27 de agosto: San José de Calasanz


San José de Calasanz


Día celebración: 27 de agosto.
Lugar de origen: Aragón. España.
Fecha de nacimiento: 15 de septiembre de 1556.
Fecha de su muerte: 18 de agosto de 1648.


Contenido

– Introducción
– Estudiante modelo
– Vocación eclesiástica
– Viaje a Roma
– Escuelas pías
– Muerte
– Oración a San José de Calasanz


Introducción

La vida de San José de Calasanz puede compendiarse en estas pocas palabras: fue un sacerdote español de ilustre cuna, que llamado a las más altas dignidades, renunció a toda gloria humana para dedicarse por amor de Dios a la enseñanza y educación de los niños pobres, y que para desarrollar y perpetuar su obra fundó una Orden religiosa a costa de muchas y dolorosas pruebas animosamente sobrellevadas.

Nació José el 15 de septiembre de 1556, en el  palacio de Peralta, en Aragón, de una ilustre y cristiana familia que entroncaba con los primeros reyes de Navarra. Inspiráronle sus progenitores respeto a las cosas santas, amor a Dios y horror al pecado. Cuentan los historiadores de su vida, que ya a los cinco años, sintiendo hervir en sus venas la sangre de sus mayores, empuñaba una diminuta espada y, al frente de sus compañeros, iba por los campos y caminos de las cercanías a hacer la guerra al diablo y
derrotarlo. También por entonces rezaba ya diariamente y con devoción el santo rosario y gustaba lo rezasen con él los de su casa.

Ya algo mayorcito tenía entre su diversiones favoritas la de reunir a sus amigos junto a un altarcito que había arreglado y, desde su pulpito, repetir las lecciones de catecismo que los maestros le habían enseñado.

Además, a imitación de los predicadores excitaba a sus oyentes a amar a Dios y huir del pecado. Terminaba el ejercicio con el rezo del rosario y con algún cántico. En esos actos ponía José tanta piedad y convicción, tal gravedad y compostura, que causaba admiración a las personas mayo­res.

Sabía atraer y retener a sus compañeros con obsequios y regalos. En la familia Calasanz se leía la Vida de los Santos; José escuchaba esa lectura con avidez y delectación y ardía en ansias de imitar la penitencia, piedad y caridad de los héroes del cristianismo. Hallaba modo de mortificar su cuerpo con penitencias ingeniosas en el comer, en el dormir y en variedad de sacrificios y molestias. Privábase a veces de la cama y se acostaba en una mesa.

Ejemplarísimo en la obediencia a sus padres y maestros, fue igualmente tan grande su amor a la pureza desde que tuvo uso de razón, y tal su recato, que ni de su madre se dejaba ver si no estaba del todo vestido. Delicadeza extremada que guió siempre su conducta.

Estudiante modelo

En Estadilla, población cercana a Peralta de la Sal, estudió José Gramática y Humanidades; y en todo el curso de su estudios fue para  sus condiscípulos modelo de virtud y aplicación, de modo que le apelli­daban «El Santito». Y cuando a los quince años terminó los estudios de Retórica, con brillantísimo e indiscutible resultado, era un adolescente perfecto, vigoroso de cuerpo y espíritu, de más que regular talla y de agraciado y noble semblante que respiraba inocencia, talento y valentía.

Tal conjunto de bellas prendas regocijaban a su padre, que en él creía descubrir el futuro capitán émulo de las proezas guerreras de sus mayores. Pero la gloria mundana no conmovía el corazón de aquel joven que sentía los atractivos de una carrera más excelente y sagrada que la de las armas.

Además su hermano mayor Pedro pagaba ya la deuda de familia siguiendo las banderas de su patria y de su rey. Por eso no halló dificultad por parte de su padre para cursar filosofía en la Universidad de Lérida.

¡Gloriosos tiempos de España cuando guerreros, políticos, poetas, sabios y santos en hermandad perfecta de voluntades, emulaban a quién daría más gloria y esplendor a la Iglesia y a la Patria!

Para precaverse contra las pasiones de la juventud y contra los asaltos del demonio, que ya en alguna circunstancia le había acometido en forma visible, trazóse José un reglamento severo y lo cumplió con la mayor fidelidad. Frecuentaba los sacramentos; no hacía más que una comida al día, comida que a menudo se reducía a pan y agua, llevaba cilicio, se disciplinaba, no concedía más que breves horas al sueño, sirviéndole de cama a veces, una silla o el duro suelo, y se entregaba con ardor a la oración y al estudio.

Todavía hallaba tiempo para enseñar la doctrina a los ignorantes, para visitar a los pobres y socorrerlos, para cuidar a los enfermos en los hospitales y predicar la caridad en cuantas formas estaban a su alcance, sin que hubiera trabajos capaces de anular sus santos propósitos.

Los triunfos alcanzados por Calasanz en la facultad de filosofía, fueron verdaderamente extraordinarios, de modo que sus compañeros le eligieron presidente de su cofradía, o, como entonces se decía, «Príncipe de los ara­goneses».

Vocación eclesiástica

Conocidos por su padre aquellos ruidosos triunfos, vino en autorizarle para seguir estudiando en Lérida ambos derechos canónico y civil, movido por sus incesantes ruegos, consintió también en que vistiese traje talar y recibiese la tonsura de manos del obispo de Urgel, en Balaguer, el 11 de abril de 1575. Fue uno de los grandes acontecimientos de su vida.

A partado que hubo ya de su corazón toda esperanza mundana, postróse ante el altar de la Santísima Virgen e hizo voto de castidad perpetua. A los veinte años recibió el grado de Doctor en Derecho canónico y civil, en la universidad de Lérida, de donde, con la venia de su padre, pasó a Valencia para estudiar Teología en la célebre universidad levantina.

Quiso vengarse el enemigo malo, tantas veces humillado por José, y tendióle sutilísimo lazo por medio de una próxima pariente suya; pero el vigilante mancebo esquivó el peligro y frustró una vez más los planes del diablo huyendo lejos de la ciudad. Calasanz había ido a la universidad de Alcalá para terminar los estudios de Teología, cuando un acontecimiento doloroso pareció querer cambiar el rumbo de su vocación.

Su hermano mayor, oficial superior del ejército, acababa de morir sin dejar herederos, y su padre llamó a su segundón, deseoso, sin duda, de que tomase en la familia el lugar que le correspondía. Pero el tesón aragonés del joven teólogo logró, por lo menos, que de momento le permitiese terminar los estudios teológicos.

Obtenido el grado de doctor en esas disciplinas, acudió al palacio de Peralta para consolar a su dolorido padre. Hallábase en sus veinticinco años y no estaba ligado por ninguno de los grados eclesiásticos. Puede colegirse, por tanto, lo que su padre y la familia toda pondrían en juego para persuadirle a que sustituyera a su hermano y contrajese matrimonio, y cuán grande lucha tuvo que sostener el Santo con todos y consigo mismo por el dolor que su resolución causaba a aquel padre a quien amaba con la mayor ternura.

La vocación exige a veces sacrificios heroicos que templan las almas, y José de Calasanzlos hizo y triunfó aun a costa de su corazón; guardó el voto de castidad que secretamente había hecho, y con penitencias, ayunos y plegarias a su madre la Virgen Santísima, logró permanecer fiel a su vocación sacerdotal.

Ayudóle el cielo por medio de una enfermedad tan grave que los médicos habían perdido la esperanza de salvarle. Su buen padre se hallaba abrumado de dolor. Entonces el enfermo le pidió permiso para hacer el voto de ordenarse si recobraba la salud, y apenas obtenido aquel beneplácito, se vio completamente sano. En 1582 recibió los primeros órdenes.

Viaje a Roma

Ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1583, entregóse con alma y vida a cuantas obras de caridad y apostolado estaban a su alcance. Pero donde dejó desbordar toda la ternura de su corazón de hijo amante, fue al prestar a su padre los cuidados más exquisitos en su última enfermedad y al prepararle para comparecer ante Dios.

Sin tener en cuenta su juventud; sólo su valer, el obispo de Albarracín le escogió por confesor. Poco después el de Urgel le nombró Vicario. El bien que hizo a los sacerdotes y fieles de esas dos diócesis por la santidad, ciencia, actividad y prudencia en los negocios durante los ocho años que en ellas ejerció su apostolado, fue incalculable.

El rey de España le tenía destinado un obispado importante, pero el humilde y piadoso vicario general oía frecuentemente una voz interior que le decía: «Vete a Roma, José; vete a Roma». Y a Roma se fue sin ni siquiera sospechar la misión a que Dios le llamaba. Renunció para ello a todos los cargos y beneficios eclesiásticos, repartió entre los pobres una parte de la herencia, dejó lo restante a sus hermanas por una módica pensión, y partió como peregrino pobre y desconocido en 1592.

Inútilmente procuró ocultarse en Roma, porque reconocido por algunos compatriotas suyos, tuvo que presentarse ante el cardenal Marco Antonio Colonna, quien le nombró preceptor de su sobrino el príncipe Felipe.

Aceptó José esa misión en espera de más claras manifestaciones de la Providencia, y en Roma, como en España, desplegó tal actividad y de tal modo se entregó a la oración y a las obras de celo, que sería increíble la labor por él realizada si no se hallase declarada en documentos fidedignos.

Levantábase a media noche para entregarse a larga meditación ante el Santísimo Sacramento, rezaba después de rodillas maitines y laudes, y seguidamente hacía la peregrinación de las siete basílicas de Roma, es decir, de doce a quince kilómetros a pie y sin que el tiempo fuese factor capaz de detenerle en su cotidiano recorrido.

Durante ese tiempo rezaba prima, decía la misa en San Juan de Letrán o en Santa Práxedes, y termi­naba la piadosa romería en San Pedro, donde permanecía a veces horas en oración. Visitar, servir y consolar a los enfermos en los hospitales, a los presos en las cárceles, y a los pobres en los humildes tugurios, ocuparse en sus funciones de preceptor y de teólogo, entregarse al estudio y a nuevos ejercicios de piedad, era más que suficiente programa para ocupar todo el resto del día y principio de la noche. Hacia la una de la tarde tomaba su única comida, reducida con frecuencia a pan y agua.

A vida tan laboriosa y sacrificada, añadía sangrientas disciplinas y ásperos cilicios, régimen durísimo que observó hasta su vejez. Y en la terrible peste de 1596 se entregó de noche y de día al cuidado de los apestados. El amor de Dios que embargaba su corazón le impulsaba ardorosamente a poner por obra cuanto podía contribuir a la salvación de las almas.

«¡Oh, cuánto vale ganar un alma! —repetía con frecuencia— y ¡cuán del agrado de Dios es tan bella em presa! Agregóse a varias cofradías de apostolado y caridad, como la Congregación de la Doctrina Cristiana que tenía por fin reunir a los niños del pueblo todos los domingos para enseñarles la doctrina cristiana y disponerlos a recibir los sacramentos de Penitencia y Eucaristía.

José de Calasanz no se contentaba con los domingos, lo hacía todos los días, y no sólo en la iglesia sino en cualquier parte donde pudiera reunir auditorio, hasta en la plaza pública, y su celo no se limitaba a los niños, también atendía a los obreros, campesinos y mendigos.

Cinco años de ministerio tan humilde como penoso, dieron a Calasanz gran conocimiento de las necesidades del pueblo y le hicieron ver con dolor que muchos niños, por la incuria y pobreza de sus padres, vivían en la más crasa ignorancia de la religión, y que los ya mayores sentían vergüenza de estudiar lo que consideraban propio de niños y, como consecuencia de la ignorancia, vivían en la degradación y en el desenfreno.

Cuando esos desgraciados llegaban a formar una familia, no se ocupaban de que sus hijos se intruyesen en la doctrina, de modo que el mal se agravaba de continuo. Ciertamente no escaseaban las escuelas en Roma, pero los maestros admitían pocos alumnos gratuitos y no se preocupaban lo bastante de la enseñanza de la religión ni la educación moral.

De ahí, para Calasanz, la necesidad urgente de fundar escuelas gratuitas donde aprendiesen los niños las verdades de la religión y se los acostumbrase a la práctica de las virtudes cristianas, aunque sin descuidar la enseñanza de las ciencias profanas que habían de atraerlos y facilitarles medios de ganarse honradamente la vida.

Expuso su idea a varios personajes eclesiásticos, a algunos superiores de Órdenes religiosas y a buenos y celosos maestros, y a todos pareció excelente, pero todos se excusaron, unos porque no podían, otros porque no se atrevían a lanzarse a una empresa que les parecía erizada de dificultades.

De todas sus consultas dedujo Calasanz que la idea que le obsesionaba era del agrado de Dios y había de servir para su gloria, al faltarle el concurso de los hombres, resolvió confiar sólo en la Providencia, y la emprendió sin vacilaciones.

Por fin a los 40 años había dado con su vocación definitiva e iba a ser el fundador de la Orden religiosa que entonces más necesitaba el mundo. Corría el año 1597 y, para disponerse a tan grandiosa misión, decidió marchar a pie en peregrinación a Asís, a fin de recabar la protección del gran Patriarca. Allí, ante la tumba de San Francisco, oró con tal fervor que mereció que se le apareciese el Santo y le invitara a contraer indisoluble alianza con tres vírgenes angélicas que le mostró y que no eran otras que las tres virtudes de Pobreza, Castidad y Obediencia.

Escuelas pías

Sin pérdida de tiempo volvió José de Calasanz a Roma, donde, de acuerdo con el señor cura de Santa Dorotea, abrió junto a esta iglesia, en el barrio popular del Transtévere, una escuela gratuita que muy pronto se vio poblada por un centenar de niños.

Diole ánimos y le bendijo el papa Clemente VIII. Con su dinero y con las limosnas que recogía, compró todo el material necesario: mesas, bancos, papel, libros, etc., y premios que atrajesen a los niños, y que a la vez sirvieran de elemento religioso  educativo.

Prestáronle cooperación algunos hombres de buena voluntad, ya por módica paga, ya por sólo el alimento, ya también, arrastrados por el ejemplo de aquel santo varón, sin retribución alguna y procurándose ellos mismos el proveer a sus propias necesidades.

Como el fin de la obra era ante todo formar a los niños a la piedad, a la virtud y las buenas costumbres, dio el fundador a sus escuelas el calificativo de pías, es decir, piadosas y caritativas, y sus religiosos se llamaron familiarmente «Escolapios», por contracción de las palabras Escuelas Pías —en italiano, Scuole Pie— por el que muy pronto fueron conocidos y designados.

El éxito obtenido por los nuevos maestros fue resonante. Tuvieron que fundar varias casas en Roma, alguna muy importante, como la de San Pantaleón, que llegó a tener más de mil alumnos. Enseñábanles a todos doctrina cristiana, lectura, escritura, cálculo y gramática, y a muchos latín y humanidades.

Los colaboradores de Calasanz aumentaron con el número de niños, y algunos como Gellio Ghellino, Glicerio Landriani y Pablo Curtini murieron en olor de santidad después de una vida enteramente dedicada a la obra. Esos piadosos maestros, a ejemplo de los religiosos, vivían bajo una disciplina común con autorización de Paulo V.

La Congregación de Clérigos regulares de la Madre de Dios, fundada en Luca en 1574 por San Juan Leonardo, se unió en 1614 con los compañeros de Calasanz, con inmenso gozo del piadoso fundador de las Escuelas Pías.

Entonces se introdujo en el reglamento de la naciente Orden un artículo que exigía de los niños que se presentaban en sus escuelas un certificado de indigencia. Muchas familias tuvieron vergüenza de someterse a esa formalidad y el número de alumnos disminuyó rápidamente, y, como consecuencia, los «Padres Luqueses» volvieron a separarse, pero Dios multiplicó la familia Calasancia, que fue canónicamente erigida como Orden regular por el papa Gregorio XV en 1621.

El primero que hizo los votos solemnes fue el mismo José de Calasanz, el cual, para abrazar la pobreza perfecta, renunció a la pensión que recibía de España.

Tomó los pergaminos que acreditaban sus títulos eclesiásticos universitarios y los rompió en tiras, con las que hizo azotes para corregir a los niños indisciplinados, porque en aquellos tiempos sabían los hombres servirse del castigo con inteligencia y sabiduría, según el precepto de los Libros Santos que aconseja servirse de él con oportunidad y caridad.

La Orden de los «Pobres Clérigos regulares de la Madre de Dios y de las Escuelas Pías» —así se llamaba el nuevo Instituto religioso— adquirió rápido desarrollo e hizo por doquier un bien inmenso. Los Príncipes y los Obispos de Italia, Sicilia, España, Austria, Moravia y Alemania, conoce­dores de la obra realizada por la nueva institución, solicitaban a porfía la fundación de escuelas en sus territorios. En 1621, José de Calasanz fundó en Roma el Colegio Nazareno o Colegio de Nobles, que aún subsiste.

Muerte

Pero en este valle de lágrimas no puede hacerse el bien sin lucha con el enemigo de Dios y con las debilidades y flaquezas de los hombres. Si los éxitos de José de Calasanz fueron inmensos y sorprendentes, las tribulaciones, penas y contrariedades a que se vio sometido fueron inauditas, y para narrarlas habría que llenar un no pequeño volumen.

Tenta­ciones de desaliento, sequedades, enfermedades graves que le pusieron a las puertas del sepulcro; un percance en una pierna, en 1601, a consecuencia del cual quedó mal herido para todo el resto de su vida ; enredos con un estafador el cual falsificó su firma y le desacreditó en varias provincias; apreturas; falta absoluta de recursos para el sostenimiento de las obras.

Pero en estos casos, su santidad y confianza en Dios obtenían frecuentes milagros. En cambio, la difusión excesivamente rápida de su Orden, ocasionó dolorosas y muy arduas dificultades.

Llevados del deseo de atender a tantas nuevas fundaciones, los maestros de novicios se mostraron a veces demasiado fáciles para recibir sujetos, y los coadjutores, admitidos a la clericatura, pretendieron llegar al sacerdocio, los criados, a su vez, aspiraron a cargos menos materiales.

Dos intrigantes, hábiles hipócritas, llamados Mario Sozzi y Esteban Querubini, aprovechando en beneficio de su orgullo la ilustración y prestigio de las Escuelas Pías, obtuvieron puesto preponderante en la Orden e introdujeron en ella la irregularidad y la división.

Por último, algunos personajes influyentes se dejaron seducir de tal modo por los enemigos del santo fundador que, no obstante el favorable informe del jesuíta Padre Silvestre Pietrasanta, designado como Visitador, y la benévola opinión de una comisión cardenalicia, el papa Inocencio X creyó de utilidad el reducir la Orden al estado de simple Congregación sin votos, por un Breve de 16 de marzo de 1646.

Tan rudo golpe alcanzó al Padre Calasanz cuando llegaba a los noventa años, pero éste lo sobrellevó con resignación. Dios le glorificó con numerosos milagros fruto de sus oraciones, con el don de profecía y con favores celestiales.

Apareciósele la Santísima Virgen con el niño Jesús en los brazos, rodeada de innumerables ángeles, María y su Hijo Divino miraban complacidos a los niños que con él rezaban y el dulcísimo Jesús levantó su manecita y los bendijo.

Predijo el santo fundador que su Orden sería restablecida diez años después de su supresión y que poco a poco lograría mucho mayor florecimiento, y así se verificó, aunque él no fue testigo en vida de aquella rehabilitación.

Provisto de la bendición papal, dejó santamente este valle de miserias el 18 de agosto de 1648, a la edad de noventa y dos años, después de haberse dedicado durante cincuenta y dos a la educación de los niños.

Toda la ciudad de Roma acudió a sus funerales y numerosos enfermos recobraron la salud milagrosamente. Clemente X III lo inscribió en el Catálogo de los Santos en 1766, Clemente XIV elevó su fiesta a rito doble, y Pío XII lo constituyó patrono de las escuelas populares cristianas del mundo.

Oración a San José de Calasanz

Bienaventurado san José de Calasanz elegido por el Señor para cuidar a los niños y jóvenes para darles amor, refugio, educación y oración, elegido por tus virtudes para formar y educar su espíritu
en la sabiduría, el amor y la piedad, y prepararlos en ante la vida y sus durezas.

San José de Calasanz, tú que lleno de bondad y entrega contribuiste grandemente a la reforma de la sociedad y con infatigable actividad e invencible paciencia animaste a todos los que llamabas tus hijos a la perseverancia, hoy acudo ante ti para rogar por mi hijo(a)

-Decir aquí su petición-

Enséñale a ser una buena persona y que tu ejemplo le sirva para ser mejor. Aléjale de falsos amigos, de malas compañías, de quien quiera dañarle o busque su perdición, aléjale de cualquier vicio o dependencia y de todo enemigo peligro, accidente y mal.

Tú que con amor y devoción te entregaste a Dios Padre y a nuestra Madre, la Santísima Virgen María,
tú que nunca dejaste de confiar en su protección, te ruego lleves hasta Ellos mis suplicas, ruega por mi hijo(a) ……. que necesita ayuda: diles que en su bendita misericordia siempre estén a su lado, pídeles que pongan en su camino gente honesta y que dirijan sus pasos por las sendas correctas.

Suplícales llenen su corazón de fortaleza y sabiduría y goce de buena salud de cuerpo y espíritu. Tu que a tantos niños y jóvenes diste alivio y consuelo haz que no sufra por carencias ni por necesidades,
que sus anhelos y metas se cumplan y su vida esté llena de amor, paz y bendiciones para que alcance la felicidad y la prosperidad.

Por tu humildad, caridad, paz y alegría con los necesitados ahora quiero solicitar tu especial asistencia
en estos momentos que mi hijo(a) ……. pasa por dificultades, ruega a los Cielos que envíen ayuda para remediar este problema que tanto me intranquiliza y causa angustia:

(exponer la necesidad o problema y pedir confiadamente lo que se desea conseguir).

Glorioso san José de Calasanz, por el amor que diste y sigues dando a los niños y jóvenes no dejes que mi hijo(a) pase por esta mala situación, intercede para que mis deseos se hagan realidad y vea en breve solucionado mi sufrimiento y aflicción,que de tu inmensa caridad venga tu auxilio al concederme los favores que a ti pido y de ti espero.

Protege, cuida y ampara a mi hijo(a) hoy y siempre, te lo imploro por la Virgen María, por su Hijo nuestro Señor Jesucristo, por el Padre Eterno y por el Espíritu Santo.

Así sea.

San José de Calasanz | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.