28 de Marzo: San Juan de Capistrano


san juan de capistrano

San Juan de Capistrano, presbítero de la Orden de Hermanos Menores,  luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias mantuvo el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. Entregó su alma al Señor, el 23 de octubre de 1456, en el convento de Ilok, en Hungría — la antigua Yugoslavia— , y fue a gozar del triunfo en la eternidad bienaventurada.


Día celebración: 28 de marzo / 23 de octubre.
Lugar de origen: Capistrano, Italia.
Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1386.
Fecha de su muerte: 23 de octubre de 1456.


Contenido

– Introducción
– Magistrado Cristiano
– Vocación Extraordinaria de San Juan de Capistrano
– Vida de novicio
– Apostolado maravilloso
– La victoria de Belgrado
– Muerte de San Juan de Capistrano
– Oración a San Juan de Capistrano


Introducción

Al expirar el siglo XIV , el cisma desgarraba a la cristiandad y la herejía se enseñoreaba de Europa entera. En Inglaterra, los dogmas, la moral y las instituciones católi­cas se derrumbaban bajo los golpes de Wiclef; en Alemania, Juan de Huss enarbolaba a su vez la bandera de la rebelión y daba la señal de la anarquía religiosa y política más espantosa; en Francia, las doctrinas de loca independencia contra la Santa Sede, de las cuales Felipe el Hermoso y sus legisladores habían sembrado el germen fatal, comenzaban a producir sus funestos frutos.

El sensualismo, el lujo y la inmoralidad se infiltraban más y más en las masas, y mientras los reyes y los pueblos se enervaban con la más desenfrenada voluptuosidad y se agotaban en luchas estériles, los turcos, franqueando las fronteras del Asia, iniciaban victoriosos la con­ quista del Occidente. La desorientación reinante era enorme, por ninguna parte se vislumbra­ba un rayo de esperanza, el mundo cristiano parecía caminar hacia su ruina y con ella, la civilización.

Pero Jesucristo, que ha prometido estar con su Iglesia hasta la consu­mación de los siglos, no la abandonó, sino que acudió presto a socorrerla de diversos modos maravillosos; pero principalmente suscitando Santos admi­rables. Uno de los más Señalados fue San Juan de Capistrano. Hombre verdaderamente extraordinario por sus bellas prendas, sus numerosos milagros, su celo incansable, su austeridad y virtudes incomparables, preséntase al mundo cristiano cual otro San Pablo.

Magistrado Cristiano

Juan nació en Capistrano, pequeña villa del reino de Nápoles, a corta distancia de la ciudad de Áquila, en el Abruzzo, el 24 de junio de 1385. Su padre, caballero de la alta nobleza, le dejó huérfano en muy tierna edad y quedó al cuidado de su virtuosa madre, que le procuró sólida y cristiana educación. Con todo, sus primeros años no parecían anunciar la apostólica misión a que estaba predestinado.

Estudió las primeras letras en su pueblo natal y desde los albores de su edad su raro talento hizo concebir a sus maestros halagüeñas esperanzas. Más tarde cursó en Perusa, con notable aprovechamiento, el derecho civil y canónico.

Brillantes triunfos fueron el premio de sus esfuerzos; era tal su aptitud para el estudio y su juicio tan certero que sus condiscípulos le consideraban como el príncipe de los jurisconsultos y sus mismos maestros le presen­taban las propias dudas y dificultades en las cuestiones más arduas e in­trincadas. Ladislao, hijo de Carlos III de Durazzo y rey de Nápoles, gran admirador y amigo de nuestro Santo, le honró elevándolé a las más altas funciones de la magistratura.

El experto jurista contaba solamente 24 años cuando el príncipe, confiado en su virtud preclara y prudencia singular, le nombró, en 1412, gobernador de la ciudad de Perusa, presa de convulsiones y luchas políticas muy enconadas. Juan no defraudó las esperanzas de su protector. Los pobres hallaron en él un sostén; la gente honrada, un defensor; los fautores del desorden, un juez severo. En una palabra, con su autoridad la provincia toda reco­bró entera y segura paz.

El bandolerismo desapareció, los crímenes disminuyeron y las leyes fue­ ron respetadas. Nadie podía hacerle transigir con la injusticia. Cierto día un potentado de la comarca le prometió sumas considerables para arrancarle una sentencia de muerte contra un enemigo suyo, y a la vez le amenazaba, puñal en mano, si no accedía a sus deseos. Indignado Juan por las pre­tensiones del solicitante, examinó inmediatamente el caso con todo escrú­pulo y, habiendo reconocido la inocencia del inculpado, le libertó sin que le hiciesen mella ni las recompensas ni las amenazas.

Este solo rasgo nos manifiesta su rectitud de conciencia y la fortaleza de su ánimo incorruptible. Todo sonreía, pues, a nuestro joven gobernador. Era universalmente apreciado, ensueños de gloria y de ambición acariciaba su alma ingenua, y , para colmo de venturas, uno de los más ricos señores de Perusa, pren­dado de sus raros talentos, le ofreció la mano de su hija única. Pero la hora de la Providencia había sonado con uno de esos golpes inesperados que desconciertan y transforman un alma, haciendo brillar ante su ojos las bellezas austeras del apartamiento del mundo, del desprendimiento evan­gélico y del puro amor divino.

Corría el año 1416. El rey Ladislao había muerto y San Juan de Capistrano representaba en Perusa a Juana II, sucesora de dicho príncipe. Estalló la guerra entre los perusinos y los señores de Rímini. Los conciudadanos de Juan, conocedores de las excelentes cualidades de su gobernador, vieron en él a su salvador y le diputaron para concertar la paz; pero fue hecho pri­sionero a traición y encerrado en una torre; tuvo los pies aherrojados con enormes cadenas que pesaban 42 libras. Por todo alimento le daban pan y agua.

En tan gran infortunio San Juan de Capistrano sólo pensaba en el medio de librarse de una muerte segura. Habiéndose percatado de la escasa altura de su encierro, dispuso una especie de soga con la faja y parte de sus vestidos y , atándola a una ventana, empezó el descenso a pesar de las pesadísimas cadenas.

Inopinadamente la improvisada soga se rompe, el fugitivo cae al suelo y se quiebra el pie. Al ruido de la caída y de las cadenas acude la guardia, lo prende y lo arroja brutalmente en un calabozo subterráneo, con agua hasta las rodillas. Una cadena a modo de collar le sujetaba a la pared y le obligaba a estar siempre de pie.

Vocación Extraordinaria de San Juan de Capistrano

Durante su cautiverio reflexionó seriamente acerca de la caducidad de los bienes y honores del mundo, en la muerte y en la eternidad. Un día en que, agobiado por el cansancio, se durmió profundamente, un ruido repentino le despertó. Al instante el calabozo se iluminó con res­plandor celestial y un Fraile Menor, que ostentaba los estigmas de la Pasión, se le apareció.

— ¿Por qué dudas y por qué aguardas? — le dice— ; obedece a las órdenes de Dios y a la voz interior que te ha hablado.

— ¿Qué quiere, pues, de mí el Señor y qué desea que haga? — respondió tímidamente San Juan de Capistrano.

— ¿No ves — replicó el fraile, que era el mismo San Francisco de Asís— , no ves el hábito que llevo? Deja el mundo y ve a santificarte con los Frailes Menores.

— Duro es vivir en el claustro y renunciar para siempre a la propia li­bertad — respondió Juan, lanzando un profundo suspiro— . Sin embargo obe­deceré, ya que Dios lo manda.

Dicho esto, la aparición se desvaneció; al llevarse el prisionero las manos a la cabeza, notó que llevaba ya recortado el cerquillo de los Frailes Menores. Ante este milagro y convencido de la voluntad d e Dios, determinó abra­zar cuanto antes el estado religioso. En consecuencia, trató de recobrar su libertad y lo consiguió mediante una fuerte suma de dinero.

De regreso a su palacio vendió cuanto poseía, pagó su rescate y distribuyó el resto a los pobres, renunciando así a los goces de un brillante porvenir, y a las honras y pompas mundanas. Pasó, pues, de la prisión al convento de los Franciscanos de Bérgamo, en donde pidió el humilde hábito de San Fran­cisco. Era a la sazón guardián del convento el Beato Marcos de Bérgamo, antiguo doctor en Derecho, trocado en austero y santo religioso.

Esta ocación tan repentina y tan inesperada le sorprendió grandemente y quiso ponerla a prueba.

— Habéis de saber — dijo al nuevo postulante— que los conventos no son refugio de vagabundos, ni de los hastiados del siglo; necesitamos prue­bas que acrediten la sinceridad de vuestra vocación. Os recibiré cuando hayáis dado un adiós rotundo al mundo y a sus vanidades.

Juan confesó ingenuamente su desprendimiento absoluto de las cosas terrenas y declaró que estaba dispuesto a abrazar cuantos sacrificios y humi­llaciones tuviera a bien imponerle. En efecto, vuelto a Perusa, testigo poco antes de su poderío y esplendor, mandó que le llevaran por calles y plazas montado a la inversa en un as­nillo, con traje ridículo y en la cabeza una mitra de cartón en la cual esta­ban escritos con letras muy grandes los principales pecados de su vida pasada.

De este modo, el que antaño fue admirado de todos por su ciencia y su prudencia, se convirtió en ludibrio y befa de toda la ciudad: los niños le perseguían a pedradas; el populacho le acogió con sarcásticas risotadas y la gente sensata se contristaba por la locura sobrevenida a su antiguo gobernador, no acertando a comprender los secretos propósitos que le ani­maban. ¡Estas son las extravagancias sublimes de los santos!

Conseguida esta primera victoria contra el orgullo, Juan volvió al con­vento de Bérgamo; el Beato Marcos, enterado de lo ocurrido y previendo la alta santidad a que podía llegar un carácter de este temple secundado por la gracia de Dios, le admitió entre los suyos, con gran alegría de la comu­nidad, y el 4 de octubre, fiesta del seráfico San Francisco, vistió el santo hábito franciscano. Contaba 30 años.

Vida de novicio

Marcos dióle por maestro de novicios a un simple hermano lego, Onofre de Seggiano, hombre sencillo y sin letras, pero de pru­dencia y virtud extraordinarias. Púsose San Juan de Capistrano
bajo su dirección con la humildad y candidez de un niño y con la energía y prontitud de un soldado veterano. A su obediencia sin límites unía la abnegación más desinteresada para con sus Hermanos y constante asiduidad a la oración.

La meditación cotidiana de los sufrimientos del Salvador for­talecía su alma en gran manera, y . en verdad que bien lo necesitaba para sobrellevar con santo júbilo y paciencia las rudas pruebas cotidianas que fray Onofre le imponía: reprensiones y penitencias públicas, disciplinas, ayunos, etc.

San Juan de Capistrano conservó toda su vida el más encendido afecto y la más sincera gratitud al maestro austero que le hizo recorrer rápidamente los arduos senderos de la – perfección monástica.
Gozoso, solía decir:

— Gracias te doy, Señor, por haberme concedido tan buen guía; a sus consejos y correcciones debo-el haber conseguido la paciencia y la humildad, siquiera sea en grado ínfimo.

Castigaba su cuerpo con disciplinas increíbles cuya sola evocación hace estremecer; y que no es posible soportar mucho tiempo sin especial auxilio del Señor. Cuando se trataba de vencer repugnancias materiales y rebeldías de la carne no había tormentos y ardides que el piadoso novicio no inventara para subyugarlas; la constancia en tal género de vida acabó por darle per­fecto dominio de sus sentidos, como se verá en el caso siguiente:

Cierto día pasó por el lugar donde ajusticiaban a los criminales: un cadáver pendía aún del patíbulo, sus carnes putrefactas caían a pedazos. Inconscientemente apresuró el paso cubriéndose el rostro y tapándose las narices; pero, reflexionando, se avergonzó de su debilidad y , rememorando el ejemplo de su santo Padre que abrazaba a los leprosos, se acerca al patíbulo, toma una escalera, sube hasta el cadáver y lo besa y estrecha contra su pecho durante largo rato. El Señor recompensó este acto heroico cambiando el hedor fétido que exhalaba por un perfume delicioso.

Juan no desmintió nunca la obediencia ciega y la profunda humildad que practicó durante su noviciado. Terminó éste con la profesión religiosa a 5 de octubre de 1417. Más tarde, siendo nuncio del Papa y universalmente venerado en toda Europa por su santidad, siguió buscando las ocupaciones más humildes de su convento: barrer las celdas y lavar los platos como en el tiempo del noviciado.

Merced a sus hábitos de recogimiento y meditación, llegó a una unión tan íntima con Dios y a tal grado de contemplación, que ni los cuidados del apostolado, ni las fatigas de los viajes, ni las preocupaciones d e los negocios, ni el tumulto de las muchedumbres, le impedían vacar a la oración con la misma atención y devoción que si viviera en un desierto.

Para él la naturaleza entera se convirtió en un velo transparente detrás del cual se escondía la Divinidad; en un instrumento maravillosamente armonizado cuyas notas todas ensalzaban las perfecciones y glorias del Creador; en un cuadro radiante do el Altísimo había prodigado algunos destellos de su poder, sabiduría y bondad.

Apostolado maravilloso

Iniciado en la ciencia teológica por San Bernardino de Sena, llegó a ser un consumado teólogo. Ordenado de diácono hacia 1420 y elevado poco después a la dignidad sacerdotal, comenzó su vida de apóstol bajo los auspicios de su docto maestro San Bernardino.

La Europa central fue durante treinta años el campo de su celo evangélico, en el que sembró la verdadera semilla y recogió copiosos y abun­dantes frutos de salvación. Todos le escuchaban como a un ángel bajado del cielo; no siendo de maravillar el entusiasmo que despertaba en las muche­dumbres, si se repara en los numerosos prodigios que el Señor obraba todos los días por su valimiento e intercesión.

Trescientos caballeros de lo más granado de la ciudad, montados en sendos caballos ricamente enjaezados, le salieron al encuentro al ir por primera vez a la ciudad de Brescia. La ciudad en masa le acompañaba a pie. Fray Juan les predicó la buena nueva desde un estrado levantado en una inmensa planicie, y jinetes con espuelas de oro le daban guardia de honor. Al terminar el sermón impuso el hábito de San Francisco a cincuenta soldados por él convertidos.

A ejemplo de su maestro San Bernardino, profesaba tierna devoción al santo Nombre de Jesús, no cansándose de celebrar sus glorias. En las corre­rías apostólicas hacíase preceder de un estandarte, que llevaba con abultadas letras de oro este santo Nombre. Digno hijo del patriarca de Asís, Juan de Capistrano, como varios de sus hermanos en religión, trabajó con gran celo en la reforma y extensión de la Orden franciscana.

Elevado a los primeros cargos de su Orden, visitó los conventos de Francia, Inglaterra, España y Tierra Santa. En 1451 el papa Nicolás V , preocupado por los progresos de la herejía, envió al infatigable misionero a Alemania. Durante cinco años evangelizó Ia Carintia, Estina, Austria, Bohemia, Baviera, Moravia, Silesia, Sajorna,Turingia, Franconia y Polonia: millares de oyentes acudían para oírle y él despertaba en estos pueblos el mismo entusiasmo que en su patria.

Peca­dores, cismáticos, herejes — husitas, taboritas o patarinos— , nadie se re­sistía a sus encendidas palabras. En varios lugares mandó amontonar en la plaza pública los adornos inmodestos, los cuadros deshonestos y los objetos propios para halagar la vanidad y ordenó que fueran quemados pública­ mente. Era lo que él llamaba: «incendio del castillo del diablo».

Por sus consejos e insinuaciones, ciento veinte estudiantes de la Uni­versidad de Leipzig abrazaron la vida religiosa; reunió doscientos novicios en el convento de Viena, ciento treinta en el de Cracovia y otros muchos en diversas ciudades.

La victoria de Belgrado

San Juan de Capistrano se encaminó después a Hungría, donde, al igual que en otras regiones, arrebató numerosas almas de las garras del demonio; su llegada fue providencial. Mahomet II, terror de Europa y azote de Dios para castigar las culpas de los cristianos, marchaba contra Belgrado, amenazando a todo el Occidente cristiano por la superioridad de sus fuerzas y de sus armas. San Juan de Capistrano, a ruegos del Papa, predica la cruzada.

A su voz los guerreros cristianos se agolpan en torno del valeroso Juan Huníades, verdadero cruzado, digno émulo de Godofredo de Bullón y de San Luis. Mientras el sultán pone sitio a Belgrado, puerta de entrada de todo el imperio cristiano, el 4 de julio de 1456 y lo lleva con toda actividad, nuestro fraile, a pesar de sus setenta años, alienta a los sitiados, sale de la ciudad en medio de grandes peligros y vuela en busca de auxilio.

Pronto vuelve con Huníades a la cabeza de una flotilla de embarcaciones rápidas y ligeras; la flota musulmana es derrotada y los guerreros de la Cruz entran en Belgrado. Enfurecido Mahomet II, ordena a todas las tropas el asalto a la ciudadela. La victoria es indecisa. Tras una lucha encarnizada de once días, las murallas y la gran torre amenazan derrumbarse. El valiente Huníades, perdida ya toda esperanza de salvación:

— Padre mío — dice a San Juan de Capistrano— , estamos perdidos, los medios humanos se han agotado, resistir por más tiempo no es posible, el ejército de Hungría no llega y mañana nuestras tropas de campesinos no podrán contener el violento choque del ejército otomano.

— No temáis — contesta el franciscano— , defendemos la causa de Dios, Él estará con nosotros.

El momento es decisivo; Juan escoge cuatro mil intrépidos guerreros, y les hace prometer que le seguirán invocando el Nombre de Jesús. Al día siguiente llegan a las manos los dos ejércitos y , en lo más fuerte de la pelea, San Juan de Capistrano, enarbolando el estandarte sobre el cual centellea el Nombre de Jesús, recorre las filas y se lanza a la cabeza de sus valientes, gritando: ¡Victoria! ¡Jesús! ¡Victoria!

Fue tal la confianza que infundió la presencia de nuestro Santo y tanto el ardimiento de los cristianos, que los infieles fueron rechazados y perse­guidos hasta su campamento. En vano intentó Mahomet ordenarlos en ba­talla; sus huestes, desorientadas e insensibles a las promesas y a las amenazas huyeron a la desbandada abandonando cadáveres y armamentos. Esta victoria llenó de alegría el corazón del papa Calixto III y fue ce­lebrada por toda la cristiandad.

Muerte de San Juan de Capistrano

San Juan de Capistrano, heroico franciscano, agotado por tantas fatigas, tres meses después entregó su alma al Señor, el 23 de octubre de 1456, en el convento de Ilok, en Hungría — la antigua Yugoslavia— , y fue a gozar del triunfo en la eternidad bienaventurada.

Su cuerpo, enterrado en la citada población, desapareció en 1526, al apoderarse de ella los turcos; hoy se conserva en el monasterio de Basilianos cismáticos de Bistritz (Rumanía), en donde los monjes, cristianos disidentes, veneran los restos de un hijo tan abnegado de Roma y del Papa, con gran admiración de los peregrinos católicos.

En 1515, León X autorizó el culto público de San Juan de Capistrano en su ciudad natal. Fue canonizado por Alejandro VIII el 6 de octubre de 1690, juntamente con otros cuatro Frailes Menores, entre ellos San Pascual Bailón.

Su fiesta, fijada primero para el 23 de octubre, se celebra el 28 de marzo, en virtud de un decreto de León XIII (19 de agosto de 1890).
San Juan de Capistrano, ruega por nosotros.

Oración a San Juan de Capistrano

Oh Dios, que suscitaste a san Juan de Capistrano para confortar a tu pueblo en las adversidades, te rogamos humildemente que reafirmes nuestra confianza en tu protección y conserves en paz a tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan de Capistrano | Fuentes
EL Santo de cada día por EDELVIVES