23 de agosto: San Felipe Benicio


San Felipe Benicio

San Felipe Benicio  (en italiano Filippo Benizzi) (15 de agosto de 1233 – 22 de agosto de 1285) fue superior general de la Orden de los Servitas, y se le atribuye la revitalización de la orden. El papa León X lo beatificó en 1516; y el Papa Clemente X lo canonizó como santo en 1671.


Día celebración: 23 de agosto.
Lugar de origen: Florencia. Italia.
Fecha de nacimiento: 15 de agosto de 1233.
Fecha de su muerte: 22 de agosto de 1285.
Santo Patrono de:
Venerado en:


Contenido

– Introducción
– Vocación
– Hermano Lego
– General de los Servitas
– Rehúsa la tiara
– Apóstol de María
– Últimos actos
– Oración a San Felipe Benicio


Introducción

Nació Felipe, de la familia florentina de los Benizi, el 15 de agosto de 1233. Llamábase su padre Jacobo, y era varón de acrisolada virtud; su madre, Albanda, unía a su alta nobleza la más exquisita piedad. No es de extrañar, por tanto, que Felipe, educado en tan buena escuela, diese,.desde sus más tiernos años, claras muestras de aquella extraordinaria santidad que un día le llevaría a los altares.

Al cumplir Felipe los cinco meses, presentáronse en la casa de los Benizi dos hermanos limosneros de la Orden de los Servitas de María. Al verlos entrar sonrió el niño, agitó luego sus manecitas en señal de júbilo, y rompió a hablar «Mamá —exclamó— , éstos son los siervos de la Virgen María, dales limosna». Maravillada de semejante prodigio, dio la di­chosa madre abundante limosna a los pobres religiosos, consagró al privilegiado niño a la Santísima Virgen y puso desde entonces todo cuidado y atención en enseñarle la doctrina cristiana y guiarle por los senderos de la virtud.

Dios premió aquella solicitud, pues a medida que el niño crecía en edad, veía Albanda desarrollarse en él todos los gérmenes que ella había sembrado. piedad, castidad, inocencia, humildad y, sobre todo, una devoación muy tierna a la Santísima Virgen. El niño estaba dotado, además, de una inteligencia privilegiada, de espíritu vivo y penetrante y de una dulzura inalterable de carácter que hacía agradabilísimo su trato.

Terminados los estudios de Humanidades en Florencia, fue Felipe a cursar los de Medicina en París. Allí sobresalió por sus brillantes éxitos y, más aún, por una pureza de costumbres nada común. Vuelto a Italia, frecuentó la Universidad de Padua para acabar los estudios. Coronólos allí con aplauso de condiscípulos y maestros, y recibió el título y el birre­te de doctor.

Vocación

Le sonreía a Felipe un brillantísimo porvenir y una fortuna extraordinaria , pero ni la una ni el otro le deslumbraban y aun los mismos halagos del mundo le tenían harto despreocupado. La gracia, que obraba en él poderosamente, impelíale a más altas perfecciones, a bienes más seguros, a más durable y perfecta felicidad.

Hallábase cierto día en oración en una iglesia de Fiésole, suplicando a Dios con fervor que le iluminase para conocer el estado de vida que debía abrazar y parecióle oir una voz que decía «Entra en la Orden de los Servitas de mi Madre».

Al volver de Fiésole, detúvose en la capilla de aquellos religiosos de Cafaggio, cerca de Florencia, para oir misa. Era el jueves infraoctava de Pascua de 1254. Conmovióle profundamente la lectura de la Epístola del día en donde se refiere la maravillosa conversión del ministro de la reina de Etiopía. Las palabras del Espíritu Santo al diácono Felipe: Acércate y sube a ese carro, le parecieron dichas a él, y con el alma llena de ese pensamiento suplicó a la Virgen le diese a conocer la divina voluntad, y permaneció largo rato en oración.

De súbito fue arrebatado en éxtasis: vióse en un extenso y solitario campo rodeado de precipicios y de rocas inaccesibles, cubierto de lodo e infestado de serpientes. Lleno de terror ante visión tan espantosa, púsose a gritar con todas sus fuerzas y vio acudir a la Virgen en su socorro. Estaba una Señora sentada en magnífica carroza y rodeada de ángeles y bienaventurados que cantaban a coro: «Felipe, acércate y sube a ese carro».

Volvióle a la realidad San Alejo Falconieri, uno de los fundadores, quien, tocándole paternalmente con la mano, le invitaba a retirarse porque se había terminado el oficio. A la mañana siguiente, después de una nueva visión, volvió Felipe a la misma iglesia, echóse a los pies de uno de los religiosos y le suplicó tuviese a bien admitirle en el número de sus hijos.

Hermano Lego

Los años habían transcurrido desde la fundación de la Orden de los Servitas de Florencia. Siete ricos comerciantes de la ciudad, elevados posteriormente a los altares, se habían retirado del mundo, a la Villa Camarzia, primero, y después a más apartada soledad en el Monte Senario, para honrar con especialísimo culto los dolores de la Santísima Virgen. Ella misma les había ordenado que tomasen como base de sus constituciones la regla de San Agustín, y les había mostrado el hábito negro que debían vestir, en recuerdo de la Pasión de su Divino Hijo.

El Padre Buenhijo, a quien se había dirigido Felipe, vacilaba en admitir entre los conversos a un *postulante de tal valía, aunque así lo solicitara el interesado. Consultó el caso con los demás religiosos, y oído su parecer, cedió a sus instancias. Y puesto que aquel joven parecía llamado a tan alta perfección, sería preciso cimentarla en profundísima humildad.

Además, si la Providencia quería sacarle del rango inferior que como lego había de ocupar, Ella hallaría medios para realizar sus designios. Era costumbre que los postulantes admitidos en el monasterio esperasen algún tiempo antes de recibir el santo hábito; en ese período de es­pera sometíase a prueba su vocación con toda clase de actos de obediencia, mortificación y humildad. A pesar del fervor con que Felipe había suplicado ser admitido en la Orden, y de los prodigios que precedieran y acompañaran a tal resolución, el Padre Buen hijo no creyó conveniente dispensarle de la acostumbrada prueba, y le sometió a ella.

A petición del mismo postulante, le ocupó en los trabajos más penosos y humildes. Felipe los desempeñó con diligencia y celo tan acabados que maravillaron a los religiosos, a pesar de estar ellos acostumbrados a este espectáculo. El tiempo de prueba no fue muy largo. Considerando el fervor y la perfección con que el postulante obedecía y lo extraordinario del llamamiento divino, determinaron los superiores anticipar el momento de revestirle con las libreas de su Instituto y conservarle el nombre con el que la voz celestial le había llamado al servicio de la religión.

Por humildad, y para evitar las visitas de amigos y familiares, demasiado frecuentes, a pesar suyo, pidió y obtuvo Felipe el favor de ser trasladado de Cafaggio al eremitorio de Monte Senario. Estuvo allí bajo la dependencia del Padre Amadeo, encargado de la formación de los novicios, y vivió a la vista y en la intimidad con otros varios fundadores que fueron para él, durante más de cuatro años, venerados modelos de santidad.

Regocijábase Felipe con el pensamiento de servir a Nuestro Señor en la paz de aquella vida oscura durante todo el resto de su vida. Pero Dios, le destinaba a ser el propagador de su Orden, no quiso dejar por más tiempo tan viva luz debajo del celemín.

No tardaron los superiores del humilde hermano converso en reconocer en él una sabiduría poco ordinaria y una virtud eminente, por lo cual el Padre Jacobo Poggibonzi, cuarto Prepósito general de la Orden, determinó que fray Felipe fuese ordenado sacerdote, lo que se verificó en Florencia el 12 de abril de 1259. Cantó la primera misa el día de Pentecostés, con ocasión del Capítulo General y después de cincuenta días de esmerada preparación en el Monte Senario.

General de los Servitas

Otra vez quedó patente la eminente santidad del nuevo sacerdote en su primera misa. En el momento de la Elevación todos los asistentes oyeron distintamente voces angélicas que cantaban: Sanctus, Sanctus, Sanctus. Gran consuelo fue para nuestro Santo comprobar que el cielo ratificaba su elevación al sacerdocio, pero su humildad sufrió ruda prueba, porque desde aquel momento no le fue posible sustraerse a los honores y veneración de sus Hermanos. Lo que podría parecer estímulo plausible en el criterio humano, chocaba de lleno con la santidad.

En el Capítulo general de 1259 el Padre Jacobo Poggibonzi recibió un Socius, un compañero en la dirección de la Orden, que fue San Buen hijo Monaldi, el cual a su vez pidió un auxiliar, para cuya función fue designado el Padre Felipe Benicio. Éste pasó por todos los cargos de la Orden; fue definidor, asistente general y, finalmente, aclamado por unanimidad Superior General de la Orden el 5 de junio de 1267.

Todas sus lágrimas, todas las resistencias, todas las industrias que le sugería su humildad para rehusar tal honor y responsabilidad, fueron inútiles. Según una tradición, la misma Santísima Virgen le intimó la orden de obedecer a la voluntad de sus Hermanos, y el Santo obedeció sin replicar: Jamás superior alguno fue más digno de serlo.

El espíritu divino guiábale visiblemente en todos sus actos. Bajo su dirección el Instituto de los Servitas y el culto a la Santísima Virgen, fin del mismo, adquirieron un desarrollo extraordinario. Aquella obra que a los treinta y cuatro años de existencia sólo contaba seis casas en Italia, empezó a adquirir celebridad en cuanto Felipe tomó las riendas del gobierno; y no sólo en Italia sino también en Francia, en España y en los demás países cristianos.

La fama del talento y de la santidad del nuevo General llevaban a la Orden numerosos postulantes de gran valía. Las ciudades se disputaban la honra de contar con una representación de la Orden. Por lo cual, aunque Felipe fue el quinto general, se le considera como a un verdadero fundador.

Rehúsa la tiara

Santísima Virgen parecía complacerse en manifestar la santidad de su siervo con innumerables milagros. Un día que Felipe se dirigía a Roma, encontró en el camino a un pobre leproso que le pidió limosna. Lleno de compasión a la vista de aquel miembro doliente de Jesucristo, le dijo como dijeran en otro tiempo San Pedro y San Juan al cojo de la puerta del Templo, — No tengo oro ni plata, pero te daré lo que tengo. Y, quitándose la túnica, vistió con ella al leproso, que al instante se vio curado, cual si jamás hubiera habido en su cuerpo enfermedad alguna.

No es fácil describir la emoción de quien, por manera tan inesperada, se sentía libre de aquel oprobioso mal. Deshacíase el feliz curado en muestras de gratitud hacia su bienhechor y besábale las manos repetidamente.

—Guárdate bien —le dijo el Padre— de contar a nadie esta maravilla. Pero el agradecimiento del pobre venció la humildad del religioso y en toda Italia resonó muy pronto la fama de aquel estupendo milagro.

Cuanto más se empeñaba Nuestro Señor en exaltar al fiel discípulo que lo había dejado todo para seguirle y tom ar su cruz, tanto más se esforzabaéste en desaparecer, en sustraerse a los honores y en pasar inadvertido.

Lucha admirable en la que a veces la bondad del Divino Maestro era vencida por la humildad del discípulo, como nos lo prueba el caso siguiente. Habían transcurrido cerca de tres años desde el fallecimiento del papa Clemente IV (1268) y los cardenales reunidos en cónclave en Viterbo no llegaban a entenderse para nombrar sucesor, cuando un día sin consultarse, todos los sufragios recayeron en el General de los Servitas.

No les dio tiempo el humilde religioso para ejecutar su designio, porque en cuanto supo la noticia huyó secretamente a las montañas de Siena, se ocultó en el hueco de una roca, y allí permaneció hasta que, perdida la esperanza de hallarle, dieron los cardenales otro pastor a la Iglesia en la persona de Teobaldo Visconti, que tomó el nombre de Gregorio X (1271).

Mientras permaneció en su retiro, se entregó Felipe con nuevo ardor a las más austeras penitencias. Era su alimento el ayuno, las vigilias su alivio y descanso, y el trato con Dios su recreo. No comía pan, sino únicamente hierbas silvestres e insípidas, y no bebía más que agua: y aun ésta le llegó a faltar.

Pero el Señor no abandonó a su siervo en ese trance. Lleno de confianza en Aquel que hizo brotar de la roca del desierto el manantial abundante que remediara la necesidad de los hebreos, hirió Felipe por tres veces el suelo con su báculo, y surgió tan abundante cantidad de agua, que se formó en aquel sitio un pequeño lago, que aún existe con el nombre de Baños de San Felipe, y cuyas aguas tienen virtudes curativas.

Apóstol de María

En la soledad le dio a conocer el Señor que debía dilatar su nombre y propagar la devoción a la Santísima Virgen por las provincias y reinos extranjeros. Felipe, que para nada tenía en cuenta las penas y fatigas cuando se trataba de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, obedeció al instante. Dejó un vicario general en Italia y partió en compañía de dos religiosos a predicar por todas partes la grandeza y las glorias de la Reina de los Ángeles y Madre de Dios.

Francia fue la primera que tuvo el honor de recibirle, y todas sus ciudades le abrieron las puertas. Considerábanle como mensajero del cielo que llegaba acompañado de innumerables milagros de conversión. Los más endurecidos pecadores acudían a sus plantas llorando sus culpas e implorando perdón. Recibíalos con suma bondad, los reconciliaba con Dios y los consagraba a María Santísima. Las ciudades de Aviñón, Tolosa y París, conservaron durante mucho tiempo el recuerdo de su paso.

De Francia pasó Felipe a los Países Bajos, a Alemania, a Sajonia, y en todas partes dio a conocer con el mismo feliz éxito las grandezas de la Virgen, fomentó la devoción a esta’ Madre, y fundó numerosos conventos de su Orden, durante los dos años completos de aquella misión. De regreso a Italia, en un Capítulo general de los Servitas reunidos en Borgo, se esforzó por descargarse del generalato, pero sus Hermanos, en lugar de atender sus reiteradas súplicas, le nombraron General vitalicio.

Como tal, acudió al segundo Concilio general de Lyón. en 1274, para pedir al papa Gregorio X la aprobación de su Orden. Conseguido que hubo su propósito, regresó inmediatamente a Italia, donde le esperaban nuevos trabajos y no pequeñas preocupaciones. Era la época en que la península se hallaba desgarrada por las luchas entre güelfos y gibelinos. Dios se sirvió del Padre Felipe para apaciguar aquellas disensiones, y las ciudades de Pistoya y Florencia, en donde ambas facciones tenían diariamente duros y sangrientos combates, conocieron la paz y la concordia gracias a los buenos oficios del Santo.

Terminada su misión en Florencia, pasó el siervo de Dios a Forli para reducir a los habitantes de la ciudad a la obediencia al papa Martín IV, su legítimo soberano. Logró su propósito, aunque a costa de grandes sufrimientos. Un día los rebeldes a quienes se les hacía costoso soportar la vehemencia de sus predicaciones, hiciéronsele encontradizos, se arrojaron sobre él, le arrancaron los vestidos, le arrastraron por las calles sin cesar de golpearle, y, por fin, le expulsaron ignominiosamente de allí.

El siervo de Dios soportó aquellas violencias sin quejarse, dichoso de sufrir por la causa del Vicario de Jesucristo, su paciencia no tardó en recibir el merecido premio. Porque los habitantes de Forli se sometieron al Papa, y uno de los más obstinados perseguidores del santo religioso, fue a echarse a sus pies, le pidió perdón y le suplicó que lo recibiera en uno de sus conventos, para hacer digna penitencia el resto de sus días.

En el año 1284, Felipe dio el hábito de la Orden de los Servitas de María a Juliana Falconieri, sobrina de Alejo, uno de los siete fundadores de la Orden, doncella de catorce años que debía ser la fundadora de las Servitas Mantellate, y a la que Clemente X II canonizó en 1737.

Últimos actos

Los numerosos trabajos y las austeridades habían debilitado considerablemente al Padre Felipe, y todo hacía prever que no tardaría en volar al cielo. Antes de su muerte quiso recibir, por vez postrera, la bendición del Sumo Pontífice y se dirigió a Perusa. El papa Honorio IV le acogió con los mayores honores y otorgó a la Orden nuevos privilegios.

De Perusa se encaminó a Todi, cuyos habitantes, noticiosos de su llegada, salieron a recibirle en masa, pero, conocedor de ello, el siervo de Dios tomó otro camino. Ese acto de humildad fue recompensado por la Virgen, pues le dio ocasión de convertir en el trayecto a dos públicas pecadoras. Extendióse rápidamente la fama de tal conversión y la penitencia que ambas hicieron, con lo que otras muchas resolvieron imitarlas en aquella decisión, quién para expiar sus pecados, quién para apartarse de los peligros del mundo, de manera que las dos convertidas se vieron pronto a la cabeza de un grupo edificante y altamente fervoroso.

Así se fundó uno de los primeros conventos de religiosas claustradas de la Orden de Servitas. Elena y Flora, las dos primeras convertidas, perseveraron con invencible constancia en su propósito y terminaron sus días en la práctica de las más santas virtudes, y son honradas en la Orden con el título de Beatas.

Esta fundación fue el último acto de apostolado del Padre Felipe en tierras de Italia. De vuelta al monasterio, apresuróse a visitar la Iglesia, y postrado de hinojos ante el altar de la Virgen pronunció aquellas palabras del real Profeta:

«Éste es para siempre el lugar de mi descanso». Al siguiente día, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, cogióle la fiebre. Pasó toda la octava en los sentimientos más vivos de amor a Dios y de ternura para con la Santísima Virgen y, cuando el último día recibió el santo Viático, dijo a su divino Salvador: «Vos sois, Señor Dios mío,aquel en quien he creído, Vos el que he predicado, Vos a quien he buscado y am ado siempre con ternísima devoción y con incansable afán».

Dichas estas palabras quedóse desvanecido y durante tres horas creyósele muerto. Vuelto en sí, dijo radiante de júbilo a sus religiosos reunidos en torno a su lecho: «Hermanos míos, acabo de sostener una lucha tremenda con el demonio. Quería ese enemigo hacerme caer en la desesperación poniéndome a la vista todos los pecados de mi vida, pero Jesucristo, mi Salvador, y María Madre Santísima, han rechazado las flechas de ese cruel enemigo, me han animado y fortalecido en la fe y me han hecho ver el reino eterno que me está preparado».

Pidió entonces «su librito» —que así llamaba al crucifijo— , y mientras se estaba estrechándolo amorosamente contra su corazón, entregó su hermosa alma a Dios. E ra el 23 de agosto de 1285. Tenía sesenta y dos años. La celda en donde acababa de expirar el Santo se halló al instante embalsamada de suavísimo aroma y su cabeza apareció luminosa. Tuvieron que dejar el cuerpo expuesto durante varios días para dar satisfacción a la piedad de los fieles que acudían de todas partes para venerarlo.

Numerosos prodigios fueron recompesa de esa piedad, de modo que el 23 de agosto, en vez de la misa solemne de Requiem que correspondía, el obispo diocesano permitió que se cantase la de los santos confesores. Sin embargo, la fiesta anual de San Felipe Benicio no se empezó a celebrar hasta que en 1516 la autorizó el papa León X. Canonizado por el papa Clemente X el 11 de abril de 1671, su fiesta fue elevada a rito doble por Inocencio X II el 2 de octubre de 1694.

Oración a San Felipe Benicio

Oh Dios, que habéis proporcionado un modelo admirable de humildad en la persona del bienaventurado Felipe, vuestro confesor, concedednos la gracia de despreciar como él los bienes de la tierra para no aspirar sino a las cosas del cielo. Por J. C. N. S.

San Felipe Benicio | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.