23 de Septiembre: Santa Tecla de Iconio


Santa Tecla de Iconio

Santa Tecla de Iconio (griego antiguo: Θέκλα, Thékla) fue una santa de la Iglesia cristiana primitiva y seguidora del apóstol Pablo. El registro más antiguo de su vida proviene de los antiguos Hechos apócrifos de Pablo y Tecla.


Día celebración: 23 de Septiembre.
Lugar de origen: Iconio (actual Konya), Turquía.
Fecha de nacimiento: Año 30.
Fecha de su muerte: Siglo I.


Contenido

– Introducción
– Según las «Actas de San Pablo y Tecla»
– Visita heroica y benéfica
– Triunfa de las llamas
– Condenada a las fieras
– Sierva soy del Señor
– Muerte de la Santa
– Oración a Santa Tecla de Iconio


Introducción

Muy celebrado fue en la antigüedad cristiana el nombre de esta insigne virgen. Por doquier la ensalzaban con alborozo y la honraban con pública veneración. Cuando querían ponderar las extraordinarias virtudes de una doncella cristiana, decían de ella que era otra Santa Tecla.

Así llama San Jerónimo a Santa Melania y San Gregorio Niseno a su hermana Santa Macrina. A pesar de su fama tan universal, poco es lo que se sabe a ciencia cierta sobre la vida y martirio de Santa Tecla.

Vivió en Iconio; la convirtió San Pablo; consagró al Señor su virginidad; padeció por la fe y la castidad;
fue a Seleucia, donde murió en paz. Esas afirmaciones constituyen la trama histórica de las biografías y numerosos panegíricos escritos en honra de esta virgen mártir.

No existen Actas auténticas de su martirio. En los escritos precisión las principales circunstancias de su vida, pero fácilmente se echa de ver que las bebieron en un libro apócrifo intitulado Actas de San Pablo, cuya parte tercera trata particularmente de Santa Tecla, de su conversión, relaciones con el Apóstol y martirio.

Según las «Actas de San Pablo y Tecla»

A esta tercera parte suele llamársele comúnmente Actas de Pablo y Tecla. Es muy antigua y fue sin duda compuesta por un sacerdote del siglo II en Asia Menor, quizá en Antioquía de Pisidia. Se conservó más o menos íntegra o exacta en los manuscritos siríacos, coptos y griegos, algunos de ellos anteriores al siglo VIII y contiene indicaciones, relatos e informes que cuadran con las costumbres de la época y con la Historia y la Geografía de aquellos lugares.

Pero también hay en ella no pocos hechos inverosímiles y errores teológicos e históricos. Las Actas de Pablo y Tecla no contienen, ni mucho menos, una historia íntegramente auténtica de la vida de nuestra Santa: no todos sus pormenores merecen crédito; pero sería exagerado negarles valor por el mero hecho de ser apócrifos, y más algunos relatos que han sido ya comprobados por la crítica.

Por lo que a la autenticidad de estas A ctas se refiere, nunca las admitieron los escritores eclesiásticos de los primeros siglos, a pesar de los elogio que de ellas hicieron y de las muchas citas que de ellas tomaron. Así, a fines del siglo II decía Tertuliano:

«Téngase por cosa cierta, que quien escribió las Actas de esta Santa — Tecla— fue un presbítero natural de Asia; las presentó como habiendo sido escritas por el apóstol San Pablo, pero convencido de falsario, acabó declarando que las había inventado por amor al santo Apóstol. Fue amonestado y castigado por tal vileza.»

Pasados algunos siglos, el historiador Eusebio, San Jerónimo y el autor del decreto gelasiano, dieron las Actas de Pablo y Tecla y las Actas de San Pablo por libros apócrifos, pero no heréticos. Con todo, ya a fines del siglo IV, empezaron los herejes a echar mano de ese escrito y, para ponerlo a tono con sus doctrinas, lo arreglaron a su modo introduciendo en él algunas interpolaciones y modificaciones.

Desde entonces dio la Iglesia a los fieles la voz de alerta contra estos fraudulentos escritos, y las Actas de Pablo y Tecla no gozaron ya del mismo crédito entre panegiristas o biógrafos de la santa mártir.

En opinión general, fue oriunda de la ciudad de Iconio (hoy en día Kaniah / Konya), la cual se halla al noroeste del monte Tauro, en las altiplanicies de Asia Menor y en la provincia de Licaonia. Hacía poco que era colonia romana cuando nació la niña, que fué por el año 30 del Señor.

Su familia era de las más ricas de la ciudad, y aun dice San Metodio de Olimpo, que los padres de Tecla hicieron estudiar a su hija las Letras y la Filosofía.

Concertaron luego de casarla, a juzgar por lo que dicen las Actas, con un mancebo llamado Tamiro, el cual pertenecía también a una familia muy principal de la ciudad de Iconio. Pronto, empero, iba a dar el Señor a la castísima doncella un esposo más digno de su amor y de su virginal corazón.

Por el año 45, Pablo y Bernabé pasaron a Antioquía de Pisidia, centro de muchísimos barrios judíos. Predicaron allí con grandísimo fruto. No obstante, fueron expulsados de aquel territorio apretados por algunos judíos de duro corazón.

Volvieron atrás y se detuvieron en Iconio. Aquí permanecieron muchos días y lograron convertir a un sinnúmero de griegos y judíos. El Señor obraba grandes milagros y prodigios por mano de los dos iipostóles, dando con ello testimonio de la verdad de la doctrina que predicaban. En dos bandos se dividieron los de Iconio; unos eran partidarios de tos apóstoles y los defendían; pero los demás les eran hostiles, azuzados por los judíos, enemigos de San Pablo. Estos últimos lograron soliviantar al populacho contra los ministros del Evangelio.

Para evitar el ser maltratados y apedreados, Pablo y Bernabé se refugiaron en las ciudades de Listra
y Derbe, donde tuvieron muchísimos discípulos.

Más de una vez volvió a pasar San Pablo por los caminos de Iconio y Licaonia. La conversión de Santa Tecla y su larga conversación con San Pablo se relacionan quizá con la primera permanencia del santo apóstol en Iconio, cuando dio la primera misión en dicha ciudad.

Las Actas de Pablo y Tecla refieren que Pablo y Bernabé se hospedaron en casa de un varón virtuoso llamado Onesíforo. Empezaron luego a predicar la doctrina de Jesús en aquella casa y en la sinagoga, haciendo hincapié sobre todo en la excelencia y belleza de la castidad cristiana.

Ecos de esta nueva filosofía religiosa llegaron a oídos de Tecla: su alma quedó desde luego maravillada y casi ya conquistada. Pero no podía llegarse hasta San Pablo por la estrecha vigilancia que sobre ella ejercía su madre pagana. Tecla se asomaba largas horas a la ventana de su casa, que estaba cerca de la de Onesíforo, para oír al santo apóstol y beber así en su pura fuente aquellas enseñanzas que tan bellas le parecían.

Esta extraña conducta de la joven empezó a inquietar a sus padres. Pero fueron vanos sus esfuerzos para detenerla en el camino de la perfecta conversión.

Visita heroica y benéfica

Si hemos de dar crédito a las Actas de Tecla y al testimonio de San Juan Crisóstomo, San Pablo fue encarcelado en Iconio. Acusáronle de levantar turbulencias en la ciudad, de embaucar y encantar a las mujeres y de corromper a los jóvenes con sus nuevas y nunca oídas enseñanzas. Los padres, y aun el mismo prometido de Tecla tenían mucha parte en aquellas calumniosas imputaciones.

No se acobardó la casta esposa de Cristo con el encarcelamiento de San Pablo, antes cobró nuevo valor al tener de ello noticia. Queriendo a toda costa ver al ilustre preso para oír de sus labios la verdad divina, ofreció al carcelero sus preciosos pendientes y su espejo de plata, y con esto logró licencia para entrar en la cárcel y hablar con San Pablo. «Sacrificaba gustosa el oro y adornos que llevaba — dice San Juan Crisóstomo— , mostrándose de esta suerte más celosa de embellecer su alma con las invisibles gracias de la fe, que su cuerpo con el brillo de fulgente pedrería».

Sin demora instruyó el Apóstol a esta alma ávida de luz, y la fortaleció en su naciente fe y en su determinación de guardar castidad perpetua. Al paso que hablaba Pedro — afirma San Gregorio Niseno— , Tecla «sentía apagarse en ella la fogosidad de la juventud, los hechizos de la hermosura se le hacían indiferentes, y se iba desvaneciendo el atractivo de los sentidos: la palabra divina vivió ya en su alma, y en breve reinó en ella como soberana, al dar de mano a todo lo demás».

Triunfa de las llamas

La castísima doncella era ya perfecta cristiana, y estaba muy determinada a guardar virginidad por amor a Jesucristo, Salvador suyo. Con esta noticia inesperada que desbarataba todos sus planes, la madre y el novio de Tecla se afligieron e irritaron sobre manera.

Solicitaciones, caricias, amenazas, rabia y furor, todo fracasó ante la inquebrantable determinación de la neófita. Apelaron entonces a los magistrados con ánimo de asustarla y traerla más fácilmente a que se sometiese a la voluntad de sus padres. Acusáronla de ser cristiana e infiel al esposo con quien estaba concertada de casarse. Mandóle el juez que renunciase a Jesucristo y aceptase la mano de su prometido; pero ella respondió que era cristiana y quería permanecer virgen. Todos los medios de que echaron mano para vencer su constancia, que sin duda fueron muchos, resultaron vanos.

Finalmente, impulsado quizá por el clamoreo del populacho, el juez condenóla a ser quemada viva. Encendióse una hoguera en la plaza o en el anfiteatro. La santa doncella se armó con la señal de la cruz, y entró en ella de grado y con grande alegría y modestia, suplicando al mismo tiempo al Señor que se dignase recibir su alma: moría por su fe y por guardar su virginidad.

Al ver los presentes que las llamas cercaban por doquier el cuerpo de Tecla, juzgaron que muy presto quedaría reducido a cenizas. Pero nada de eso ocurrió. El fuego respetó la carne virginal de la Santa: «¡Milagro de la virginidad!» —exclama San Gregorio Nacianceno.

Levantóse de repente recia tempestad, y cayó del cielo tal copia de agua, que el fuego se apagó y la gente que allí había huyó despavorida. Con esto quedó Tecla milagrosamente libre, y fue recogida por una familia cristiana.

Estando de camino de Iconio a Dafne, se encontró con San Pablo, el cual había sido echado de la ciudad con algunos discípulos, y se había refugiado en un mausoleo de los alrededores. Suplicó al Apóstol que la dejase acompañarle en sus viaje y misiones, para ayudarle a ganar almas a Jesucristo.

Pablo convino en que Tecla le acompañase hasta que le fuera dado residir en alguna de las nacientes cristiandades; allí viviría al abrigo de las persecuciones de su familia y seria como un apóstol en medio de los neófitos.

Condenada a las fieras

Hallandose en Antioquía, la virgen cristiana fue blanco de insolentes y violentos asaltos por parte de un hombre principal que gozaba de mucho crédito cerca del gobernador romano. Insultóla un día en medio de la calle; pero Tecla, armándose de valor, rasgó la túnica de su agresor, le arrebató la corona que llevaba por ser ordenador de los festejos religiosos, y le dejó corrido y avergonzado delante de cuantos presenciaban aquella escena.

Furioso de verse de aquella manera burlado y humillado, denunció a la casta doncella, acusándola ante los magistrados de ser cristiana y sacrílega. Condenáronla a ser echada a las fieras. Las amigas de la Santa y muchas otras mujeres, que tenían noticia de su inocente vida, protestaron con energía contra aquella inicua sentencia.

Entretanto llegaba el día señalado para el tormento, la virgen cristiana se hospedó en casa de una princesa de sangre real, la cual se había retirado a Antioquía por haberse muerto su marido y su hija Falconila. Llamábase Trifena, y había logrado del gobernador licencia para acoger a la santa mártir, con lo que puso a salvo la virtud de Tecla.

El día señalado la condujo con muchas lágrimas al anfiteatro. Allí desnudaron a la Santa y la ataron a un poste al que estaba clavado un cartel con esta sola palabra: Sacrilega.. No obstante las voces de indignación de muchísimas mujeres presentes, soltaron contra ella una leona furiosa.

Mas no se atrevió la fiera a tocarla, antes, olvidando su natural feroz, vino a lamer blanda y mansamente sus pies. Echáronla entonces un león y un oso. Pero la leona, postrada a los pies de Tecla, se volvió contra aquellos dos nuevos enemigos, en ademán de defender a la Santa; y riñó con cada uno de ellos mientras la virgen mártir oraba con fervor.

En su famoso libro de las vírgenes, San Ambrosio pinta con palabras conmovedoras este triunfo de la castidad cristiana que obligó a las bestias sanguinarias al respeto y a la piedad.

«Veíase —dice— al animal, lamer los pies de la santa doncella, postrarse ante ella, como para dar a entender que no podía tocar el cuerpo de la virgen. Adoraba la bestia a su presa y, olvidada de su propia naturaleza, se había vestido de la naturaleza de que los hombres se habían desnudado. Con mudanza extraña vierais a los hombres crueles mandar a la bestia que lo fuese, y la fiera, besando los pies de la virgen, enseñar a los hombres lo que habían de hacer… Adorando a la mártir, dieron a entender cuánto significan la religión y la castidad».

Sierva soy del Señor

Dicen las Actas que Tecla tuvo que padecer otro género de tormentos. Echáronla en una hoya que previamente llenaron de víboras, serpientes venenosas y otras alimañas nocivas. Pero de este tercer tormento quedó también libre milagrosamente. Atáronla después a dos toros ferocísimos para que, al echar a correr en opuestas direcciones, la despedazasen. Las ataduras se rompieron de por sí, sin causarle lesión alguna.

Tantos y tan extraordinarios prodigios dieron al fin qué pensar al gobernador. Llamó a Tecla y le dijo:

«¿Quién eres? ¿Qué ven en ti las fieras que ni a tocarte se atreven?» Ella respondió: «Sierva soy del Señor, soberano del universo. Sólo tengo conmigo la fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador del mundo».

El procónsul dio por libre a la santa mártir, y ella volvió a casa de Trifena, que era ya cristiana con toda su familia.

Grande era el contento de los cristianos de Antioquía por tener entre ellos aquella valerosa mártir; pero Tecla sólo tenía un deseo, el de volver a ver a San Pablo. Con este propósito,, pasó a la ciudad de Mira, acompañada de algunos discípulos. Llena de gozo refirió al santo Apóstol las gracias con que el Señor le favoreció en medio de los tormentos que le prepararon en Antioquía.

Finalmente se despidió de él con muchas lágrimas, habiendo recibido su bendición y sus postreras recomendaciones.

Muerte de la Santa

Volvió Tecla a Iconio con ánimo de predicar el Evangelio a sus deudos y amigos. Tamiro, su prometido, hacía tiempo había muerto. Teoclia, su madre, vivía todavía. La Santa echó mano de todos los medios para traerla a la fe cristiana; pero viendo que de ninguna manera lograba convertir a sus deudos, dejó la casa paterna y su patria, y pasó a Dafne y de allí a Seleucia de Isauria, sita al sur del Tauro, junto al mar.

Muy cerca de Seleucia edificó un eremitorio, donde vivió muchos años con admirable ejemplo de santidad, alumbrando con el resplandor de sus virtudes a cuantos venían a ella para oír de sus labios la doctrina evangélica.

Murió en paz, cargada de años y merecimientos; y, si bien no dio su vida de manera sangrienta por la fe, con todo, mereció la corona y dictado de mártir por los atroces tormentos que tuvo que padecer por Cristo.

En la vida de Santa Tecla, como sucede con aquellas que el pueblo toma por su cuenta y devoción, introdujo la fantasía ciertos datos o historias secundarias de carácter legendario que, aun siendo muy bellas de por sí y hasta quizá edificantes, no interesan al enfoque histórico crítico, y deben
descartarse en lo posible.

El episodio de la persecución levantada por los médicos de Seleucia contra Tecla, porque la Santa curaba a los enfermos sin exigirles honorarios; aquel otro de la roca que se abrió milagrosamente para proteger a la casta doncella contra algunos malvados que pretendían deshonrarla, y para servir de sepulcro a su cuerpo virgen, y finalmente el viaje de Santa Tecla a Roma, no estriban en fundamento histórico ninguno. Son episodios añadidos al texto primitivo de las Actas de Pablo y Tecla, sin duda a fines del siglo V.

Oración a Santa Tecla de Iconio

Pues en el trance mortal,
sois consuelo y alegría;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

En Iconio, suelo impuro,
la luz primera bebiste,
y entre espinas vos supiste
brotar clavel el mas puro:
vuestro ejemplo virginal
desterró su idolatría:
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

A los dieciocho años,
San Pablo a Dios os llevó,
pues claro sol os hirió
con sus voces rayo a rayo,
tan fuerte que en celestial
pira, vuestro pecho ardía.
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

Vuestro ardor tan a compás
fue, que los bienes terrenos
dejasteis, y al ver lo menos,
fuisteis a buscar lo más
al preso Pablo leal
yendo a hacerle compañía;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

De Taniris a los ruegos
mandan que fueseis quemada,
más a vos, llama sagrada
de Dios, no se acercó el fuego;
antes a la luz del mal
lució vuestra gallardía;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

Se derrite el alto cielo
con lluvia, y todo lo apaga,
y con esto a vos os paga
vuestro enardecido celo:
creciendo con tal raudal
vuestro ardor y bizarría;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

Por defender la pureza
en Antioquía os echaron
a las fieras, y olvidaron,
al veros, su gran fiereza,
triunfando del infernal
Monstruo de la lozanía;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

De un escuadrón deshonesto
vos os supisteis librar,
y en una peña engastar
el diamante más honesto:
volando a la celestial
estancia en tan feliz día;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

Sois especial abogada
en partos y calenturas,
en langosta y mordeduras,
y en la tempestad airada,
teniendo de todo mal
general abogacía;
«Sednos Tecla norte y guía,
en aquel punto final».

Pues en el trance mortal,
sois consuelo y alegría;
«Sednos Tecla norte y guía, en aquel punto final».

Santa Tecla de Iconio | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.