24 de Junio: Natividad de San Juan Bautista


 

San Agustín hace la observación de que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte que, en realidad, es el día del nacimiento, del gran nacimiento a la vida eterna; pero que, en el caso de San Juan Bautista, hace una excepción y le conmemora el día de su nacimiento, porque fue santificado en el vientre de su madre y vino al mundo sin culpa. A decir verdad, la mayoría de los teólogos expresan su opinión de que Juan quedó investido con la gracia santificante, impartida por la presencia invisible de nuestro Divino Redentor, en el momento en que la Santísima Virgen visité a su prima, Santa Isabel.

Pero de cualquier manera, es digno de celebrarse el nacimiento del Precursor, ya que fue motivo de inmensa alegría para la humanidad tener entre sus miembros al que iba a anunciar la proximidad de la Redención.

Zacarías, el padre de Juan, era un sacerdote de la ley judía, e Isabel, su esposa, descendía, como él, de la casa de Aarón. Las Sagradas Escrituras nos aseguran que ambos eran justos, que su virtud era sincera y perfecta y que los dos marchaban con fidelidad en los mandamientos y las ordenanzas del Señor.

Y sucedió que, en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, le tocó en  turno a Zacarías la tarea de entrar en el Templo para cumplir con la ceremonia matinal y vespertina de ofrecer el incienso; un día muy especial, cuando se hallaba solo dentro del santuario y el pueblo oraba fuera, tuvo la visión del arcángel Gabriel que apareció de pie, al lado derecho del altar del incienso.

Zacarías se sintió turbado y presa del temor, pero el ángel le tranquilizó al hablarle con un tono dulce y sereno para anunciarle que sus plegarias habían sido escuchadas y en consecuencia, su mujer, no obstante que era señalada como estéril, iba a concebir y le daría un hijo. El Ángel agregó: «Tu le darás el nombre de Juan y sera para ti objeto de júbilo y de alegría; muchos se regocijaran por su nacimiento, puesto que sera grande delante del Señor».

Las alabanzas al Bautista son particularmente notables porque fueron inspiradas por el mismo Dios. Desde su concepción, Juan fue elegido para que fuese el heraldo, el portavoz del Redentor del mundo, la voz misma que iba a proclamar ante la humanidad la Palabra Eterna, la estrella matutina que iba a brillar como un sol de justicia y la luz del mundo. A menudo, otros santos fueron distinguidos por ciertos privilegios que pertenecían a su carácter especial; pero Juan los excedió a todos en cuanto a la recepción de gracias que hicieron de él, a un tiempo mismo, maestro, virgen y mártir.

Y ademas, fue un profeta y mas que un profeta, puesto que inició su misión al señalar al mundo, abiertamente, a Aquél a quien los antiguos profetas habían pronosticado vagamente y a distancia. La inocencia inmaculada es una gracia preciosa, y los primeros frutos del corazón se deben entregar a Dios; por consiguiente, el Ángel mandé a Zacarías que el niño fuese consagrado al Señor desde su nacimiento y que (un indicio sobre la necesidad de mortificación si se desea proteger la virtud) jamas bebiera vino ni otro licor embriagante.

Las circunstancias del nacimiento de Juan, lo señalan como un milagro evidente, porque en aquel tiempo Isabel era ya vieja y, de acuerdo con el curso de las cosas naturales, no estaba en edad de concebir. Pero Dios había ordenado la cuestión de tal manera, que el suceso fuera tomado como el fruto de largos años de fervientes plegarias.

No obstante, Zacarías, embargado aún por el asombro que le causé el anuncio y, en tono vacilante, pidió al ángel que le diese una señal o una prenda para asegurarle el cumplimiento de la gran promesa. Para conceder el signo pedido, pero al mismo tiempo para castigar las dudas del sacerdote, el arcángel Gabriel le informé que iba a quedar mudo hasta que llegase la hora del nacimiento del niño.

Isabel concibió y, en el sexto mes de su embarazo, recibió la visita de la Madre de Dios, quien llegó para saludar a su prima: «y sucedió que, en el momento en que Isabel oyó la salutación de María, la criatura que llevaba en el vientre saltó de júbilo».

Al cumplirse los nueve meses de su embarazo, Isabel dio a luz un hijo, que fue circuncidado al octavo día. A pesar de que los familiares y amigos insistieron para que el recién nacido Ilevase el nombre de su padre, Zacarías, la madre exigió que fuera llamado Juan. También Zacarías respaldó la exigencia al escribir en una tablilia: «Su nombre es Juan».

El sacerdote recuperé inmediatamente el uso de la palabra y entoné el hermoso himno de amor y agradecimiento conocido como «Benedictus», que la Iglesia repite a diario en su oficio y que considera apropiado para pronunciarlo sobre la tumba de todos y cada uno de sus fieles hijos, cuando sus restos se entregan a la tierra.

El Nacimiento de San Juan Bautista fue una de las primeras fiestas religiosas que encontraron un lugar definido en el calendario de la Iglesia; el lugar que ocupa hasta hoy: el 24 de junio. La primera edición del Hieronymianum lo localiza en esta fecha y subraya que la fiesta conmemora el nacimiento “terrenal” del Precursor. El mismo día esta indicado en el Calendario Cartaginés, pero en tiempos anteriores ya hablaba del asunto San Agustín en los sermones que pronunciaba durante esta festividad.

San Agustin hacia ver que la conmemoración esta suficientemente señalada, en la época del año, por las palabras del Bautista, registradas en el cuarto Evangelio: «Es necesario que El crezca y que yo disminuya». El santo doctor descubre la propiedad de esa frase al indicar que, tras el nacimiento de San Juan, los días comenzaron a ser más cortos, mientras que, después del  nacimiento de Nuestro Señor, los días fueron más largos.

Probablemente Duchesne tenga razón cuando afirma que la relación de esta fiesta con el 24 de junio se originé en el occidente y no en el oriente. «Es necesario hacer notar, expresa Duchesne, que la festividad se fijé el 24 y no el 25 de junio, por lo que podríamos preguntarnos por qué razón no se adopté la segunda fecha que hubiese dado exactamente, el intervalo de seis meses entre la edad del Bautista y la de Cristo. La razón es, dice luego, que se hicieron los cálculos de acuerdo con el calendario romano, donde el 24 de junio es el “octavo kalendas Julii”, así como el 25 de diciembre es el “octavo kalendas Januarii”.

Por regla general, en Antioquia y en todo el oriente, los días del mes se numeraban en sucesión continua, desde el primero, tal como nosotros lo hacemos y, el 25 de junio habría correspondido al 25 de diciembre, sin tener en cuenta que junio tiene treinta días y diciembre treinta y uno.

Pero de la misma manera que la fecha romana de Navidad fue adoptada en Antioquia (muy posiblemente en razón de la amistad de San Juan Crisóstomo con San Jeronimo), durante los últimos veinticinco años del siglo cuarto, se adoptó también la fecha para conmemorar el nacimiento del Bautista en Antioquia, Constantinopla y todas las otras grandes iglesias del oriente, en el mismo dia en que se conmemoraba en Roma.

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Nació el hijo de Isabel y por misterioso designio, en vez del nombre de su padre Zacarías, fue llamado Juan. Y Zacarías “quedó lleno del Espíritu Santo” y profetizó diciendo:

Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, al suscitarnos un poderoso Salvador, en la casa de David, su siervo, como lo había anunciado por boca de sus santos profetas, que han sido desde los tiempos antiguos: un Salvador para librarnos de nuestros enemigos, y de las manos de todos los que nos aborrecen; usando de misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza, según el juramento, hecho a Abrahán nuestro padre, de concedernos que librados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días.

Y tú, pequeñuelo, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación, en la remisión de sus pecados, gracias a las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, por las que nos visitará desde lo alto el Oriente, para iluminar a los que en tinieblas y en sombra de muerte yacen, y dirigir nuestros pies por el camino de la paz.

Mientras tanto, agrega el Evangelista, el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu y habitó en los desiertos hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.

¡Oh precursor dichosísimo, San Juan!, a quienes antes de nacer visitan y bañan de divinas luces las dos lumbreras del Cielo y de la tierra, a quienes lleno de gozo y alegría saludáis antes de nacer, saludando al Hijo y a la Madre, antes de mover la lengua y los labios. Yo os suplico, felicísimo Santo, me alcancéis con vuestra poderosa intercesión, que todas mis obras, palabras y pensamientos sean sólo a mayor honra y gloria de Dios, bien de mi alma y provecho de mi prójimo.