21 de Marzo: San Benito de Nursia


San Benito

San Benito de Nursia, es también conocido como San Benito, abad. Su  nombre significa «Bendecido o bendito». Es fundador de la orden de los Benedictinos


Día celebración: 21 de marzo / 11 de julio.
Lugar de origen: Nursia, Imperio Bizantino.
Fecha de nacimiento: Año 480.
Fecha de su muerte: 21 de marzo de 543.
Santo Patrono de: Europa,  Orden de San Benito.


Contenido

– Introducción
– Vida eremítica
– Subiaco, escuela de vida
– Monte Casino, lucha contra Satanás
– Resurrección obrada por San Benito
– Totila y San Benito
– La regla de San Benito
– Muerte de San Benito y su culto
– La Medalla de San Benito
– Oración a San Benito


Introducción

Santa Brígida, en sus Revelaciones, habla del patriarca de los mon­jes de Occidente, en estos términos:

«San Benito hubiera podido santificarse en el mundo; pero el Señor lo llamó a la cima del monte, para que con su ejemplo se animaran otros a abrazar la perfección. La Providencia adjuntó a San Benito numerosos compañeros para que formasen un hogar; el Santo les trazó tal Regla de vida que pudiera guiar adecuadamente a cada uno por el camino de la santidad según la propia disposición: ora fuese confesor, ora ermitaño, ora doctor y aun mártir; de suerte que al observarla con fidelidad, numerosos monjes alcanzaron la per­fección de su Padre Fundador».

Benito, cuyo nombre significa «Bendecido o bendito», nació hacia el año 480 en la ciudad de Nursia, situada en el centro de Italia. Las únicas referencias ciertas que de su infancia poseemos, nos las dan los Diálogos de San Gregorio Magno, quien al referirse en ellos a los padres del Santo, sólo dice que descendía de la antigua nobleza sabina. Pero su santidad precoz, y casi innata en él, y en su esclarecida hermana Santa Escolástica, nos dan a entender, bien a las claras, que uno y otra respiraron en el hogar familiar densa atmósfera de virtudes cristianas.

Hacia el año 497, San Benito, gallardo y bien apuesto joven de 17 años, fue a terminar los estudios a Roma. El libertinaje y la inmoralidad de sus compañeros, produjeron en él verdadero espanto, y, en lugar de abando­narse a las nacientes pasiones de la edad, resolvió poner a cubierto la virtud huyendo de la gran urbe con el ama que le había criado.

Pusieron en práctica su proyecto y, a instancias de algunos habitantes, ambos se detuvieron en Enfide, hacia las colinas de Tibur, y allí habrían fijado definitivamente su morada, si la reputación de santidad de Benito, que le ganara el milagro que hizo con una criba rota e instantáneamente reparada en virtud de una fervo­rosa plegaria, no hubiera determinado al estudiante a adentrarse solo en la espesura de un monte.

Vida eremítica

Al llegar al desierto de Subiáco, a cincuenta millas al sureste de Roma, el joven encontró un cenobita llamado Román, cuyo monasterio estaba situado en la cúspide del monte Taleo. El aspirante a la vida eremítica, manifestó, bajo secreto, a aquel religioso varón sus deseos de perfección. El monje juró guardárselo y le indicó en las abruptas laderas de la roca una gruta inaccesible, en la que penetró con ánimo resuelto.

Desde el fondo de ésta sólo se veía el cielo. En determinados días, desde lo alto del peñasco, le bajaba su maestro un pan colgado de una cuerda: al toque de campanilla advertía Román a San Benito que era llegado el mo­mento de dejar la oración y de tomar el frugal alimento.

Tres años permaneció el joven recluido en aquel retiro, hasta que unos pastores lo descubrieron, tomándolo al pronto por bestia montaraz; pero, oyéndole hablar, reconocieron en él a un gran siervo de Dios y escucharon dócilmente sus instrucciones.

Satanás quiso aniquilar desde los comienzos la acción sobrenatural de aquel a quien miraba ya como temible adversario. Tomando, pues, la apa­riencia de un mirlo se puso a revolotear tan cerca de él, que para lanzar al importuno volátil el solitario tuvo que acudir a la señal de la cruz. Ven­cido ya por este medio, representóle con toda viveza la imagen de una joven a quien había tratado en Roma, y surgió en el acto la sugestión dia­bólica:

«¿Estoy bien cierto de que debo continuar llevando un género de vida que tan por encima de las fuerzas de la naturaleza está?»

Pero en esta lucha que le redujo a terrible congoja, la gracia divina intervino oportunamente, y a su impulso el Santo se lanzó a unas zarzas de espinas que había ,en las cercanías de la gruta y se revolcó en ellas, desgarrando su cuerpo lastimosamente, hasta que el dolor ahogó en él la rebeldía de los sentidos. Desde aquel momento nunca más los ardores de la concupiscencia hicieron mella en él.

Murió el abad de Vicovaro, cuyos solitarios fueron a suplicar al ermi­taño de Subiaco que tomara el cargo que quedaba vacante; aunque resistió al principio, consintió al fin y se fue con ellos. Empero, el gobierno del Santo les pareció pronto demasiado austero y llegó a tal punto su descontento que, para librarse de él, envenenaron el vino. Pero Dios velaba por su Siervo: antes de beberlo, el piadoso ermitaño lo bendijo según costumbre, y al instante el vaso se hizo pedazos en sus manos.

— Dios os perdone, Hermanos — dijo el abad levantándose de la mesa— ,por lo que habéis querido hacer. ¿No os había dicho de antemano, cuando a toda fuerza quisisteis hacerme vuestro Superior, que entre mi vida y la vuestra no habría armonía? Buscad a otro Padre que os convenga, porque yo no viviré más con vosotros. Y se volvió a su amada soledad de Subiaco.

Subiaco, escuela de vida

La reputación de santidad de San Benito se había extendido por toda la comarca. Las familias de la alta aristocracia acudían a él para con­ sultarle. El noble Equicio le confió su hijo Mauro para que lo educara y dirigiera, y el patricio Tértulo hizo otro tanto con su pequeñuelo Plácido, niño de corta edad. Pronto concurrieron discípulos de todas partes. Así fue iniciándose y desenvolviéndose la llamada «Escuela de Vida» de Subiaco, que comprendía los doce monasterios esparcidos en las fragosidades de aquellas rocas, integrados por doce monjes cada uno con un abad al frente.

San Benito desempeñaba el cargo de Abad general, ya que por sus manos había pasado la formación religiosa de cada uno de los monjes. Reservóse, además, el derecho de continuarla con los nuevos aspirantes que ingresaban en sus monasterios.

Entre esos conventos había tres instalados en las partes más altas de aquellas rocas áridas. Los monjes que los habitaban veíanse obligados a bajar por agua al lago que había en el fondo del  barranco, teniendo que seguir una bajada muy peligrosa a causa de lo resbaladizo de la pendiente.

Al cabo de algún tiempo se cansaron de los esfuerzos que esa labor suponía. «Padre —dijeron a Benito— , ¿no podríamos construir nuestra vivienda en un lugar más cómodo? Es muy penoso subir el agua cada día.» Benito los consoló paternalmente y les dijo que pensaría en ello. A la noche siguiente tomó consigo a Plácido y escaló silenciosamente la montaña, detúvose al llegar cerca de los monasterios de aquella cima, arrodillóse sobre la dura roca y oró largo rato. Luego, señaló con tres piedras el lugar preciso en que había estado orando y bajó a su monasterio.

Al otro día acudieron los Hermanos a saber su decisión. «Volved — les dijo— a vuestros monasterios, hasta un sitio en que veréis tres piedras puestas sobre otras y cavad allí un poco; el Dios poderosísimo a quien ser­vimos podría escucharos haciendo brotar el agua que tanto necesitáis.»

Con absoluta y pronta obediencia los monjes tomaron el sendero que con­ducía al lugar indicado, y que se hallaba a las puertas mismas de sus mo­nasterios; ¡cuál no sería su sorpresa cuando al llegar vieron que la roca, árida y seca hasta entonces, destilaba hilitos de agua que, en pocos mo­mentos, formaran un riachuelo que llegó hasta el lago del valle!

Aconteció que por aquel entonces, Italia se hallaba en poder de los godos. Uno de aquellos bárbaros, hombre de extraordinaria talla y robustez, pero sin letras, se había convertido y fuése a solicitar el honor de servir a Dios entre los monjes. San Benito lo recibió con gran bondad y lo destinó a ocupaciones en armonía con sus aptitudes.

Un día le entregó un hacha y le encargó que limpiase de matorrales y arbustos las orillas del lago, para transformarlo en huerto; se puso al instante a la obra con ardor, y tan recios hachazos daba que acabó por saltar el hacha, que saliiéndose del mango fue a parar al lago, precisamente a uno de los lugares más profundos, por lo que era imposible sacarla.

Grandemente apenado, el pobre novicio fue a contar su desventura a Mauro, que era el discípulo predilecto y brazo derecho de San Benito, pidiéndole que le impusiera una penitencia. Mauro contó el caso a su santo maestro. Éste al oírlo dirigióse al lugar del accidente, tomó el mango del hacha, sumergió la punta en las aguas y al instante víóse que el hierro subía y que por sí mismo se metía en el mango. El godo, que contemplaba estu­pefacto lo que pasaba, recibió el instrumento de manos de Benito, quien le dijo paternalmente: «Sigue trabajando, hijo, y cesa ya de estar triste».

San Benito

Otro milagro conmovedor tuvo lugar por aquellos días en Subiaco. Una vez que había ido Plácido a llenar un cántaro al lago, perdió el equilibrio y cayóse al agua. Benito, que se hallaba en su celda, sintió una voz interior que le advertía de lo que sucedía.

—Hermano Mauro — exclamó dando fuertes voces— , corre al lago; el niño ha caído al agua y se lo lleva la corriente. El Hermano al oírse llamar acude presuroso, recibe la bendición de su  Padre y se dirige a todo correr a la orilla, desde donde ve al joven Plácido hundido en el agua y arrastrado por la corriente. Sin reparar en el peligro, llégase hasta él, lo coge por su larga cabellera y lo saca sano y salvo a la orilla. Solamente entonces se dio cuenta del milagro; el abad recibió al niño, cuyos vestidos chorreaban agua, mientras que Mauro no se había mojado lo más mínimo.

— Tu obediencia, Hermano Mauro, te ha merecido este prodigio — dijo San Benito— ; yo no tengo parte alguna en él.

— Menos la tengo yo —replicó el discípulo— , lo he hecho todo en estado de inconsciencia, sin darme cuenta de lo que hacía.

— Pues yo —exclamó Plácido— veía sobre mi cabeza el hábito de mi Padre abad y sentía que era él quien me sacaba del agua.

Para apagar el fulgor de aquella verdadera «escuela de vida» de Subiaco, Satanás suscitó el odio de un acólito suyo, llamado Florencio, que habitaba en el valle. El desventurado envió un pan emponzoñado a San Benito, quien al recibirlo, aunque entendió lo que había en él, sin más alteración ordenó con naturalidad a un cuervo que fuera a arrojar aquel presente homicida a un lugar inaccesible. Viendo Florencio que no podía matar los cuerpos, trató de perder las almas; envió junto al jardín donde jugaban los jóvenes monjes, a siete muchachas de vida licenciosa para que a vista de ellos ejecutaran bailes lascivos.

Benito comprendió en el acto el peligro que corría la inocencia de sus discípulos. Y como el que se había declarado enemigo suyo mortal sólo odiaba a su persona, determinó ausentarse para siempre y asegurar a los suyos los bienes de la paz. Así que, despidiéndose de sus doce queridos monaste­rios, se puso en marcha con algunos Hermanos, en busca de otra soledad.

Florencio contemplaba el caso desde el terrado de su casa, gozándose en su triunfo al ver partir a Benito; pero de repente la casa se estremeció, se derrumbó y le sepultó entre sus escombros. El joven Mauro, que había salido más tarde y fue testigo del hecho, corrió jubiloso a llevar la noticia a San Benito. El hombre de Dios afligióse profundamente, tanto por la muerte desventurada de su enemigo, como por la alegría de su discípulo, a quien castigó y dio grave penitencia; y sin más, continuó su viaje. Benito había pasado en Subiaco, según la tradición, cerca de treinta años.

Monte Casino, lucha contra Satanás

Siguiendo  hacia el sur la ruta que le señalaban los montes, San Benito llegó al Monte Casino, en el que encontró las ruinas de la antiquísima ciudad romana Cassinum. Conservábanse aún los restos de un anfi­teatro y el templo de Apolo. Fue su primer cuidado levantar la cruz del Salvador sobre los escom­bros del ídolo; consagró el templo pagano para el culto del verdadero Dios y lo transformó en basílica del Monasterio, bajo el patrocinio de San Juan Bautista y de San Martín.

Corría el año 529 cuando el Patriarca de los monjes de Occidente llegaba al Monte Casino. Catorce años había de vivir en aquella altura destinada ser, en expresión del papa Víctor III, «el Sinaí de las Órdenes Monásticas». San Benito levantó el monasterio con sus mismos discípulos, no sin la oposición del demonio. Cuéntase que un día, los monjes no podían mover una piedra que parecía estar fuertemente sujeta al suelo por invisibles raíces; pero la bendijo el Santo y se pudo entonces remover con la mayor facilidad.

El demonio rabiaba de coraje contra el santo patriarca que se instalaba, a pesar suyo, en un monte en que había reinado como soberana la más grotesca idolatría. A veces se le aparecía en pleno día en figura horribilísima, lanzando torbellinos de llamas por ojos, boca y narices, y le llamaba por su nombre; «¡Benito!, ¡Benito! (en latín: Benedicte! Benedicte !). Este nom­bre, como es sabido, significa Bendecido o Bendito; por lo cual el demonio, como si quisiera retractarse de su palabra, repetía: «No, no Bendito; ¡Mal­dito!, ¡Maldito! ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Qué tienes tú que ver con­migo? ¿Por qué te gozas persiguiéndome?»

Benito le dejaba gritar sin hacerle el menor caso y se entregaba con todo sosiego a sus ocupaciones. Uno de los religiosos que, cediendo a ocultas sugestiones del tentador, se había disgustado de su vocación, se presentó al abad pidiéndole licencia para retirarse al siglo. Trató San Benito de hacerle ver la locura de su proyecto, le recordó los días de su primitivo fervor y cuán razonable era la resolu­ción tomada en tiempos anteriores de abrazar la vida religiosa. En su pa­ternal amonestación le habló de la decisiva importancia de la salvación del alma y de la excelencia sin igual de la vida dedicada al amor y servicio de Dios.

Aconsejóle finalmente que orara y esperara con paciencia el fin de aquella tentación. Pero el religioso nada quería oír ni saber de razones, pues ya su imaginación se hallaba en el mundo y no en el claustro. Como el abad difiriera concederle el permiso que el desventurado solicitaba, tur­baba el orden general con escándalo de los Hermanos, hasta el punto que San Benito se vio obligado a despacharle.

El pobre iluso salió contentísimo; pero estaba aún a corta distancia del convento, cuando vio que se le venía enfrente un furioso dragón con la boca abierta para devorarle. Horrorizado el fugitivo, principió a dar grandes vo­ces, a cuyo eco acudieron presurosos los monjes. Éstos le hallaron temblando de pies a cabeza y, compadecidos de él, le volvieron al monasterio.

El pobre apóstata, que se daba perfecta cuenta del peligro que había corrido, prometió ser fiel a su vocación y mantuvo íntegra su palabra, profesando toda su vida vivísima gratitud al santo abad, a cuyas oraciones se reconocía deudor de la gracia que le había obtenido de ver al dragón infernal que quería devorarle.

Resurrección obrada por San Benito

Un día, Benito había salido al campo a trabajar con sus Hermanos. Entretanto, cierto campesino embargado por el dolor, llegó al mo­nasterio con el cadáver de su hijo en los brazos, preguntando .por
el Padre Benito. Al decirle que el abad estaba trabajando en el campo, el infortunado padre dejó el cuerpo del hijo tendido delante de la puerta y se fue precipitadamente en busca del Santo. Dio con él en los precisos mo­mentos en que volvía del trabajo y, sin más preámbulo, exclamó:

— ¡Padre, devuélvame a mi hijo!
— Pero, ¿soy yo quien te lo he quitado?
— Ha muerto; venga en seguida a resucitarlo — insistió con viveza el pobre padre.
— ¡Vamos, hombre! Eso no es asunto nuestro; lo que tú pides es cosa de los santos Apóstoles —le respondió Benito con aparente brusquedad— . ¿Cómo quieres tú imponernos lo que está sobre nuestras fuerzas?

El campesino, entretanto, reiteraba, embargado por el dolor, que no se iría mientras el Santo no le resucitase al hijo.

— ¿Dónde está ese muerto? — preguntó el abad.
— Ahí tiene usted su cuerpo a la entrada del monasterio —le contestó el padre entre suspiros.

Llegado a él Benito con todos los religiosos, se puso en oración y luego se extendió sobre el cadáver, como en otro tiempo San Pablo cuando resu­citó a Eutiquio. Poniéndose después en pie y elevando al cielo los brazos, exclamó:

«Señor, no mires mis pecados, sino la fe de este hombre, y de­vuelve a este cuerpo el alma que le has quitado».

Apenas hubo terminado  esta oración, un fuerte temblor se apoderó del cadáver. Benito tomó al niño por la mano y lo devolvió a su padre rebosante de vida y salud.

Totila y San Benito

El rey godo Totila habíase apoderado de casi toda Italia, desde el norte hasta Nápoles. Como oyera hablar del abad de Monte Casino en tonos ponderativos y particularmente de su espíritu profético, quiso probar la verdad de lo que se decía, y, al efecto, hizo que su escudero Riggo se vistiera de las insignias reales, y así disfrazado le envió, con brillante séquito de oficiales, al Monte Casino.

—Hijo mío —exclamó Benito apenas lo divisó— , quítate esos vestidos e insignias, que no son tuyos. Sobrecogido Riggo por lo inesperado del caso y espantado por haber pretendido engañar a tal hombre, se postró a sus pies. Sin tardanza se presentó Totila en persona y, sintiéndose acometido por un terror súbito, cayó humildemente a las plantas del Santo. El siervo de Dios, dirigiéndose
a él, clamó por tres veces: «¡Levántate!», y a la tercera tuvo que levan­tarlo él mismo.

—Muchas malas obras haces —le dijo Benito— , muchas malas obras has hecho; cesa ya en la maldad. Tornarás a Roma, pasarás el mar, vivirás nueve años y al décimo morirás. El rey, con muestras de visible espanto, se encomendó a sus oraciones y desde aquel instante se mostró menos cruel. Sucumbió efectivamente en 552, a consecuencia de una herida recibida en la batalla de Jagina, con
lo que se cumplió exactamente la profecía del Santo.

La regla de San Benito

No se sabe ni el año ni el lugar exacto en los que San Benito escribió su Regla, ni siquiera puede determinarse si la Regla tal y como hoy la conocemos, fue redactada como un conjunto orgánico o si fue tomando forma gradualmente en función de las necesidades de sus monjes. Sin embargo, puede considerarse como fecha aproximada el año 530 y en Montecasino con más probabilidades que en Subiaco, ya que la Regla es, con certeza, el reflejo de la madurez monástica y sabiduría espiritual de San Benito.

Los primeros cronistas señalan que cuando Montecasino fue destruido por los lombardos en el 581, los monjes huyeron a Roma llevando consigo, entre otros tesoros, una copia de la Regla «que el santo Padre había escrito». A mediados del siglo VIII había en la Biblioteca del Papa una copia que se tenía por el autógrafo de San Benito. Muchos eruditos o estudiosos aceptan que esta era la copia que se trajo desde Montecasino pero, a pesar de ser bastante probable, no existe certeza absoluta.

De acuerdo con esta teoría, esto posible, este manuscrito de la Regla fue donado por el Papa Zacarías a Montecasino a mediados del siglo VIII, poco tiempo después de la reconstrucción del monasterio. Carlomagno la encontró allí cuando visitó Montecasino a finales del siglo IX, y a petición suya se le hizo una copia muy cuidada, y se repartió un ejemplar con el texto a todos los monasterios del imperio. Muchas copias de la Regla se hicieron a partir de ella, una de las cuales ha sobrevivido hasta nuestros días.

Por tanto, no cabe duda que el actual Códice 914 de la Biblioteca de Saint Gall fue copiado directamente de la copia de Carlomagno de la Abadía de Reichenau. Una reimpresión paleográfica exacta (no en facsímil) de este códice fue editada en Montecasino en 1900, de tal manera que el texto de este manuscrito, con certeza el mejor texto individual de la Regla existente, puede ser estudiado sin dificultad.

La Regla fue escrita en la lingua vulgaris o latín vulgar de la época, y gran parte de su sintaxis y de su ortografía no están en consonancia con los modelos clásicos. No hay todavía una edición de la Regla que satisfaga las exigencias de la crítica moderna a pesar de que hay una en proceso de preparación dentro del Corpus Scriptores Christianorum Latinorum ( n del t., CSEL, ver bibliografía ) de Viena. Una buena edición manual fue publicada por Dom Edmund Schmidt de Metten, en Ratisbona en 1892, que presenta el texto del manuscrito de Saint Gall con la eliminación del elemento del latín vulgar.

Muerte de San Benito y su culto

Cuando San Benito pasaba ya de los sesenta años, tuvo el dolor de per­der a su hermana Santa Escolástica, a la que enterró en el Monte Casino, en el mismo sepulcro que tenía preparado para sí. Pocas semanas después cayó enfermo con fiebre muy elevada y ordenó se abriera nuevamente su sepulcro. Al sexto día se hizo conducir a la iglesia de San Martín para recibir el Sagrado Viático.

Luego, puesto en pie y apoyado en los monjes que sostenían sus miembros debilitados, entregado el espíritu a una oración suprema, exhaló el último suspiro en aquella reverente actitud.

Se cree que fue el 21 de marzo del año 543. En el momento mismo de su muerte, dos monjes que habitaban respectivamente en Monte Casino y en Subiaco, vieron por el lado de Oriente una deslumbradora ruta triunfal que, partiendo de la celda del siervo de Dios, se perdía en lo alto de los cielos, a la vez que lucían en ellos con esplendor inenarrable, multitud de brillantes lámparas.

Mientras contemplaban embelesados aquel portento, un ángel, irradiando a su vez fulgurantes resplandores de luz, les dijo:

«Esa es la vía por la cual Benito, el amadísimo del Señor, acaba de subir al cielo».

La Regla promulgada por Benito hacia el año 540, es aún hoy un monu­mento admirable que, a diferencia de la primitiva casa de Monte Casino donde nació, ha resistido a todos los embates y vicisitudes de los tiempos. San Benito cuenta entre sus innumerables hijos espirituales con una multitud de santos, muchos papas y un inmenso número de obispos, celo­sísimos todos de la conservación del espíritu de su Fundador en el mundo. León XIII elevó la fiesta de San Benito al rito de doble mayor el 5 de abril de 1883.

La Medalla de San Benito

Cuenta la historia que en el año 1647, unas mujeres fueron juzgadas por hechicería, en el proceso declararon que no habían podido dañar el monasterio de los benedictinos, porque se encontraba protegido por el signo de la santa Cruz. Se buscó entonces en el monasterio de Metten ( Baviera, Alemania) y se encontraron pintadas antiguas representaciones de esta cruz, con la inscripción de San Benito. Este símbolo es actualmente un sacramental en la religión católica y es conocido más popularmente bajo el nombre de “La medalla de San Benito”.

Oración a San Benito

Santísimo confesor del Señor; Padre y jefe de los monjes, interceded por nuestra santidad, por nuestra salud del alma, cuerpo y mente. Destierra de nuestra vida, de nuestra casa, las asechanzas del maligno espíritu.

Líbranos de funestas herejías, de malas lenguas y hechicerías. Pídele al Señor, remedie nuestras necesidades espirituales, y corporales. Pídele también por el progreso de la santa Iglesia Católica; y porque mi alma no muera en pecado mortal, para que así confiado en Tu poderosa intercesión, pueda algún día en el cielo, cantar las eternas alabanzas.

Amén.

Jesús, María y José os amo, salvad vidas, naciones y almas.

Rezar tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias.

Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES
https://ec.aciprensa.com/wiki/Regla_de_San_Benito