29 de Abril: San Hugo de Cluny


San Hugo de Cluny

San Hugo de Cluny


Día celebración: 29 de abril.
Lugar de origen: Semur-en-Brionnais (Francia).
Fecha de nacimiento: 13 de mayo de 1024.
Fecha de su muerte: 28 de abril de 1109.
Santo Patrono de:  Contra la fiebre.


Contenido

– Introducción
– En la corte del emperador Enrique III
– San Hugo es elegido Abad de Cluny
– Apadrina al emperador y amortaja al Papa
– San Gregorio VII y San Hugo de Cluny
– El beato Urbano II y san Hugo de Cluny
– San Hugo de Cluny conoce su próxima muerte
– Muerte de San Hugo de Cluny
– Oración a San Hugo de Cluny


Introducción

Cinco han sido los ilustres varones que con el nombre de Hugo regentaron la Abadía de Cluny en distintas ocasiones —desde 1049 a 1207—; aquel cuya fiesta hoy celebramos es el más renombrado de todos y el único a quien la Iglesia ha elevado al honor de los altares. Digno sucesor de San Odón, de San Mayolo y de San Odilón, San Hugo de Cluny (San Hugo I) prosiguió su obra, le dio mayores vuelos y la consolidó notablemente, pudiendo afirmarse que durante su gobierno llegó esta Abadía a su apogeo.

Mantuvo relaciones con los más destacados e influyentes personajes de la época: Papas, cardenales —algunos de los cuales procedían del célebre monasterio benedictino— y muchos otros esclarecidos santos. La Congregación Cluniacense sólo contaba entonces prioratos dependientes de una abadía única, por lo que, al fin de su vida, vióse San Hugo de Cluny padre de más de treinta mil cenobitas, y este ejército pacífico fue un auxiliar poderosísimo de la Santa Sede, en su lucha contra la simonía.

El que tan importante misión debía cumplir en la vida monástica de la Edad Media, vio la luz primera en Borgoña el año 1024. Fue hijo de Dalmacio, conde de Semur y de Aremberga de Vergy.

Ya antes que viniera al mundo, lo había recomendado la cristiana madre a las oraciones de un venerable sacerdote, el cual celebrando el Santo Sacrificio de la misa, vio en el cáliz la imagen radiante de un niño de sin igual hermosura. Refirió a la madre la visión que había tenido y por ella entendió que su hijo seria, andando el tiempo, ministro del Señor.

Grande fue la alegría de Dalmacio por la aparición del niño Hugo en el hogar familiar. De aquel don que el cielo le hacía determinó él sacar un digno y esforzado caballero. Al efecto, llegado que hubo el niño a edad competente, le dio una educación prócer, noble y militar. Pero ni los caballos, ni las armas, ni la caza, ni nada de lo que tan fácilmente cautiva a la juventud, tenía el menor atractivo para el niño Hugo; antes por el contrario, gustaba de retirarse a orar o leer la Sagrada Biblia y visitar iglesias.

A la edad de diez años y por intervención de su madre, pasó a casa de su tío segundo, Hugo de Chalóns, obispo de Auxerre, para proseguir los estudios. Fue admitido en la escuela episcopal, en la que pronto se distinguió por la elevación de su espíritu y la vivacidad de su inteligencia, y en poco tiempo aventajó a todos los clérigos. Estaba enamorado del estudio de las letras humanas y divinas; sólo la oración y la contemplación tenían para él un encanto superior. Pero más rápidos eran aún sus progresos en la virtud que en la ciencia.

Cinco años permaneció San Hugo de Cluny en aquella escuela, al cabo de los cuales, muerto su tío (1039), se fue a llamar a la puerta del monasterio de Cluny y pidió humildemente el hábito. Le recibió San Odilón, que a la sazón ejercía el cargo de Abad, y no tardó en dárselo; el intrépido joven tenía apenas dieciséis años de edad. Hermosa y conmovedora fue la ceremonia.

«¡Qué tesoro tan preciado recibe hoy la Iglesia!» —exclamó uno de los venerables ancianos que acompañaban al santo Abad mientras éste imponía el hábito benedictino al nuevo soldado de Cristo. Desde aquel instante redobló San Hugo de Cluny el fervor y, purificado en el crisol de la disciplina —dice el hagiógrafo—, lucía su virtud con esplendor. Apenas hizo profesión cuando San Odilón le elevó al cargo de prior, no obstante contar sólo unos veinticinco años.

En la corte del emperador Enrique III

Estimaba el emperador de Alemania, Enrique III, apellidado el «Negro», tener fundamentos de queja contra uno de los numerosos monasterios dependientes de Cluny —contra el de Peterlingen, próximo a Avenches (Suiza)—, por lo que declaró a San Odilón su descontento. Fiado éste del talento y santidad de su joven colaborador, envióle a Germania para que tratase de calmar el enojo del príncipe.

En esta legación tan espinosa dio nuestro Santo pruebas palmarias de gran prudencia y, sin menoscabo de los derechos del emperador, defendió las prerrogativas del monasterio, reconcilió a Enrique III con el prior malquisto y restableció paz perfecta entre ambas partes. La corte entera, maravillada dé las virtudes y nobleza de su carácter, le colmó de atenciones y le veneró como a un santo. El emperador mandó que le fueran tributados los mayores honores y le entregó ricas ofrendas para el monasterio de Cluny y para su superior, San Odilón.

Empero, mientras la corte imperial se mostraba tan satisfecha y la gestión de San Hugo de Cluny producía sus más sazonados y consoladores frutos, los monjes de Cluny se veían sumidos en dolor y llanto: San Odilón había fallecido en el priorato de Souvigny el día primero de enero de 1049. Ante noticia tan aterradora como inesperada y con el corazón partido de dolor, apresuró el prior de Cluny su viaje de regreso a la Abadía.

San Hugo es elegido Abad de Cluny

Habiendo llegado al monasterio, se fue a postrar ante el sepulcro de su venerado Padre y rogó a los monjes que le informaran por menudo de los últimos instantes y muerte edificante de San Odilón. Era preciso proceder a nueva elección. Una vez congregados los religiosos en capítulo, rogaron al más anciano que designase el que a su juicio le pareciera más digno de suceder a San Odilón. No titubeó un instante: «En presencia de Dios, que pronto me ha de juzgar —dijo—, y ante todos vosotros, Hermanos míos, declaro que para Abad debe ser elegido el prior Hugo».

Todos los capitulantes acogieron sus palabras con entusiasmo y, sin dar al recién electo tiempo de poner reparos, fueron a echarse a sus pies y luego, a pesar de las protestas que hizo de obra y de palabra, le llevaron en triunfo al trono abacial.  Entre los monjes presentes se hallaba el que más tarde debía gobernar a la Iglesia con el nombre de Gregorio VII.

El siglo XI pasó a la Historia eclesiástica con infausta celebridad y triste nombre. Fue el siglo de la «Contienda de las Investiduras», es decir, luchas de los Sumos Pontífices contra la simonía. Los príncipes habíanse arrogado el derecho abusivo y tiránico de imponer a los obispados y abadías titulares de su elección, sin que la autoridad eclesiástica ni siquiera el Padre Santo pudieran intervenir en los nombramientos.

La ambición y la avaricia se daban la mano y, en vez de elevar a las dignidades eclesiásticas a los más capacitados y más dignos, ocurría con excesiva frecuencia que el príncipe vendía dichos cargos al mejor postor. Por tal causa se veía el santuario invadido por hombres degradados y faltos de vocación, con gran escándalo de los fieles.

San Hugo fue el más enérgico auxiliar del papa San León IX para secundar sus proyectos de reforma.Elegido Pontífice en Worms, en diciembre de 1048, León IX partió sin tardanza para Roma.

En camino tuvo una entrevista en Besanzón con el abad de Cluny y con Hildebrando: tres santos auténticos que iban a restablecer el orden santo en la casa del Señor. Por esta época se determinó celebrar un Concilio nacional en Reims, pero a ello se opuso tenazmente el joven rey de Francia, Enrique I. A despecho de toda suerte de obstáculos, el Papa acudió a dicha ciudad y abrió el Concilio el 3 de octubre de 1049, en presencia de unos veinte obispos y cincuenta abades mitrados. Se convino en que todos los prelados explicaran cómo fue llevada a cabo su respectiva elección y declararan si se hallaba o no incursa en simonía.

Por estar recién investido de la dignidad abacial, Hugo fue de los primeros que hubieron de hacer uso de la palabra, inaugurando con ello una lucha que había de prolongarse hasta su muerte.

Cuando el Sumo Pontífice le interrogó solemnemente acerca de su elección, exclamó: «Dios Nuestro Señor me es testigo de que nada he dado y nada he prometido para conseguir el cargo de Abad. Tal vez la carne y la sangre lo hubieran ambicionado, pero ni el espíritu ni la razón lo han tolerado». A continuación el santo religioso levantó la voz, avalada por su virtud y su ciencia, contra los vergonzosos desórdenes de la simonía. El Concilio tuvo pleno éxito y llenó de consuelo el corazón del Sumo Pontífice.

Pronto volvemos a hallar a San Hugo de Cluny —abril de 1050— en el Concilio de Roma, con los treinta y dos Abades presentes; y en lo sucesivo, todos los Concilios y Sínodos que se celebren en Francia se honrarán con la asistencia del abad de Cluny. Por su parte él siempre y por doquier impugnará con entereza los abusos y reclamará la reforma del clero y la libertad de la Iglesia.

Apadrina al emperador y amortaja al Papa

No había olvidado el emperador Enrique III las brillantes cualidades de San Hugo de Cluny: alegróse de su elección a la dignidad abacial, y en 1051, le dio clara muestra de su gran aprecio. En efecto, acababa el Señor de colmar los deseos del soberano concediéndole un hijo, cuyo nacimiento fue saludado por el pueblo alemán como prenda de prosperidad y porvenir risueño. En el colmo de la alegría, Enrique III rogó al abad de Cluny que le administrase el santo Bautismo y él aceptó la invitación imperial, trasladándose inmediatamente a la corte.

Se impuso al infante el nombre de su padre con la esperanza de que imitaría sus virtudes y prudente gobierno. Por su parte la Iglesia y el imperio, tan estrechamente uñidos, veían en esa cuna garantía de larga duración para su alianza. Pero, ¡ay!, el joven príncipe iba a dar un cruel desengaño y frustrar tan lisonjeras esperanzas, pues una vez que se vio emperador se convirtió en encarnizado perseguidor de la Iglesia y fue una verdadera plaga para el imperio.

Generoso atleta y apóstol infatigable, San Hugo de Cluny tomó parte en todos los acontecimientos de su época. Los Sumos Pontífices contaron con un poderoso auxiliar, en su persona, y como tal acompañó a Esteban X en un viaje a Toscana. El Papa cayó enfermo en Florencia y pronto entendió que se acercaba la hora de su muerte. «Pido al Señor —dijo al abad de Cluny— que me deje morir en vuestros brazos». El monje ya no se apartó un solo instante del lecho del jefe de la Iglesia; el 29 de marzo de 1058 recibió su postrer suspiro, le cerró los ojos, le amortajó con los ornamentos pontificios y, finalmente, lo colocó en el ataúd.

San Gregorio VII y San Hugo de Cluny

El cariño grande y la reverencia profunda que Hugo había sentido hacia la Santa Sede, debía acrecentarse aun más con la subida de Hildebrando al solio pontificio. Este ilustre Papa, que tomó el nombre de Gregorio VII, no olvidó al monasterio que fue cuna de su vida religiosa, y siguió honrando a San Hugo de Cluny con el dulce nombre de «venerado Padre».

En las luchas que hubo de sostener contra Enrique IV, en las contrariedades de todo género que hubo de sufrir, cuando su alma se hallaba transida de dolor, gustaba San Gregorio VII de desahogar en el corazón de San Hugo de Cluny sus crueles amarguras y tomarle por confidente de sus elocuentes quejas sobre los males de la Iglesia. Repetidas veces acudió a su intervención para recordar al desventurado príncipe sus más sagrados deberes, pues que animado éste de encarnizado odio a la Santa Sede, suscitaba antipapas y los apoyaba con sus armas, a menudo victoriosas.

Herido con los anatemas de la Iglesia y apremiado por las exhortaciones de Hugo, aparentó en diversas ocasiones reconciliarse con Gregorio VII; pero faltaba a su palabra por fútiles pretextos. Sin embargo, cuando el emperador solicitó perdón de sus culpas, rogó a Hugo que intercediera por él.

Consintió en ello el Abad, y obtuvo del Papa que le levantara la excomunión. Absuelto el príncipe (27-28 de enero de 1077) después de varios días de penitencia pública, Hugo refrendó la declaración imperial; pero la penitencia no era sincera y el penitente tornó muy pronto a perseguir a Gregorio VII. Cansado ya de tanta traición, el abad de Cluny rompió valerosamente con su contumaz ahijado, declarando que en lo sucesivo no admitiría trato ni relación con él mientras estuviera bajo los anatemas de la Iglesia.

El beato Urbano II y san Hugo de Cluny

La poderosa Abadía de Cluny había llegado a ser como el noviciado del Sacro Colegio y de la Sede Apostólica. En efecto, después de San Gregorio VII, todavía vio Hugo ocupar, casi sucesivamente, el trono de San Pedro a dos discípulos e hijos espirituales suyos: el Beato Urbano II (1080) y Pascual II (1099). Desde el primer año de su pontificado, se quejó Urbano II a San Hugo de Cluny con palabras tiernas y delicadas de que no hubiera venido todavía a postrarse ante el sepulcro de los Santos Apóstoles.

—Os conjuro —escribía—, ¡oh padre, de todos el más llorado!, a que si no habéis perdido el recuerdo de vuestro hijo y discípulo y aun me miráis con entrañas de caridad, que accedáis al más ardiente de mis deseos y vengáis a consolarme con vuestra presencia y a traer a la santa Iglesia romana, vuestra Madre, la alegría tan deseada de vuestra visita.

Seis años más tarde, cuando el mismo Papa fue a Francia a presidir el Concilio de Clermont (1095) para exhortar a los caballeros cristianos que salían en auxilio de Tierra Santa y excitar el entusiasmo de las Cruzadas, se sentó San Hugo de Cluny a su lado y como el más decidido caballero lanzó el grito entusiasta de ¡Dios lo quiere!, ¡Dios lo quiere!

Antes de partir de Francia, el Sumo Pontífice quiso ver otra vez la cuna de su juventud religiosa. Diez años hacía entonces que Hugo trabajaba con infatigable ardor para levantar la iglesia abacial de Cluny. A pesar de las ofrendas recogidas en todas las comarcas de Europa y de las considerables sumas remitidas de España por Alfonso VI el Batallador, distaba mucho de terminarse la fábrica de aquel templo cuando Urbano II lo visitó.

Pero San Hugo de Cluny había dispuesto lo necesario para que siquiera el altar mayor pudiera ser consagrado bajo la advocación del Príncipe de los Apóstoles, por un Papa legítimo sucesor de San Pedro e hijo espiritual de Cluny. Urbano II consagró, en efecto, el altar mayor y otro llamado «altar matutino». Para perpetuar el recuerdo de esta magnífica solemnidad decretó el Abad que en vida del Sumo Pontífice se cantasen en todas las misas conventuales las oraciones pro Papa Urbano y, después de su muerte, los monjes de Cluny celebrasen a perpetuidad un funeral aniversario por el eterno descanso de su alma.

La iglesia se fue acabando poco a poco; pero da pena consignarlo: esa magnífica basílica, una de las más hermosas del mundo y la más capaz si se exceptúa la de San Pedro de Roma, fue estúpidamente derrumbada por los bárbaros revolucionarios al fin de la Revolución francesa.

Hasta su último suspiro mostró Urbano II el más tierno afecto a San Hugo de Cluny y siguió llamándole con particular complacencia «venerado Padre». El abab de Cluny era en verdad digno de tal afecto; y, en todo momento, se portó como humilde siervo de la Santa Sede, a la vez que su más ardiente defensor.

Quiso Guillermo el Conquistador llevárselo a Inglaterra y encargarle, la dirección de todos los monasterios del reino; pero Hugo no aceptó para no aparentar que en algún modo compartía las violencias del rey contra el clero anglosajón. Hubo, empero, nobles que pusieron los monasterios que radicaban en sus dominios bajo la obediencia de Cluny y rogaron al Abadque restableciera por doquier la disciplina religiosa; éste aceptaba con agrado todos los ofrecimientos y donaciones siempre que eran conformes a los derechos de la Iglesia.

Hubo otros que hicieron más que ofrecerle conventos, pues que le ofrecieron y le entregaron sus mismas personas. Y es que su santidad y sus virtudes le ganaban todos los corazones. El duque de Borgoña, el conde de Macón y treinta de sus caballeros renunciaron a la milicia del siglo para alistarse en la de Jesucristo y vivir bajo el gobierno de San Hugo de Cluny.

Es de observar, además, que en aquella época bastante agitada, hubo así como un venturoso contagio de virtud que determinó a gran número de almas a llevar vida penitente.

San Hugo de Cluny conoce su próxima muerte

Un pechero de los dominios de Cluny se presentó cierto día a la abadía y pidió con insistencia por el Abad. Cuando estuvo en su presencia, habló de esta manera.

—Padre: días atrás, hallándome en mi campo plantando una viña, vi comparecer varios personajes de gloria y majestad muy superior a toda condición mortal. Iba ante ellos una Señora cuyo rostro no pude alcanzar a ver, pero un venerable anciano se detuvo a mi lado y me dijo: «¿De quién es el campo que cultivas?».

—Señor —le respondí—, es de la hacienda del .bienaventurado padre y señor Hugo, abad de Cluny.

—Si tal es —prosiguió el desconocido— , el campo y el ¡propietario son míos. Soy el apóstol Pedro. La Señora que va ante mí es la siempre Virgen María, Madre de Dios, a la que acompaña un coro de almas santas. Ve deprisa al abad de Cluny y dile: «Pon orden en tu casa, porque vas a entrar por la senda de toda carne». Tal es la misión que recibí —añadió el pechero. Hugo aceptó esta advertencia con humildad y redobló las mortificaciones y súplicas para prepararse a morir.

Muerte de San Hugo de Cluny

A pesar de su avanzada edad y debilidad, Hugo llevó hasta el fin de la Cuaresma de 1109 el peso del gobierno y de las austeridades monásticas. El Jueves Santo asistió a Capítulo y ordenó que distribuyeran a los pobres las acostumbradas limosnas; luego dio la absolución general a la Comunidad y la bendijo con estas palabras:

—El Señor que libra a los cautivos y fortalece los corazones abatidos se digne obrar en vuestras almas según su gracia y su misericordia.

Tomó parte en los divinos oficios del Viernes y Sábado Santo y aun se sintió con ánimo para celebrar los de la solemnidad de la Pascua; pero en la tarde de este santo día mandó que le llevaran a la capilla de la Santísima Virgen, donde quiso que sus monjes, le tendieran en el suelo sobre ceniza; fortalecido con el santo Viático, expiró el venerable anciano al par de los últimos rayos del sol poniente. E ra el 29 de abril de 1109.

San Hugo de Cluny fue canonizado por Calixto II el 6 de enero de 1120. Celebróse la ceremonia en el monasterio mismo de Cluny, donde dicho Papa había sido elegido el año anterior. La relación de la vida del santo Abad se debe al venerable Hildeberto, monje benedictino, que murió en 1133 siendo arzobispo de Tours.

Oración a San Hugo de Cluny

San Hugo de Cluny, ruega por nosotros.

San Hugo de Cluny | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.