27 de Marzo: San Juan Damasceno


San Juan Damasceno
San Juan Damasceno, conocido bajo el apelativo de «El orador de oro», nació en la ciudad de Damasco, actual Siria. Fue a un tiempo filósofo, teólogo, orador ascético, historiador, exegeta y aun poeta y músico.  Después de haber vivido muchos años con tan grande ejemplo de santidad y servido al Señor excelentemente con sus trabajos, acabó su peregrinación y se fue a gozar eternamente de aquel Sumo bien que él tanto había amado un 4 de diciembre del año 749.


Día celebración: 27 de marzo / 4 de diciembre.
Lugar de origen:  Damasco, Siria.
Fecha de nacimiento:  Año 676.
Fecha de su muerte:  4 de diciembre  749.
Santo Patrono de: Farmacéuticos y boticarios, de los pintores de íconos y los estudiantes de teología.


Contenido

– Introducción
– Infancia y educación
– Los Iconoclastas y «El tratado de las imágenes
– Leyenda de la mano cortada
– Su vida en el monasterio
– Doctor, poeta y músico
– Su muerte y sus reliquias
– Oración de San Juan de Damasceno para pedir protección a la Virgen


Introducción

En el siglo V III, León Isáurico, emperador de Oriente muy impío y cruel, promulgó un edicto mandando quitar todas las imágenes de los templos y demás lugares donde las veneraban los fieles, y castigó con severísimas penas a algunos santos y doctos varones que le resistieron. Encendió con eso en el mundo una hoguera tan espantosa y horrible, que duró muchos años y provocó los chispazos de las persecuciones albigense, valdense y husita.

El nombre del impío y perverso emperador evoca en la mente y corazón de los cristianos el nombre del santísimo, doctísimo y valerosísimo San Juan Damasceno, el cual, en unión con San Germán de Constantinopla y Jorge de Chipre defendió el rebaño del buen Pastor y salió al encuentro de aquel león, con el cual peleó hasta ahogarle.

Muchos herejes y enemigos de las sagradas Imágenes aparecieron dentro y fuera del campo de la Iglesia, pero nada pudieron contra su culto, tan recomendado por ella y tan arraigado en el pueblo cristiano. Ni la furia mahometana confabulada con la perfidia de los judíos, en el siglo VII; ni los emperadores iconoclastas que se sucedieron en Constantinopla durante los siglos V III y IX ; ni más tarde los albigenses y protestantes; ni los impíos de hoy, han podido ni podrán arrancar del corazón de los católicos el culto a las Imágenes de Dios, de la Virgen y de los Santos.

Infancia y educación

Fue San Juan Damasceno, como el mismo nombre lo dice, de la noble, amena y deliciosa ciudad de Damasco. Nació de muy ricos, generosos y cristianos padres, los cuales le criaron en el temor de Dios y en toda honestidad y virtud. Siendo todavía niño, sucedió que los sarracenos cercaron a Damasco, la saquearon y llevaron cautivos a muchos cristianos.

Quiso Nuestro Señor que el padre de Juan, llamado Sergio, quedase exento de aquella común calamidad y que no perdiese su libertad, casa ni hacienda; antes bien, por ser tenido de todos por hombre modesto, benigno y prudente, le nombraron logothete o recaudador de impuestos entre los cristianos, por cuenta del califa de Damasco, y tan bien supo desempeñar su cometido, que ganó las voluntades aun de los mismos sarracenos y rescató de sus manos a muchos cristianos cautivos, a quienes consoló y ayudó con sus limosnas.

Entre los cautivos rescatados hubo un monje, italiano de nación y de nombre Cosme o Cosmas de Maiuma, varón entero y cuerdo, muy erudito en filosofía y en muchas lenguas y ciencias. Rogóle Sergio que fuese maestro de su hijo y que le educase y enseñase por su mano, porque, según el gran ingenio y buena inclinación que mostraba, esperaba que con tal maestro saldría excelente y doctísimo varón.

Y no se engañó porque, aceptando Cosme el encargo de educar y enseñar a Juan, de tal manera le cultivó y perfeccionó, que era en su mocedad ejemplo de toda virtud y muy aven­tajado en letras, las cuales procuraba armonizar con la humildad. Herma­naba la ciencia con la modestia, de tal manera que, cuanto más crecía por su sabiduría en la opinión de los otros, tanto más profundamente se humillaba y confundía dentro de sí.

Cuando el maestro Cosme le hubo enseñado lo que sabía, pareciéndole que ya el discípulo podía ser maestro, pidió licencia al padre de Juan para irse a vivir y servir a Dios en un monasterio. Aunque de mala gana, Sergio dio la licencia por no contrariar tan santo propósito; y Cosme se fue al monasterio de San Sabas, que estaba en medio del desierto de Judea, donde se encerró y consagró a Dios.

Así empieza la vida de este gran Santo su biógrafo Juan, obispo jerosolimitano, si bien no fundamenta en auténticos documentos lo que escribe, como tampoco el que San Juan Damasceno fuese gobernador de Damasco y otras leyendas relativas al santo doctor. Más verosímil parece, a juzgar por lo que se desprende de recientes estudios históricos, que el Santo fue criado y enseñado de algunos virtuosos sacerdotes. Tal vez heredó el cargo de su padre, antes de ingresar en la laura de San Sabas, en 706, es decir, hacia la edad de treinta y un años. Fue ordenado de sacerdote antes del año 726.

Los Iconoclastas y «El tratado de las imágenes

El demonio, que siempre vela para nuestro mal, perturbó a la Iglesia Católica con una nueva y cruel guerra que levantó contra ella. El emperador de Oriente, León Isáurico, que con malas mañas y tiranía se había apoderado del imperio, era hombre impío, temerario y sacrílego; engañado por algunos judíos, determinó alzar bandera contra la Iglesia y quitar de ella la adoración y culto a las imágenes de Cristo nuestro Señor, de su benditísima Madre y de los otros Santos, que siempre han sido reverenciados en ella.

Tomó esto tan a pechos el malvado emperador, que por el otoño del año 725 publicó el edicto en que mandaba que en todo el imperio se quitasen todas las imágenes de todos los templos, oratorios, capillas y de todos los otros lugares sagrados y profanos; en muchas partes las hizo quemar.

Fue esta muy grande y peligrosa persecución, porque no había quien se opusiese a un león tan bravo y poderoso. Muchos huían y se desterraban de su patria, y , dejando sus casas y haciendas, se entraban por los desiertos, y se escondían en las cuevas y entre las breñas, por no consentir en aquella impiedad. Otros, flacos y pusilánimes, por no perder sus haciendas, perdían sus almas y obedecían al emperador. Algunos, aunque pocos, anteponían el cielo a la tierra, y el mandato de Dios al del hombre, y ofrecían sus vidas al cuchillo por no desamparar la fe católica en que vivían.

Estando las cosas en este lastimoso estado y , andando el emperador León Isáurico como león feroz y desencadenado, dando bramidos contra Dios y despedazando las ovejas mansas de su rebaño, el sumo Pastor movió a nuestro San Juan Damasceno para que, como otro David, defendiese su rebaño.

Y , porque no podía vencer a este león con las armas, tomó la pluma y escribió tres cartas contra el emperador y contra sus impíos mandatos, tan graves, tan eruditas y tan llenas de celestial sabiduría, que más parecían enviadas del cielo que escritas por hombre mortal.

En ellas trata con admirable elocuencia del culto que en la Iglesia Católica se da a los Santos; y que se fundamenta en el respeto o relación que tienen con Dios… Este principio general puede aplicarse a un tiempo al culto de los Santos y de sus reliquias y al de las imágenes en general.

Si veneramos a los Santos es porque son los servidores, hijos y herederos del Señor, dioses por participación, amigos de Jesucristo y templos vivos del Espíritu Santo. Este honor recae sobre el mismo Dios, que se considera honrado en sus fieles siervos, llenándolos de sus favores. Los Santos son los patronos del género humano. No se nos ocurra nunca contarlos entre los muertos, porque viven para siempre, y sus reliquias merecen nuestra veneración.

Además de los cuerpos de los Santos merecen también nuestra veneración, aunque en grado inferior, y por decir relación a Jesucristo y a los Santos,las otras reliquias y cosas santas, como la verdadera Cruz, los demás instrumentos e insignias de la Pasión y las cosas y lugares santificados por la presencia o contacto de Jesús, de la Virgen o de los Santos.

La veneración a las sagradas imágenes tiene muchas y muy grandes ventajas: la imagen es el libro de los ignorantes; es, asimismo, muda pero muy elocuente exhortación a que sigamos los ejemplos de los Santos; es también un canal por donde-nos llegan los divinos favores.

Estas cartas envió Damasceno a muchas partes y procuró que se divulgasen y extendiesen de mano en mano, para que muchos las leyesen y no creyesen que lo que el emperador había mandado era verdad, ni se dejasen llevar de sus espantos y amenazas.

Leyenda de la mano cortada

Tuvo Dios un cuidado especial de aquellos pueblos, a los que impidió cayeran en los lazos de la perdición. León comprendió que las cartas de Juan eran la causa de la resistencia de los cristianos, y determinó vengarse de él con maña y artificio.

Procuró diligentemente hacerse con alguna carta escrita de mano de Damasceno y , en teniéndola, dióla a algunos escribientes hábiles para que la contrahiciesen, lo que hicieron tan perfectamente que quedó como si fuera de propia mano del Santo. Con este engaño y falsedad hizo escribir una carta fingida, en nombre de San Juan Damasceno, para el mismo emperador León, en la que, en sustancia, le decía que se compadeciese de la ciudad de Damasco, que tenía poca gente de guarnición y con la paz estaba descuida­da y fácilmente la podría tener en sus manos.

Apenas tuvo el emperador esta carta en su poder, escribió otra de su puño y letra al príncipe de Damasco, en la que le daba cuenta de cómo había recibido del gobernador de su ciudad un escrito, que junto con la carta le remitía para que viese quién tenía al frente de la ciudadela, y lo poco que se podía fiar de quien tal hacía.

Recibió esta carta el príncipe de Damasco y , después de leerla, llamó a San Juan Damasceno, mostrósela y preguntóle si aquella letra era suya, y él respondió la verdad: que la letra y mano parecía suya, mas que no lo era; y el bárbaro príncipe, sin réplica, le mandó cortar la mano derecha y fijarla en un palo de la plaza, y así se hizo. Estando ya más aplacado el príncipe, envióle el Santo a suplicar que le restituyese su mano derecha.

Túvolo por bien el príncipe y mandó volver su mano a Damasceno. El Santo se entró con ella aquella noche en su oratorio y, postrado delante de una imagen de la Virgen María, juntando la mano cortada con su brazo, comenzó a suplicar a Nuestra Señora con grande afecto y muchas lágrimas que se la restituyese y consolidase. Hecha la oración quedó dormido y , apareciéndosele Nuestra Señora, le dijo:

«Y a estás sano; compónme himnos, escribe mis loores y cumple lo que has prometido».

Despertó él Santo, hallóse sano y con la mano tan pegada y tan fuerte como si nunca hubiera sido cortada; y , lleno de júbilo y de gozo y alegría indecibles, comenzó a alabar a la Virgen María, y esto con tales voces y regocijo, que los vecinos sarracenos le oyeron cantar y , sabiendo la causa, luego a la mañana le acusaron a su príncipe dándole a entender que los ministros de justicia no habían ejecutado en Juan su justa sentencia.

Para averiguar la verdad mandó el príncipe llamar a San Juan Damasceno y que mostrase su brazo y mano cortada. Mostróla el Santo y, por una delgada señal que para testificación del milagro y confusión de los infieles había Nuestro Señor querido quedase en la juntura, se vio claramente que la mano había sido cortada.

Herido del amor de Dios después de tamaño prodigio, San Juan Damasceno repartió su hacienda a los pobres y se retiró al monasterio de San Sabas, donde vivía su maestro Cosme, y se empleó en servir al Señor y alabar a la Virgen Santísima.

Otra leyenda, tan arraigada como la anterior en la Iglesia oriental, es la que refiere que Juan Damasceno colgó una mano de plata como exvoto a la imagen de la Virgen y que dicha imagen fue luego venerada bajo la advocación de «Virgen Damascena» y «Virgen de las tres manos», y guardada como preciosa reliquia.

Lo cierto es que, sea cual fuere su origen, esta imagen tiene historia, sabiéndose que en el siglo XIII el superior de la laura, o monasterio donde vivió Damasceno, la entregó a San Sabas, me­tropolitano de Serbia y muy devoto de Nuestra Señora, y éste hizo de ella donación al soberano de aquel país, llegando a ser la «Virgen Damascena» muy venerada y celebrada en Oriente y en particular en Serbia, donde algunas catedrales, como la de Uskub, están dedicadas a «la Virgen de las tres manos».

En honor a la verdad hemos de decir que ambas leyendas son hoy muy discutidas por autores que no han podido encontrar documentos probatorios, o creen que algunos fidedignos dan motivo para negar su autenticidad. Como meras leyendas las damos; creemos que merecen la estampa por bellas y por representativas.

Su vida en el monasterio

SÍ refiere Juan, patriarca de Jerusalén, la admirable vida de Damasceno en la laura de San Sabas: Para instruirle en las cosas propias de su Instituto, trataron los monjes de darle maestro que se las en­señase, pero no se hallaba quien pudiese serlo de tan calificado discípulo.

Al fin, un santo anciano, sencillo y sin letras, se encargó de él y Juan le tomó como maestro y como a tal le oía y obedecía. Lo primero que hizo el ancianito fue darle los preceptos que siguen:

«Que ninguna cosa hiciese por su propia voluntad; que ofreciese a Dios sus trabajos y oraciones; que procurase lavar las culpas de la vida pasada con lágrimas, que agradan a Dios más que el incienso o cualquiera otro suave olor; que no anduviese vagueando en diversas imaginaciones; que no se envaneciese pensando que sabía mucho; que examinase bien sus pensamientos; que no escribiese cartas sin licencia, ni hablase de otra ciencia o disciplina más que de la que profesaba; que en los casos dificultosos tomase consejo de otro; que tuviese sus deseos en Dios y le pidiese continuamente que santificase su cuerpo y su alma».

Juan recibió estos preceptos con gran humildad y firme propósito de guardarlos fielmente, y así lo hizo.

Un día, en que su maestro quiso probarle, mandóle que fuese a Damasco a vender algunas cestillas de palma que hacían los monjes, y señalóle el precio en que las había de dar, que era doblado de lo que comúnmente se vendían. Hízolo San Juan con gran prontitud y alegría; cargóse de sus cestillas, fuese a la ciudad, entró en la plaza y púsose a venderlas. Cuantos oían el precio hacían burla de él y decíanle mil injurias y baldones, tratándolo de majadero e insensato. Un antiguo criado suyo, que le reconoció, compróle todas las espuertas que traía.

Volvió Juan a su monasterio muy contento por haber obedecido y mortificado el apetito de la vanagloria y estimación del mundo. El anciano, de varias maneras le probaba para hacerle más perfecto y santo, y no le dejaba pasar cosa, por menuda que fuese, sin grave reprensión.

Doctor, poeta y músico

San Juan Damasceno fue a un tiempo filósofo, teólogo, orador ascético, historiador, exegeta y aun poeta y músico. De sus escritos dogmáticos es el principal la Fuente del conocimiento, obra dividida en tres partes.

La primera, llamada Dialéctica, trae lo mejor de la filosofía griega; la segunda es histórica, y trata de las herejías nacidas en la Iglesia en el correr de los siglos hasta la de los iconoclastas, y contiene clara exposición y refutación del mahometismo. La tercera es el voluminoso tratado llamado Exposición de la fe ortodoxa, en el que habla de Dios, de sus obras y atributos, de la Providencia, Encarnación y Sacramentos, compendiando lo que dicen la Escritura y la Tradición acerca de cada uno de estas materias.

Es muy verosímil que este último tratado lo escribiera en el monasterio de San Sabas. De él se guarda una traducción árabe; es un documento importantísimo para la historia de la Teología porque, a pesar de haber en él muchas omisiones, no deja de ser eco fiel de las enseñanzas de los Padres griegos,que precedieron al autor, que es la primera Suma Teológica propiamente merecedora de llamarse tal.

Hace el Santo hincapié más que en otra cosa en el misterio de la Encarnación; su teología marial es irreprochable en todos sus escritos; fiel intérprete de las enseñanzas de los demás teólogos bizantinos, expone de modo admirable muy ortodoxa doctrina respecto a la Inmaculada Concepción y a la perpetua virginidad de María Santísima, a su oficio de corredentora del género humano por su libre cooperación al plan divino, a su Asunción, señorío sobre las criaturas, mediación universal y maternidad de gracia.

Aunque los teólogos bizantinos no lo declaren en sus obras, claramente se echa de ver en ellas que todos bebieron su doctrina en la Exposición de la fe ortodoxa de San Juan Damasceno, el cual escribió todas sus obras con tanta elegancia, que por su grande elocuencia le dieron los griegos el nombre de Chrysarrhoas — que arrastra oro—. Se dice que era muy cuidadoso de enmendar lo que escribía, para que las palabras fuesen medidas, propias y elegantes, las sentencias graves y provechosas, la disposición apta y conveniente, y no hubiese en sus escritos cosa que oliese a ostentación y vanidad.

Es tenido por autor de muchísimos cánticos selectos y populares, algunos de los cuales traen las antologías antiguas y modernas de música religiosa; tiene entre ellos algunos muy hermosos a la Virgen María. También compuso algunas piadosas trovas para pedir el eterno descanso de las almas del purgatorio.

Hay quien cree que el santo monje de San Sabas fue el ordenador del canto litúrgico griego, inventor de la notación musical de su nombre, autor del Octeokos, libro litúrgico que contiene trovas y cánones de la Resurrección, de la Santa Cruz y de la Virgen, escritos en ocho modos musicales,con mucha gracia y sabor antiguos. Un famoso historiador de la música griega dice que «el Canon musical es buena prueba de que San Juan Damasceno sabía el arte con perfección y era maestro de música consumado».

No es de extrañar que así fuera, habiendo tenido tan insigne profesor como San Cosme o Cosmas de Maiuma, cuyo talento como compositor es indudable.

Su muerte y sus reliquias

En el monasterio, San Juan Damasceno gastó el tiempo en la contemplación de Dios, en el estudio de la Sagrada Escritura y en escribir libros para enseñanza de los católicos y refutación de los herejes.

Después de haber vivido muchos años con tan grande ejemplo de santidad y servido al Señor excelentemente con sus trabajos, acabó su peregrinación y se fue a gozar eternamente de aquel Sumo bien que él tanto había amado y a quien tanto había deseado agradar.

Sucedió su muerte, a lo que se cree, a los cuatro días del mes de diciembre del año 748 ó 749. «La Trinidad ha barrido a los tres» — exclamaron los herejes cuatro años después, hablando de San Germán, Jorge de Chipre y San Juan Damasceno; pero el VII Concilio ecuménico de Nicea, en el año de 787, condenó la herejía iconoclasta y declaró solemnemente:

«La Trinidad ha glorificado a los tres».

El cuerpo de San Juan Damasceno permaneció por espacio de casi cinco siglos en el monasterio de San Sabas y después fue trasladado a Constantinopla. En dicho monasterio se guardan dos imágenes del Santo. En una de ellas se le representa siendo ya anciano venerable, con la cabellera blanca y el rostro radiante de hermosura y majestad, inclinado sobre un pergamino, escribiendo y cantando alabanzas a María, cuales las ha conservado la liturgia de la Iglesia griega.

En la otra, que corona la entrada del sepulcro del Santo, está en figura de monje acostado en el lecho de muerte; tiene las manos juntas sobre el pecho y en ellas está recostada una diminuta imagen de María con el Niño Jesús en sus brazos.

En la Iglesia griega celebran esta fiesta el día 4 de diciembre. El papa León XIII, en 1890, mandó que se celebrase en toda la Iglesia a los 27 de marzo con rito doble; y en el mismo año, a los 19 de agosto, la sagrada Congregación de Ritos le proclamó solemnemente Doctor de la Iglesia.

Oración de San Juan de Damasceno para pedir protección a la Virgen

Nadie está en el cielo más cerca de la Divinidad simplicísima que tú, que tienes asiento sobre la cumbre de los querubines y sobre todos los ejércitos de los serafines, y por esto no es posible que tu intercesión sufra repulsa, ni que sean desatendidos tus ruegos.

No nos falte tu auxilio mientras vivamos en este mundo perecedero; alárganos tu mano, para que, obrando las obras de salud y huyendo de los caminos del mal, demos seguro el paso de la eternidad.

Por ti esperamos que,  al cerrar a este destierro los ojos de la carne, se abrirán los del alma para anegarse en aquel piélago de soberana hermosura, de suavísimos deleites, por el cual, ansiosamente, suspiran las almas regeneradas y que nos anunció y mereció Cristo Señor nuestro haciéndonos ricos y salvos.

A El por ti, Señora, rendimos gloria y alabanza, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

 

San Juan Damasceno | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES