24 de Septiembre: San Gerardo Sagredo, Obispo y mártir


San Gerardo Sagredo

San Gerardo Sagredo fue el primer obispo de Csanád en el Reino de Hungría desde alrededor de 1030 hasta su muerte. La mayor parte de la información sobre su vida se conservó en historias que contienen la mayoría de los elementos convencionales de las biografías de santos medievales.

Nació en una familia noble veneciana, asociada con los Sagredos o Morosinis en fuentes escritas siglos después. Después de una grave enfermedad, fue enviado al monasterio benedictino de San Giorgio a la edad de cinco años. Recibió una excelente educación monástica y también aprendió gramática, música, filosofía y derecho.


Día celebración: 24 de Septiembre.
Lugar de origen: Venecia, Italia.
Fecha de nacimiento: 23 de abril de 977.
Fecha de su muerte: 29 de agosto de 1046.


Contenido

– Introducción
– Rumbo a Oriente
– Episcopado
– Firmeza
– Martirio
– Culto y reliquias
– Oración a San Gerardo Sagredo


Introducción

San Gerardo Sagredo es uno de los muchos patronos de Hungría. Conocemos su vida por dos testimonios de muy distinto valor; es el primero de autor anónimo, casi contemporáneo del santo obispo y que, por lo tanto, pudo conocerle en su juventud, aunque sus escritos son posteriores al año 1083, fecha del descubrimiento de las reliquias.

Debemos el segundo, publicado en Venecia en 1597, a Arnoldo Wion, benedictino fiamenco. Presenta éste muchos menos visos de verdad en los hechos relatados. Seguiremos, pues, como más segura, la primera fuente.

Nació San Gerardo Sagredo en Venecia, probablemente por los años 970 ó 980. Una tradición no anterior al siglo XV, y de la cual se hace eco un documento local, lo da como verdadero descendiente de la familia Sagredo, aunque no prueba su aserto, por lo que su veracidad permanece velada por la incertidumbre.

Mas de cualquier modo que sea, dejándonos de disquisiciones cronológicas, podemos afirmar que ya desde su más tierna infancia señalóse Gerardo por su piedad angelical, lo que indujo a sus progenitores a llevarlo, cuando frisaba apenas en los cinco años, a los monjes benedictinos de la abadía de San Jorge el Mayor, en Venecia, con encargo de educarle e instruirle en las ciencias divinas y humanas.

Únicamente algún suceso maravilloso y para nosotros ignorado, seria la clave que nos permitiera explicar el hecho de su admisión, siendo tan niño, en Orden tan seria como la Benedictina, hecho que, por otra parte, no nos atrevemos a afirmar.

De talento precoz, emprendió con ardor el estudio de las ciencias humanas, contentísimo de poder unir a sus ocupaciones el servicio del altar. De este modo hermanó perfectamente el cultivo de los piadosos sentimientos de su corazón con el de las ideas de su despejada inteligencia.

Difícil es comprobar, como ya hemos dicho, el ingreso de Gerardo en la citada abadía benedictina y su profesión en la misma, sin que ello implique imposibilidad alguna. Lo que podemos dar como seguro es que Gerardo no fué nunca abad de su monasterio; y, si hubo un tal Gerardo de Sagredo como abad de San Jorge el Mayor de Venecia, no debe confundirse con nuestro biografiado, porque bien pudo ser su homónimo en nombre de pila o de religión.

Cuéntase también que, siendo Gerardo todavía adolescente, y en vista de sus virtudes, unidas a la nobleza de su sangre, se le ofreció una silla canonical por el Cabildo de la basílica de San Marcos de Venecia; pero también en este punto carecemos en absoluto de pruebas.

Rumbo a Oriente

Impelido por la gracia, resolvióse Gerardo a seguir el ejemplo de los muchos cristianos de Italia y de Francia que se encaminaban en peregrinación a Tierra Santa, a principios del siglo XI. Reunió compañeros de camino y marchó a Jerusalén para venerar las huellas de Nuestro Divino Redentor. Sucedía esto probablemente hacia el año mil.

Llegaron los peregrinos a Hungría, donde reinaba a la sazón el ilustre San Esteban, que había recibido el título de duque en 997 y que, tres años más tarde, había de ceñir la corona real. Cual celoso apóstol destruía Esteban los templos de los ídolos e implantaba, al mismo tiempo que el lábaro santo de la fe católica, la verdadera civilización en medio de un pueblo yacente todavía en la barbarie.

Buscaba desde hacía mucho tiempo, obreros apostólicos para desbordar la tierra que el Señor le confiara. Ansiaba también por su parte Gerardo saciar su ardiente sed de santidad en la contemplación e imitación de las heroicas virtudes del santo rey; éste a su vez no tardó en apreciar el valor del inmenso tesoro que el cielo acababa de enviarle, y logró persuadir a Gerardo a que permaneciese en su territorio y a que despachase con buenas razones a sus compañeros de romería.

Preséntanos la Historia, con riquísima variedad de pormenores, la peregrinación del siervo de Dios a Tierra Santa, su permanencia en el Monte Carmelo, la misión confiada a Gerardo por el patriarca de Jerusalén para los príncipes cristianos de Europa, su viaje a Roma, en donde el papa Benedicto VIII encargó a su vez al joven veneciano otra misión para el emperador de Alemania, San Enrique II; por lo cual no nos detendremos en referir episodios edificantes, pero desprovistos muchos de ellos de sólido fundamento; bastante amenidad se contiene en la narración histórica.

No había, sin embargo, llegado la hora de emprender la evangelización metódica de Hungría: era necesario primeramente pacificarla. Esperando, pues, el momento propicio y atraído con vehemencia por el espíritu divino hacia la soledad, retiróse Gerardo a un lugar apartado, conocido con el nombre de Boel o Beel, en la diócesis de Veszprem, donde, cual otro Moisés, con los brazos de continuo tendidos al cielo, imploraba la conversión del pueblo húngaro.

Unía a su fervorosa oración las más rigurosas penitencias: áspero cilicio ceñía en derredor de sus carnes y el duro suelo servíale de cama. Disciplinábase sin compasión como si fuera el peor de los malhechores. En este retiro y en tal género de vida, pasó siete años. Y , aunque embebida en tanto su alma en las dulzuras y estáticos coloquios celestiales, no dejaba de sentir las violentas acometidas del demonio y el aguijón de la carne.

Dignóse Dios recompensar tan excelentes virtudes con notables prodigios. En las desérticas asperezas de Beel —dice un hagiógrafo— acercábanse al ermitaño los ciervos para servirle, como en otro tiempo servía el cuervo al profeta Elias, y obedecíanle las fieras como a Adán en el Paraíso.

Episcopado

Se había fortalecido el alma de Gerardo con nuevos acopios en los ejercicios de tan largo y fervoroso retiro y, templadas ya sus armas espirituales, se encontraba preparado para nuevos combates. Cedió, pues, a las instancias del rey Esteban, que le suplicó volviera a iluminar y a civilizar a su pueblo y se consagrara con todas sus fuerzas al ministerio de la evangelización.

A pesar de su ferocidad, los idólatras húngaros, amansados en parte por la gran lealtad del Santo, experimentaron en poco tiempo los maravillosos efectos de su palabra. Para hacerla más eficaz, el celoso misionero imploraba sin cesar el socorro de la Virgen María, a quien honraba con culto especial imponiéndose en su honor las más rigurosas penitencias.

A principios del siglo XI, para apresurar San Esteban la conversión de su reino, había dividido a Hungría en obispados por él mismo dotados, y su iniciativa fue ratificada y plenamente aprobada por el papa Silvestre II. En estas condiciones fue promovido Gerardo a la silla de Csanad, donde se consagró con sin igual ardor a la salvación de las almas cuyo cargo tenía.

Viósele recorrer los campos del reino para anunciar la fe, y ponía Dios en sus labios tanta elocuencia y en sus palabras tanta suavidad, que convirtió a gran número de almas. El progreso de la fe se atestiguaba por la afluencia a las iglesias; y las poblaciones, poco antes idólatras y bárbaras, aprendían a amar a Dios sobre todas las cosas y a los hombres como a hermanos, Csanad se enriqueció con una basílica suntuosa, dotada con inmensos beneficios por la largueza de San Esteban.

No podía Gerardo olvidarse de Aquella a quien se había consagrado en sus más tiernos años. No contento con dedicar a María una capilla particular, estableció en la semana un día, el sábado, consagrado especialmente a honrarla; piadosa costumbre que después se extendió a muchas iglesias.

En dicho día reuníase con todo el clero ante la imagen de María para cantar algún himno mañano. Por el celo de Gerardo, fue puesto todo el reino bajo la poderosa protección de la Madre de Dios. Era tal su respeto por Ella, que no pronunciaba su nombre sino de rodillas y besando el suelo.

De tal modo sentía devoción a María que si algún pecador imploraba perdón en nombre de la Madre de Dios, derramaba Gerardo abundantes lágrimas y como si fuese culpable él mismo, imploraba misericordia con extraordinario fervor.

Brillaba de un modo especial en el corazón del devoto de María su admirable caridad. Ricos y pobres acudían a él; unos, en busca de consejos; otros, para implorar su caridad bienhechora. No apartaba de su vista el ejemplo del Hijo de Dios, que quiso, por amor nuestro, vivir pobre. Desprendíase Gerardo de todos sus bienes para dárselos a los menesterosos.

Presentóse cierto día un leproso en el palacio del obispo; no sabiendo éste con qué socorrerle, pues todo lo había entregado, hizo descansar al pobre en su lecho. ¡Oh poder ingenioso de la caridad que siempre indaga y halla nuevas maneras de socorrer al prójimo! ¡Cuántas veces se le vio durante la noche salir del palacio y dirigirse a la cercana colina, cortar leña y acarrearla él mismo, tanto para ejercitar su humildad como para aliviar a sus criados!

La intensidad de sus trabajos apostólicos le había ocasionado una gran debilidad; por lo que, no pudiendo andar, solía hacerse trasladar en un carretón.

Aconteció un día que, el conductor, sea por descuido o por malicia, le dejó caer, y causóle con esta caída grandes dolores. Impulsado por un primer movimiento irreflexivo de impaciencia, ordenó a sus sirvientes que castigasen al culpable. Mas, ¡cuál no fue su dolor al ver que los criados, propasándose, habían atado momentos después al desgraciado conductor a un árbol y teníanle ya con los espaldas cubiertas de sangre!

Ante el triste espectáculo, afligidísimo, arrojóse a sus pies, pidióle perdón con lágrimas en los ojos, besó sus heridas y le despidió después de haberle colmado de regalos.

Firmeza

En medio del progreso siempre creciente del catolicismo en Hungría, Dios llamó a Sí en el día de la Asunción del año 1038 al rey San Esteban. Para substituirle, fue elegido un hijo de su hermana, llamado Pedro. Era éste de carácter afeminado, poco amante de la justicia y entregado por completo a sus pasiones, por lo cual fue pronto objeto del mayor desprecio para todo el pueblo.

Su corazón, ya endurecido en el mal, no se dejó conmover por los paternales consejos de Gerardo. Después de tres años de escandaloso reinado, fue destronado por sus súbditos. Los húngaros pusieron entonces los ojos en Aba o Samuel, primo de San Esteban, y le proclamaron rey.

Al principio los católicos pudieron con justo título fundar en él las mejores esperanzas; pero pronto también precipitóse éste con tanto ardor por la pendiente del vicio, que se llegó a echar de menos a su predecesor. Sospechando que algunos nobles se proponían reponer a Pedro en el trono, hízoles ahorcar en su presencia sin darles ningún medio de defensa.

Tintas aun las manos en la sangre de sus víctimas, pidió a Gerardo, decano de los miembros del episcopado —y tal vez en ausencia del Arzobispo— , que le coronara el día de Pascua de 1042. El obispo de Csanad se negó con firmeza, mas no faltaron quienes tuvieron la triste osadía de ofrecerse a satisfacer tan culpable deseo.

Nada pudo Gerardo contra la violencia, pero al menos manifestó las protestas de su corazón indignado. En el día prefijado para la coronación, con el alma llena de indignación santa y olvidando por esta vez su habitual mansedumbre, subió al púlpito y, ante la multitud toda, dirigió al rey estas enérgicas palabras:

«Príncipe, la Iglesia ha instituido el santo tiempo de cuaresma para que los pecadores hagan penitencia. No has pedido perdón a Dios de tus crímenes; por ello te declaro ante su augusta presencia y ante el pueblo, indigno de ser llamado con el dulce nombre de hijo; tu cólera no me arredra y estoy dispuesto a morir ahora mismo, si es necesario, para vengar el honor de mi Dios; te predigo, sin embargo, que en el tercer año de tu reinado la espada que tan cruelmente has empleado contra tantos otros se volverá contra ti, y te verás obligado a abandonar ese cetro teñido aún en la sangre de tus injustas crueldades.»

Confuso y avergonzado, Aba disimuló su cólera y resolvió aplazar la hora de la venganza. Dios no le dió tiempo para ello, pues Pedro, su predecesor, creyó que había llegado el momento favorable para recobrar la corona y reunió las huestes de sus partidarios para presentar batalla a su enemigo.

Salióle Aba al encuentro con un ejército formidable, pero la hora de la justicia había sonado, y encontró la muerte durante la lucha.

Martirio

Llegaba para Gerardo el momento de recibir la recompensa de todos sus trabajos apostólicos; pero, antes, quiso Dios que se unieran en su frente la corona de los confesores y la de los mártires.

Pedro había sido repuesto en el trono de San Esteban. Su pueblo podía, con justo título, esperar de él una conversión sincera; pero quedó fallido en sus esperanzas. Hundido más y más en el abismo, el príncipe dio rienda suelta a sus injusticias y crueldades, a pesar de las advertencias de Gerardo.

Al cabo de tres años de vergonzoso reinado, los húngaros resolvieron sacudir de nuevo el yugo intolerable que pesaba sobre ellos.

Dos nobles jóvenes, Andrés y Leventa, desterrados desde la coronación de Pedro, esperaban un momento favorable para poder regresar a su patria.

Rogáronles los señores de la corte que vinieran a compartir con ellos los honores del trono, pero con vergonzosas condiciones. «¿Prometéis —les dijeron— emplear todas vuestras fuerzas para abolir la religión católica en el reino?». Prometiéronlo ambos pretendientes estimulados por el atractivo de la futura gloria y de los honores.  Apoyábanse por otra parte en el falso principio de que el Estado puede acomodarse a todas las leyes.

Llegados al término de sus deseos, apresuráronse a poner en práctica sus promesas ensayando desarraigar del corazón de sus súbditos los gérmenes de la fe católica que, gracias a los trabajos de Gerardo, habían producido frutos admirables. Parecía llegada la hora del triunfo para el mal y sus secuaces.

Pronto el suelo de Hungría quedó convertido en campo de desolación. Los sacerdotes y religiosos fueron decapitados, profanadas las iglesias y, sobre esta tierra, fecunda hasta entonces en prodigios de santidad, se veía con tristeza resurgir nuevamente los templos de los ídolos. A pesar de las persecuciones de que eran promotores, ambos príncipes quisieron hacerse coronar, con inmenso dolor de todos los corazones católicos, en Buda, donde residía entonces la corte.

Varios prelados, entre ellos Gerardo, salieron a su en encuentro para saludarlos. Pasó Gerardo en oración la noche anterior a la entrevista en una iglesia dedicada a Santa Sabina. Allí, con la frente pegada en tierra y el corazón lleno de amargura, decía:

«Señor, tened piedad de vuestros fieles y defended nuestra causa. — No temas — le respondió Nuestro Señor— ; salta, al contrario, de júbilo, porque colocaré en tu frente la corona de los mártires».

Animado por estas palabras revistióse Gerardo con los ornamentos sacerdotales para celebrar los santos Misterios y dirigióse a los obispos que le acompañaban, para decirles:

«Hoy mismo derramaréis vuestra sangre por la causa de Cristo; pero vos, Beneta —dijo a un obispo que así se llamaba— , no tendréis tal honor. Lo sé con certeza, pues esta noche he visto a Cristo distribuyendo a todos su cuerpo divino y el cáliz de su sangre: únicamente vos erais indigno de ser admitido a aquella mesa donde se encuentra la fuerza de los mártires».

Preparáronse todos a la muerte y celebraron el Santo Sacrificio. Marcharon después hasta el Danubio para entrevistarse con sus nuevos caudillos.

Llegaron a orillas del río cuando, de repente, vieron venir sobre ellos una caterva de paganos de aspecto feroz, cuyo jefe Vatha, había sido el primer apóstata de la verdadera fe.

Al divisar a los pontífices del Señor, el apóstata Vatha se vio acometido de un acceso de violenta cólera. A su vista, excitáronse en su alma nuevos remordimientos, pero ordenó a sus huestes la muerte y exterminio de todos los obispos. Sólo Beneta logró escapar. La cólera de estas fieras humanas dirigióse particularmente contra Gerardo; sobre él arrojaron una lluvia de piedras lanzando a la vez aullidos y horribles blasfemias.

Santiguóse el santo pastor de Csanad y, al momento, las piedras que cruzaban el aire, quedaron milagrosamente suspendidas en él. Pero este portentoso milagro no hizo más que excitar la rabia de los asesinos; arrojáronse sobre él como fieras, arrastráronle a la cima de las gigantescas rocas que dominan el Danubio, precipitáronle al abismo y contemplaron con siniestra alegría el cuerpo magullado del mártir que, rebotando de roca en roca, iba cubriéndolas con su sangre. Otros soldados que le esperaban abajo, traspasaron con sus armas los sagrados despojos y los arrojaron por las grietas de las peñas.

Durante siete años, las olas del río, que venían a romperse en la roca, no pudieron hacer desaparecer las manchas de sangre que permanecieron allí como para testimoniar el valor del obispo y la crueldad de sus verdugos.

El relato según el cual los obispos salieron al encuentro de los príncipes apóstatas ha sido muy discutido por varios críticos, los cuales explican las circunstancias de la muerte de Gerardo, sin la belleza del ornato legendario.

Según ellos, el obispo de Csanad, acompañado por algunos clérigos o monjes, habría buscado un refugio para esquivar el golpe de sus enemigos. Mientras intentaba llegar a Szekes-Fehervar, debió ser atacado cerca del Danubio, arrojado de su carruaje, apedreado y rematado con una lanzada en el pecho.

Estra versión tiene en su favor la sobriedad del Martirologio romano, en donde no se habla del despeñamiento. Asegúrase que, a ejemplo de San Esteban protomártir, también el mártir de Pan se arrodilló, diciendo en alta voz:

«Señor, no Ies imputéis este pecado, pues no saben lo que hacen».

Y, habiendo así orado, cayó herido de una lanzada en el pecho y expiró. Quizá esta oración del momento de su muerte ha valido a Gerardo el título de protomártir de Panonia o Hungría, que figura en el Martirologio desde el siglo X VI, pero que es relativamente reciente.

Culto y reliquias

Gerardo consiguió la palma del martirio el 24 de septiembre de 1046. En seguida fue llevado su cuerpo a Santa María de Pest. Pocos meses después, en 1047 ó 1048, los canónigos de Csanad procedieron a su traslación con el consentimiento de Andrés, que fue coronado en 1047, y que mereció ser apellidado pacificador del reino.

El culto del Santo fue privado en un principio; empezó a hacerse público en el reinado de San Ladislao. En 1083 fue trasladado, al menos en parte, a Murano, cerca de Venecia, y depositado debajo de una losa sepulcral en la iglesia de San Donato. Parte de las reliquias conservadas en Murano fueron donadas a otras iglesias.

También Praga se gloría de poseer dos huesos importantes de San Gerardo, llevados de Hungría en el año 1304 antes del traslado de las reliquias a Venecia; lo mismo sucede con la iglesia de los Hermanos Menores Conventuales de Bolonia.

Oración a San Gerardo Sagredo

San Gerardo Sagredo, ruega por nosotros.

San Gerardo Sagredo | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.