23 de Abril: San Adalberto de Praga

Adalberto nació en el año 956 en el seno de una familia ilustre de Bohemia. En su infancia fue víctima de una enfermedad mortal y sus padres hicieron un voto a la Santísima Virgen para ofrecerlo al sacerdocio si se curaba. Sus oraciones fueron respondidas, y el niño recuperó su salud. Enviaron a su hijo al santo arzobispo de Magdeburgo, quien supervisó su educación en religión y ciencia.

En 973 recibió las órdenes sagradas del obispo de Praga. Más tarde, este obispo murió de mala manera, gritando de desesperación en su lecho de muerte que sería condenado debido a su negligencia en sus deberes y ardiente búsqueda de honores, riqueza y placeres. Un testigo de este triste final, Adalberto nunca lo olvidó, tomándolo como una lección por el resto de su vida. El año siguiente fue elegido Obispo de Praga.

Entró descalzo a Praga y fue recibido alegremente por la gente. La Diócesis estaba en una situación deplorable. Algunos de sus habitantes practicaban la idolatría, y muchos católicos estaban bien atrincherados en vergonzosos vicios. En vano, San Adalberto trató de corregirlos y llevarlos a la religión y a la piedad. Cuando sus esfuerzos resultaron infructuosos, obtuvo el permiso papal para abandonar el episcopado y entrar en un monasterio en Roma. Después de cinco años, el Papa Juan XV lo envió de vuelta a Praga con la provisión de que podía dejar el Episcopado nuevamente si la gente no se correspondía.

Una segunda vez fue recibido con alegría, y la gente prometió corregirse y abandonar sus prácticas paganas. Sin embargo, estas apresuradas promesas  fueron olvidadas bien pronto, y el Santo decidió abandonarlas para siempre y regresar a su monasterio. En su camino de regreso a Roma, tuvo un gran éxito en Hungría, donde convirtió a muchos al catolicismo. Con esto, el Papa le ordenó no ir a Roma, sino regresar a Praga. Ante esta noticia, las élites de Praga se enfurecieron y mataron a muchos parientes del Santo, le robaron sus pertenencias y quemaron los castillos familiares.

Adalberto fue entonces a Boleslaus, su amigo, hijo del duque de Polonia. En este país, él convirtió a muchos idólatras. En un viaje misionero a Prusia, convirtió a algunos de los habitantes de Danzig. El duque Boleslao I el Bravo, futuro rey de Polonia, le apoyó y le ofreció una escolta militar que le acompañaría hasta Danzig. Sin embargo, las tribus prusianas se mostraron muy renuentes a sus prédicas cristianas.

Los infieles se alarmaron y le persiguieron de pueblo en pueblo. Sitiado en una casa por una tribu de salvajes, les decía desde la puerta: “Yo soy el monje Adalberto, vuestro apóstol. Por vosotros he venido aquí, para que dejéis esos ídolos mudos y conozcáis a vuestro Creador, y creyendo en Él tengáis la verdadera vida.” Nadie se atrevió a tocarle entonces; pero algo más tarde un sacerdote de los ídolos le atravesó con una lanza mientras rezaba el breviario y le dijo: “Sé feliz, pues no quieres nada más que sufrir con tu Cristo”. Adalberto pudo sostenerse un instante de rodillas para orar por sus asesinos. Cuando recibió el primer golpe, le agradeció a Dios por darle la oportunidad de sufrir por él. Al caer exánime, una sonrisa de felicidad se posaba por primera vez en sus labios. Su alma, inundada de gloria, volaba hacia Dios, descifrado ya el capital enigma que tantas veces le ensombreciera. Habíase cumplido la promesa del Salvador: “Vuestra tristeza se convertirá en gozo, y vuestro gozo nadie os lo podrá arrebatar.” Luego fue decapitado y su cabeza empalada. Era el 23 de abril de 997.

 

Fuente

http://traditioninaction.org/SOD/j069sdAldalbert4-23.htm
Traducido y adaptado con permiso por Proyecto Emaús.
Algunos extractos obtenidos de http://es.catholic.net/op/articulos/35996/adalberto-de-praga-santo.html#