28 de Agosto: San Agustín de Hipona


San Agustín de hipona

El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y según Antonio Livi, uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo «Confesiones» y «La ciudad de Dios» sus obras más destacadas.

En el año 396 es nombrado obispo auxiliar de Hipona por Valerio, pasando a ser titular tras la muerte de éste. En los años 418 y 422, en plena descomposición del imperio tras el saqueo de Roma por Alarico, participa en el concilio de Cartago y continúa su activa producción filosófica y religiosa que abarcará más de 100 volúmenes, sin contar las Epístolas y Sermones. El año 430, estando sitiada Hipona por las huestes de los vándalos de Genserico, morirá, poco antes de que la ciudad fuera completamente arrasada.

 


Día celebración: 28 de agosto.
Lugar de origen: Tagaste, actual Argelia.
Fecha de nacimiento: 15 de noviembre de 354.
Fecha de su muerte: 28 de agosto del 430.


Contenido

– Introducción
– Vida de pecado
– En la escuela de los maniqueos
– En la escuela de Jesucristo
– TOMA Y LEE
– Monje, Sacerdote y Obispo
– Doctor de la gracia y muerte
– Oración a San Agustín de Hipona


Introducción

San Agustín de Hipona – Aurelius Augustinus – nació el 15 de noviembre de 354, en Tagaste, ciudad de Numidia —hoy Suk-Ahras, al sudeste de Bona—. Su padre, llamado Patricio, era pagano, tenía un carácter violento que poco a poco fue modificando gracias a la paciencia y mansedumbre de su esposa Mónica. Ésta obtuvo de él, que Agustín se hiciera
catecúmeno, es decir, que fuera destinado al cristianismo.

Según costumbre de la época el bautismo quedó diferido para más adelante. Mónica se encargó personalmente de criar a su hijo, y de inculcarle al mismo tiempo el amor de Dios. Las lecciones de esta madre tiernamente amada dejaron un huella imborrable en el alma de Agustín.

Mientras su padre, atento solamente al porvenir terrenal, hacíale aprender las letras profanas, su madre se preocupaba ante todo por su salvación.

Al salir de la infancia, sufrió una grave enfermedad y pidió el bautismo. Pero habiéndose mejorado, Mónica juzgó más acertado retardar aún el sacramento regenerador. Agustín se dolió más tarde de esta determinación de su madre, aunque ella obedecía al temor, excusable en una cristiana, de que el bautismo fuese luego profanado por los arrebatos de la juventud.

Vida de pecado

Las previsiones de Mónica tuvieron cumplimiento. Agustín cedió casi sin resistencia al cebo de los placeres prohibidos. Su arrogancia natural, sin embargo, le retenía en los límites de cierto decoro, que hubiera sido virtud para un pagano, pero que, en realidad era incompatible con la pureza cristiana.

Romaniano, «preceptor de la ciudad», se interesó por los éxitos escolares de Agustín y le ofreció la pensión necesaria para que pudiese ir a Cartago a perfeccionar los estudios. Llegó allí hacia fines de 370, a la edad de diecisiete años. Al año siguiente se quedó huérfano de padre; Mónica había logrado convertir a su esposo a la fe cristiana.

Si Cartago era centro de estudios de primer orden, también lo era, y más, centro de placeres. Ávido a la vez de éxitos intelectuales y de éxitos mundanos, el joven estudiante llevaba a la par y con igual ardor la vida de estudio y la vida de placer.

Una amistad culpable vino a moderar, sin suprimir, esta vida desordenada. Nació un hijo de esta unión ilegítima, Adeodato —el hijo de su pecado, como él le llamaba—, al que amó entrañablemente y del que nunca se separó. Aunque no tuviese el valor de abandonar esta existencia tan poco digna de un catecúmeno, continuaba sintiendo el vacío de ella y no gustaba sin inquietud de los placeres prohibidos.

El primer aviso de la conciencia se lo dio la filosofía pagana. El Hortensio de Cicerón, caído por casualidad en sus manos, le reveló la posibilidad de una eterna bienaventuranza y le mostró que la ocupación más noble del sabio es la de esclarecer este misterio: Si todo acaba con la vida presente no es ya pequeña dicha el haber ocupado la existencia en el estudio de asunto tan importante; si, como todo parece indicarlo, nuestra vida continúa después de la muerte, la investigación constante de la verdad es el medio más seguro para prepararnos a esa otra existencia».

En vano pidió a los maestros paganos esas claridades de que tan ávido estaba. «Una cosa enfriaba mi ardor —escribe— y era que el nombre de Cristo no estaba en los libros de los filósofos, y este nombre, por vuestra misericordia, ¡oh Dios mío!, este nombre de vuestro Hijo, mi Salvador, mi corazón lo había mamado con la leche de mi madre y lo guardaba profundamente; por eso, todo lo que estuviese escrito sin este nombre, me causaba desagrado, aunque tuviese todos los atractivos de la elocuencia y aun de la verdad.»

Pero esta necesidad de Cristo, para quedar satisfecha, reclamaba de él, como de todos, un doble sacrificio: la sumisión de la inteligencia y la pureza de vida. Ahora bien, Agustín aún no estaba dispuesto a realizarlo.

En la escuela de los maniqueos

La sabiduría pagana no le satisfacía de ningún modo. Se volverá, pues, hacia los Libros Santos. Pero ¿quién le dará la inteligencia de ellos? La Iglesia Católica se la ofrece; pero la Iglesia procede por vía de autoridad; impone dogmas y creencias que confunden la razón. Enfrente de la Iglesia se alza la herejía maniquea, que no impone ningún dogma a la razón y cuyos maestros están infatuados por las letras y ciencias profanas. Cada cual cree a su antojo y según el grado de su perspicacia.

Y los maestros maniqueos —gente locuaz, hipócrita, carnal y extravagante— prometen a Agustín aclarar poco a poco y con seguridad todas sus dudas. El maniqueísmo le ofrece todavía un atractivo más seductor. Al admitir la coexistencia de un Dios bueno y de un Dios malo, explica el pecado en el hombre por influencia ajena.

¡Ya no hay responsabilidad de sus faltas para el hombre que ama al Dios bueno! ¡Todo el mal que puede cometer es imputable al Dios malo! De donde se deduce amplia libertad para el desahogo de las pasiones dentro del campo de la fe y la moral predicadas por aquella herejía.

Como se ve, no era pequeña tentación la que una tal doctrina suponía para los jóvenes, en quienes el ímpetu pasional tropieza con los valladares de la conciencia. Ése fue el estímulo para la caída de muchos incautos. Agustín, aunque sin estar plenamente convencido, se hizo apóstol del error maniqueo (374).

Y no contento con alistar a sus amigos, esforzóse en convertir a su madre al mismo. Fue trabajo perdido. En un sueño maravilloso que Mónica tuvo, díjole un ángel refiriéndose a Agustín: «Donde tú estás, él también está». Estas palabras alentaron sus esperanzas.

Una nueva seguridad dio a Mónica un santo obispo, a quien ella confiaba sus angustias y temores respecto del porvenir espiritual de aquel a quien tanto amaba —Vete en paz —le dijo—, sigue rezando, que no puede perecer el hijo de tantas lágrimas.

En la época en que Agustín se entregaba a los sectarios de Manes, su situación había cambiado. De alumno había pasado a ser maestro. Abrió cátedra de elocuencia en su ciudad natal; luego, en Cartago, donde obtuvo brillantes éxitos, pero la indisciplina de los alumnos se le hizo inaguantable.

Supo que en Roma estaba mejor dispuesta la juventud y resolvió ir allí. No fue ajena a esta determinación la esperanza de conseguir más brillantes éxitos en un campo que le ofrecía mayores perspectivas.

Antes de abandonar el África, se había separado de los maniqueos cuya ignorancia y locas pretensiones terminaba por descubrir. Dolorosamente desengañado en sus íntimas aspiraciones, determinó esperar, antes de sujetarse a otro culto, a que la verdad se le presentara con plena certeza.

En la escuela de Platón

San Agustín se valió de un subterfugio para embarcarse sin saberlo su madre. Cuando llegó el momento de su partida, le hizo creer que iba simplemente a despedirse de un amigo e indujo a Mónica a que pasara la noche cerca de la costa, en una capilla consagrada a la memoria de San Cipriano. Luego que llegó a Roma, cayó enfermo de una enfermedad peligrosa, que le puso a las puertas de la muerte; pero sin manifestar esta vez, por desgracia, deseos de recibir el bautismo.

Cuando hubo recobrado la salud, abrió cátedra de retórica. A los discípulos que le habían seguido de Cartago, se juntaron nuevos oyentes, dóciles y disciplinados, pero no pagaban las lecciones. Agustín obtuvo por entonces (384) una cátedra de elocuencia en la ciudad de Milán, adonde vino a juntársele su madre. Su acierto fue completo, a pesar de la pronunciación africana, de que no había podido despojarse del todo.

Al propio tiempo que derram aba ampliamente la ciencia en los demás, el ilustrado profesor no descuidó la propia formación. Profundizó la doctrina del filósofo griego Platón, cuyas obras acababan de ser vertidas al latín por Victoriano. Este estudio le desligó más completamente de los errores maniqueos. Hasta entonces se había formado de Dios una idea puramente material; la herejía de Manes le había confirmado en este bajo concepto de la divinidad.

Platón le reveló la espiritualidad de Dios y su belleza inefable. Ya se abrasaba su corazón cuando oía decir al filósofo:

«El que en los misterios del amor ha llegado al último grado de la iniciación, verá aparecérsele súbitamente una hermosura maravillosa, hermosura eterna, ni engendrada, ni perecedera, exenta de decadencia como de incremento, que no es bella en tal parte y fea en tal otra, hermosa para éste y despreciable para aquél; hermosura que no tiene forma sensible, cara, manos, nada corporal, que no reside en ningún ser mudable, como el animal, la tierra, un cuerpo celeste; absolutamente idéntica a sí misma e invariable por esencia; de la que participan todas las demás hermosu­ras, sin que el nacimiento o destrucción de éstas le aporten ni disminución, ni aumento, ni el cambio más mínimo.»

En Milán tuvo Agustín la dicha de conocer a San Ambrosio, de cuya elocuencia quedó prendado, y cuyas virtudes, pregonadas por una santísima vida, habían despertado dormidas emociones en nuestro inquieto retórico. Los ojos de Agustín se abrieron a un mundo de ideas nuevas, antesala de otro infinitamente superior. Aquella doctrina le pareció tan próxima, por ciertos lados, a la sabiduría evangélica, que hasta se llegó a preguntar si no había estado el filósofo griego en la escuela de los Libros Santos.

En la escuela de Jesucristo

Pero al mostrarle el verdadero Dios, Platón no le procuraba el medio de elevarse hasta la vida divina. Para lograrlo, era preciso entregarse al Maestro que es «el camino, la verdad y la vida»; a Jesucristo, Mediador entre Dios y los hombres.

Agustín iba penetrando en el terreno de la verdad, pero sólo especulativamente. Faltaba el paso a la acción. Las oraciones de su madre debían obtener esta gracia de las gracias. No habiendo podido resignarse a vivir separada de su hijo, Mónica había ido a buscarle a Milán, mucho más preocupada de la salud eterna que de los éxitos temporales de Agustín.

Lo primero que Mónica trató de vencer, fue el mayor obstáculo que se oponía a la conversión de aquél la unión ilegítima con la madre del pequeño Adeodato. Esta última, dotada de un alma generosa, comprendiendo cuánto interesaba a todos aquella resolución, consintió en separarse de su hijo y del que tanto había amado, y, vuelta al África, se consagró en el retiro al servicio de Dios.

Agustín no tenía aún fuerzas para imitarla. En vano su amigo más fiel, Alipio, alma de exquisita pureza, le apremiaba para que viviese en perfecta castidad y renunciara al matrimonio para consagrarse totalmente a la amistad y al estudio de la sabiduría: Agustín se sentía incapaz de dominar las pasiones alborotadas por tantos años de omnímoda libertad.

Por mediación de Mónica, el joven y brillante profesor trabó amistad con Ambrosio, el santo obispo de Milán. Ambrosio le felicitaba por tener semejante madre, y este elogio a menudo repetido le ganaba poco a poco la confianza del hijo.

Las exposiciones del obispo quedaban impresas de modo imborrable en su alma y le descubrían el verdadero sentido de las Es­crituras, que su orgullo le había tenido oculto hasta entonces, las volvió a leer asiduamente y se interesó más particularmente por las Epístolas de San Pablo, en las cuales encontraba remedio contra las tentaciones.

Determinó Agustín ir a verse con un sacerdote llamado Simpliciano, varón santísimo que había sido padre espiritual de San Ambrosio, Ex­púsole sus dudas, manifestóle su corazón, hízole patentes las llagas de su alma y contóle muy por menor los grados por donde había llegado al al estado en que se hallaba y las dificultades que a la sazón le oprimían.

Díjole cómo había leído algunos libros de Platón, que un profesor de Roma, Victorino, había traducido al latín. Alegróse Simpliciano de ver cuán bien se encaminaba aquella inteligencia y dióle a su visitante el parabién por haberse aficionado a tan selectos estudios, y le refirió la conversión maravillosa de aquel gran filósofo Victorino, a quien Simpliciano había tratado muy familiarmente en Roma. Agustín se retiró conmovido, pero no se había decidido aún.

TOMA Y LEE

Se acercaba el momento decisivo. Agustín vivía en Milán con su madre, su hijo y cierto número de amigos entre los que se encontraban Licencio hijo de Romaniano, Nebridio, Navigio su propio hermano y Alipio, el gran confidente de sus inquietudes y problemas espirituales.

Un día que estaba solo con este último, un cristiano y paisano suyo llamado Ponticiano, que fue a visitarle, al ver sobre la mesa de juego las Epístolas de San Pablo, sorprendióse de que estuviera tal libro en poder de Agustín, le dio la enhorabuena y le manifestó la alegría que sentía de verle complacerse en aquella lectura. Luego giró la conversación sobre la vida heroica y penitente de los solitarios.

Ponticiano refirió algunos casos recientes de conversiones motivadas por sus arrebatadores ejemplos. Terminado que hubieron las conversaciones, y cuando el visitante se hubo retirado, Agustín, turbado y como fuera de sí, se volvió hacia Alipio:

— ¿Qué es esto que pasa con nosotros? —preguntó— . ¿Qué acabamos de oír?

Levántanse los ignorantes y se apoderan del cielo; y nosotros con toda nuestra ciencia, sin juicio ni cordura, nos estamos revolcando con miserable afán en el cieno de la carne y sangre.

Los dos se fueron a un jardincito contiguo a la casa. Incapaz de dominar su emoción, Agustín se alejó algunos pasos para dar curso libre a sus lágrimas. Estando sólo bajo una higuera, oyó de repente como una voz de niño que parecía venir de una casa vecina y que cantaba y repetía muchas veces:

— ¡Toma y lee! ¡Toma y lee!…

No era el estribillo de juego infantil. Persuadido de que aquella voz era del cielo, Agustín se levanta, vuelve al sitio donde había dejado a Alipio, toma el libro de las Epístolas de San Pablo lo abre al azar y da con este versículo: «No en banquetes ni en embriagueces; no en disolución ni en deshonestidades; no en contiendas ni emulaciones, sino revestios de Nuestro Señor Jesucristo y no os cuidéis de satisfacer los apetitos del cuerpo».

No quiso Agustín leer más, ni fue necesario; pues luego que acabó de entender esta sentencia del Apóstol, se disiparon todas las nubes y dudas que ofuscaban su alma y un rayo de luz la llenó de celestiales resplandores. La conversión de Agustín determinó la de sus amigos. Preparáronse juntos al bautismo en una casa de campo conocida con el nombre de Casiciaco, que un amigo de Nebridio puso a su disposición.

Mónica estaba con ellos y tenía parte en sus doctas y piadosas pláticas. Agustín, Adeodato y Alipio fueron bautizados por San Ambrosio el Sábado Santo de 387. Cuenta una piadosa tradición que en aquella solemnísima función el santo obispo de Milán y su ilustre neófito Agustín com­pusieron el cántico Te Deum laudamus, que debía ser en adelante el himno litúrgico solemne y universal de acción de gracias en la Iglesia católica.

Adeodato murió poco después con todo fervor, conservando inmaculada la blancura de su estola bautismal. Hecho cristiano, Agustín no pensó más que en volver al África para vivir allí en el retiro y el servicio de Dios. Partió de Milán en compañía de su madre, y se detuvo en el puerto de Ostia, en espera de embarcación.

Allí tuvo con su santa madre una plática suprema que ha sido inmortalizada por el arte. Sentados los dos a la ventana, frente al mar, se elevaron en un delicioso éxtasis hasta las puertas de la eternidad bienaventurada. Cinco días después, Mónica, colmados ya sus deseos, cayó enferma y murió.

Agustín no pudo contener su dolor y prorrumpió en torrentes de lágrimas, mientras que su fe le mostraba a la que tanto había amado, triunfante en la patria hacia la cual, en adelante, debían tender todos sus es­fuerzos.

Monje, Sacerdote y Obispo

Ya en África, retiróse Agustín con algunos amigos suyos, para realizar su proyecto de vida religiosa. No pudo permanecer oculto. El obispo de Hipona, Valerio, le confirió el sacerdocio del que aquél se creía indigno (391). Ya sacerdote instituyó una Orden religiosa dedicada a unir los trabajos del apostolado a los ejercicios del claustro. También fundó un convento de religiosas de las que su hermana fue la primera superiora. La regla de San Agustín, una de las cuatro únicas reglas reconocidas por la Iglesia en 1215, ha sido adoptada por gran número de Institutos religiosos.

La Orden por él fundada sigue viviendo con diversas formas: Canónigos regulares, Ermitaños, Clérigos regulares, Congregaciones. Todavía hizo más Valerio. Confirió a Agustín la consagración episcopal (395) y antes de morir dejóle el gobierno de la Iglesia de Hipona.

La actividad del santo obispo fue dividida en tres partes: la dirección de sus monasterios, la instrucción de los fieles, la defensa de la Iglesia contra las herejías. La parte consagrada a sus fieles era la más absorbente. Sus días se pasaban casi íntegramente en el cumplimiento del cargo de obispo: presidir los oficios de su Iglesia, instruir al pueblo, conceder
audiencia a los que iban a pedirle consejo o a someterle sus litigios.

Dedicaba buena parte de la noche a la oración y a la composición de libros. Durante las comidas hacía leer o discutir un punto de doctrina. No podía sufrir, sobre todo, que se hablase mal de los ausentes. Y así, en su refectorio, hizo escribir estas palabras: « Ninguno del ausente aquí murmure, antes, quien en esto se desmandare, procure levantarse de la mesa».

Doctor de la gracia y muerte

La lucha por la defensa de la fe nos ha valido gran número de obras, la más notable y célebre es la Ciudad de Dios, libro inmortal en el cual San Agustín describe con mano maestra la lucha incesante del bien y del mal sobre la tierra. No hay herejía de su tiempo que no haya tenido pleito con este valiente atleta. Arríanos, maniqueos, pelagianos y donatistas, recibieron golpes mortales de aquel impugnador vigoroso a quien por su energía e invencible lógica se ha llamado «martillo de los herejes».

Tuvo la dicha de volver a la verdadera fe a uno de los principales jefes de los maniqueos, al sacerdote Félix, y tanto por su mansedumbre como por la fuerza de sus razones, puso fin, con la vuelta al seno de la Iglesia, al cisma de los donatistas, que había destrozado el África cristiana. La herejía de los pelagianos, que negaba la necesidad de la gracia divina para la salvación, halló en Agustín un adversario formidable. Fulminó este nuevo error con tanta profundidad y saber, que mereció desde entonces el título de Doctor de la gracia que la posteridad le ha reconocido.

Un inmenso dolor oprimió los postreros días del santo obispo. Su África querida, que durante cuarenta años había evangelizado, fue invadida por los vándalos, cuyas hordas, mandadas por Genserico, estaban al servicio de la secta impía de Arrio. Los bárbaros lo saquearon e incendiaron todo. Hipona fue sitiada a su vez. Agustín, que tenía setenta y
seis años de edad, cayó gravemente enfermo y se durmió santamente antes de finalizar el asedio, el 28 de agosto de 430.

Su cuerpo fue trasladado más tarde a Cagliari, en Cerdeña, luego el 28 de febrero de 722, a Pavía, en Lombardía, donde se venera todavía. San Agustín es uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia latina.

Oración a San Agustín de Hipona

Oh glorioso San Agustín, tu fuiste un hombre sensual atormentado frecuentemente por los apetitos y deseos naturales. Pero supiste encontrar tu camino hacia Dios por medio del fuerte deseo de vivir una rica vida espiritual y plena de sentido.

Ayúdame a ver las cosas como tu enseñaste, que Dios esta presente en todos aquellos que con buena voluntad le buscan y en todos los que le aman como El nos ama. Ayúdame a ver a través de mis deseos de Dios y ayúdame a ver el amor de Dios en todos mis deseos.

Te pido San Agustín, que me ayudes a encontrar a Dios en todo lo que veo. Infunde en mi espíritu con el deseo de conocer y amar a Dios con todo mi corazón.
Amén.

San Agustín de Hipona| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.