una virgen florentina, la Beata María Bartolomé Bañesi, Terciaria de la Orden de Santo Domingo, fallecida en olor de santidad en 1577 y enterrada en el monasterio de las Carmelitas. Estas oraciones fueron favorablemente escuchadas y María Mag­dalena recobró muy pronto la salud.

 

Éxtasis y pruebas interiores

La joven religiosa pasó veinticinco años en el Carmelo de Santa María de los Ángeles. Desde un principio, Nuestro Señor se complacía en encaminarla por las más sublimes vías de la vida mística, y, durante dos años y medio, la vida de Santa María Magdalena de Pazzi fue un éxtasis continuo.

Admirada la superiora, le ordenó, en virtud de santa obediencia, que descubriese cuanto experimentaba, y hubo ocasiones en que seis religiosas se ocupaban sucesivamente en recoger sus admirables revelaciones. La primera de estas manifestaciones extraordinarias tuvo lugar al final del noviciado de Santa María Magdalena de Pazzi. Una tarde, la joven novicia tuvo un desfallecimiento, y el divino Maestro le hizo comprender plenamente la malicia del pecado, la ingratitud de los pecadores y la necesidad de rogar para obtener su conversión.

Algunos meses más tarde, en los cuarenta días que siguieron a su profesión, cada mañana tuvo un éxtasis después de la comunión, y durante uno de esos arrobamientos permaneció dieciséis horas absorta en la meditación de la Pasión; cuando volvió en sí, su cama estaba empapada de lágrimas.

En 1585, durante la Cuaresma y hasta la fiesta de la Ascensión, estos fenómenos extraordinarios se renovaron con mucha frecuencia e intensidad. El 25 de marzo Santa María Magdalena de Pazzi ve cómo San Agustín graba sobre su pecho las palabras que nos recuerdan el misterio de la Encarnación: «Et Verbum caro factum est: Y el Verbo se hizo carne». El Lunes Santo recibe invisiblemente, es verdad, pero con plena realidad, los sagrados estigmas de la Pasión.

El Jueves Santo tiene un éxtasis que dura veintiséis horas. Se la ve entonces recorrer los varios aposentos del monasterio; sus gestos y palabras indican claramente lo que en su interior experimenta, y la mueve a obrar: sigue a su divino Maestro en todas las fases de su dolorosa Pasión.

Aquí, asiste a la última Cena: allí, a la agonía en el huerto de los Olivos y a la traición de Judas. Ya está en casa de Anás, Caifás, Pilatos; ahora contempla la flagelación, la coronación de espinas y siente en su cuerpo los dolores. En este momento acompaña al Salvador camino del Calvario y quiere sustituirle en su penosa subida. Toma una cruz sobre sus espaldas, anda, cae extenuada, se levanta y llega de este modo a la sala capitular.

Parece que ha llegado ya a la montaña santa; se echa al suelo, extiende los brazos en cruz, y se diría que presenta a los verdugos, para que los atraviesen, sus manos y pies. Se levanta, se pone contra la pared con los brazos en cruz, pronuncia las siete palabras de Cristo agonizante, y a la última, inclina la cabeza, como Jesús cuando dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Algunos días después, Nuestro Señor coloca en su dedo el anillo de los esponsales místicos y le presenta la corona de espinas.

El 12 de mayo asiste en espíritu al descendimiento de Cristo al limbo, a su Resurrección gloriosa y, en fin, el 30 de mayo, día de la Ascensión, a su entrada triunfal en los cielos. Sin embargo, a este período de celestiales favores va a suceder una larga serie de pruebas interiores, y esta alma, alumbrada hasta ahora con resplandores celestiales, va a verse envuelta en las tinieblas más espantosas.

En la fiesta de la Santísima Trinidad del año 1585, Santa María Magdalena de Pazzi cayó en ese penosísimo estado, que duró cinco años completos, exceptuando algunos días de descanso y de más o menos claridad. El Esposo celestial quiso avisar a su fiel sierva de la proximidad de esta prueba, y la Santa respondió con toda sencillez: «Señor, vuestra gracia me basta».

Cuando más regalada se hallaba con las visiones celestiales con que era premiado su fervor, la humilde religiosa se vió privada de tan dulces consuelos, y probada con las tentaciones más dolorosas para un corazón amante como el suyo. Ella, tan pura, sintió que su imaginación se poblaba de las más execrables visiones.

Ella, tan piadosa, fue visitada por un tedio incomprensible en los ejercicios espirituales; ella, que tanto amaba a su estado y a Nuestro Señor, se vio asaltada por grandes dudas sobre la fe, por pensamientos de blasfemia, y por la desesperación.

El demonio llegó hasta sugerirle la idea de abandonar la Sagrada Comunión, dejar el hábito religioso y poner fin a sus días. Se vio despreciada y tenida en poco por las religiosas, que antes la habían tomado por modelo y ahora la acusaban de faltas imaginarias. La pobre mártir triunfó de todo, y Satanás, vencido, no hallando nuevas maneras de atormentarla, la golpeó duramente en diferentes ocasiones.

Por fin, el día de Pentecostés del año 1590, María Magdalena quedó completamente aliviada y pidió a Dios que no le hiciese gustar ya más los consuelos sensibles.

Sus últimos años, virtudes y milagros

Los diecisiete últimos años de su vida fueron de paz y tranquilidad; la Hermana Santa María Magdalena de  Pazzi ocupó sucesivamente los cargos de sacristana, profesora del juniorato y maestra de novicias. Perseveró en la práctica de las más heroicas virtudes y Dios continuó concediéndole el don de milagros.

Llena de profunda humildad, buscaba con cariño y amor las ocasiones de humillarse, se complacía en las ocupaciones más ordinarias y en los trabajos más desagradables. Su obediencia era perfecta. Respecto a esta virtud, decía: «Un día pasado sin ocasión de ir contra su voluntad, es un día perdido».

¿Qué decir de su amor a Dios nuestro Señor? Era tal, que engendraba en su corazón grandísimo horror a todo pecado, y compasión inmensa por los desgraciados pecadores. Rezaba mucho y hacía penitencia por ellos: «¡Oh amor — exclamaba— , no sois amado ni conocido; os ofenden, no os conocen, y por eso no os aman como merecéis!»

Por fin. sus mortificaciones y su amor a los sufrimientos, no tienen ponderación. En diferentes ocasiones ayunó varias semanas a pan y agua, y andaba con los pies descalzos, como Nuestro Señor le había ordenado. Se acostaba muchas veces en el suelo, se daba ásperas disciplinas y llevaba un ceñidor cubierto de puntas de hierro. Su expresión corriente era: «¡Sufrir y no morir!».

Llevando vida tan santa, no debe admirarnos que Dios concediese a la Hermana Santa María Magdalena de Pazzi el don de milagros. La heroica religiosa devolvió la salud a varios enfermos, libertó a una joven que estaba poseída del demonio y multiplicó en diferentes ocasiones las provisiones del convento. Leía en los corazones, sobre todo cuando fue maestra de novicias.

Tuvo frecuentes revelaciones. En la muerte de su hermano Alamano y de su madre, supo que los dos estaban en el purgatorio y que podría obtener su libertad; predijo al cardenal Octavio de Médicis, futuro León XI, su exaltación a la silla de San Pedro, así como la brevedad de su gobierno, anunció con anticipación la muerte de varias compañeras suyas; en el año de 1600 tuvo revelación de la gloria que Luis Gonzaga, muerto nueve años untes, gozaba en el cielo.

Por fin, conoció el momento de su propia muerte, y suplicó a su confesor que fuera adonde le llamaban para dedicarse a asuntos de su ministerio, asegurándole que, a su vuelta, la encontraría aún con vida.

Enfermedad y muerte

En el año 1602, Santa María Magdalena de Pazzi sintió los primeros ataques de la dolencia que debía llevarla al sepulcro. Empezó por una tos muy violenta, sobrevinieron luego hemorragias, recio dolor de cabeza y calentura; muy a pesar suyo hubo de acostarse.

Con todo, en el año 1604 fue elegida subpriora por unanimidad; pero su vida no fue en adelante más que un largo sufrimiento. En su lecho de muerte hizo adoptar varias reformas para el bien espiritual de la comunidad. Al fin, después de haber pedido perdón a sus Hermanas de las faltas que había cometido, y haberles expresado su agradecimiento por haberla soportado en la  comunidad, quiso que en su presencia rezasen el símbolo de Nicea y el de San Atanasio, así como el prefacio de la Santísima Trinidad, que el sacerdote repite casi cada domingo, y luego recibió la Extremaunción.

Trece días después, el 24 de mayo de 1607, fiesta de la Ascensión, pidió que le rezasen la recomendación del alma, y recibió el santo Viático: al día siguiente murió. Apenas hubo expirado, su rostro demacrado resplandeció maravillosamente. Toda la ciudad de Florencia acudió al monasterio y desfiló piadosamente ante los restos de la humilde religiosa, tenida por santa.

Urbano VIII ratificó este juicio popular y beatificó a Santa María Magdalena de Pazzi, en Santa María la Mayor, el 23 de abril de 1627, veinte años después de su muerte; Clemente IX la canonizó el 28 de abril de 1669.

El cuerpo de la Santa, depositado en un principio detrás del altar mayor de la capilla del monasterio, fue exhumado en 1609. Estaba intacto, y de la rodilla manaba una especie de óleo perfumado.

Más tarde, las Carmelitas de Nuestra Señora de los Ángeles dejaron su convento para trasladarse a la calle de la Colonna, y en 1685 las reliquias de Santa María Magdalena de Pazzi fueron colocadas en la capilla construida bajo su advocación.

Se cuenta que cuando María Francisca Teresa Martín, la futura Santa Teresa del Niño Jesús, fue a Roma en noviembre de 1887, visitó esta capilla, y sus manecitas, pasando más fácilmente que otras a través de la reja que protege la urna de la Santa, hicieron tocar a los venerados restos los objetos presentados por los peregrinos.

El convento de la calle de la Colonna fue también abandonado por las Carmelitas, que se hallan actualmente en el chaflán formado por la plaza Savonarola y la calle Leonardo de Vinci. El  cuerpo de la Santa descansa bajo el altar mayor de la nueva residencia monjil.

Oración a Santa María Magdalena de Pazzi

Señor Dios, tú que amas la virginidad, has enriquecido con dones celestiales a tu virgen Santa María Magdalena de Pazzi, cuyo corazón se abrasaba en tu amor, concede a cuantos celebramos hoy su fiesta, imitar los ejemplos de su caridad y su pureza. Amén.

Santa María Magdalena de Pazzi | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.