23 de Julio: San Apolinar de Ravena


san apolinar de ravena


Día celebración: 23 de Julio.
Lugar de origen: Antioquía, Turquía.
Fecha de nacimiento: ?
Fecha de su muerte: 23 de julio de 75.
Santo Patrono de: Ravena.


Contenido

– Introducción
– Obispo de Ravena
– El Ex Cónsul Rufo
– Ante el Vicario Imperial
– Correrías Apostólicas
– Muerte del santo
– Reliquias de San Apolinar de Ravena
– Oración a San Apolinar de Ravena


Introducción

Se daba antiguamente el nombre de «Pasión» a los documentos hagiográficos que relataban el martirio de los santos. Poseemos variadas y antiquísimas «pasiones», pero algunas carecen de autoridad informativa por habérseles añadido tradiciones y leyendas populares, recogidas sin gran escrupulosidad y a expensas de la historia.

De la «pasión» de San Apolinar, entresacamos el presente relato, cuyo fondo es rigurosamente verídico y está científicamente demostrado; a saber que San Apolinar fundó la Iglesia de Ravena por encargo del mismo San Pedro ; que obró portentosos milagros y que alcanzó la palma del martirio imperando Vespasiano.

De ello da fe el doctor de la Iglesia San Pedro Crisólogo, sucesor de nuestro Santo en la sede episcopal ravenense desde 432 a 452 y celoso guardián de su memoria entre los fieles. Los diálogos que reproducimos han de considerarse como mera expresión literaria, detrás de la cual se esconde la realidad de una vida muy semejante en su santidad a la de todos aquellos primeros apóstoles que formaron el núcleo inicial de la Santa M adre Iglesia. Una vida plenamente saturada de Dios y digna de ser coronada con las glorias del martirio.

Obispo de Ravena

Fiel y fervoroso cumplidor del precepto de Jesucristo «Id y enseñad a todas las gentes», San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, envió por todo el orbe celosos operarios a trabajar en la viña del Señor. Entre los primeros y más ilustres cuéntase a San Apolinar, infatigable cooperador del Santo Apóstol desde su traslado de la Sede de Antioquía a Roma.

Llegado a las cercanías de Ravena hacia el año 50, presentóse en casa de un soldado pidiendo hospedaje. Ireneo —que así se llamaba éste— le recibió con cariñosas muestras de afecto, mereciendo que Apolinar le con­ tara llanamente las incidencias del viaje y le diera a conocer los proyectos que se proponía realizar en aquella población.

Observando en el militar creciente interés por cuanto oía, invitóle a desechar el falso culto de los dioses y abrazar la religión cristiana, cuya doctrina le expuso. Replicóle Ireneo: «Si el Dios que me predicas, ¡oh extranjero!, es tan poderoso como dices, suplícale que devuelva la vista a mi hijo y creeré todas esas doctrinas que tan ardorosamente proclamas».

Trajeron al ciego, y hecha sobre sus ojos la señal de la cruz recobró la vista, con gran admiración y asombro de los muchos curiosos que allí se habían congregado para contemplar de cerca al extraño forastero. Este inesperado prodigio influyó favorablemente en el ánimo de los circunstantes, los cuales se prestaron a escuchar las admirables enseñanzas del Santo.

Ante el gobernador

Se encontraba Ireneo, al día siguiente, en casa de un tribuno militar, amigo suyo, y cuya mujer, por nombre Tecla, padecía una enfermedad que los médicos reputaban incurable. Después de oír las angustiosas palabras del tribuno, dijo Ireneo: «Oye, tribuno; hospedo en mi casa a un forastero que ha curado la ceguera de mi hijo sin auxilio de medicamentos, y que puede devolver la salud a tu esposa». Llamado Apolinar curó de cuerpo y alma a la enferma en virtud de lo cual, convirtiéronse a la fe de Cristo el tribuno con toda su familia y numerosos amigos.

Desde entonces vivió el Santo en aquella casa, convertida en centro de su actividad apostólica donde secretamente se reunían cuantos deseaban oír al predicador del Evangelio. No faltó quien incluso le confiara la educación cristiana de sus hijos. De este modo se formaba en Ravena una cristiandad floreciente atendida por dos sacerdotes, Aderito y Calócero, y dos diáconos que el Santo ordenó, Marciano y Leucedio.

Los cuatro vivían en común bajo la inmediata dirección de Apolinar. Pronto la fama de éste se esparció por toda la población, y los paganos, temerosos de que el culto de los dioses se extinguiera, prendieron al Santo obispo para llevarlo a presencia del gobernador Saturnino. Éste, influido ya por las acusaciones de los idólatras, condújole al Capitolio de Ravena para interrogarle en presencia de los sacerdotes de los ídolos.

— ¿Qué intentas hacer entre nosotros? —preguntó el gobernador.

— Predicar la fe de Cristo —contestó el Santo con decisión.

— ¿Y quién es ese Cristo al que quieres predicar?

—Es el Hijo de D ios, el que ha dado vida a cuantos seres existen.

—Según eso, has sido enviado para destruir el culto de nuestros dioses, ¿verdad? ¿Desconoces quizá el nombre del gran Júpiter que mora en el Capitolio y a quien debes invocar con temor?

—Ignoro en absoluto quién sea ese Júpiter de que me hablas.

—Que se venga con nosotros —dijeron los pontífices al juez— y podrá contemplar la magnificencia del templo y la hermosa estatua de nuestro dios poderoso y temible. Que venga, pues quiere conocerlo. Accedió el juez, y acompañaron a Apolinar al templo. Al ver la espléndida construcción, sonrió y dijo a los presentes en tono compasivo.

— ¿De esta magnificencia y de estos adornos os enorgullecéis? Más os valdría vender todo eso y repartir su precio entre los pobres en vez de dedicar tan cuantiosas riquezas al culto de los demonios.

Los idólatras, ciegos de furor, amotinaron al populacho contra el Santo sacaron a éste violentamente de la población y lleváronle a rastras hasta la orilla del mar. Allí, tras un brutal apaleamiento, le dejaron abandonado y medio muerto. Sus discípulos le recogieron al amparo de la noche y lleváronle a casa de una piadosa viuda. Los solícitos cuidados de ésta le devolvieron poco a poco la salud. En cuanto se halló totalmente resta­blecido dirigióse a Chiusi (Toscana), instado por un tal Bonifacio, a cuya hija posesa curó milagrosamente. De allí fue a Emilia para volver luego
a Ravena.

 

El Ex Cónsul Rufo

Vivía a la sazón en Ravena el ex cónsul Rufo. Habíale concedido el cielo, en el ocaso de su vida, una hija en quien cifraba todas sus es­ peranzas, y a la que amaba entrañablemente, pero una maligna y gravísima enfermedad pugnaba por arrebatársela. Amargado por el dolor, envió al siervo de Dios un mensajero para que expusiera su triste situación, estaba convencido que sólo el Santo podía remediarla. Acudió Apolinar, mas llegó a casa del noble patricio cuando la doliente fallecía. El angustiado padre exclamó inconsolable:

¡Ojalá no te hubieras llegado a mi casa, Apolinar, pues Júpiter no hubiera vengado el desprecio que le hice al confiar en la virtud de tu Dios!

Y luego, descorazonado por el dolor de aquella irreparable pérdida, añadió :

— ¿Qué puedes hacer ya por ella?

—Ten confianza, Rufo —respondió el Santo— . Promete dejar a tu hija en absoluta libertad de seguir a Jesucristo y Él hará lo que conviene.

—Mi hija ha muerto —suspiró el ex cónsul—, pero si por un imposible volviere a la vida, no sería yo quien me opusiera a sus deseos. Aunque hubiese de abandonar mi casa por seguir los consejos y los ejemplos de su libertador, accedería de todo corazón a ello.

Triste y desoladora era la escena de dolor que aquel hogar presentaba. El más profundo silencio, sólo interrumpido por los sollozos, reinaba en torno de la difunta. Acercóse el santo obispo al lecho y elevó a Dios esta plegaria:

«Señor, Tú que concediste a Pedro el don de milagros, da a su discípulo el de resucitar a esta tu criatura, pues te confieso por único Dios».

Y tomando de la mano el cadáver de la joven, le dijo :

—En nombre de Cristo, levántate y confiesa que no hay más Dios verdadero que el de los cristianos en cuya virtud vuelves a la vida.

Levantóse la doncella, y con voz segura exclamó:

—Confieso no haber más divinidad que la que predica este hombre.

Los presentes quedaron estupefactos, mas luego, llenos de alegría, convirtiéronse a la fe; y con ellos, hasta trescientos. El Santo, después de catequizarlos, administró a todos el bautismo comenzando por Rufo y su hija.

Ante el Vicario Imperial

Rufo amaba a su bienhechor y le seguía aunque en secreto por amor al César. Su hija se había consagrado al Señor con el voto de castidad. El rápido desenvolvimiento del cristianismo en Ravena alarmó nuevamente a los paganos, sobre todo a los sacerdotes de los ídolos, cuya influen­cia había disminuido desde la llegada de Apolinar elevaron sus quejas al emperador Vespasiano, y éste, por complacerlos, ordenó a su vicario de Ravena que públicamente interrogara al extranjero para averiguar la ver­ dad de la acusación. Hízolo así Mesalino y entablóse el siguiente diálogo:

— ¿Cómo te llamas——- preguntóle el delegado imperial.

—Apolinar —respondió el santo obispo.

— ¿De dónde vienes?

—De Antioquía.

— ¿Cuá! es tu oficio?

—Soy cristiano, y como tal, discípulo de los Apóstoles de Cristo.

—¿Y quién es ese Cristo de quien tantas veces oigo hablar?

—El Hijo de Dios vivo, criador del cielo y de la tierra, del mar y de cuanto ellos contienen, y sustentador de todo el universo.

— ¿Será tal vez aquel Jesús que los judíos crucificaron por llamarse Hijo de Dios? Si tal es, no entiendo yo cómo podía ser Dios dejándose insultar impunemente y crucificar con ignominia. Comprende que estás en grave error. Abandona, pues, esa religión, ludibrio de la humanidad, y no incurras en la locura de tener por Dios a quien muere en patíbulo infame.

—Pues mira, Mesalino, ese Cristo era Dios, lo sigue siendo y lo será siempre. Nació de una virgen, sufrió y murió por redimir al hombre de la esclavitud del demonio y de los males del pecado.

—Sí, ya nos han contado todo eso que dices, mas en modo alguno podemos admitir tal absurdo que choca con la más elemental razón.

—Atiende, Mesalino, sin prevención e imparcialmente: Ese Dios, en­carnado en el seno de una virgen, obró un sin fin de milagros mientras vivió y, si bien es verdad que padeció afrentosa muerte en cruz, a manos de los judíos, únicamente padeció y murió su humanidad, no su divinidad ; y al tercer día resucitó glorioso y subió a los cielos algún tiempo después por su propia virtud. Concedió a sus discípulos la potestad de ahuyentar a los demonios, curar a los enfermos y resucitar a los muertos.

—En vano tratas de persuadirme, no puedo reconocer por Dios a quien el Senado romano desecha. Cesa tu insensato discurso y sacrifica al inmortal Júpiter. Mira que si no atiendes a lo que buenamente se te aconseja, las torturas y el destierro habrán de persuadirte a que lo hagas.

—Haz de mí lo que te plazca, puesto que sólo a Cristo mi Señor ofreceré incienso en alabanza y olor de suavidad.

—Este hombre usurpa el título de pontífice que únicamente nosotros podemos tener —gritaron los sacerdotes paganos— , y además pretende seducir y engañar al pueblo. Ese crimen ha de ser castigado.

Mandó Mesalino llamar a los verdugos, y les dio orden de flagelar despiadadamente al santo obispo. Y como el mártir, firme en la fe, no cesaba de confesar a Cristo, quiso vencer su constancia a fuerza de suplicios ; a la cruel flagelación siguió el tormento del potro ; y luego la inmersión en aceite hirviendo. Por fin, desterróle a Iliria cargado de cadenas.

— ¡Mesalino! —exclamó el Santo mártir— , ¿por qué no reconoces a Cristo y así te evitarías los tormentos eternos de la vida futura?

Mucho ofendió al vicario imperial tanto atrevimiento y juzgó del caso castigar ejemplarmente tal audacia, ordenó pues, que golpearan al santo mártir en la boca con piedras afiladas. Los cristianos testigos de tan in­humano proceder, tomaron la justicia por su mano y arremetieron con fuerza contra los paganos, haciéndolos huir a la desbandada. Este desagradable incidente no hizo más que reavivar la ira de los gentiles.

Apoderáronse de Apolinar y lo arrojaron en un profundo y oscuro calabozo, para dejarlo morir de hambre, pero Dios quiso demostrar la santidad de su siervo, y dispuso que a la primera noche un ángel le sirviera de comer a vista de los estupefactos carceleros, que, pasmados, no podían creer lo que sus ojos veían ni se atrevían a contárselo al juez. Cuatro días pasó en aquella mazmorra sufriendo toda clase de priva­ciones y atropellos antes de ser embarcado con rumbo a su destierro de Iliria.

Correrías Apostólicas

Ya en alta mar, sobrevino una gran tormenta que hizo zozobrar la embarcación , la cual arrastró en su rápido hundimiento a la mayoría de los tripulantes.  San Apolinar de Ravena, sostenido por «aquel que manda al mar y a los vientos», ganó la orilla oriental del Adriático con dos o tres soldados. Éstos, convertidos a la fe cristiana por el santo naúfrago, fueron luego sus valiosos auxiliares en la evangelización de la comarca que tan extraña­ mente les había deparado la Providencia.

El demonio, que vio tambalearse su poder donde hasta entonces había tenido tranquilo dominio, trató de malograr el apostolado de Apolinar endureciendo el corazón y torciendo la voluntad de los naturales. Pero burló Dios los propósitos del infernal enemigo; nuestro Santo curó de la lepra al hijo de un noble de Mesia, y la vista de este prodigio determinó a muchos de aquellos bárbaros a abrazar la fe cristiana que tan grande poder daba a sus santos.

No se detuvo Apolinar allí, a pesar de la hermosa perspectiva que a la religión se prometía en aquella tierra, sino que bordeó el Danubio y descendió a Tracia, convirtiendo, de paso, gran número de idólatras. Como prolongara mucho su estancia en una ciudad de esta provincia, el ídolo en­mudeció. En vano indagaron las causas del extraño silencio, hasta que, a una consulta de los paganos, contestó el demonio por boca de la estatua, que no volvería a hablar ni apaciguaría su cólera en tanto que un tal Apolinar predicador del cristianismo estuviera en la comarca.

Buscaron a toda prisa al forastero, y cuando le hubieron ya en sus manos maltratáronle con cruel ensañamiento. Luego, puesto en un barco que se hacía a la mar, le expulsaron con sus compañeros a Italia. Tres años habían transcurrido desde que Apolinar saliera de Ravena. Su vuelta fue acogida por los cristianos con singulares muestras de afecto.

Por su parte los paganos, que más aún que antes le consideraban como irreconciliable enemigo, no cejaron en su empeño de excitar al populacho en contra del Santo, a quien por fin apresaron, maniataron y arrastraron
al templo de Apolo. Pero la estatua se vino estrepitosamente al suelo, tan pronto como el mártir puso pie en los umbrales.

Fue puesto entonces a disposición del pretor Tauro, a cuyo hijo curó de completa ceguera, invocando el nombre de Cristo. Agradecido el pretor, y para sustraerle a las iras de los gentiles, simuló su detención y arrestóle en una «quinta», donde el Santo pasó cuatro años de apostolado intenso fortaleciendo la fe de los muchos convertidos, ganando nuevos adeptos a la causa de Dios y curando milagrosamente toda clase de enfermedades.

Muerte del santo

Los sacerdotes de los ídolos descubrieron las intenciones que abrigabaTauro al retener en su finca al obispo, razón por la cual acudieron nuevamente a Vespasiano, asegurándole que peligraban los intereses del imperio si no cesaban las activas propagandas que el cristianismo venía realizando en perjuicio de la religión de los romanos. Ante denuncia tan grave, dio el emperador orden al patricio Demóstenes para que juzgara al supuesto criminal sin pérdida de tiempo.

En cuanto estuvo el reo ante el tribunal, preguntóle Demóstenes:

—Viejo seductor, ¿cuál es tu linaje?

—Soy cristiano y tengo a mucha gloria y satisfacción el serlo.

— ¡Insensato! Ha sonado ya la hora de acabar con tus locuras y cal­mar la cólera de los dioses justamente irritados contra ti. Te invito, pues, a rendirles adoración y a dejar tus ridículas innovaciones.

—Lejos de mí semejante villanía. Moriré fiel a mi Dios y gustoso ofreceré mi vida en holocausto por mis hijos espirituales. Y ¡ay de vosotros, Demóstenes, y demás paganos, que rehusáis adorar a Cristo! Las llamas eternas del infierno serán el galardón que premie el culto que dais a los demonios personificados en vuestras estatuas.

Exasperó al juez confesión tan valiente. Confió la custodia del reo a un centurión, mientras él ideaba nuevos géneros de tormentos que acabaran con la vida del santo mártir. Pero el centurión, que era cristiano, aunque no manifiestamente, pensando prestar un servicio a la fe que pro­fesaba, propuso al detenido un plan de evasión.  Aceptó Apolinar, con la mira puesta únicamente en la extensión de la fe, y realizóse la aventura a medianoche. Pero otros eran los designios de la divina Providencia, que quería recompensar los trabajos de su siervo; estando ya fuera de la población, reconociéronle unos espías paganos que andaban en su busca, y le prendieron y apalearon tan bárbaramente que le dejaron por muerto.

Recogido por sus discípulos, fue llevado a casa de un leproso, donde vivió aún siete días. Allí predijo a los cristianos grandes persecuciones contra la Iglesia, las cuales serían seguidas de la más completa calma. Murió el atleta de Cristo el 27 de julio del año 78, y su cadáver fue enterrado en Classe —hoy día Classe Fuori—, arrabal de Ravena. Junto a su sepultura se reunían los habitantes de la ciudad en circunstancias en que se había de prestar solemne juramento, y al efecto extendían las manos sobre la tumba que guarda las reliquias de su glorioso apóstol.

Reliquias de San Apolinar de Ravena

Se conoce desde muy antiguo la historia de estas reliquias. Por testimonios fidedignos sabemos que ya en el siglo vi había en Classe una iglesia dedicada al Santo, debida a la munificencia de un devoto llamado Juliano y consagrada en 549 por el obispo Maximiliano. Un siglo después, otro obispo por nombre M auro (642-671), colocó las reliquias en medio de la iglesia y grabó su historia en láminas de plata.

Reconociéronse los sagrados restos en 1173, en el pontificado de Alejandro III; y en 1511, en el de Julio II, al ser restaurada la tumba. Cuando en el siglo XVI los religiosos de San Apolinar de Classe se trasladaron al convento de San Romualdo de Ravena, llevaron secretamente las reliquias de su ilustre Patrón y las depositaron en su iglesia. El cabildo de la catedral las reclamó alegando que los restos de su primer obispo pertenecían de derecho a la iglesia metropolitana por él mismo fundada.

Llevado el pleito a Roma, ganólo el cabildo; y en 1654, por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, fueron transportadas las reliquias de­ finitivamente a la antigua basílica y depositados en la cripta, debajo del altar mayor.

Oración a San Apolinar de Ravena

Conduce, Señor, a tus fieles por el camino de la eterna salvación, que tu obispo san Apolinar enseñó con su doctrina y martirio, y haz que, perseverando en tus mandamientos, merezcamos ser coronados con él. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

San Apolinar de Ravena | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.