29 de Julio: Santa Marta, hermana de Lázaro


Santa Marta
Santa Marta de Betania es una figura bíblica descrita en los Evangelios de San Lucas y San Juan. Junto con sus hermanos Lázaro y María de Betania, se la describe viviendo en la aldea de Betania, cerca de Jerusalén. Ella fue testigo de Jesús resucitando a su hermano, Lázaro.


Día celebración: 29 de Julio.
Lugar de origen: Betania.
Fecha de nacimiento: Siglo I.
Fecha de su muerte: 84.
Santa Patrona de: Cocineras, sirvientas, amas de casa, hoteleros, casas de huéspedes, lavanderas, de las hermanas de la caridad, del hogar.


Contenido

– Introducción
– Familia amiga del Señor
– «La mejor parte»
– Resurrección de Lázaro
– Desde la Pasión a la Ascensión
– Tradición de las Iglesias provenzales
– Santa Marta encadena a un dragón
– Muerte de Santa Marta
– Oración a Santa Marta


Introducción

Marta es el nombre de una de las santas mujeres que aparecen en el Sagrado Evangelio. Sábese positivamente que era hermana de Lázaro y de María, los tres de Betania. Como ya dijimos, el día 22 de este mismo mes, es creencia muy admitida en la Iglesia la identidad de María de Betania, María la pecadora y María de Magdala, citadas así en el Santo Evangelio. El poeta cristiano Fortunato fue el primero que adjudicó a Santa Marta el título de «virgen», apelativo hermosísimo que siempre ha sido ratificado por el pueblo cristiano.

Familia amiga del Señor

Había sido convidado Jesús por Simón el fariseo a comer en su casa de Cafarnaúm. Estaba sentado el Señor en la sala del banquete, cuando he aquí que una pecadora, sobrado conocida en la ciudad y alrededores, entró en el lugar y fue a echarse a los pies de Jesús. Allí, humildemente postrada, besábaselos sin cesar mientras las lágrimas corrían abundantes de sus ojos.

Con su larga y hermosa cabellera iba al mismo tiempo enjugándolos y los ungía después con un perfume delicioso que a profusiónderram aba de un vaso de alabastro. Los espectadores de aquella escena, incapaces entonces de comprender su sublimidad, murmuraban abiertamente contra lo que juzgaban descarado atrevimiento por parte de aquella mujer. El Maestro Divino, que leía en el fondo de aquel dolorido corazón, dijo solemnemente a la arrepentida pecadora:

– «Perdonados te son tus pecados».

La mujer así purificada era María Magdalena, hermana de Marta. A partir de aquel día uniéronse las dos al séquito del Salvador, y fueron, con su hermano Lázaro, los amigos más privilegiados del Divino Maestro; precisamente en la casa que ellos tenían en Betania le gustaba venir a des­cansar de las fatigas de su predicación. En ella encontraba corazones puros y desinteresados, y el bien incomparable de un cordial y verdadero afecto.

«La mejor parte»

En cierta ocasión, iba el Señor a Jerusalén; de camino entró en un poblado que no se nombra en el Evangelio, pero que fue, sin duda, Betania, lugar donde vivían nuestros amigos. Salió Marta a recibirle. Y mientras ella se entregaba con diligencia a las labores domésticas, María, su hermana, estábase a los pies de Jesús escuchando sus palabras. Marta, que no comprendió entonces el valor de aquella divina contemplación, juzgando que su hermana no llenaba los deberes de la hospitalidad y no usaba de caridad al descargar en ella todos los quehaceres de la casa, exclamó:

—Señor, ¿no ves que mi hermana se desentiende de lo que yo hago?  Dile que me ayude.

María ni siquiera se defendió, parecía confiar a Cristo la respuesta.

Marta, Marta — dijo entonces el divino Maestro con dulzura y gravedad, ¿por qué te turbas y te inquietas así? Te preocupas demasiado; a la verdad una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no le será quitada.

Un autor glosa de este modo la respuesta de Jesús: «El Señor vitupera lo que pudiera haber de excesivo en la actividad de Marta, y ello porque ese exceso impide ocuparse en lo principal, que es el cuidado de la vida espiritual. María escogió la mejor suerte, la verdadera mejor suerte; la que Marta tomó para sí carece de esa bondad primaria. Nuestro Señor no quiere pues, que María se vea obligada a abandonar lo necesario, y a la vez excelente, por lo que tan sólo es bueno y útil».

Resurrección de Lázaro

Forzado a salir de Jerusalén y amenazado de muerte por los judíos, hubo de volver Jesús a Galilea. Lázaro enfermó por entonces y sus dos hermanas enviaron en seguida este recado al Salvador:

—Señor, el que amas, está enfermo.

Pero sea por poner más a prueba la fe de Marta y de María, sea por acrecentar la fe de sus discípulos con el mayor brillo del milagro que preparaba, Jesús no se dio prisa alguna en corresponder al fraternal ruego, y cuando llegó a Betania, hacía cuatro días que Lázaro había muerto.

Para unirse al duelo de las dos hermanas habían acudido, a Betania muchos judíos. Apenas conoció Marta la llegada de Jesús, corrió a su encuentro y exclamó al verle:

—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano, pero ya sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.

—Tu hermano resucitará —aseguró Jesús.

Marta, empero, abstraída en su dolor, sólo acertó a contestar:

— Sí, Señor, ya sé que resucitará en el día postrero.

—Yo soy la resurrección y la vida —replicó Jesús— , el que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá, y el vive y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Marta, entonces, iluminada por el cielo, añadió al punto:

—Sí, Señor, creo que eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo.

Después de tan hermosísima confesión, corrió Marta hacia su hermana y díjole al oído:

—El Maestro está ahí y te llama.

Al oírlo, María levantóse precipitadamente y corrió a echarse a los pies de Cristo que se mantenía a cierta distancia del bullicio, en el sitio mismo en que Marta le había encontrado. Y repitió presurosa la misma dulce queja de su hermana:

—Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.

Profundamente apenado, fuese el Salvador hacia el sepulcro y mandó quitar la losa que lo cubría. Marta, temerosa de que la fetidez molestara al Señor, dijo:

— Ya hiede, Maestro, hace cuatro días que murió.

Jesús le replicó con suave autoridad:

— ¿No te he dicho antes que si crees verás la gloria de Dios?

Y poniéndose ante el sepulcro abierto, dio testimonio de su Padre que está en los cielos, y, con voz poderosa, gritó:

—Lázaro, sal fuera.

A la orden de Dios, levantóse el difunto incorporándose a pesar de los lienzos y ligaduras que le envolvían por completo, y adoró al que le había arrebatado de las garras de la muerte. Prodigio tan estupendo que debiera haber bastado para abrir los ojos a sus enemigos, sólo sirvió para incitarles a tramar la muerte del Señor.

Parece ser que aún enseñan en Betania un aljibe cavado en la roca denominado «aljibe de Santa Marta», junto al cual, según se cree, encontró por vez primera la Santa a Nuestro Señor. Al pie del aljibe, y un tanto elevada de la roca del suelo, existía una piedra oblonga, llamada vulgarmente «la piedra de Betania», que ha sido siempre muy venerada porque, según dice la tradición, en ella estuvo sentado el Salvador esperando a María cuando Marta fue a buscarla… Los peregrinos arrancan con respeto pedacitos de esta piedra que guardan y honran como reliquias. . Algunos autores la llaman «la piedra del coloquio o del diálogo».

Desde la Pasión a la Ascensión

Seis días antes de Pascua estaba Jesús de nuevo en Betania. Cenó en casa de Simón el leproso; Lázaro era uno de los convidados; Marta servía a la mesa. En esta circunstancia, María Magdalena repitió la escena del vaso precioso cuyo contenido vertió en los pies y cabeza del Salva­dor, utilizando sus blondos cabellos como toalla y provocando con su santa osadía murmuraciones de varios comensales, murmuraciones a las que el Señor contestó con una bellísima apología del gesto de aquélla.

La antevíspera de la Pasión no fue a Jerusalén como en los días precedentes; pasó aquellas horas supremas en Betania orando y en mutuas confidencias con María, su Madre, con sus discípulos y con la familia ami­ga que le brindaba hospitalidad.

Desde este momento ya no hace el Evangelio referencia alguna de la Santa. Llegada la hora definitiva de la victoria, fuese Jesús a Jerusalén. Y mientras María Magdalena, la pecadora purificada, se deshacía en lágrimas viendo sufrir por los pecados de los hombres al que ella tanto había amado, Marta, más reposada en su propia aflicción, confortaba con tierna solicitud a la Madre de Dios. Con Ella quedó al pie de la Cruz, junto con las demás santas mujeres, durante la jornada luctuosa del Viernes Santo, y formó luego en el fúnebre cortejo del entierro de Cristo.

Cuarenta días después de resucitado, abandonó Jesús esta tierra y subió a los cielos teniendo a la vista Betania, vuelto los ojos hacia sus muros, del lado del Oriente, casi a igual distancia del Calvario donde murió y de la casa en que más y mejor se le había amado.

Tradición de las Iglesias provenzales

La segunda parte de la vida de Santa Marta ha tenido la virtud de hacer correr ríos de tinta. En ella se ha involucrado la gran cuestión de la apostolicidad de la Iglesia de las Galias. En el siglo XVIII un tal Juan de Launoy —escritor de crítica tan extremada que hubieron de ser incluidas treinta de sus obras en el Catálogo del índice publicado en el pontificado de Pío XI— daba a luz una disertación latina titulada «Sobre la ilusoria venida de Lázaro y Maximino, Magdalena y M arta a Provenza».

Posteriormente, varios escritores más han roto lanzas en el mismo sentido, pero se han levantado contra ellos no pocos defensores de la opinión tradicional cuyos títulos más incontrastables remontan al siglo XII , sin que eso quiera decir que no existan otros documentos anteriores. Y, como quiera que siempre ha de pesar más ante el buen sentido el testamento oral de los pueblos —quizá algo desfigurado por la formamisma de su propagación, pero medularmente histórico—, que no la crítica de sentido iconoclasta, traemos aquí, en estrado, las tradiciones que guardan y veneran los pueblos costeros del Mediterráneo francés.

Después de la Asunción de la Santísima Virgen, María Magdalena, Marta y su sierva Marcela, junto con María Salomé, que habían atendido abnegadamente a la Madre de Dios, alcanzadas por la sañuda persecución de los judíos, fueron embarcadas con Lázaro, Maximino y otros en una nave privada de velas y timón, y abandonada así en alta mar. Pero Jesús, que en la más deshecha tempestad había salvado y dirigido la barca de Pedro, velaba también sobre sus amigos de Betania y las olas calmaron sus furores ante los siervos de Cristo.

Los mismos ángeles pilotaron aquella embarcación hasta dejar su precioso cargamento en la costa gala. En memoria de este portentoso hecho, existe aún hoy día la aldea de las Santas Marías y su Iglesia en el lugar mismo en que abordó la nave. Allí conservan, como inapreciable depósito, los cuerpos de las San­tas Salomé y Jacobé que son todavía instrumento de innúmeros prodigios.

Los santos viajeros tomaron posesión, en nombre de Dios, de la tierra que de su mano recibían Lázaro se fijó en Marsella, cuya iglesia le venera como a su primer obispo y guarda su sepulcro, Trófimo y Maximino fundaron respectivamente las hoy iglesias metropolitanas de Arlés y Aix, María Magdalena se refugió en la soledad de la Sainte-Baume para con­tinuar allí su vida de penitencia y contemplación, entretanto que Marta y Marcela se entregaban a los trabajos evangélicos en Aviñón y más tarde en las inmediaciones de la actual ciudad de Tarascón.

Santa Marta encadena a un dragón

Las oblaciones ribereñas del Ródano donde Marta iniciaba su obra evangelizadora, veíanse dominadas por la presencia de un monstruo formidable, muy semejante, por las señas que la tradición nos ha dejado algo exageradas, a los que describen los tratados de paleontología.

Un día en que Marta dirigía la palabra a los habitantes de Tarascón, no lejos de donde tenía su guarida la tremenda bestia, hízole saber la muchedumbre que si lograba dar muerte al dragón abrazarían la nueva fe.

—Si estáis dispuestos a creer —replicó la virgen— no será difícil con­seguirlo, porque todo es hacedero para el alma creyente.

Y avanzó tranquila y sonriente hacia el temible antro, seguida a muy respetable distancia por la gente, que apenas se atrevía a creer posible aquella gallarda actitud con que Marta se acercaba al peligro. Tan sólo el signo de la cruz empleó la intrépida mujer contra el enemigo del pueblo, el feroz animal baja entonces la inmensa cabeza, y Marta sujétalo con su ceñidor, y lo lleva como trofeo de victoria a la multitud.

Todos temen que sea aquello una añagaza del monstruo, y el espanto crece a medida que lo ven acercarse. La virgen cristiana los anima y entonces, cuando se han convencido de la grata realidad, precipítanse sobre la bestia cruel y la inmolan mientras dan rendidas gracias a Cristo triunfador. Desde entonces celebran los tarasconeses su ventura con una magnífica procesión que invariablemente cierra la figura de un monstruo, que llaman «la tarasca» y es recuerdo del de antaño.

Marta fijó su residencia en aquella ciudad, se constituyó en sierva de los necesitados y estableció en su casa una comunidad de vírgenes. Pronto aquello fue un centro de atracción para las gentes y un foco de apostolado y conversiones por los numerosos milagros que el Señor obraba por su insigne sierva. Al poco tiempo levantóse allí una magnífica iglesia que, según la tradición, dedicaron San Trófimo y San Eutropio.

Muerte de Santa Marta

El fin de aquella vida se acercaba. Ya Marta había visto, por divina permisión, el alma de su santa hermana que volaba al cielo en compañía de los ángeles. Ella misma, enferma ya. pero penitente aún, supo la hora de su dichoso tránsito, y se preparó con gozo indecible para volar hacia el Amado de su corazón. Tardábale ya aquel momento por el que venía suspirando desde tantos años atrás.

Llegado el día designado, hizo extender bajo un frondoso árbol un lecho de paja cubierto por un cilicio; allí fue colocado su cuerpo enfermo, de conformidad con sus indicaciones. Pidió entonces el Crucifijo; volvió luego el rostro hacia los devotos venidos para recibir su postrer suspiro, les rogó aceleraran con sus rezos la hora de la liberación final. Y mientras alzaba sus ojos a la Cruz expiró en un éxtasis de amor. Era el 4 de las calendas de agosto —29 de julio—, ocho días después de la muerte de su hermana Magdalena. Marta contaba entonces sesenta y cinco años.

Oración a Santa Marta

Oh Santa Marta milagrosa, me acojo a tu amparo y protección entregándome a ti, para que me ayudes en mi tribulación, y en prueba de mi afecto y agradecimiento, te ofrezco propagar tu devoción.

Consuélame en mis penas y aflicciones, te lo suplico por la inmensa dicha que alegró tu corazón al hospedar en tu casa de Betania al Salvador del mundo; intercede por mí y por toda mi familia para que conservemos siempre en nuestros corazones a nuestro Dios viviendo en su gracia y detestando toda ofensa contra El; para que sean remediadas nuestras necesidades y en especial esta que ahora me aflige (hágase la petición).

Te suplico me ayudes a vencer las dificultades con la fortaleza con que venciste, por el poder de la Cruz, al dragón que tienes rendido a tus pies.

Así sea.
Amén.

Rezar tres veces el Padrenuestro. Avemaría y Gloria.

*Para aquellos que hacen los veintinueve de cada mes, se recomienda confesarse y comulgar cada martes, visitar el altar de la Santa y dar en su honor una limosna a los pobres.

Santa Marta | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.

https://www.aciprensa.com/recursos/los-veintinueve-de-cada-mes-a-santa-marta-2859