25 de Septiembre: San Fermín de Pamplona


San Fermín de Pamplona

San Fermín de Pamplona (también San Fermín de Amiéns es un santo y mártir, tradicionalmente venerado como el santo patrono de Pamplona, la capital de Navarra. Su muerte podría estar asociada con la persecución deciana (250) o diocleciana (303).


Día celebración: 25 de Septiembre.
Lugar de origen:  Pamplona, Hispania, Imperio Romano
Fecha de nacimiento: Año 272.
Fecha de su muerte: Año 303.
Santo Patrono de: Navarra; Lesaca, Amiens, Cofradías de boteros, Vinateros, Panaderos.


Contenido

– Introducción
– Discípulo de San Honesto
– San Fermín en Amiéns
– Ante los prefectos
– Martirio de San Fermín de Pamplona
– Veneración del Santo
– Oración a San Fermín de Pamplona


Introducción

La época en que vivió y murió San Fermín ha sido muy discutida. Hay quien dice que padeció el martirio imperando Trajano (+ 117), conviene a saber, a principios del siglo II. Los Bolandistas empero, fundamentan su argumentación en los documentos más verídicos de la biografía del Santo, en que interviene San Honesto, discípulo de San Saturnino, y vienen a decir en sustancia, lo siguiente:

San Fermín es posterior a San Saturnino, y fue bautizado por San Honesto, discípulo de San Saturnino. Ahora bien, lo que San Gregorio Turonense refiere de San Saturnino, no permite alejarlo de mediados del siglo III -entre 250 y 260— , ni menos situarlo en siglos anteriores. Por consiguiente, San Fermín no vivió antes de dicha época.

Así opinan también Baronio y otros hagiógrafos. Para historiar su vida, seguiremos paso a paso las Actas de su martirio, escritas, al parecer, por los siglos V o VI. En el tiempo en que la fe cristiana empezaba a florecer por el mundo, había en la ciudad de Pamplona un senador de noble linaje, riquísimo, equi­tativo y pacífico, llamado Firmo. Llevaba vida muy sosegada en compañía de su esposa Eugenia, notable por su rara hermosura y buenas costumbres.

Cierto día pasó Firmo al templo de Júpiter como solía, para asistir a un sacrificio. De repente, en medio de las ceremonias, abriéronse las puertas del templo, y entró en él un extranjero, el cual interrumpió las alabanzas que los idólatras daban a sus dioses con un discurso sobre la falsedad de la religión pagana.

Firmo se escandalizó con aquel hecho y pidió al extranjero que le ex­plicase aquello, lo que hizo el otro muy llana y francamente. Era el interruptor, San Honesto, natural de Nimes, discípulo de San Saturnino, obispo éste de Tolosa de Francia, y, a juzgar por la tradición, discípulo de los Apóstoles.

Firmo era pagano de buena fe, así como dos compañeros suyos llamados Faustino y Fortunato. Los tres convinieron en rogar a Honesto que llamase al obispo de Tolosa, y Honesto accedió a ello de muy buen grado. Pronto se anunció al pueblo la llegada de Saturnino: la fama de sus milagros cundía por todas partes.

A la semana siguiente, los tres primeros senadores de Pamplona, Firmo, Faustino y Fortunato, siguieron a Saturnino, que acabó de enseñarles la doctrina cristiana y los bautizó con sus familias. El mismo día, decretaron la abolición del culto de los ídolos en la ciudad y se trocaron en incansables propagadores de la fe cristiana.

Discípulo de San Honesto

Tres hijos tenían Firmo y Eugenia: dos niños, Fermín y Fausto, y una niña llamada Eusebia. San Honesto se encargó de la educación del primero. Con las lecciones y ejemplos de tal maestro, aquel joven cristiano de diecisiete años salió muy aventajado en letras y virtudes. Más adelante, San Honesto, ya entrado en años, le tomó como compañero de sus viajes apostólicos y, al ver su celo y demás eminentes prendas, le juzgó digno del episcopado y le envió al nuevo obispo de Tolosa San Honorato.

Reconociendo éste en el nuevo clérigo todas las señales del verdadero apóstol y, habiéndole impuesto las manos, díjole públicamente:

«Alegraos, hijo, por haber merecido ser vaso de elección para el Señor. Id por toda la extensión de las naciones, porque habéis recibido de Dios la gracia y funciones del apostolado. No temáis, pues que el Señor os acompaña; pero sabed que tendréis mucho que padecer por su nombre antes de alcanzar la corona de la gloria».

No cabiendo en sí de gozo, vino Fermín a Pamplona y refirió a San Honesto todos aquellos sucesos. Lleno de santo celo por la gloria de Dios, emprendió la tarea de evangelizar a todo el pueblo navarro, lo cual logró en breve espacio de tiempo; pero, no bastándole esto para aplacar su sed de ganar almas para el cielo, traspuso los confines de su diócesis e, internándose en Francia, después de haber dejado en Navarra gran número de santos sacerdotes que consolidaron su obra, predicó allende los Pirineos la santa doctrina de Jesucristo. Tenía por entonces unos treinta y un años.

A juzgar por las Actas de su martirio, ésta debió ser la vida de San Fermín antes de su salida definitiva de Pamplona. Algunos hagiógrafos mojemos la simplifican diciendo que le convirtió San Saturnino cuando vino a predicar el Evangelio a Pamplona, y que, después de bautizarle, le ordenó de sacerdote y le nombró sucesor suyo en la sede de aquella ciudad.

Esta manera de juzgar está acorde con el sentir de los pamploneses, que cuentan a San Fermín como a su primer obispo. Según parece, San Fermín empezó su apostolado en el mediodía de las dalias. Al llegar a la ciudad de Agennum — hoy en día Agen— , donde reinaba todavía el paganismo, se encontró con un santo sacerdote llamado Eustaquio. Permaneció una temporada en su compañía ayudándole a cultivar en aquellas comarcas la fe que en ellas había sembrado poco antes San Marcial de Limoges.

De Agen pasó al país de los arvernos y se detuvo cerca de la capital, que era Augustonem etum —Clermont Ferrand— . Los dos más ardientes sectarios de los ídolos, Arcadlo y Rómulo, no dejaron piedra por mover para mermar e impedir del todo el gran fruto que cosechaba el Santo con su predicación.  Fermín entabló con ellos largas controversias sobre la falsedad de los ídolos y, finalmente, salió victorioso de aquella pelea. Los dos idólátras abrazaron la verdadera religión, abjuraron la suya vana, y luego trajeron a muchísimos paganos a alistarse bajo la bandera de la cruz de Cristo.

Cuando Fermín dejó al país de los arvernos, la mayoría de los habitantes profesaba ya el cristianismo. Pasó de allí al país de los angevinos, donde el obispo Auxilio le tuvo en su compañía por espacio de quince meses. Predicó en la ciudad y en todo aquel territorio, y convirtió en él a infinitas almas.

Una cosa traía inquieto por entonces al enviado del Señor. San Honorato de Tolosa le había predicho grandes padecimientos, y hasta entonces sólo había experimentado alegrías y consuelos, en cuya comparación parecíanle ligerísimas las fatigas de los viajes y del apostolado, y así, anhelaba que se cumpliera la profecía de quien le consagrara obispo.

Tuvo a la sazón noticia de que Valerio—gobernador de los belovacos, en el territorio de Beauvais— perseguía sañudamente a los cristianos, y conmovióse al oír el doloroso relato de sus tormentos. Ansioso de conquistar él también la palma de mártir, partió para dicha comarca y evangelizó a su paso todo aquel país. Los paganos le encarcelaron.

Ya aguardaba gozoso el momento de dar su sangre por Cristo, cuando el pueblo lo sacó violentamente de la cárcel. Aquí nos apartaremos del relato de las Actas y echaremos mano de algu­nos documentos sacados de tradiciones locales que, a lo menos, tienen como fundamento de crédito el ser muy antiguas.

Fermín usó de aquella libertad para anunciar sin demora la verdadera fe en el país de los caletos, y logró entrar en Beauvais. Empezó entonces a predicar con intrépido celo a los fieles de aquella Iglesia, abandonados a sí mismos desde el martirio del obispo San Luciano, y a alentarlos y esforzarlos en medio de los peligros y persecuciones.

Creía Valerio haber anegado el cristianismo en sangre, pero hubo de quedar pasmado cuando supo que, gracias al celo de otro Luciano, la nueva religión amenazaba segunda vez con invadir la ciudad. Juró por los dioses derramar nuevamente ríos de sangre cristiana. Llamó al apóstol San Fermín a su tribunal y, por confesar valerosamente la fe de Cristo, hizóle azotar con crueldad, cargar de cadenas y echar en una cárcel oscura y hedionda.

Fermín vislumbraba ya radiante de gozo la palma del martirio. Pero el Señor dispuso las cosas de otra manera. Las iniquidades de Valerio llegaron a su último colmo, y la sangre de los inocentes clamaba venganza. El cruel perseguidor pereció desastradamente en un alboroto popular. Su sucesor, Sergio, le imitó en la crueldad y pereció también de muerte repentina y desgraciada.

Los cristianos se aprovecharon de aquellos sucesos para sacar de la cárcel a su amante Pastor. San Fermín volvió a predicar con increíble celo y valor, y aun se atrevió a edificar en el centro de la ciudad pagana una iglesia dedicada al protomártir San Esteban.

Encendióse otra vez el fuego de la persecución. Los cristianos, empero, no querían que la Iglesia perdiese tan valeroso defensor, y obligaron a su intrépido obispo a dejar aquella ciudad. El pontífice llevó la buena nueva de la fe cristiana a los alrededores de Beauvais; allí le dejaron en paz sus enemigos.

Finalmente, viendo que no podía dar su vida por Cristo en aquel lugar, pensó en ir a evangelizar los pueblos del norte de las Galias, que aun vivían en el paganismo. «Vámonos más lejos — dijo— ; vamos a tierras de los ambianos y de los morinos, que derramarán nuestra sangre».

San Fermín en Amiéns

El día 10 de octubre llegó Fermín cerca de la capital de los ambianos. Refiere la tradición que se detuvo en el lugar donde hoy día se halla la plaza de San Martín. Paróse frente al bosque sagrado y la fortaleza,
como para retar al templo de Júpiter, y predicó, por vez primera, a los ambianos admirados, la buena nueva del Evangelio. Un senador principal llamado Faustiniano le acogió con júbilo en su casa. San Fermín bautizó a su familia y recibió al mismo senador entre sus catecúmenos.

Emprendió la evangelización de aquellas comarcas con incansable celo. Juntaba a la gracia de su elocuencia el testimonio invencible de los mucho y estupendos milagros que el Señor por él obraba. Cierto día se llegó al Santo un tal Casto, que era tuerto; Fermín le devolvió el ojo enfermo con sólo invocar sobre él las tres personas de la Santísima Trinidad. Al siguiente día curó a dos leprosos.

Enfermos de todas clases: ciegos, cojos, sordos, mudos, paralíticos y posesos cobraban cada día la salud del alma junto con la del cuerpo. Fácilmente se concibe que con tales argumentos pudiese el nuevo apóstol convertir a más de tres mil hombres en los tres primeros día que estuvo en la ciudad.

Cuando Sam arobriva — la antigua Ambriano, hoy día Amiéns— fué ya ciudad cristiana, salió de su muros el santo apóstol para evangelizar las demás ciudades de la región. También efectuó algunos viajes apostólicos a Morinia, y predicó el Evangelio en las ciudades de Teruana, Boloña, Montreuil y parte de Ponthieu.

No obstante, Amiéns seguía siendo la ciudad predilecta. A menudo repetía al pueblo estas palabras: «Hijos míos, sabed que Dios Padre, Criador de cuanto existe, me envió a vosotros, para que purifique a esta ciudad del culto de los ídolos, predique la fe de Cristo, crucificado en la flaqueza de la carne, pero vivo por la gracia y poder de Dios».

A poco de llegar quedaron desiertos totalmente los templos de Júpiter y Mercurio.

Ante los prefectos

Sebastián y Lóngulo gobernaban a la sazón la provincia de la Galia Bélgica, a la que pertenecía Samarobriva. Fueron a ellos los sacerdotes de Júpiter y acusaron a Fermín y a sus discípulos de mil crímenes contra los dioses. Trasladáronse ambos presidentes a Amiéns, y mandaron que todos los ciudadanos se juntasen en el pretorio en el plazo de tres días.

Cuando ya todos estuvieron congregados, Sebastián arengó a la muchedumbre en estos términos: «Los sacratísimos emperadores han mandado que el honor y el culto debidos a nuestros dioses inmortales se guarden religiosamente en toda la extensión del imperio, en todas las partes del mundo, por todos los pueblos y naciones.

Ofrézcaseles, pues, incienso en estos altares, y tribúteseles veneración conforme a la antigua usanza de los príncipes. Si alguien intentara desobedecer los decretos de nuestros santísimos emperadores, o resistirse a cumplirlos de cualquier manera, sepa que le haremos padecer toda clase de tormentos y, a tenor de los decretos de los senadores y príncipes de la República romana, le condenaremos a pena de muerte».

Auxilio, sacerdote de Júpiter y Mercurio, habló seguidamente:

—Hay entre nosotros — dijo— un pontífice de los cristianos, el cual no solamente trata de apartar a la ciudad de Amiéns del culto y religión, sino que parece querer arrancar el imperio romano y la tierra entera al culto a los dioses inmortales.

—¿Quién es ese impío? —preguntó Sebastián.

—Se llama Fermín —repuso Auxilio— ; es un español muy hábil, elocuente y sagaz… Predica, y aleja de tal manera al pueblo de nuestra religión, que ya no se acerca nadie a orar y ofrecer incienso en los sagrados limpios de Júpiter y Mercurio; a todos los senadores los arrastra a que abracen la religión cristiana. Si no atormentáis a este hombre con los más grandes suplicios para escarmiento del pueblo, dentro de poco será un grave peligro para toda la república. Mandad que parezca el culpable en vuestro tribunal, delante de todo el pueblo.

Mandó Sebastián a sus soldados que prendiesen a Fermín y se lo trajesen a los dos días a los juegos del circo, cerca de la puerta Clipiana.

Al saber el valeroso mártir que los soldados le buscaban, presentóse de por sí en el pretorio, y aun antes de que le interrogasen proclamó ante sus jueces que era menester adorar a Jesucristo y abolir el culto de los ídolos.

—¿Eres tú por ventura ese malvado, ese impío que pretende destruir los templos de los dioses y apartar al pueblo de la religión de los sacratísimos emperadores? — le preguntó Sebastián— . Dime. ¿cómo te llamas y cuál es tu patria y estado?

—Me llamo Fermín; soy español, senador y ciudadano de Pamplona; cristiano por la fe y la doctrina. Soy obispo, y fui enviado a predicar el evangelio del Hijo de Dios, para que sepan los pueblos y naciones que no hay ni en el cielo ni en la tierra otro Dios sino el que sacó todas las cosas de la nada y a todas las conserva y gobierna.

Los Ángeles y las Virtudes celestiales le rodean; en su mano están la vida y la muerte, y es todopoderoso. Toda rodilla se inclina ante Él en el cielo, en la tierra y aun en los infiernos. Humilla o destruye los imperios; rompe los cetros de los reyes. Las generaciones pasan y se mudan en torno suyo: sólo Él es inmutable y permanece inmóvil frente a la movilidad de los siglos.

Respecto a los dioses que adoráis, influidos por los pérfidos demonios, son vanos simulacros sordos, mudos e insensibles que engañan a los hombres y precipitan a sus adoradores al fondo del infierno.

Declaro, pues, libremente, que son hechuras del diablo a las que debéis renunciar si no queréis ser tragados vosotros mismos por los eternos abismos donde gimen las potestades infernales. Embravecióse el cruel Sebastián al oír tales palabras:

— En nombre de los dioses y diosas inmortales y de su le dijo— , te conjuro a que dejes tu locura y no desprecies la religión que profesaron tus antepasados; de lo contrario, tiembla ante los tormentos que te aguardan y la ignominiosa muerte que padecerás en presencia de esta muchedumbre.

— Has de saber —repuso Fermín— que no me arredra ni tu persona ni los tormentos; antes me duelo sobremanera de tu locura y vanidad. ¿Cómo te atreves a pensar que la diversidad y multiplicidad de tormentos pueden hacer temblar a un siervo de Aquel que es Dueño del mundo?

Junta cuantos suplicios te agrade: el Señor, en proporción de ellos, me dará su ayuda para que logre la corona de gloria imperecedera. No quiero, huyendo de los tormentos con que me amenazas, perder la eterna bienaventuranza que el Hijo de Dios me tiene reservada en su reino. Tú, en cambio, serás condenado a las llamas eternas del infierno, a causa de la crueldad con que tratas a los siervos de Jesucristo.

Todos los presentes quedaron maravillados al ver la constancia del mártir y la firmeza de sus respuestas. De pronto se produjo fuerte tumulto en aquella muchedumbre: acordóse el pueblo de los grandes milagros que obraba Fermín cada día, y quiso arrebatarle violentamente de manos del presidente.

Temió Sebastián que aquella gente se amotinase contra él; dió por terminado el juicio, y dejó libre al santo obispo. Empero, secretamente mandó a los soldados que le detuviesen al poco tiempo, le degollasen de noche, y ocultasen su cuerpo para que los cristianos no lo venerasen.

Martirio de San Fermín de Pamplona

Con el mismo ardor que antes siguió el Santo predicando en aquella ciudad; pero a los pocos días detuviéronle los soldados y le encerraron en lóbrega cárcel; y a la noche personáronse allí los verdugos para cumplir las órdenes de Sebastián.

Viólos llegar el valeroso confesor; inmediatamente cayó de rodillas derramando lágrimas de gozo, y oró al Señor con esta súplica: «Gracias te doy, ¡oh Señor Jesucristo, soberano remunerador de todo bien y mansísimo Pastor, por haberte dignado admitirme en la sociedad de tus elegidos. ¡Oh Rey piadoso y clemente!, vela por cuantos llamaste a la fe por mi predicación, y dígnate oír las preces de cuantos te invocaren en mi nombre».

Al acabar su oración, un soldado le degolló en la misma cárcel. Con este tormento murió San Fermín, primer obispo de Amiéns, a los 25 de septiembre, fecha mencionada por la tradición de los antiguos martirologios. Faustiniano, senador cristiano de Amiéns, tomó secretamente el cuerpo del mártir, al que dió honrosa sepultura en un sepulcro nuevo. Más adelante, otro San Fermín, confesor, edificó sobre el sepulcro de San Fermín, mártir, una iglesia dedicada a la Virgen María.

Veneración del Santo

El recuerdo del lugar preciso donde estaba enterrado el invicto mártir fué extinguiéndose en el correr de los siglos. Pasados cerca de quinientos años, siendo obispo de Amiéns el bienaventurado San Salvio, tuvo noticias ciertas de que el cuerpo del glorioso mártir español había sido sepultado en la iglesia de la Virgen María, edificada por el obispo San Fermín, confesor, hijo de Faustiniano.

Ardía San Salvio en deseos de ver y venerar las reliquias de su insigne predecesor. Convocó cierto día a todo el pueblo, y exhortóle a orar para que el Señor se dignase revelarle el lugar del sepulcro del Santo.

Publicó asimismo un ayuno general de tres días, pasados los cuales, vió que salía un rayo luminoso del lugar donde estaba el sepulcro de San Fermín. El mismo San Salvio, luego de dar gracias a Dios, tomó
un azadón y comenzó a cavar hasta que dió con el sagrado cuerpo.

Por los años de 1110, siendo obispo San Godofredo, el cuerpo de San Fermín fue depositado en un relicario preciosísimo. Cinco años más tarde, fué casi reducida a pavesas la ciudad de Amiéns; la iglesia de San Fermín —entonces catedral— permaneció intacta.

A fines del siglo XII, siendo obispo Teobaldo de Heilly, las sagradas reliquias fueron encerradas en otra urna, que aun existía poco antes de la Revolución francesa.

La provincia de Navarra, y sobre todo la ciudad de Pamplona, de la que es patrón muy querido y venerado, celebran su memoria con cultos solemnísimos y festejos populares el día 7 de julio.

Oración a San Fermín de Pamplona

Glorioso mártir San Fermín de Pamplona,
por el gran amor que has tenido a Jesús y a María,
alcánzanos la gloria de conocer,
amar y servir a Dios como tú lo hiciste.

Por la singular limpieza de corazón y alma con que viviste,
enséñanos a huir de todo pecado.

Por la confianza que tuviste en Dios,
enséñanos a aceptar siempre su voluntad.

Por tu dichosa muerte,
alcánzanos la gracia de vivir y morir cristianamente
amando la cruz hasta el final.

Aquí se hace la petición.

Oh Dios, que nos has dado en el glorioso mártir San Fermín,
un insigne defensor de la fe católica,
concédenos la gracia de predicar el Evangelio como él hizo,
llevando una vida intachable, humilde,
de acuerdo con el mensaje de la fe y amor que anunciamos.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

San Fermín, ¡ruega por nosotros!

San Fermín de Pamplona | Fuentes
La vida de los Santos por Butler