28 de Mayo: San Bernardo de Mentón


San Bernardo de Mentón

San Bernardo de Mentón fue un monje y religioso italiano, fundador del famoso hospicio y monasterio que ha servido a los viajeros durante casi un milenio como refugio en la parte más peligrosa del país. Los Alpes occidentales. La famosa raza de perros de San Bernardo lleva el nombre del hospicio, ya que fueron criados para ayudar en las misiones de rescate durante las tormentas de invierno. Murió el  28 de mayo de 1008 a los 85 años.


Día celebración: 28 de mayo / 15 de junio.
Lugar de origen: Aosta, Italia.
Fecha de nacimiento: 923.
Fecha de su muerte: 28 de mayo de 1008.
Santo Patrono de: Escaladores y alpinistas.


Contenido

– Introducción
– Vocación
– Preparativos de casamiento | Evasión
– Canónigo de Aosta, sacerdocio y apostolado
– Hospederías
– Los Barones de Mentón y Beaufort en el monte Joux
– Sus últimos años | Su obra
– Oración a San Bernardo de Mentón


Introducción

Este heroico bienhechor de la humanidad, a quien los viajeros de los Alpes invocan con amor y gratitud desde hace cerca de mil años, nació en el mes de junio del año 923, en el castillo de Mentón, que se levantaba a orillas del lago de Annecy, en uno de los lugares mis pintorescos de Saboya.

Fueron sus padres Ricardo, barón de Mentón, y Bernolina de Duingt, de la poderosa familia descendiente del valeroso Olivier, conde de Ginebra, amigo y compañero de armas de Carlomagno y uno de los doce pares legendarios.

El tierno infante fue presentado a las fuentes bautismales por Bernardo, barón de Beaufort, su tío paterno, y por la baronesa, su esposa. Este niño, bendecido por Dios, creció animado de una piedad angelical, guardiana de su inocencia, merced al sumo cuidado que sus padres pusieron en educarlo cristianamente.

Vocación

Cuentan que a los tres años ya sabía leer. «Era hermoso como un ángel, y risueño como el día», escribe Roland Viot. Al llegar a los siete años, sus padres le dieron por preceptor a un sacerdote muy culto y virtuoso, llamado Germán, que le inició en los estudios, le enseñó latín y los rudimentos de las bellas letras.

Un rasgo notable de su vida por esta época es la tierna devoción que tenía a San Nicolás, quien andando al tiempo le colmará de favores. A los catorce años envióle su padre a París para que terminara los estudios. Bernardo aceptó por obediencia esta dura separación y, con la bendición paterna, partió en compañía de su preceptor.

Este sacerdote fue en París como su ángel tutelar visible, y con su discreta dirección, el joven saboyano pudo entregarse durante tres años al estudio de la Filosofía y de las otras artes liberales, sin que los muchos peligros de aquella capital contaminaran en lo más mínimo la limpieza de su alma.

Infundió el Cielo en el alma de San Bernardo de Mentón tan ardiente deseo de los bienes celestiales, que no dudó cuál fuese el camino por donde Nuestro Señor deseaba le siguiese. Por lo cual declaró a su preceptor que estaba decidido a darse de lleno a Dios en el estado sacerdotal, y que tan ardientes eran sus deseos de comenzar sin tardanza el cumplimiento de su propósito, que estaba dispuesto a unirse estrechamente a Nuestro Señor por el voto de castidad perpetua desde aquel mismo instante.

Había oído la voz interior de Dios, hablando a su corazón, y no quería ser infiel al divino llamamiento. Sin embargo, el prudente preceptor juzgó que convenía esperar aún, y, en consecuencia, le prohibió emitir tal voto, si bien aprobó gustoso que cursara la Teología al mismo tiempo que el Derecho. Por esta larga prueba no flaqueó Bernardo en su resolución, sino que, por el contrario, procuraba, mediante una vida cada vez más perfecta, obtener las gracias señaladas a que aspiraba y hacerse digno de ellas.

Sus confesiones y comuniones se tornaron más frecuentes; consagraba más tiempo a la oración, a la meditación, a la lectura de las Sagradas Letras, multiplicaba las limosnas y no se quitaba nunca el cilicio. Finalmente, cuando el curso de Teología tocaba a su fin, Germán concedió a Bernardo la licencia tan deseada y, poco después, hacía el año 947 ó 948, regresaron a Saboya.

Preparativos de casamiento | Evasión

Inmensa fue la alegría en el castillo de Mentón a la llegada del joven señor: alto, hermoso, varonil, distinguido en sus modales y discreto en sus palabras. Numerosos parientes o vecinos, entre otros el barón de Mioláns. fueron a cumplimentarle y a felicitar a sus venturosos padres.

Después de algunas semanas de descanso y de vida de familia, que sin gran trabajo le hizo olvidar los muchos años de ausencia, el barón de Mentón tomó un día aparte a su hijo, y le dio a conocer el brillante matrimonio que se le presentaba, pues el barón de Mioláns se consideraba dichoso en poderle dar por esposa a su única hija Margarita; esta unión asociaría las dos baronías y colmaría los deseos de ambas familias. El joven dio a conocer respetuosamente a su padre, que no se sentía llamado por Dios al estado del matrimonio.

Grande fue la sorpresa de Ricardo de Mentón al oír a Bernardo. Presa de la mayor tristeza e indignación, se apartó de allí y comunicó a su esposa lo que ocurría. Ambos acusaron a Germán de haber infundido en su hijo semejantes disposiciones, que frustraban dolorosamente sus esperanzas; le abrumaron a insultos y le despidieron ignominiosamente del castillo.

Mas este alejamiento, del que tan buen resultado se prometían, no tuvo efecto alguno, pues la vocación de Bernardo era una vocación a prueba de toda resistencia humana. Ricardo de Mentón, no por eso desistía de sus proyectos de matrimonio.

De allí a poco, una espléndida comitiva se desplegaba a orillas del lago de Annecy; traían a presentar a Bernardo su futura esposa, cortejada por toda la nobleza de la comarca, en medio de las aclamaciones de los pueblos que acudían de todas partes. La recepción en el castillo de Mentón fue triunfal. San Bernardo de Mentón aparentó prestarse con agrado a aquella fiesta; todo se iba disponiendo para la celebración de la boda, que debía tener lugar al día siguiente en la capilla del castillo.

Pero el joven barón tenía muy presente el compromiso que le unía con Dios nuestro Señor. Aquella misma mañana, su antiguo preceptor le envió una esquela concebida en estos términos:

«Bernardo, Bernardo, no eches en olvido la promesa que hiciste a Dios; piensa en la salvación de tu alma».

Por la tarde, en cuanto pudo sustraerse a la ilustre compañía que le rodeaba, se retiró a su aposento y, postrada la faz contra el suelo, llorando, se desahogaba de este modo:

«Salvador mío y Dios mío, tened compasión de vuestro siervo; daos prisa para socorrerme… Ante todo, no quiero seros infiel… Pero acudid a mi socorro en estas circunstancias tan difíciles».

Oró largo rato, invocando unas veces a la Santísima Virgen y otras a su patrono San Nicolás. De repente, San Nicolás se le aparece en una visión sobrenatural y le dice:

«Bernardo, siervo de Dios, el Señor te distingue con una vocación mucho más sublime y digna que los honores del siglo. Vete a encontrar al arcediano de la catedral de Aosta, y te dirá lo que debes hacer».

Se levanta  San Bernardo de Mentón maravillosamente consolado y fortalecido, y escribe al instante unas líneas, que decían: «Amadísimos padres, regocijaos conmigo. El Salvador me llama. No tratéis de indagar el lugar de mi retiro, pues no pienso casarme jamás; las grandezas y los honores de este mundo nada son para mí, que sólo aspiro a la dicha del paraíso».

Coloca este billete en sitio visible y, mientras todos duermen, abre sin ruido la ventana, doblega y rompe como por milagro uno de los enormes barrotes de ella, salta de una altura de dieciséis pies, en medio de la más completa obscuridad, y va a caer sobre mía roca estrecha que domina un precipicio. Arrastrándose a lo largo de la escarpada roca, llega felizmente al campo, y, atravesando los Alpes, se encamina hacia la ciudad de Aosta.

A la mañana siguiente, no bien hubo despuntado el alba, todo el castillo de Mentón se pone en movimiento; el alegre sonido de la trompeta resuena ya, la ceremonia se prepara. Bernardo no aparece por ningún lado, no se puede dar con él. Bien se adivina la consternación de los padres, la desolación de la joven prometida que, ataviada como una reina, espera al pie del altar, y el enojo del barón de Mioláns, que se considera gravemente ofendido.

Margarita de Mioláns consiguió calmar a su padre, y ella misma comenzó a sentir en su alma vivo deseo de imitar el sacrificio de Bernardo y de consagrarse también a Dios. Y , en efecto, algún tiempo después, se hizo monja en un convento cerca de Grenoble, donde pasó su vida con gran reputación de santidad.

Canónigo de Aosta, sacerdocio y apostolado

Después de de varios días de fatigosa marcha, el fugitivo entraba en la ciudad de Aosta y se encontraba con el Venerable Pedro de la Val de Isera, arcediano de la catedral. Éste le recibió como a hijo, y fue para él lo que hasta entonces había sido el piadoso sacerdote Germán. Los canónigos de Aosta, gobernados por el arcediano Pedro, eran entonces Canónigos regulares de San Agustín, o sea, genuinos monjes que llevaban vida de comunidad bajo la Regla del gran obispo de Hipona.

San Bernardo de Mentón fue recibido entre ellos y pronto llegó a ser modelo acabado de las virtudes religiosas. Entregado ya de lleno al servicio de Dios, reanudó con no menor ardor que acierto sus estudios teológicos, y fue ordenado sacerdote a la edad de treinta años. Sus virtudes y su celo apostólico, especialmente en la predicación, eran la admiración de todos, y cuando en 966 el arcediano Pedro murió, sus Hermanos le eligieron por unanimidad para sucederle, y el obispo le nombró arcediano suyo.

El arcediano iba a ser el ojo y el brazo derecho del obispo en la administración de la diócesis. Bernardo, a la sazón de cuarenta y tres años, estaba revestido de las cualidades requeridas para tan alto cargo, el cual era de más transcendencia a causa de la quebrantada salud del obispo. Desplegó actividad y celo incomparables bajo la tutela de los santos Patronos de la región, a cuyo amparo se encomendó en las diversas peregrinaciones que hizo a sus santuarios, al emprender ese fecundo apostolado que debía durar cuarenta años y merecerle el glorioso nombre de «Apóstol de los Alpes».

Difíciles eran los tiempos de ese siglo X , que justamente se llamó el «siglo de hierro». Los sarracenos, cuyas hordas, ávidas de pillaje, habían remontado a veces el Ródano y devastado la Saboya, el Piamonte y Suiza de 900 a 975, acababan de ser definitivamente rechazados, cuando San Bernardo de Mentón inauguró su nuevo ministerio.

Pero, ¡cuántas ruinas morales y materiales había que levantar! ¡Cuántos desórdenes sociales se habían introducido en la fe y en las costumbres! El celoso arcediano se ocupó, en primer lugar, en la reforma del clero, al que procuraba, tanto por sus ejemplos como por sus palabras y vigilancia, hacer más digno de su sagrada y elevada misión.

La enseñanza se hallaba entonces bastante descuidada en los Alpes, y San Bernardo de Mentón se apresuró a formar maestros y fundar escuelas. Y no contento con visitar a menudo su diócesis, recorrió como misionero las de Novara, Milán, Sión, Tarentaise y Ginebra, renovando en todas partes con sus predicaciones la fe de las poblaciones y produciendo mucho fruto en las almas.
D

Hospederías

Los viajeros, al partir de Aosta, encontraban dos caminos para franquear los Alpes: el uno iba a dar a la Alta Tarentaise, pasando por la Columna Jovis (Columna de Júpiter), y el otro atravesaba el temible y elevado paso del Monte Joux (Mons Jovis, monte de Júpiter), que daba salida al bajo Valais.

El paganismo, rechazado de casi toda Europa, encontró en estas alturas su último refugio. Los sarracenos, que con fines estratégicos habían ocupado durante algún tiempo el desfiladero del Monte Joux, hubieron de evacuarlo en 960. El ídolo de Júpiter quedaba en aquel lugar guardado por un famoso mago de grande estatura, llamado Procus. Los montañeses, en ganados, subían a consultar al ídolo y le pedían al mismo tiempo curaciones.

El mismo Procus, oculto en la estatua, daba los oráculos con voz disimulada. Digno ministro del demonio que le ayudaba con su poder y su prestigio, el mago gigante ejercía toda clase de crueldades con los viajeros perdidos por aquellos parajes: les robaba y alguna vez los sacrificaba a su Júpiter.

Se conmovió el Santo a la vista de los peligros que amenazaban a tantos peregrinos alemanes y franceses que. entusiastas de la religión, iban a Roma a visitar los sepulcros de los Santos Apóstoles. Nueve viajeros de nacionalidad francesa llegaron un día a Aosta, lamentándose de que Procus había retenido a uno de sus compañeros so pretexto de cobrar el diezmo.

San Bernardo de Mentón resolvió destruir esta última guarida del demonio, y en su lugar erigir un monasterio donde el verdadero Dios fuese en adelante glorificado por la práctica de la oración pública y de la caridad fraterna. Para conseguir su propósito propuso a los fieles, ayunos, oraciones y una procesión solemne; y animado por la aparición de San Nicolás, que le anunció el feliz acierto en su empresa, acompañado de los nueve peregrinos mencionados, subió al Monte de Júpiter.

Apenas llegados a la cúspide — cuenta uno de los antiguos historiadores del Santo— , densa nube oscurece el día, los demonios desencadenan una tormenta espantosa, los relámpagos surcan el espacio, el trueno hace retemblar las montañas, el rayo descarga por todas partes, pero sin herir a nadie, y nieve y granizo caen en abundancia. Los demonios lanzan alaridos tan espantosos, que se llega a creer que el arcediano y sus compañeros van a perecer. Pero Bernardo no teme, sino que infunde valor y confianza a sus compañeros.

— No temáis, amigos — les dice— ; los alaridos de nuestros enemigos son precisamente el presentimiento de su derrota. Llegan hasta el ídolo y lo encuentran custodiado por un dragón rugiente y espantoso, dispuesto a devorarlos. Bernardo hace la señal de la cruz, y arroja al cuello del monstruo su estola, que se trueca en cadena de hierro, menos los dos extremos que empuña con su mano. Entretanto, sus compañeros atraviesan con las armas al monstruo, que desaparece como por encanto, y en su lugar ven tendido en el suelo el cadáver del mago, acribillado de heridas.

Derribado el ídolo del Monte Jonx, se propone Bernardo aniquilar igualmente el culto de Júpiter en otros lugares de los Alpes, y echa por tierra la Columna Jovis, objeto de las supersticiones y adoraciones de los montañeses. Era hacia el año 970. Ayudado por las limosnas del clero de Aosta y del pueblo cristiano, San Bernardo de Mentón afianzó su conquista levantando una hospedería en la cumbre del Monte Joux, cuyo primitivo nombre los pueblos agradecidos cambiaron por el de «Gran San Bernardo»; también construyó otra en Columna Jovis , hoy «Pequeño San Bernardo».

Pronto personas abnegadas y decididas se sumaron a Bernardo para ayudarle en su obra. Un noble y rico inglés, llamado Reuklin, atraído por la santidad y caridad de nuestro Santo, pidió ser admitido entre sus discípulos, y cedió a la comunidad naciente su castillo de Inglaterra. Así comenzó esta maravillosa obra de hospitalidad del «Gran San Bernardo», que subsiste todavía y que, a través de los siglos, ha servido de refugio a millones de viajeros y ha salvado la vida a muchos miles, que hubieran perecido de frío entre las nieves y los precipicios.

 

Los Barones de Mentón y Beaufort en el monte Joux

Grande era ya la fama de santidad del arcediano de Aosta en toda la región de los Alpes; los peregrinos y viajeros, tan amablemente recibidos en el Monte Joux, no cesaban de loar al fundador imponderable de tan caritativa institución. Si hemos de dar crédito a la leyenda, el barón y la baronesa de Mentón, que aun vivían y no podían olvidarse del hijo a quien daban por perdido, concibieron el proyecto de ir a ver a este hombre de Dios: tal vez sus oraciones les obtendrían la gracia de dar con Bernardo; como quiera que sea, los consuelos del santo sacerdote serían de gran alivio a su inmenso dolor.

Un día, los barones de Mentón y de Beaufort llaman a la puerta de la hospedería; el arcediano en persona sale a abrirles, pero los años, los trabajos, las austeridades de tal modo han alterado sus facciones que no le conocen. San Bernardo de Mentón sí, los conoce perfectamente y los acoge con su amabilidad acostumbrada. Escucha con paternal bondad el relato que el barón de Mentón y su esposa le hacen de sus infortunios. Vivamente emocionado, se retira y va a rezar con fervor a la capilla.

Seguro ya, por inspiración divina, de que sus padres no han de suscitar dificultades a su vocación, vuelve a ellos y echándose en sus brazos, exclama: « Y o soy vuestro hijo Bernardo». Los ancianos padres, inundados de gozo, pasaron algunos días en el Monte Joux, admirando los designios de Dios. Vueltos a Saboya, el barón de Mentón y el de Beaufort se propusieron ceder sus bienes a la iglesia del Monte Joux.

Bernardo proseguía su obra en el Monte Joux y sus apostólicas predicaciones por los Alpes e Italia; pasaba diariamente largas horas en oración. Sus vestidos, de paño burdo, ocultaban un cilicio; dormía poco, y dos o tres tablas constituían su pobre cama. Frecuentes eran sus ayunos; su alimento se componía, por lo común, de pan de cebada y agua cenagosa, a la cual algunas veces añadía ajenjo o hiel, para mortificarse más.

Sus últimos años | Su obra

A pesar de tantos trabajos y austeridades, San Bernardo de Mentón alcanzó gran ancianidad. Sin embargo, por los años de 1005 a 1007, repetidos achaques acabaron por minar su cuerpo, ya bastante gastado por la edad. Llevó a cabo por última vez su peregrinación a Roma, pero a la vuelta hubo de detenerse enfermo en Novara, y se hospedó en el convento de los Benedictinos. En dicha abadía expiró dulcemente en brazos de sus religiosos, que vinieron desde el Monte Joux en cuanto tuvieron noticias de su enfermedad; era el 28 de mayo de 1008, cuando el Santo tenía ochenta y cinco años.

San Bernardo de Mentón había deseado que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia del Monte Joux, pero los Benedictinos no lo consintieron de ningún modo, y lo inhumaron en su iglesia de San Lorenzo. Un año más tarde, el 10 de abril, después de haber obrado numerosos milagros, fue colocado el cuerpo en un sepulcro de mármol, y. en 1123, Ricardo obispo de Novara, procedió a la canonización, según la costumbre de aquel tiempo, depositando el venerando cuerpo sobre un altar.

En 1552, al ser demolida la iglesia de San Lorenzo, el cuerpo de San Bernardo de Mentón fue colocado en la catedral, donde aun hoy se venera. En 1681 fue inscrito su nombre por Inocencio XI en el Martirologio romano. Por cartas apostólicas del 20 de agosto de 1923, el papa Pío X I le nombró «Patrono celestial, no sólo de los montañeses y de los viajeros alpinos, sino de todos los que emprenden la ascensión de las montañas».

Diez siglos hace ya que los discípulos de San Bernardo continúan siendo la admiración de las gentes por su vida de oración, de inmolación y de caridad. Su morada hospitalaria se halla situada en un desfiladero, a 2.450 metros sobre el nivel del mar; es la habitación más elevada de Europa, y la montaña que domina la hospedería tiene 3.100 metros de altura. En este desfiladero reina un invierno casi perpetuo.

Algunas hortalizas, cultivadas al abrigo de las rocas, más como solaz que como utilidad, es todo lo que allí produce la tierra; para aprovisionarse de vituallas tienen que bajar a los valles habitados, y la misma leña la acarrean a lomo de mulos, desde una distancia de dieciocho a veinte kilómetros.

Los religiosos, sin embargo, permanecen allí todo el año, y, desafiando el frío, las tormentas de nieve y los temibles aludes, precedidos de sus enormes perros y acompañados de servidumbre abnegada, salen en busca de los viajeros, los acogen  bondadosos y les brindan !a más generosa hospitalidad. He ahí lo que hace el amor al prójimo cuando tiene por fundamento el amor a Dios; pero solamente la Iglesia católica puede producir semejantes ejemplos de caridad.

Oración a San Bernardo de Mentón

San Bernardo de Mentón ruega por nosotros. Amén.

San Bernardo de Mentón | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.