29 de agosto: Santa Sabina


Santa Sabina

Santa Sabina, matrona y mártir de Roma, fue la viuda del senador Valentinus (Valentín) e hija de Herodes Metallarius. Después de que su esclava Santa Serapia (que la había convertido) fuera denunciada y decapitada, Sabina rescató los restos y los hizo enterrar en el mausoleo familiar donde también esperaba ser enterrada.

También denunciada, Sabina fue acusada de ser cristiana por Elpidio el Prefecto y luego fue martirizada en el año 125 – 136 DC en la ciudad de Vindena en el estado de Umbría, Italia.


Día celebración: 29 de agosto.
Lugar de origen: Roma. Italia.
Fecha de nacimiento: Siglo I.
Fecha de su muerte: Año 136.


Contenido

– Introducción
– Santa Serapia
– Virtudes de Santa Sabina
– Su martirio
– Construcción de la iglesia de Santa Sabina
– Oración a Santa Sabina


Introducción

Hacia el año 120, reinando el emperador Adriano, la noble viuda Sabina hacíase notar entre las más célebres matronas de Roma. Su palacio estaba situado en el Aventino.

Era Sabina viuda del patricio Valentín e hija de un explotador de minas —metallarius— llamado Herodes, que había sido bastante rico como para dar tres veces, a sus expensas, fiestas públicas al pueblo en el reinado de Vespasiano.

Pero la riqueza y nombradía habían sumido el alma de Sabina en gran pobreza espiritual, pues, era pagana. La Providencia sirvióse de una joven siríaca, llamada Serapia, para atraer a nuestra Santa a la fe cristiana.

 

Santa Serapia

Santa Sabina había recibido en su palacio a una joven originaria de Antioquía. El historiador no nos dice qué circunstancias trajeron a Serapia desde la lejana Siria y le habían abierto en Roma la casa y la amistad de Sabina; pero parece ser que Serapia siempre fue cristiana ferviente y virtuosa.

A menudo conversaba de religión con su amiga, y acabó felizmente por disipar su prejuicios paganos. Sabina recibió el bautismo y entró con paso rápido en los caminos de las virtudes cristianas. No fue ésta la única conquista de la piadosa virgen. Pero en Roma se habló tanto de esta conversión, que Serapia fue denunciada al prefecto como una propagadora peligrosa de la religión de Cristo.

Cierto día,Sabina vio llegar a la puerta de su palacio una escuadra de soldados que venían a detener a Serapia. La patricia, temblando por la joven siríaca a quien amaba como a su hija, hace cerrar inmediatamente la puerta, llama a todos los criados de la casa, les ordena que pongan barricadas en la puerta de entrada y que resistan a la violencia de los invasores. Pero,pronto Serapia llega y le dice:

— Señora y madre de mi vida, permite que me vaya adonde me llaman; no me quites la preciosa e inestimable corona del martirio, tú haz oración y confía en Nuestro Señor Jesucristo, que te será esposo, padre y maestro, supliendo aquello que mi corta capacidad no ha alcanzado a enseñarte. Yo creo y tengo gran confianza en mi divino esposo Jesús, que aunque soy indigna y pecadora, me ha de recibir por su esclava, y me dará la fuerza de caminar por los senderos de sus siervos, los Santos.

— Serapia, maestra e hija mía —replicó Sabina—, quiero vivir o morir contigo, por nada del mundo me separaré jamás de ti.

Entretanto los soldados golpeaban violentamente las puertas. La patricia ordenó entonces preparar su litera; Serapia se entregó a los satélites y Sabina detrás del cortejo hasta las puertas mismas del pretorio.

Cuando el prefecto, llamado Berilo, supo que la ilustre viuda de Va­lentín venía siguiendo a la acusada, levantóse inmediatamente y salió a su encuentro, debajo del pórtico del pretorio.

—Pero, noble señora —le dijo—, ¿en qué piensas? Así degradas tu linaje. ¿No sabes de quien eres hija? ¿Has perdido el recuerdo de tu marido? ¿No temes, acaso, la cólera de los dioses al adherirte a la secta de los cristianos, tan despreciada? Vuelve a tu casa y cesa de proteger a esa hechicera que con sus malas artes te ha engañado y sacado de juicio.

— ¡Quisiera el cielo que esta pretendida hechicera te hubiese seducido como a mí ; que te hubiese apartado del culto abominable de los ídolos y hecho conocer al Dios único y verdadero que remunera con vida eterna a los buenos, y castiga con perpetua pena a los malos!

No se atrevió Berilo, sin órdenes superiores, a castigar a una patricia. Aparentó, pues, calmarse, y le permitió llevarse a su amiga. Pero aquello sólo significa postergar la hora del combate. Tres días después, Serapia fue nuevamente detenida y llevada ante el prefecto.

Santa Sabina, a quien la suerte de su amiga preocupaba, la siguió a pie y osó echar en cara al magistrado su injusticia al perseguir a una inocente.—Tú y tu emperador —le dijo abusáis inicuamente del poder, pero llegará vuestro día y Cristo nuestro Señor sabrá castigar tanta crueldad.

El prefecto aparentó no oírla. Dirigióse a Serapia, le ordenó sacrificase a los dioses, pero habiendo rehusado la joven con energía tal proposición, fue entregada por el prefecto a dos subalternos egipcios, a los que dio todo poder sobre ella. Pero Jesucristo veló sobre su sierva.

Tras diversos suplicios, el prefecto condenó a Serapia a morir al filo de la espada. Degollaron a la animosa virgen, cerca del arco de Faustino —dice el hagiógrafo— , el día 4 de las calendas de agosto (el 28 de julio).

Virtudes de Santa Sabina

Santa Sabina recogió como tesoro inestimable el cuerpo de la virgen y mártir, lo embalsamó con aromas perfumes le dio sepultura en el rico sepulcro que se había hecho construir para sí misma junto al solar de y Vindiciano, en el Aventino.

El ejemplo de su santa amiga pesó desde entonces definitivamente sobre su actividad. Las enseñanzas que de ella recibiera en los coloquios diarios, habían adquirido plena eficacia por la virtud de aquel generoso y voluntario sacrificio; pues aunque hubiérale sido fácil a Serapia escapar del peligro, no pensó ni un momento en aquella resolución.

Como buena maestra de la fe, prefirió confirmar con el propio sacrificio las verdades predicadas. Fue la última y más elocuente lección. Así lo entendió la noble matrona. Ya para ella tenían las cosas del mundo un significado muy distinto del que hasta entonces les había dado.

Toda la grandeza y opulencia que entran por los ojos hasta colmar la imaginación eran humo y vanidad despreciables para el alma. A partir de este día, no pensó más que en la patria celestial a donde esperaba ir a juntarse un día con su santa amiga y ahora protectora. Dióse a la práctica de las buenas obras con ardor y generosidad infatigables, empleando los medios de su posición y riqueza le procuraban.

Distribuía limosnas, visitaba a los enfermos y se metía hasta en los más miserables tugurios para socorrer y consolar a los desgraciados y particularmente a los cristianos presos por la fe. Esto era exponerse al martirio, bien lo sabía ella, pero no le asustaba semejante perspectiva.

Impulsábala un aliento sobrenatural que la hacía sentirse superior a cualquier sentimiento de flaqueza, y hasta deseaba encontrarse en la ocasión para con­firmar su fe y dar testimonio público de amor a Jesucristo. Con esta efusión de su fervor, preparábase a cualquier contingencia. El cielo iba templando su corazón para el combate decisivo.

Su martirio

Detenida por orden del prefecto, se la condujo al pretorio. He aquí tal como reconstituyen el hecho las Actas de la mártir, y el diálogo que se mantuvo entre ella y el juez Elpidio:

Elpidio . — ¿No eres tú, Sabina, viuda del ilustre Valentín?

Sabina . — Sí, lo soy.

 Elpidio . — ¿Por qué, pues, has olvidado la dignidad de tu posición para unirte a los cristianos, raza digna de muerte, y por qué no respetas a los dioses que nuestros emperadores adoran?

Sabina . — Doy gracias a Nuestro Señor Jesucristo, de que por intercesión de su sierva Serapia, se ha dignado purificarme de mis pecados, librarme de la servidumbre de los demonios y sacarme de los errores en que estáis todos sus adoradores.

Elpidio . — ¿Pretendes, pues, que no sólo nosotros, sino también los augustos césares, nuestros señores, adoran a demonios y no a dioses?

Sabina . — Así es, y te digo que es lástima que no adoréis al verdadero Dios, Creador y Señor de todos los seres, en vez de adorar a las ridículas e insensibles estatuas de los demonios, con los cuales tú y tus crueles emperadores iréis a quemaros en las llamas del infierno.

Arrebatado entonces Elpidio, exclamó:

—Juro por los dioses, que si no les sacrificas, tu condenación a muerte no se hará esperar, y que no han de valerte los títulos y la nobleza de tu sangre para librarte de ella. Piensa, pues, que te es indispensable rendirles culto de inmediato, o perecerás a espada.

—No, no sacrificaré a tus demonios —replicó Sabina— ; soy cristiana. Cristo es mi Dios, a Él adoro, a Él sirvo y no sé sacrificar más que a Él.

Entonces el prefecto pronunció la sentencia.

—Mandamos —dijo— que Sabina, por haber sido rebelde a los dioses y haber blasfemado contra los augustos emperadores, nuestros señores, sea atravesada por la espada y sus bienes confiscados.

Del mismo modo que a Serapia, cortaron la cabeza a la noble matrona, junto al Arco de Faustino. Los cristianos tomaron su cuerpo y le pusieron en la misma sepultura donde ella había sepultado a su amiga. Sucedía esto el 29 de agosto, probablemente el año 122, es decir, uno después del martirio de su maestra en la fe.

Con esta misma fecha —29 de agosto— consta en el Martirologio. Por error, algunos calendarios o misales del siglo XV ponen en el 31 de marzo la fiesta de Santa Sabina; en ello hay confusión manifiesta, verosímilmente se refieren a Santa Balbina, virgen romana, venerada en dicho día.

Construcción de la iglesia de Santa Sabina

En 425, en el pontificado y por los cuidados del papa San Celestino I, un sacerdote oriundo de lliria, llamado Pedro, que «huyendo de los dioses caducos de la presente vida», como más tarde rezara una inscripción, distribuía generosamente sus riquezas en buenas obras, sustituyó por una iglesia dedicada a Santa Sabina, el oratorio primitivamente erigido sobre la tumba de las dos Santas, en el monte Aventino, y adornó ricamente su sepultura.

La dedicación de esta iglesia, que fue terminada en el pontificado de San Sixto III (t en 440), tuvo lugar el 3 de septiembre y desde entonces se estableció la costumbre de celebrar la fiesta de Santa Serapia ese día, aunque su martirio ocurrió el 28 de julio.

No obstante hallarse en esta iglesia las reliquias de la Santa, no fue dicho lugar el de su muerte, como por error se creyó algún tiempo. Esta iglesia es una de las antiguas basílicas romanas mejor conservadas, se la considera como hermana de la iglesia de Santa María la Mayor — basílica liberiana—, pues las dos se acabaron durante el mismo pontificado, sin embrago, Santa María la Mayor es más antigua, ya que se empezó a mediados del siglo IV.

El origen de la basílica de Santa Sabina se perpetúa en una gran inscripción esculpida en mosaico con letras de oro sobre el fondo azul, que se encuentra en el interior del edificio, por encima del dintel de la portada, y que parece datar del tiempo de Pedro Ilírico.

Oración a Santa Sabina

Santa Sabina de Roma, ruega por nosotros.

Santa Sabina | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.