26 de Junio: Santos Juan y Pablo, Mártires


Santos Juan y Pablo

Santos Juan y Pablo (en latín: Ioannes, Paulus) vivieron durante el siglo IV en el Imperio Romano. Fueron martirizados en Roma el 26 de junio según sus actas; ocurrió durante los días de Juliano el Apóstata (361-3).


Día celebración: 26 de Junio.
Fecha de su muerte: 363.


Contenido

– Introducción
– En casa de la princesa Constanza
– Juan y Pablo sustituidos por Ática y Artemisa
– Batalla de Filipólis
– Regreso a Roma
– Embajada y proposiciones de Juliano
– Martirio
– Oración a los Santos Juan y Pablo


Introducción

Eran todavía los días tristes en que la Iglesia, reducida a las Catacumbas, luchaba ardorosamente para mantener los tesoros de la fe. Sin embargo, ya en las Galias iba haciéndose ilustre en hechos aquel gran Constantino que abriría la nueva era de paz y libertad. Nacían, por entonces, los dos hermanos Juan y Pablo, que, bajo el reinado del apóstata Juliano, habrían de sellar con su sangre la fe de Cristo.

Mientras su patria, dirigida por buenos gobernantes, iba por el camino del deber y de la virtud, la sirvieron con su talento y la espada; mas cuando fue víctima de la irreligiosidad, no tuvieron reparo en abandonar sus puestos elevados, para servir a mejor Señor.

La familia de nuestros Santos pertenecía a la más alta nobleza del imperio, siendo patricia su madre y mi padre senador. Herederos de cuantiosísimos bienes de fortuna, recibieron, además, una esmerada educación. Terminados sus estudios, se alistaron Juan y Pablo en el ejército, no tardando en descollar por su disciplina y valor. No se sabe nada más de la juventud de estos dos ilustres varones, pues Terenciano, capitán de la guardia de Juliano el Apóstata, a quien se debe la relación de su martirio, nada nos dice sobre sus primeros años.

En casa de la princesa Constanza

Por la señal de la cruz, el emperador Constantino acababa de conseguir la brillante victoria del puente Milvio contra Majencio, su competidor. Cuando más feliz parecía, permitió Dios que su hija, la princesa Constanza, fuera probada con horrible úlcera. Médicos y cirujanos, después de haberla atormentado largo tiempo, declararon incurable su mal.

Viéndose desahuciada de los hombres, la joven princesa tendió sus mirada al cielo y pidió su curación a Cristo Redentor por intercesión de la bienaventurada mártir Santa Inés. Por su fe alcanzó lo que pedía y aun más, pues, movida por la gracia, decidió renunciar al mundo y consagrar al Señor su virginidad. Suplicó al emperador su padre, le permitiese llevar en la Corte vida austera y cristiana. Constantino, encantado de las disposiciones de su hija, accedió gustoso a la petición y facilitó la ejecución de sus proyectos.

Puso al servicio de su casa personas de reconocida virtud y religiosidad, entre las cuales se distinguían por su bondad, talento, prudencia, distinción y sencillez, los dos hermanos Juan y Pablo. Éste fue nombrado caballerizo mayor y Juan, mayordomo de la princesa Constanza. Ésta había oído a menudo ponderar los méritos de los futuros mártires, pero cuando tuvo ocasión de verlos de cerca, apreció mucho más sus brillantes cualidades y depositó en ellos la más entera confianza.

Juan y Pablo sustituidos por Ática y Artemisa

Por aquel entonces, intentaron los escitas invadir la parte oriental del Imperio romano y después de haber devastado toda la Tracia, amenazaron a Constantinopla, recién fundada por Constantino con objeto de entregar la soberanía de Roma al Vicario de Jesucristo. Viéndose el emperador en la imposibilidad de ponerse él mismo al frente de sus tropas para combatir a los bárbaros, ofreció el cargo de lugarteniente imperial a Galicano, tenido por el general más aguerrido y experto del Imperio, y estimadísimo en la Corte no obstante su calidad de gentil.

Juzgando que no se podía prescindir de él, dos condiciones impuso el ambicioso militar para aceptar el mando que el emperador le confiaba: Ser nombrado cónsul por segunda vez y desposarse con la princesa Constanza. No ignoraba Constantino el voto de la princesa su hija, como también sabía perfectamente que Constanza estaba dispuesta a derramar hasta la última gota de su sangre antes que ser infiel a la palabra empeñada al celestial Esposo.

Por tal motivo, no se atrevía el emperador a insinuar a su hija la pretensión del general; pero, advertida aquélla del cundido en que se veía su padre, acudió ante todo a la oración y luego, presentándose ante él, le dijo:

— Si no estuviera tan segura, señor y padre mío, de que Dios no me abandonará, me inquietaría el dolor que debéis experimentar ante el compromiso en que os pone la exigencia de Galicano. Pero la confianza que tengo en Dios mi Salvador y Esposo, hace que os evite esa aflicción, pues consiento en desposarme con Galicano si regresa triunfador del campo de batalla. Mas para ello he de poner también mis condiciones, a saber: Galicano me confiara las dos hijas de su primer matrimonio hasta el día de nuestras bodas, y él llevará consigo a mis oficiales Juan y Pablo; por ellos podrá conocerme, así como yo le conoceré por medio de sus hijas.

Este convenio agradó extraordinariamente a Constantino, el cual se apresuró a ponerlo en conocimiento de Galicano. Éste lo aceptó y se llevó a la guerra a Juan y a Pablo, dejando a sus dos hijas Ática y Artemisa al lado de la princesa Constanza. Así que Constanza vio entrar en su palacio a las hijas de Galicano, corrió a su oratorio y, postrándose de hinojos y alzando las manos al Cielo, le pidió con instancia la conversión de estas dos almas:

«Señor Dios mío todopoderoso, que por las oraciones de tu santa virgen y mártir Inés me curaste de la Haga incurable, me enseñaste el camino de la verdad, me inspiraste que permaneciese en castidad, y te dignaste admitirme en el número de tus esposas.

Tú Señor, que eres Hijo y Padre de María y recibiste sustento de sus sagrados pechos, siendo Tú el que sustentas al universo; Tú, que creciste en edad, siendo el que da el crecer y aumento a toda criatura; Tú. que creciste en sabiduría, siendo sabiduría eterna; Tú, que eres grande, todopoderoso, infinito y en el tiempo naciste de madre, siendo sin madre engendrado en la eternidad de la sustancia del eterno Padre, Dios de Dios, lumbre de lumbre; Tú, que reparaste el mundo con tu muerte, y que eres juez universal de vivos y de muertos: haz, te suplico humildemente, que estas dos almas que Tú redimiste con tu preciosa sangre, y la de su padre Galicano, se conviertan a Ti y vivan para ti.

Abre, Señor, mi boca para que les sepa decir lo que conviene, y abre sus oídos para que, oyendo mis amonestaciones, ellas y yo perseveremos en castidad y no deseemos otro esposo sino a ti, a fin de que ellas y y o eternamente nos gocemos en tu reino celestial.»

Muchas veces murmuraron esta ferviente plegaria los labios de Constanza, mas su celo apostólico no quedaba satisfecho, y exclamaba: «Ilumina, ¡oh Cristo y único Esposo mío!, con los resplandores de tu fe al alma de Galicano, que quisiera arrebatarme tus castos abrazos».

No tardó el Señor en escuchar estas ardientes súplicas. Las hijas del lugarteniente imperial no sólo se convirtieron a la fe cristiana, sino que, renunciando a las vanidades del mundo, quisieron imitar el ejemplo de la princesa y consagraron al Señor su castidad. Desde entonces las recién convertidas unieron sus oraciones a las de la princesa para pedir la conversión de su padre.

Batalla de Filipólis

Entretanto marchaba Galicano con sus legiones al encuentro de los bárbaros; pero su pensamiento, fijo en Roma, le hacia ya verse revestido de la púrpura consular y yerno del emperador. Los ejércitos enemigos se encontraron cerca de Filipópolis; mucho confiaba Galicano en el éxito feliz de la batalla, pues los soldados, enardecidos por sus arengas, luchaban con gran denuedo, y tanto más cuanto que habían hecho múltiples hecatombes en honor de Marte.

Por otra parte, los escitas, numerosos y valientes, resistieron el choque impetuoso de los romanos y, a su vez, atacaron a éstos con tal ardor que, a pesar de los continuos sacrificios ofrecidos al falso dios de la guerra, los soldados sólo pensaron en la fuga. Juan y Pablo luchaban al lado de Galicano y le defendían contra los golpes del enemigo, y más aun contra la desesperación que ya empezaba a apoderarse de su ánimo.

Cuando vieron que los romanos huían del campo de batalla y que humanamente todo estaba perdido, le hablaron en estos términos: «Marte te abandona, o mejor dicho, nunca pudo servirte porque no es Dios. Promete abrazar la religión cristiana y el único y verdadero Dios te dará la victoria».

Apenas Galicano hizo voto de convertirse al Cristianismo si el cielo le favorecía con el triunfo, cuando vio a su lado a un gallardo mancebo, con una cruz sobre el hombro derecho, que le dijo: «Toma tu espada y sígueme». «Y como yo, obediente a su voz, le siguiese — refería Galicano algunos días después a Constantino— , me vi rodeado por todas partes de soldados armados que me alentaban al combate diciéndome: «Venimos en tu auxilio; entra sin temor en el campo enemigo y no te detengas hasta que llegues a la tienda del rey ». Llegué por fin, merced a los golpes que daban a mi alrededor estos valerosos soldados, y el rey, postrado a mis pies, me pidió que le salvara la vida con cualquier condición que fuese, por lo que yo, movido a compasión, le perdoné a él y a sus soldados».

Regreso a Roma

Acababan Juan y Pablo de ganar para su general una brillante victoria contra los bárbaros, pero más singular todavía fue la que en favor suyo habían conseguido contra el demonio. Galicano reformó su ejército, recibiendo a los que consintieron en abrazar la religión cristiana y rehusando admitir a los que no quisieron abandonar el culto de los ídolos.

A su llegada a Roma, el Senado, la nobleza y el pueblo entero, salieron a su encuentro; mas él, antes de entrar en la ciudad, fue a postrarse sobre la tumba de los Apóstoles y dar gracias al Dios de los cristianos por tan señalado triunfo. Constantino, que poco antes de salir de Roma le había visto ofrecer sacrificios en el Capitolio, se extrañó sobremanera y le preguntó el motivo de su piadoso proceder.

Galicano le refirió entonces los pormenores de su conversión y añadió: «Para alcanzar la victoria me he convertido al Cristianismo, y, como quiero ser perfecto cristiano, he renunciado a mis pretensiones al cargo consular y a la condición de mi matrimonio; pues no quiero que nada me impida consagrarme completamente a Cristo mi Señor».

Al oír estas palabras, le abrazó Constantino con efusión y le contó que sus hijas eran también cristianas y vírgenes del Señor. A su llegada a palacio, Santa Elena, la princesa Constanza, Ática y Artemisa, salieron a su encuentro llorando de alegría y alabando a Dios, autor de tantas maravillas. Esto no obstante, reconocido el emperador a sus señalados servicios, le concedió la toga consular y le decretó los honores del triunfo.

Concluido su cargo, durante el cual dio libertad a cinco mil esclavos suyos, dijo adiós al mundo conforme a su deseo y se entregó a la oración y práctica de buenas obras. Se retiró a Ostia, donde hizo extraordinarias obras de caridad hasta que, arrojado de allí por Juliano, se trasladó a Alejandría. Terminó su santa vida recibiendo la corona del martirio en premio de sus heroicas virtudes.

Su nombre consta en el martirologio romano el día 25 de junio, y en el calendario copto el 19 del mismo mes. Mientras tanto, restituidos Pablo y Juan a la Corte para servir sus empleos en las habitaciones de la princesa Constanza, que los colmó de favores, proseguían con mayor fervor que nunca en el ejercicio de sus devociones y obras de misericordia, distinguiéndose cada día más por sus crecidas limosnas e insigne caridad.

Del favor que lograban con la princesa y el emperador sólo se valían para el consuelo de los desgraciados, pues éstos acudían a ellos como a protectores de huérfanos, padres de pobres y amparo de desvalidos.Muerto Constantino el Grande se mantuvieron en la Corte Juan y Pablo con el mismo valimiento y estimación que habían logrado en vida del emperador, y les conservó en sus empleos aun después que murió la princesa Constanza.

Embajada y proposiciones de Juliano

Luego que subió al trono Juliano el Apóstata, y se declaró enemigo de Jesucristo con propósito de exterminar la religión cristiana, los santos Juan y Pablo dimitieron sus cargos, renunciaron a los honores y, retirándose de la Corte, se dedicaron enteramente al ejercicio de buenas obras.

No ignoraba el Apóstata la virtud y mérito de los dos hermanos, por lo cual había jurado perderlos. Disimuló por algún tiempo, conteniéndole el temor de excitar la indignación del pueblo; pero, noticioso del bien inmenso que por su generosidad hacían a los cristianos perseguidos, les envió un emisario proponiéndoles que volviesen a la Corte para ejercer sus antiguos empleos. Los dos hermanos contestaron de este modo a Juliano:

«Hemos servido a Constantino y a sus hijos porque, no contentos con practicar la virtud en el trono, se gloriaban de ser los servidores de Jesucristo. Mas desde que el mundo ya no ha sido digno de tener tales soberanos, y cuando hasta el trono se han encumbrado la desvergüenza y la apostasía, sería para nosotros un desdoro pertenecer a una Corte sacrílega e impía».

Les envió Juliano un nuevo mensaje para atraérselos a su lado:

«Yo también obtuve en la Iglesia las primeras Órdenes y si hubiera querido, ocuparía en ella lugar preferente; mas, considerando la inutilidad de estos honores, que no pueden dar riquezas, opté por la política y la guerra y, ofreciendo sacrificios a los dioses, he llegado a tener en mi mano el cetro del mundo. Vosotros, pues, que os habéis criado en la Corte, podéis sentaros a mi lado, investidos de las principales dignidades en mi palacio; y tened en cuenta que, si rechazáis mis ofrecimientos, me obligaré a obrar de modo que os pese el desprecio que me hacéis».

Juan y Pablo respondieron:

«No te hacemos la injuria de preferirte a ningún hombre; mas sobre ti está el Señor, que ha creado el cielo y la tierra, el mar y cuanto encierran; rechazamos tu amistad de hombre mortal, para no incurrir en la desgracia de un Dios inmortal».

Juliano, en un arrebato de furor, les concedió diez días de término para que tomasen su partido, asegurándoles que, si pasados éstos no se rendían a su voluntad, él les haría experimentar hasta dónde podían llegar los efectos de su indignación. A lo cual contestaron los valientes servidores de Jesucristo: «Obra como si estos diez días hubiesen ya transcurrido y ejecuta hoy mismo tus amenazas contra nosotros».

Cuando Terenciano, ministro e intérprete del emperador en este negocio, le dio cuenta de esta noble respuesta, Juliano, irritado, exclamó: «¿Acaso piensan ellos que los cristianos van a venerarlos como a mártires?» Levantándose luego, añadió en tono colérico y arrebatado: «Si no vuelven al palacio, dentro de diez días los trataré como a enemigos del Estado».

Martirio

Con la seguridad de que en el plazo de diez días recibirían de manos del Señor la recompensa que tanto ambicionaban, los ilustres confesores de Cristo aprovecharon el tiempo para prepararse al martirio, recibir en su propia casa la visita de muchos cristianos y distribuir todos sus bienes a los pobres. Pasaron los diez días en ejercicios de devoción y buenas obras. Al día siguiente los soldados cercaron la casa y Terenciano llegó también con los suyos a la hora de cenar. Entró en el aposento de los dos hermanos y los halló postrados ante la imagen de Cristo.

Interrumpiendo su oración, les mostró una estatua pequeña de Júpiter, hecha de oro, que llevaba consigo, y les dijo: «Juliano, mi señor, me envía a vosotros por última vez; no os pide Su Majestad que concurráis públicamente a los templos y que en ellos rindáis adoraciones a los dioses del imperio; conténtase con que privadamente tributéis culto al gran Júpiter, cuya imagen os presento; de esta suerte conservaréis vuestros bienes, el honor y la vida».

Juan y Pablo respondieron: «Si ti¿ tienes a Juliano por dueño y señor, gloríate en servirle; por lo que a nosotros toca, no reconocemos más señor que al único y verdadero Dios en tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; Aquel de quien tu amo se atrevió a renegar. Porque ha sido abandonado de Dios, quisiera él que los demás también se precipitaran en el abismo, mas no le seguiremos por el camino de perdición, ni imitaremos su apostasía».

Al oír Terenciano esta profesión de fe comprendió que no podría vencer el valor de los dos hermanos y, cumpliendo las órdenes que había recibido del tirano, hizo degollar a San Juan y a San Pablo, los enterró en los sótanos de su casa y propaló luego la voz de que habían sido desterrados por mandato del emperador. Lo que movió a Juliano a hacerlos morir secretamente, fue el temor de que se levantase algún alboroto en la ciudad y que los dos confesores de la fe fuesen honrados como mártires, por los cristianos.

Entretanto, las almas de nuestros dos héroes fueron a gozar de la visión beatífica. Y el Apóstata recibió pronto el castigo de sus crímenes, pues, habiendo ido a la guerra contra los persas, al año siguiente, día por día, el 26 de junio de 363 murió desastrosamente, blasfemando del nombre de Cristo.

No estuvieron ocultas mucho tiempo las preciosas reliquias de San Juan y San Pablo, pues en tiempo del católico Joviano, sucesor de Juliano el Apóstata, Dios obligó al espíritu de las tinieblas a que las descubriera y a glorificarlas contra su voluntad, haciendo que aquellas personas en quienes había entrado el demonio dieran en ir a la casa de los santos mártires gritando que allí estaban enterrados dos grandes siervos de Dios.

El pueblo, entonces, acudió a la casa y, hallando los cuerpos de San Juan y San Pablo, les tributó los honores de la más ferviente oración. La curación de un hijo de Terenciano, poseído del demonio, determinó la conversión del verdugo de los dos bienaventurados hermanos, el cual, para reparar su horrendo pecado, escribió la vida y glorioso martirio de sus santas víctimas.

Las reliquias de ambos mártires fueron colocadas en la magnífica iglesia que se erigió poco después en el sitio de su misma casa, lugar de su martirio, iglesia que hasta el día de hoy lleva el nombre de los Santos Juan y Pablo, en Roma, y es título cardenalicio. Fue confiada al cuidado de los religiosos Pasionistas en 1773 por el papa Clemente XIV , así como el convento del mismo nombre.

Su esclarecida memoria llegó u ser ilustre en el mundo entero, y la Iglesia ha intercalado sus nombres en el Canon de la Misa y en las Letanías de los Santos. El papa Benedicto XIV , con fecha 21 de mayo de 1728, declaró su fiesta de rito doble.

Oración a los Santos Juan y Pablo

Santos Juan y Pablo, rogad por nosotros.
Amén.

Santos Juan y Pablo | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.