28 de Abril: San Pablo de la Cruz, Presbítero


San Pablo de la Cruz
San Pablo de la Cruz (Pablo Francisco Danei) es el fundador de los Padres Pasionistas. Hijo de un mercader, renunció a todo y se dedicó al servicio de los pobres y los enfermos, juntándosele después varios compañeros.


Día celebración: 28 de abril.
Lugar de origen: OvadaGénova
Fecha de nacimiento: 3 de enero de 1694.
Fecha de su muerte: 18 de octubre de 1775.
Santo Patrono de: De los prófugos, de los Pecadores que quieren cambiar de vida, de los Confesores, de los Comerciantes y es padre fundador de toda la Familia Pasionista en todas sus ramas.


Contenido

– Introducción
– Piedad y austeridades
– Su vocación de apóstol
– Hábito de luto por la muerte del Salvador
– Retiro de cuarenta días | Inicio de la vida religiosa
– Fundación del retiro del Monte Argentaro
– Aceptación de las reglas
– Muerte y sepultura de San Pablo de la Cruz
– Oración a San Pablo de la Cruz


Introducción

Alma prendada del amor a la soledad; ávida de humillaciones y de pobreza; insaciable de austeridades, aunque purísima e inocente; corazón consumido por la llama del amor a Jesús crucificado; infatigable predicador de la Cruz; gran taumaturgo y director de conciencias; maestro en la senda de la vida mística, que recorrió hasta los últimos confines, y fundador de dos Órdenes religiosas consagradas a la contemplación y al apostolado de la Pasión de Cristo: tal es San Pablo de la Cruz, que hubo de vivir en el veleidoso y escéptico siglo XVIII. ¡Qué contraste entre la figura de este Santo y la de su tiempo!

Pablo Francisco Danei, el futuro Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas, nació el 3 de enero de 1694, en Ovada, pueblecito italiano que pertenecía a la sazón a la República de Génova. En el instante de su aparición en el mundo, una misteriosa y deslumbrante claridad inundó el aposento cual presagio del elevado destino que aguardaba al tierno infante.

Su padre, Lucas Danei, hombre de arraigada fe práctica, descendía de noble familia piamontesa, venida a menos por reveses de fortuna. Un modesto comercio que explotaba le permitió atender a las necesidades de la numerosa prole —dieciséis hijos— con que había de premiarle la Providencia. Pablo Francisco era el primogénito.

Su madre tomó a pechos la formación cristiana de este hijo predestinada. Desde muy temprano le inculcó el amor a la oración y al sacrificio, cantándole la vida de los anacoretas y, sobre todo, los padecimientos de Nuestro Señor Jesucristo. Para acostumbrarle a no llorar ni quejarse de penas y sufrimientos, ponía en sus manecitas el crucifijo y le hablaba de la Pasión de Nuestro Señor.

Devotísimo de la Santísima Virgen, gozaba el niño levantando altarcitos a la Madona. Gustaba sumamente de predicar a sus hermanos y hermanas acerca de la Pasión de Jesús, cuyo pensamiento no se le borraba jamás de la imaginación. Pusiéronle sus padres, bajo la dirección y cuidado de un religioso, carmelita de Cremolino; allí cursó durante cinco años, con gran aprovechamiento, las primeras letras: Pablo era de inteligencia clara, de imaginación brillante y recia^voluntad. A fines del año 1709, el adolescente volvió a vivir con sus padres en Castellazo, al sur de Alejandría, en el Piamonte, donde habían fijado su residencia.

Piedad y austeridades

A en medio de los suyos, Pablo fue el socio activo e inteligente de su padre en el comercio que éste ejercía. Llegado a la edad de las pasiones y en el trato con el siglo, conservó su inocencia bautismal fortalecido y guardado por la comunión frecuente, la devoción a la Pasión de Cristo y la práctica constante de la mortificación. «En mis años mozos.—decía más tarde— me dio el Señor hambre y sed de dos cosas: del pan eucarístico y de sufrir padecimientos y trabajos».

Se puso por aquel entonces bajo la dirección espiritual del señor cura párroco, quien muy pronto vio en él señales de vocación sacerdotal, pero nuestro joven se tuvo siempre por muy indigno de subir al santo altar.

La divina Providencia le preparaba a la misión que todavía no discernía claramente, purificando más y más su alma de todo apego a lo terreno y caduco. Cierto día, al acabar de oír un sermón, vio con luz divina en los repliegues de su alma imperfecciones y defectos en los que nunca había reparado.

Sin demora se dispuso San Pablo de la Cruz a hacer confesión general lo más perfecta posible y, a partir de aquella fecha, que él señala como la de su conversión, castiga su cuerpo con verdadera tenacidad: frecuentemente duerme en el desván, sobre unas tablas, con la cabeza reclinada en unos ladrillos; se levanta a media noche para meditar la Pasión y flagelarse con recias correas; ayuna a pan y agua los viernes y mezcla su bebida con hiel y vinagre.

 

Su vocación de apóstol

San Pablo de la Cruz ha cumplido veinte años y siente sed abrasadora de inmolarse por Cristo. Le parece que Dios le llama a luchar contra los enemigos del nombre cristiano y ¡quién sabe si también a derramar su sangre por la fe! ¡Oh, qué bella vocación! Anhelante tras ideal tan hermoso, se alista en 1715 en las tropas venecianas que han de partir al encuentro de los musulmanes.

Al año siguiente, en una iglesia de Lombardía le dio a entender el Señor que le quería en la milicia de los apóstoles del Evangelio; por lo cual nuestro soldado obtuvo licencia y regresó a su patria. Toda la familia, y más que nadie un tío suyo, le proponen un matrimonio sumamente ventajoso en todos los aspectos; pero a las instancias apremiantes y tenaces de los suyos responde con admirable calma que no es ta l la voluntad de Dios.

Jesús, su único Bien, le basta; y, al par que sigue ayudando a su padre, se da de lleno al apostolado. Prodiga a los pobres y enfermos los auxilios de la caridad y de la bondad más fina y delicada; organiza una asociación de jóvenes que sienten como él atractivo a la soledad y a la oración, los alista en obras de misericordia corporal y orienta a muchos de ellos hacia el convento.

Elegido prior de la cofradía local, hace a los cofrades cada domingo una exhortación tan sentida como eficaz. El señor premia su celo otorgándole el don de leer en lo más íntimo de las conciencias, y de ello se vale para convertir a los jóvenes libertinos que escandalizan a la población.

De cuando en cuando pide ayuda al cielo para conocer su vocación, y recibe favores extraordinarios. Pablo tiene ahora otro director espiritual; es el capuchino Padre Columbano, a quien comunica su persistente inclinación a la soledad, su gran deseo de ir descalzo, la inspiración perseverante de congregar compañeros y la resolución de’ abandonar el hogar paterno, aunque su permanencia en él parece indispensable.

En visiones sucesivas el Señor le da a entender con claridad que le aguardan muchas penalidades. Varias veces le muestra Jesús una túnica negra y le dice: «Hijo mío, el que a mí se aproxima, a las espinas se acerca». Y poco a poco se va declarando y precisando más el divino beneplácito.

Por entonces se vio Pablo privado de su experimentado director, lo que fue para su alma una pérdida muy sensible. Acude entonces al canónigo penitenciario de la catedral de Alejandría, don Policarpo Cerruti, varón de gran ilustración, que acepta gustoso dirigir su conciencia y que conduce a su penitente por la senda segura de la humildad y las humillaciones. Convencido al fin de la especial vocación del joven, le pone en relación con el obispo de Alejandría (Piamonte).

Hábito de luto por la muerte del Salvador

Dicho prelado, tan piadoso como docto, examinó detenidamente a San Pablo de la Cruz y le ordenó que le pusiera por escrito las intimidades con que el Señor le había favorecido. En él manifestó San Pablo de la Cruz cómo, en el verano de 1720, en un éxtasis que tuvo después de la comunión, se vio vestido de una túnica negra, provista de una cruz blanca en el pecho y, bajo la cruz, el monograma del santísimo nombre de Jesús, escrito también con letras blancas. Sintió cómo Dios le infundía el deseo de fundar una nueva Congregación, cuyos miembros se llamasen Los pobres de Cristo.

Otro día, la Virgen Santísima —que y a se le había aparecido repetidas veces llevando en la mano la túnica negra señalada con estas palabras: Jesu XTI Passio: Pasión de Cristo—, se le mostró vestida con esa misma túnica. A la altura del pecho se veía un corazón con una cruz blanca encima y en el centro la inscripción de la Pasión y los clavos. La Virgen guardaba luto por la dolorosa Pasión de su Hijo. «Así debes tú vestir, hijo mío, y debes, además, fundar una Congregación que lleve hábito como éste y luto continuo por los padecimientos y muerte de mi Hijo».

San Pablo de la Cruz sabía ya a qué atenerse a su vocación. Después de consultar por escrito al padre Columbano, el prelado se decidió a dar a su hijo espiritual el hábito de la Pasión. Se verificó la ceremonia el viernes 22 de noviembre de 1720, por la tarde. Nada había omitido el demonio para detener al joven atleta de la Cruz: tristezas, repugnancias, desaliento, ilusiones; pero fue vencido por la inquebrantable decisión de San Pablo de la Cruz, que tenía a la sazón veintiséis años. De momento, sin embargo, no le permitió el prelado llevar públicamente en el hábito el emblema de la Pasión.

Retiro de cuarenta días | Inicio de la vida religiosa

Naturalmente competía al fundador trazar el plan del futuro Instituto y preparar las Reglas. Había en Castellazo, detrás  de la sacristía de la iglesia de San Carlos, un estrecho y húmedo cuartucho que jamás recibía la luz del sol.

Allí se retiró Pablo con licencia del Prelado para practicar ejercicios espirituales durante cuarenta días, descalzo y sin abrigo, en el corazón del invierno. Tomaba un breve descanso antes de medianoche, acomodándose sobre unos sarmientos cubiertos con un poco de paja; se levantaba después para rezar el Oficio canónico, y acto seguido pasaba dos horas en oración, arrodillado en la iglesia. Por la mañana ayudaba a varias misas y comulgaba; el resto del día se entregaba a la oración y ejercicios de penitencia, tomando como único alimento el pan que le daban de limosna.

En la primera semana de diciembre de 1720 redactó las Reglas de la nueva Sociedad. Antes de aprobar el Instituto en su diócesis, el obispo quiso que Pablo hiciera examinar las Reglas al padre Columbano, que residía en Génova. Cumplido este requisito, el Prelado concedió la necesaria aprobación, y San Pablo de la Cruz inauguró sin tardanza la vida de soledad y de apostolado.

Instalado por el señor obispo en un reducido eremitorio de la iglesia de San Esteban, próxima a Castellazo, quedó Pablo encargado de catequizar a los pequeñuelos; lo hizo con tanto acierto, que las personas mayores quisieron asistir también a sus explicaciones. Es más, aunque no había recibido las Órdenes sagradas, le mandó el Prelado que predicase al pueblo cada domingo, antes y durante la Cuaresma.

A mediados del año 1721, con la aprobación del Prelado, partió Pablo para Roma a informar al Papa acerca del Instituto que deseaba fundar, más no pudo lograrlo, porque los servidores de la corte pontificia le trataron como mendigo y no consiguió llegar hasta Inocencio XIII. Pero estando de hinojos ante una imagen de Nuestra Señora que se venera en Santa María la Mayor, recobró la paz y confianza en el porvenir e hizo voto de propagar la devoción a Jesús crucificado. Nuevamente oyó la voz de la Señora que le invitaba a ir al Monte Argentaro, en Toscana.

Llegó el peregrino a la cumbre tras grandes fatigas y toda suerte de humillaciones. En una pastoral visita del Prelado, obtuvo licencia para fijar su residencia cabe una capilla abandonada, que ya no conservaba de todo su pasado esplendor más que un cuadro de la Anunciación que se caía a pedazos. El día de Jueves Santo del año siguiente, su hermano Juan Bautista y él fijaron su residencia en un eremitorio del monte Argentaro. Allí oraban estudiaban la Sagrada Escritura, practicaban las austeridades más extraordinarias, ayunaban casi cada día y catequizaban las sldeas comarcanas.

No tardó en llamarlos a su diócesis el obispo de Gaeta y, aunque San Pablo de la Cruz no estaba ordenado, tuvo que dar misiones en algunas parroquias, dirigir en 1724 los ejercicios espirituales a los ordenandos y predicar cada viernes de Cuaresma en la catedral. Poco después los llamó también el Ilustrísimo señor Cavalieri, obispo, de Troya, en el reino de Nápoles.

En 1725 Benedicto XIII alentó de palabra al fundador de los «Pobres de Jesús» a perseverar en su empresa. Muerto el Ilustrísimo señor Cavalieri, su protector y amigo, los dos hermanos abandonaron su «retiro» o eremitorio próximo a Gaeta y fueron a Roma. Allí el cardenal Corradini les encargó de la administración y de la enseñanza religiosa de los achacosos del hospicio de San Galicano y les mandó, además, que estudiasen sagrada Teología porque habrían de recibir Órdenes sagradas.

Fundación del retiro del Monte Argentaro

San Pablo de la Cruz y su hermano hubieron de someterse, y el 7 de junio de 1727 fueron ordenados por el propio Benedicto X III. La muerte de su padre, acaecida dos meses después, les obligó a pasar un año en Castellazo con sus deudos. De vuelta al hospicio, cayeron enfermos de tal gravedad, que fue preciso dispensarles del voto que habían hecho de consagrarse al servicio de los enfermos.

En sus misteriosos designios, el Señor los condujo de nuevo al monte Argentare para la fundación del primer convento y primera iglesia del Instituto de la Pasión. Las características de esta Congregación son: rigurosa pobreza, práctica del apostolado y de la abnegación rendida para con el prójimo, devoción inflamada a Jesús paciente, rigurosas austeridades corporales, oración
y contemplación.

San Pablo de la Cruz ha cumplido treinta y cuatro años y da principio con éxito maravilloso y sobrenatural a su misión apostólica que durará más de treinta años. Doquiera le llame el Señor, predicará, como otro San Pablo, a Jesucristo crucificado.

En 1731 la propia Reina de los Ángeles le señala, a poca distancia del eremitorio, el sitio donde ha de levantar la primera casa del Instituto. Ayudados por los habitantes de Orbetello y por las limosnas de algunos virtuosos amigos suyos, San Pablo de la Cruz y Juan Bautista emprenden la fundación.

Mas la peste, la guerra y las más pérfidas calumnias contra el siervo de Dios y contra su obra, dificultan la construcción. Finalmente, la oración, las humillaciones y las romerías a Loreto y Roma, le alcanzaron el triunfo contra el demonio y contra toda suerte de obstáculos; la capilla fue bendecida por la autoridad eclesiástica el 14 de septiembre de 1737, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la advocación de la Presentación de María. El fundador penetró en ella con una soga al cuello, seguido de sus ocho compañeros.

Aceptación de las reglas

Importaba ante todo obtener de la Santa Sede la aprobación de las Reglas de la Sociedad. La Comisión cardenalicia convocada por el papa Clemente XII para estudiarlas, las halló excesivamente rigurosas. Ello fue, sin duda, para el santo fundador gran contratiempo, que se aumentó con la salida de varios religiosos. Con este motivo descargó sobre San Pablo de la Cruz una tempestad de odios y persecuciones.

Fue ésta una temporada en extremo critica para el santo fundador, que estaba enfermo y privado ya de sus valiosos protectores, porque habían pasado a mejor vida. Pero como suele acontecer a las obras de Dios, de esas pruebas brotó exuberante vida. Benedicto XIV aprobó las Constituciones, atenuando algo su rigor, en 1741 y 1746.

Por fin, los primeros religiosos pasionistas hicieron profesión y pudieron llevar públicamente el emblema sagrado de la Pasión. En 1741, el Capítulo general eligió a San Pablo de la Cruz como Superior de todo el Instituto.

Conforme a sus predicciones, los dos cardenales romanos Rezzonico y Ganganelli, ardientes y desinteresados protectores del naciente Instituto, fueron elevados sucesivamente a la cátedra de San Pedro. Clemente XIV colmó de atenciones a la persona y obra de aquel a quien honraba con su augusta amistad. En 1769, aprobaba definitivamente el Instituto, erigiéndolo en Congregación de clérigos de votos simples; algunos años más tarde, el mismo Papa le cedió en Roma el convento e iglesia de los Santos Juan y Pablo en el monte Celio.

Así en el gobierno de la Congregación como en la dirección de las almas, las virtudes más notables de San Pablo de la Cruz eran prudencia ilustrada y vigilante, paciencia inalterable y bondad jovial y obsequiosa. Vigilante y firme contra los abusos, mostrábase sumamente caritativo con los religiosos enfermos, misioneros o novicios. Con su ejemplo, mucho más que con sus exhortaciones, procuraba inculcar en él alma de sus religiosos las virtudes básicas de su Instituto, a saber: la pobreza, la oración y la soledad.

Una penitente de San Pablo de la Cruz supo por revelación que fundaría también religiosas, dedicadas, como los Padres Pasionistas, al culto y al apostolado de la Pasión de Cristo. Como es de suponer, esta nueva obra tuvo por base el sufrimiento y la oposición más tenaz por parte del demonio. Redactó Pablo las Reglas, el papa Clemente XIV las aprobó en 1771, y el 3 de mayo del mismo año, se abría en Corneto —ahora Tarquinia— el primer monasterio de monjas Pasionistas. Dichas religiosas profesan idéntico fin y siguen la misma vida que los Padres, a saber: soledad, oración, trabajo, rezo del Oficio, apostolado, hábito negro, etc.

Muerte y sepultura de San Pablo de la Cruz

Pero esa intensa labor apostólica junto con las austeridades, enfermedades y preocupaciones de la fundación de la Congregación, vinieron a ser un martirio constante para San Pablo de la Cruz. En la primavera de 1775, le dio a conocer el Señor que moriría el 18 de octubre siguiente. Como consecuencia de una penosa enfermedad de estómago, que no le permitía tomar más que agua, se le agotaron tanto las fuerzas, que hubo de guardar cama.

El 30 de agosto recibió al Señor, en Viático; recomendó a sus hijos la caridad fraterna, el espíritu de oración, de pobreza, de amor y reverencia a la Iglesia, y se despidió de ellos, rogando que remitieran al papa Pío VI su estampita de la Virgen de los Dolores. El 18 de octubre comulgó en ayunas y, venida la tarde, anunció que había llegado su hora postrera.

Por expreso deseo suyo leyósele la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, se le acostó sobre paja, revestido del hábito religioso, con una soga al cuello y corona de espinas en la cabeza. Estando sumido en éxtasis profundo, sus ojos se posaban unas veces en el Crucifijo y otras en la imagen de María.

Así expiró, sin el menor estremecimiento, al punto que se leían estas palabras del Salvador: «Padre, la hora es llegada, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti.» (Juan, XVII, 1).

Sabedor de la muerte del siervo de Dios, Pío VI exclamó: «¡Feliz él!…No hay para qué entristecerse, pues puede darse por seguro que ya se halla en el paraíso». Por mandato del Papa se colocó el cadáver en un ataúd doble de madera y plomo, y se le dio sepultura no en el sitio ordinario, sino en una tumba en el interior de la basílica de los Santos Juan y Pablo.

El proceso canónico iniciado poco después de su muerte, terminó el día primero de mayo de 1853, en el pontificado de Pío IX , con los honores de la beatificación. El mismo Pontífice le canonizó el 29 de junio de 1867. Su fiesta se celebra el 28 de abril, con rito doble, en toda la Iglesia.

Oración a San Pablo de la Cruz

Concédenos, Señor, que san Pablo de la Cruz, cuyo único amor fue Cristo crucificado, nos alcance tu gracia, para que, estimulados por su ejemplo, nos abracemos con fortaleza a la cruz de cada día. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.