22 de agosto: San Sinforiano


San Sinforiano
En Autun, en la Galia Lugdubense, san Sinforiano, mártir, al que, mientras era llevado al suplicio, desde la muralla de la ciudad su madre exhortaba con estas palabras: «Hijo, hijo, Sinforiano, pon tu pensamiento en Dios vivo. Hoy no se te quita la vida, sino que se te cambia por una mejor».


Día celebración: 22 de agosto.
Lugar de origen: Autun, Francia.
Fecha de su muerte: 22 de agosto de 180.
Santo Patrono de: Autún.


Contenido

– Introducción
– Patria y Familia de San Sinforiano
– Fiesta pagana en Autún
– En el tribunal del procónsul
– Azotan al santo
– Una madre Cristiana en el martirio de su hijo
– Culto y reliquias
– Oración a San Sinforiano


Introducción

Preciosos documento son las Actas de San Sinforiano, de donde sa­camos todos los pormenores de esta vida. Ya Gregorio Turonense, historiador del siglo VI, reconoció su autenticidad, admitida también en el correr de los siglos, por los críticos más quisquillosos y exigentes; tanto es así, que de ellas escribió autor tan severo como monseñor Duchesne: «Representan una tradición limpísima, cristalizada a mediados del siglo v en un relato cuya sustancia puede sin reparo aceptarse».

A este relato del siglo v se añadieron más adelante algunos complementos, más o menos legendarios, en los que fácilmente se echa de ver la fantasía de su autor o autores, por lo que no es difícil eliminar dichos postizos. «Un contemporáneo del Santo —escribe a este propósito un historiador moderno— no hubiese puesto en labios del gobernador un supuesto edicto que Marco Aurelio nunca promulgó, o en labios de un mártir del siglo II, una disertación contra los dioses del paganismo, que parece ser eco de la apologética del siglo IV, y señaladamente de algunos versos del cristiano poeta Prudencio.

Pero lo que traen las Actas referente a la devoción de los de Autún a la diosa Cibeles, cuya fiesta dio ocasión al martirio de San Sinforiano, eso sí que parece ser histórico imperando Marco Aurelio, en todo el mundo romano veneraban a la diosa frigia; popularísima era particularmente en la Galia lionesa a mediados del siglo II, y tuvo adoradores en la ciudad de Autún hasta el siglo V. Nada impide tampoco mirar como antigua tradición el episodio de la madre que desde la muralla de la ciudad exhorta a su hijo cuando va al martirio»

Patria y Familia de San Sinforiano

Tanto por el linaje como por sus dignidades, hacienda y oficios, era la familia de San Sinforiano una de las más notables de Augusto- dunum —Autún—, antigua ciudad de los eduos. Pero incomparablemente más dichosa que por gozar de todas esas ventajas materiales, lo fue por haber conocido y abrazado la verdadera fe.

Cuando en el siglo II los santos misioneros Benigno, Andoquio y Tirso llegaron de Asia Menor al territorio de Autún, los padres de San Sinforiano les ofrecieron generosa hospitalidad. Fausto y Augusta, que así se llamaban aquellos virtuosos consortes, dieron tantos y tan extraordinarios ejemplos de santidad, que se hicieron acreedores a la pública veneración. Los santos huéspedes bautizaron al niño Sinforiano, y a varios deudos de aquella noble familia, ya conquistados para la causa de Cristo.

Imperando Marco Aurelio, se levantó cruelísima persecución contra las Iglesias de las riberas del Ródano y del Saona. Primer episodio de ella fue el degüello de los cristianos de Lyón y de Viena de Francia el año 177.

San Sinforiano vivía por entonces en medio del fausto y esplendor propios de su noble linaje, y gozaba del buen concepto y fama merecidos por su rara virtud. El estudio de la letras desenvolvió y perfeccionó su inteligencia y la divina doctrina del Evangelio educó y moldeó su corazón. Por eso, el santo niño, en la edad que ordinariamente sólo pro­duce flores, daba ya tempranos frutos de sabiduría que bastaran para honrar a varones maduros y ancianos, de manera que, era gala y ornato de la ciudad de Autún, de la que había de ser glorioso patrono.

En medio de los ardores y peligros de la juventud guardó Sinforiano su corazón puro y limpio cual blanquísima azucena. Los escándalos del paganismo no lograron marchitar la flor de su inocencia, por lo que muchos, maravillados de ver tanta virtud y prudencia en edad tan temprana, decían ser imposible que aquel mancebo fuese tan perfecto de por sí, y que sin duda tenía trato con los espíritus celestiales. Su devota madre hacíale leer cada día algunas páginas de los Sagrados Libros, y le obligaba a detenerse en los pasajes más propios para  formar su entendimiento y corazón.

Alegrábase y dábale mil parabienes aquella santa mujer al ver cómo se acrecían en el alma de su hijo el divino amor y la entereza con que había de sobreponerse más adelante a las pruebas y tentaciones; entereza que habría de sostenerle asimismo en el martirio.

Fiesta pagana en Autún

Se gloriaba la ciudad de Autún de su noble y antiquísimo origen, pero sus habitantes vivían totalmente entregados a vanas y sacrílegas supersticiones. Daban veneración especialísima a Cibeles, Apolo y Diana, en cuyo honor celebraban grandes fiestas.

Una chispita de la verdadera fe prendió cierto día en la vetusta urbe pagana, fue poco a poco abrasando los corazones de los autunenses y dio al traste con el culto de los ídolos. Pronto la ciudad del diablo, trocada en ciudad de Cristo, vióse coronada con una diadema de imperecedera gloria cual fue el nutrido cortejo de sus Mártires y Santos.

Llegó la solemnísima fiesta de la diosa Cibeles, que allí veneraban con  el nombre de Berecintia. Un gentío inmenso, ebrio de placeres y desórdenes, acudió a ofrecer plegarias y adoraciones al ídolo que llamaban madre de todos los dioses. Paseábanlo por las calles en unas andas con gran pompa y majestad, y aquellas gentes, creadas a imagen y semejanza del Dios verdadero, postrábanse reverentes en tierra para rendir adoración al simulacro.

En verdad aquel pueblo adoraba sus vicios y pasiones. Un gallardo joven como de veinte años de edad, que topó con la infame comitiva al volver una calle, no pudo contener un gesto de indignación. Cuando pasó junto a él la estatua de la diosa, le volvió las espaldas haciendo burla de ella, era el valiente y virtuoso Sinforiano A la vista de aquel atrevido menosprecio, la muchedumbre empezó a dar gritos, enfurecida por extremo, y los más próximos echaron mano de él.

— Adora a la diosa Cibeles —vocearon todos a una.

— Al Dios vivo adoro yo, no a un ídolo mudo —respondió el mancebo.

— Éste debe ser cristiano —dijeron algunos.

Sin más, le detuvieron y le llevaron ante el tribunal de Heraclio, que era el juez especialmente enviado por el emperador a las Galias, con orden de perseguir a los cristianos. Sinforiano se había dejado maniatar y llevar sin decir palabra, confiado en Aquel que prometió particular amparo cuantos confesasen su santísimo nombre delante de los jueces. Los paganos, satisfechos, esperaban haber realizado buena caza.

En el tribunal del procónsul

Llevaron pues, al joven cristiano ante el procónsul Heraclio:

— Ya he dicho que soy cristiano. Adoro al Dios vivo que reina en el cielo. ¿O crees tú que voy a postrarme y adorar a un vano simulacro del demonio? Al contrario; manda que me traigan un martillo y romperé en mil pedazos la estatua de vuestra diosa madre.

Extrañó al juez la firmeza del esforzado joven y dijo a un oficial

—Este mozo, a su sacrilegio e impiedad junta la rebeldía. ¿Es por ventura ciudadano de Autún?

— Sí, señor —respondió el oficial— ; su familia es de las principales.

— Quizá por eso te muestras tan altivo — dijo a Sinforiano— . ¿Acaso ignoras cuál es la expresa y formal voluntad de nuestros augustos emperadores? Léase públicamente —ordenó— .

Un escribano leyó entonces aquellos decretos imperiales que mandaban perseguir con rigor, y aun atormentar con cruelísimos suplicios, sin atender a su categoría o dignidad, a quienes se llamasen cristianos y violasen las santísimas leyes del imperio referentes al culto.

Cuando el escribano acabó de leer, preguntó Heraclio a Sinforiano:

— ¿Qué te parece todo eso? ¿Crees que puedo dejar incumplido un mandato tan claro y terminante? Eres reo de dos delitos; no puedes negarlo: de sacrilegio, por no querer adorar a los dioses, y de incumpli­miento de la ley. Si te empeñas, pues, en desobedecer al edicto, me obligarás a dar un escarmiento ejemplar. Las leyes burladas y los dioses ofendidos, exigen tu sangre; pero aún tienes la posibilidad de rectificarte.

El valeroso mártir que, fortalecido con el auxilio divino, había escuchado sonriente aquella capciosa intimidación, respondió a las amenazas confesando la justicia y misericordia de Dios, Creador y Redentor

— Tenemos un Dios los cristianos, que es tan severo y riguroso cuando castiga el pecado, como bondadoso y liberal cuando premia el mérito. A quienes temen su omnipotencia les infunde vida, y por el contrario, castiga de muerte a quien se rebela contra su infinito poder. Mientras yo permanezca firme, declarando públicamente y sinceramente que sólo a Él adoro, seguro estoy de la eterna salvación, por más que se levante contra mí la furia del demonio y de vosotros sus secuaces.

Azotan al santo

Comprendió Heraclio que no podría ablandar el pecho fuerte y valeroso del santo mártir, y que a pesar de todas sus razones y amenazas, aquel fortísimo caballero del Señor persistía inflexible en su determinación, y mandó a los lictores que le azotasen cruelmente cual si se tratase de un vil esclavo. Así lo hicieron aquellos desalmados verdugos.

Echáronle después en una dura cárcel- esperaban que la soledad y lobreguez de aquella hedionda mazmorra doblegarían la constancia del mártir, pero el Señor sostuvo el ánimo de su valeroso caudillo.

Terminado ya el plazo otorgado por las leyes, Heraclio hizo comparecer al preso. Habían quedado muy debilitadas las fuerzas del santo mártir con la flagelación y la cárcel. Las cadenas no apretaban ya sus miembros flacos y extenuados. Empresa fácil parecía al juez rendir la voluntad de un joven tan por extremo enflaquecido y debilitado; pero el mártir, sostenido por la gracia, podía menospreciar las promesas del magistrado romano, por halagadoras y seductivas que fuesen.

Cuando Heraclio vio delante de sí al noble mancebo, manifestó fingida compasión, mil veces más peligrosa que las mismas amenazas.

—Considera, Sinforiano —le dijo— , cuánto pierdes, y cuán sin razón te obstinas en no querer adorar a los dioses inmortales. Obedece, te prometo un cargo honrosísimo en los ejércitos del emperador. Además, tendrás derecho a esperar de su liberalidad premios proporcionados a tus servicios. Considera también el peligro a que te expones, si hoy mismo no doblas la rodilla ante la diosa Cibeles, y no rindes adoración a nuestros excelsos dioses Apolo y Diana. ¿Quieres que mande adornar con guirnaldas sus altares? Mira, créeme; ofrece incienso a nuestros dioses, y con sacrificios dignos de su inmensa majestad, procura que te sean propicios.

—Un juez como eres tú, depositario de la autoridad del príncipe y de los negocios públicos —respondió Sinforiano— no ha de andar perdiendo el tiempo en vanos y frívolos discursos. Si es peligroso no trabajar para adquirir cada día una nueva virtud, ¡cuánto más debe temer el dar de cabeza contra el escollo del vicio quien se aparta de la senda del bien!

Insistió el procónsul para ver si podía arrancar al valeroso joven palabras de apostasía, reiteró las halagadoras promesas, y le pintó con vivos colores las honras y dignidades que tendría en la corte. Ni poco ni mucho caso hizo Sinforiano de tales promesas, y respondió:

—Un juez se deshonra cuando, del poder que la justicia puso en su mano, usa él para armar trampas a la inocencia. Nuestras riquezas y honras, de Cristo las esperamos, y sabemos que el tiempo no podrá corromperlas. A vosotros, por el contrario, con las riquezas os tiene el demonio cogidos en sus redes: el ansia de bienes caducos está corroyén­doos el corazón con incesantes zozobras. Nuestros bienes no son de este mundo; a nosotros nada nos roba la adversidad. Muy falaces y pasa­jeras son, en cambio, vuestras alegrías; podrían muy bien ser comparadas a un trozo de hielo que se derrite con los primeros rayos del sol.

Vuestros placeres pasan veloces como el tiempo; sólo nuestro Dios puede galardonar con dicha y gloria infinitas. La más remota antigüedad no vio el principio de su eterna bienaventuranza, y la serie de los siglos infinitos nunca jamás verá su fin, pues no lo tiene.

Con este admirable discurso creció el enojo del procónsul.

—Abusas de mi paciencia, Sinforiano —gritó enfurecido y avergonzado con la derrota— ; harto sabes que nada me importan tus peroratas sobre la grandeza y majestad de no sé qué Jesucristo. Obedece, adora a la madre de los dioses o dictaré contra ti fallo de sentencia capital.

Llenóse el glorioso mártir de sobrenatural alegría cuando oyó aquella conminación, que le prometía la gloria del martirio, y respondió al tirano:

—Al Dios único y todopoderoso temo yo, y sólo a Él sirvo. Tú tienes poder sobre mi cuerpo, mas nada puedes contra mi alma. Sinforiano reprochó luego duramente a aquellos viejos romanos las abominables bacanales que solían tener en las fiestas paganas, y la vergüenza grande de adorar como a divinidades a unos hombres mortales cuya vida fue un tejido de escándalos, y cuyo culto, inspirado por el demonio, sólo se endereza a perder a los hombres, y a sembrar en sus corazones envidias, errores y toda clase de pecados.

El procónsul, inconmovible ante aquellas clarísimas y valientes razones, dictó sentencia de muerte contra el denodado joven.

—Declaramos —dijo— que Sinforiano es reo de crimen, por haberte negado a adorar a nuestros dioses, y haberse burlado de los sacros altares con sus impíos y sacrílegos discursos, ondenárnosle por esta razón a perecer degollado por el cuchillo vengador de dioses y leyes.

Una madre Cristiana en el martirio de su hijo

La sentencia debía cumplirse inmediatamente. Los verdugos llevaron al mártir a las afueras de la ciudad, donde había de recibir la palma de los confesores de Cristo. Entonces ocurrió una escena por demás admirable y enternecedora: una madre cristiana que alentaba a su hijo a pelear denodadamente en la postrera lid.

Augusta estuvo seguramente al tanto de todas las circunstancias delinterrogatorio de su hijo; en su maternal corazón padecía dolores de muerte al verle azotar y encerrar en lóbrega cárcel; pero los sentimientos cristianos se sobrepusieron al dolor, así como presenciara impávida la pelea, quiso asistir jubilosa al triunfo. Corrió a asomarse a la muralla,cerca del portal por el que iba a salir su hijo, para decirle valerosamente el adiós postrero y animarle a coronar dignamente su santa proeza.

En esta ocasión —dicen las Actas del mártir—, aquella madre, tan venerable por su ancianidad como por sus excelentes virtudes, se mostró digna de la madre de los Macabeos, y desde la muralla, con gran espíritu y esfuerzo, exhortóle a que muriese alegremente por su fe.

—Hijo mío Sinforiano —le gritó— , hijo de mis entrañas, acuérdate de Dios vivo; ármate de su fortaleza y constancia. No hay por qué temer la muerte que nos lleva a la vida. Alza, hijo mío, tu corazón, y mira a Aquel que reina en los cielos. ¡ Oh hijo ! No se te quita la vida, antes se trueca en otra mejor; y aunque el camino es estrecho y la senda por donde has de pasar, dura y llena de espinas, acuérdate de que por ella pasaron todos los Santos; con tu sacrificio matarás y vencerás la muerte. No temas los tormentos, porque durarán poco, y por ellos alcanzarás la gloria perdurable y la corona inmortal. Adiós, hijo mío. El Señor te bendiga.

El ejemplo de Augusta, madre según la sangre, pero más aún según el corazón de Dios, lo vemos repetido en la historia de los mártires. Y no deja de ser piofundamente aleccionadora aquella valentía y superior ánimo que alienta en el pecho de tan nobles heroínas.

Pasma considerar la fuerza con que obra la fe sobrenatural en quienes, a despecho del clamor de la sangre, saben poner a Dios por encima de sus sentimientos. La ocasión solemne de este rasgo exalta más aún la grandeza moral de quien desafiando el peligro quiso ensalzar los derechos divinos. Empujado por la propia fe y alentado por el sublime amor de su madre, ofreció Sinforiano su cuello al verdugo, a los 22 de agosto, hacia el año 180.

Culto y reliquias

Había una fuente no lejos del lugar donde fue martirizado San Sinforiano. Cerca de ella enterraron los cristianos el sagrado cuerpo del mártir, en espera de más apacibles tiempos que permitiesen levantarle un monumento digno de su encumbrado mérito. A fines del siglo IV, San Simplicio, obispo de Autún, y San Amador, obispo de Auxerre, erigieron y consagraron una capillita sobre el sepulcro del santo mártir.

A principios del siglo v, San Eufronio edificó allí cerca un monasterio y un templo donde depositó las sagradas reliquias del santo patrono de la ciudad de Autún. En el siglo vn, San Leodegario mandó edificar otro sepulcro dentro del antedicho templo, y a él trasladó el cuerpo del glorioso mártir, y lo hizo colocar entre los cuerpos de sus padres.

Por los años 1467, el cardenal Rolín, obispo de Autún, halló en la cripta del templo tres sepulcros de piedra con una inscripción latina redactada en estos términos: «Fausto y Augusta descansan en estos dos sepulcros; el cuerpo entero e intacto de Sinforiano descansa en el de en medio». El prelado sacó una porción de las reliquias, que mandó engastar en un relicario de plata y guardar en la iglesia para veneración de los fieles.

El año de 1570, el almirante Coligny, jefe de los protestantes, saqueó el monasterio, le puso fuego y mandó echar a la hoguera las sagradas reliquias de San Sinforiano y las de sus padres. Sacrilegio horrible que se repitió durante aquellos días de vandálico destrozo en que el odio y la perfidia se cebaron a mansalva sobre las venerandas sepulturas de muchos mártires, para vergüenza y baldón de aquellos empedernidos herejes. Con todo, aún consiguieron, los católicos poner a salvo algunos restos de huesos medio calcinados, que son los que hoy día reciben piadoso culto en aquella catedral.

La fiesta de San Sinforiano se celebró siempre con gran solemnidad. En los siglos de mayor fe, muchísimos cristianos iban en romería a su sepulcro. San Casiano acudió a venerarle desde el corazón de Egipto; San Martín se arrodilló ante el sepulcro del santo mártir cuando fue al territorio de Autún ; San Germán de Auxerre, en su juventud, caminaba cada noche varias leguas para ir a rezar al monasterio.

Por los siglos VI a XI, hubo en Francia muchas abadías bajo la advocación de San Sinforiano. Los Martirologios y demás libros litúrgicos dan fe de la popularidad del culto de este glorioso mártir. Multitud de parroquias le honran y veneran como a su especial y poderosísimo patrono, siempre pronto a correspon­der con sobrenaturales dones a la confianza y amor que se le tributan.

Oración a San Sinforiano

¡Oh glorioso, San Sinforiano! Que diste tu vida entera a nuestro Padre Dios; mira a nuestro pueblo con ojos de misericordia; te pedimos la gracia de vivir y morir santamente; intercede por nosotros ante Dios, para que arrepentidos, retornemos gozosos a la casa paterna.

Has sido valiente con la fe que recibiste de tu familia; te pedimos que nos ayudes, ilumines y fortalezcas nuestros corazones para vencer las tentaciones, y sobre todo, nos obtengas el don de ser buenos discípulos misioneros de Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

San Sinforiano | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.