20 de Junio: San Silverio, Papa y Mártir


San Silverio

El papa San Silverio gobernó la Santa Sede desde el 8 de junio de 536 hasta su deposición en 537, unos meses antes de su muerte. Posteriormente depuesto por el general bizantino Belisario, fue juzgado y enviado al exilio en la desolada isla de Palmarola, donde murió de hambre en 537.


Día celebración: 20 de Junio
Lugar de origen: Frosinone, Italia.
Fecha de su muerte:  2 de Diciembre de 537.


Contenido

– Introducción
– San Silverio sucesor de San Agapito
– Guerra terrible en Italia
– Intrigas
– Destierro de San Silverio
– Triunfo de Cristo y de la verdad
– Oración a San Silverio


Introducción

El breve pontificado de San Silverio pertenece al dominio de la controversia, tanto en lo referente a las circunstancias de su elección — cuya legalidad canónica fue, sin embargo, reconocida— , como en los detalles de su muerte; pues todo ello está envuelto en penumbra y oscuridad. No es posible diseñar el pontificado de San Silverio sin evocar la figura de su inmediato predecesor San Agapito y la de Vigilio, su sucesor en la silla de San Pedro.

Apenas hacía un año que San Agapito I ocupaba el solio pontificio (535), cuando el rey de Italia, Teodato, le suplicó que fuera a Constantinopla. Los ostrogodos eran dueños de Italia hacía ya cerca de cincuenta años y Teodato ceñía sobre sus sienes la corona real; pero los emperadores de Oriente no habían renunciado a la esperanza de reconquistar esta provincia. Teodato temía la guerra y pedía por favor la paz, ofreciendo someterse a todo; con el fin de que la suerte le fuera favorable, rogó a San Agapito que se trasladara a Constantinopla para pleitear su causa.

El Pontífice emprendió el viaje confiando que seria muy útil a la paz civil de Italia y a la paz religiosa de las Iglesias de Oriente, turbada por diversas herejías. Justiniano I, célebre por los trabajos legislativos de sus jurisconsultos y por la reconstrucción de la suntuosa iglesia de Santa Sofía reinaba entonces en Constantinopla desde 527. Agapito acababa de recibir de sus manos una carta respetuosa en extremo, en la cual el príncipe griego hacía profesión de fe católica en términos irreprochables.

El sucesor de San Pedro, aprobando su doctrina, le respondió: «Aunque Nos no podemos reconocer en los laicos autoridad alguna en materia de doctrina, alabamos el celo del piadosísimo emperador para mantener, en cuanto de él dependía unidad de la fe católica».

En aquel entonces a ningún griego le hubiera pasado por la mente la idea de declararse ortodoxo y separarse de la unidad de la Iglesia católica. Cuando Agapito atravesaba el territorio griego, una familia que lloraba afligida, le presentó un joven paralítico que no podía ni andar ni hablar. «Tenemos fe en la misericordia de Dios y en el poder de su Apóstol Pedro — decían los padres— ; curad a nuestro hijo».

El pontífice celebró el Sacrificio de la Misa y, al bajar del altar, tomó por la mano al enfermo, el cual se levantó curado y comenzó a andar. Agapito le dio la Sagrada Comunión y al instante el joven soltó la lengua. La multitud que presenció el prodigio vertía lágrimas de alegría y bendecía a Dios.

La recepción del Papa en Constantinopla fue triunfal. Le tributaron todos los honores que eran del caso, pero la parte política de su viaje fracasó. Sin embargo, su presencia en la ciudad fue providencial, pues estaba amenazada de un cisma a causa de las intrigas de la emperatriz Teodora, consejera de Justiniano. Hija de un saltabanco que, a la sazón, era guardián de los osos del anfiteatro, Teodora había conocido en su juventud todos los extravíos; tras un aparente cambio de vida, con su belleza e hipocresía cautivó a Justiniano, que era entonces general y que tuvo la debilidad de tomarla por esposa.

Siendo emperatriz, la despreciaba el pueblo por sus escándalos pasados y por su soberbia y altivez. Su conversión no fue sincera y es lógico suponer que la religión verdadera, con su austera moral, debió complacer medianamente a la advenediza. Es más cómoda la herejía; Teodora apareció, pues, como defensora de los partidarios de Eutiques. que rechazaban las conclusiones del Concilio Ecuménico de Calcedonia.

A la muerte de Epifanio, patriarca de Constantinopla, la emperatriz hizo elegir para sustituirle al eutiquiano Antimo. Felizmente, el Pontífice de la antigua Roma llegaba en aquellos momentos a la «Roma nueva», como llamaban a Constantinopla. En nombre de los derechos del Vicario de Cristo y como Jefe de la Iglesia universal, San Agapito se apresuró a intervenir en estos asuntos: Antimo fue depuesto y San Menas elegido patriarca.

El Sumo Pontífice recibía al mismo tiempo un mensaje de la Iglesia patriarcal de Alejandría, suplicándole que hiciera intervenir su autoridad contra los eutiquianos de Egipto; las ciudades de Siria, Antioquía, Cesarea, solicitaban también su intervención contra otros herejes. Para remediar tantos males, San Agapito propuso convocar un Concilio, pero su muerte, acaecida el 22 de abril de 536, no le dio tiempo para realizar su proyecto.

«Cuando la parca inexorable segó el hilo de su vida — dice un testigo ocular— , fue una fiesta para él, pero un día de luto inmenso para nosotros. Nunca se han celebrado, ni para un Papa, ni pura un emperador, funerales tan solemnes. Las calles, las plazas, los pórticos, los tejados de las casas estaban obstruidos por la innumerable multitud que había acudido a los funerales de San Agapito. Constantinopla vio aquel día reunidos entre sus muros a todos los pueblos de sus provincias.»

San Silverio sucesor de San Agapito

Por este tiempo resonaba en los ámbitos de Italia el grito de guerra. Los ostrogodos no aceptaban en modo alguno el tratado de paz humillante solicitado por el rey Toodato y este príncipe se preparaba a la lucha contra los griegos.

Al saber la muerte de San Agapito, temió que la elección de Sumo Pontífice recayera en una persona favorable a Constantinopla; y. creyendo encontrar en San Silverio — subdiácono de la Iglesia romana. y oriundo de Frosinone, en Campania — un hombre más propicio a la causa de los ostrogodos, ordenó al clero y al pueblo romano que le aceptasen como Pontífice, llegando hasta el extremo de declarar que todo conato de resistencia seria castigado con la muerte.

La elección tuvo lugar el 8 de junio de 536. Pero, poco tiempo después, Teodato fue asesinado por sus propios vasallos, a quienes pareció cobarde en demasía, y el general Vitiges fue elevado a la dignidad real. Sin embargo, el clero romano, descoso de evitar los males de un cisma, no volvió a tratar del asunto de la elección de San Silverio y se sometió voluntariamente a este Pontífice, que desde entonces fue el pastor legítimo de Roma y sucesor de San Pedro. Al aceptar San Silverio la irregularidad de la elección, delinquió ciertamente, pero reparó su culpa con la vida ejemplar que llevó durante el resto de sus días.

Siempre se mostró digno del alto cargo de que había sido investido. En aquel siglo de intrigas, de desórdenes y de confusión, supo, a ejemplo de sus predecesores, mantener los derechos de la Iglesia y de la verdad. Muchos Pontífices hasta entonces, habían derramado generosamente su sangre en defensa de tan santa causa; San Silverio siguió su ejemplo sin debilidad por el camino real de las persecuciones, de los sufrimientos, del destierro y del martirio.

Guerra terrible en Italia

Justiniano se dejó asustar por el bélico ardor de los ostrogodos. Tenía entonces al mando de sus ejércitos un general célebre, el patricio Belisario, que acababa de conquistar en África el reino de los vándalos y de llevar a su rey prisionero a Constantinopla. Al frente de una importante escuadra, Belisario fue enviado a la conquista de Italia.

Primero se adueñó de la isla de Sicilia,  encaminándose luego a Nápoles. cuyas puertas le fueron cerradas. La ciudad fue asaltada y pasada a sangre y fuego. Los soldados degollaron a ciudadanos, mujeres, niños, sacerdotes, monjes y religiosas. Italia entera se estremeció al saber tales horrores, dignos de paganos y de bárbaros.

Tanto mayor era el asombro ante semejante crueldad, cuanto que Belisario, hasta entonces, se había distinguido por la nobleza de su carácter. Por desgracia, tuvo, como Justiniano su soberano, la debilidad de casarse con una depravada cortesana, cuya triste influencia le fue a menudo funesta. Llamábasela Antonina y era digna compañera de la emperatriz Teodora.

El nuevo rey de los ostrogodos, Vitiges, corrió a la defensa con un ejército considerable, pero fue derrotado a las puertas de Roma, y el 9 de diciembre de 536, Belisario hizo su entrada triunfal en la Ciudad Eterna, cuyas puertas le fueron abiertas por orden del Papa. Así se libró Roma de la suerte de Nápoles, y hasta San Silverio, aprovechando las buenas disposiciones del vencedor, obtuvo de él providencias de reparación para aquella ciudad sepultada entre sus ruinas.

Belisario concedió privilegios a cuantos se determinaran a habitarla sin tardar, y Nápoles fue repoblada. Dos meses después, el 20 de febrero de 537, Vitiges reapareció al frente de un ejército de ciento cincuenta mil hombres y sitió a Belisario en Roma. Éste organizó la defensa con un valor heroico y el sitio duró un año entero.

El hambre se dejó sentir en la ciudad, cercada por todas partes; hasta el agua que bebían tenían que pagar, pues los enemigos habían cortado los acueductos de las fuentes públicas. Durante este tiempo, los ostrogodos devastaron completamente la campiña romana e incendiaron los caseríos, las granjas y las iglesias: entonces comenzó el abandono de esta próspera región.

Mientras los ostrogodos concentraban así sus fuerzas alrededor de Roma, los francos de Austrasia, al mando de Teodoberto, atravesaron como vencedores el norte de Italia, llevándose un rico botín. Tras tantas guerras, el hambre llegó a ser tan espantosa en varias provincias de Italia, que en la Liguria algunas madres se vieron reducidas a devorar el cadáver de sus hijos. Por fin, en 538, los ostrogodos fueron de nuevo vencidos por Belisario y se refugiaron en Ravena.

Intrigas

Belisario había recibido de la emperatriz Teodora la misión de alcanzar del papa San Silverio el restablecimiento del hereje Antimo en la sede patriarcal de Constantinopla. En carta dirigida al Pontífice de Roma, la emperatriz le decía: «Venid pronto a Constantinopla. Si os es imposible emprender ese viaje, a lo menos restableced al patriarca Antimo».

Cuando el Papa leyó este mensaje, lanzó un profundo suspiro: «Negocio es éste — dijo— que me valdrá el destierro o la muerte. Pero no obrare contra mi conciencia admitiendo un hereje a la comunión. Nunca cometeré semejante crimen». Y respondió a Teodora: «Augusta emperatriz, no puedo cumplir lo que exigís de mí. Jamás rehabilitaré a un hereje obstinado ni su error y jurídicamente condenado por mi predecesor».

Había entonces en Constantinopla, en calidad de Nuncio de la Santa Sede, un diácono llamado Vigilio. Era un ambicioso, cuyas aspiraciones al sumo pontificado habían sido defraudadas. Comenzó por adular a la emperatriz, y ésta le declaró que le apoyaría si consentía en dar setecientas libras de oro (cinco millones de pesetas) y llamar de nuevo a Antimo. No sabemos lo que prometió Vigilio, pero es muy probable que evitaría comprometerse a fondo. Lo cierto es que su habilidad tuvo el éxito apetecido. Partió para Italia con el siguiente mensaje secreto a Belisario:

«Buscad una ocasión para apoderaros de la persona del Papa. Le desposeeréis del Pontificado y le enviaréis a Constantinopla. En su lugar pondréis al archidiácono Vigilio, que se ha comprometido a reponer a Antimo».

El vencedor de los ostrogodos no recibió esta orden sin profundo dolor, pues como católico que era, no podía menos de estremecerse ante la idea de cometer tamaño sacrilegio, al que se seguirían, en su sentir, grandes desastres para el Imperio. No obstante, instigado por su mujer Antonina, la amiga de Teodora, acabó por decir: «La emperatriz manda y debo obedecer. Pero los que quieren la muerte del Papa, darán cuenta a Dios de este crimen en el día del juicio».

Destierro de San Silverio

Los enemigos del Papa se valieron de calumnias y mentiras para acusarle, pagando a falsos testigos para que depusieran testimonios contra él en estos términos: «Sabemos de fuente fidedigna que el papa Silverio había hecho pacto con Vitiges, rey de los ostrogodos, para perder a los romanos. Una vez, entre otras muchas, le envió este mensaje que ha caído en nuestras manos: Venid esta noche cerca de Letrán, en la puerta Asinaria, y os entregaré la ciudad y al patricio Belisario».

No le costó mucho trabajo a San Silverio refutar esta odiosa calumnia. Demostraron los peritos que la pretendida carta del Papa había sido escrita completamente por el abogado Marcos y un soldado de la guardia, llamado Julián. Belisario reconoció la inocencia del Pontífice, pero le suplicó que satisficiera los deseos de la emperatriz, único medio — decía él— de acabar con tales dificultades y de conservar su Sede.

Guardián infalible de la verdad, Silverio declaró valerosamente que antes padecería el martirio que admitir a su comunión a un hereje obstinado y desautorizar en lo más mínimo al Concilio de Calcedonia. A Belisario se le presentaba ocasión de imitar el noble ejemplo del Pontífice; pero no se atrevió y determinó entregar el Vicario de Cristo a sus enemigos. Llamóle, pues, a su palacio, situado en el Pincio, adonde acudió el Pontífice acompañado de varios eclesiásticos. Éstos fueron detenidos en la segunda antecámara del palacio; sólo el Sumo Pontífice fue introducido ante la presencia del general y no se le vio salir.

San Silverio fue llevado a una habitación interior en la que se hallaba Antonina tendida sobre un diván; Belisario estaba sentado a sus pies, y al lado de éste, el diácono Vigilio. Antonina, olvidando las reglas de la más elemental cortesía, sin levantarse siquiera cuando entró el Pontífice, le interpeló con voz encolerizada: «Decidme, señor Papa — exclamó— , ¿qué mal os hemos hecho, tanto a vos como a los romanos, para que hayáis querido entregarnos al poder de los ostrogodos?»

Mientras seguía hablando, un subdiácono llamado Juan entró en la sala, arrancó el palio al Pontífice y le arrastró a una sala contigua; allí le despojaron de sus vestiduras, haciéndole poner en su lugar una cogulla de monje, y le dejaron a disposición de Vigilio.

Al día siguiente el pueblo supo con estupefacción que el papa San Silverio había sido depuesto del solio pontificio, que le habían relegado a un monasterio y que era preciso elegir un sucesor. Belisario, imponiéndose al clero de Roma por el terror, hizo proclamar a Vigilio, sembrando la desolación en toda la Iglesia. En realidad, San Silverio no volvió a aparecer más; embarcado en un navio cuando los ostrogodos se vieron obligados a levantar el sitio de Roma, el Vicario de Cristo fue conducido a las costas del Asia Menor y desterrado a Pátara en la Licia.

Nuestro Santo soportó con entereza grande la dura prueba a que se vio sometido, sin dejar ni un momento de velar, en la medida que le era dado hacerlo, por el bien de la religión. El obispo de Pátara le recibió con grandes muestras de respeto y de admiración. Indignado de semejante iniquidad cometida contra el Jefe de la Iglesia, este valeroso obispo —cuyo nombre desgraciadamente se ignora – fue a Constantinopla para pedir justicia a Justiniano: «¡Hay mucho reyes en el mundo — dijo al emperador— , pero no hay más que un solo Papa, jefe de la Iglesia universal, y se le trata de este modo!»

Justiniano hizo ademán de extrañeza: había sido víctima de un engaño sobre el verdadero estado de las cosas. Dispuso que San Silverio volviese a Italia, que se le repusiera en la Sede Apostólica, si se probaba que no quiso entregar Roma a los ostrogodos de Vitiges, y si no, que se le diera otra sillón episcopal. La emperatriz Teodora se valió de todas las intrigas para hacer fracasar estas providencias; pero esta vez Justiniano mantuvo su decisión.

Al saberlo, Vigilio se conmovió. Es de suponer que, por su parte, la intrigante Antonina no permanecería inactiva. Belisarío cedió una vez más a esta mujer infame: por orden suya, San Silverio fue de nuevo preso a su llegada a Italia, deportado a la isla Pontia y poco después a la cercana isla Palmaria, célebre ya por el destierro de cierto número de cristianos en los siglos I y II, especialmente Santa Flavia Domitila y los Santos Nereo y Aquileo.

En aquel triste destierro, pasó los últimos días de su vida sujeto a mil tribulaciones y a tan crueles tratamientos, que llegaron al extremo de privarle del alimento necesario y aun del agua  suficiente para aplacar la sed.

Tal proceder empleado contra el Jefe supremo de la Iglesia levantó grandes gritos de indignación en todo el orbe católico, cuyos obispos representaron una y otra vez al poder civil para que cesara una persecución que era el escándalo de la cristiandad; mas todos sus esfuerzos se estrellaron contra las tramas criminales de la emperatriz Teodora, empeñada cada vez más en que nuestro bienaventurado colocase de nuevo en la sede de Constantinopla al hereje Antimo y revocara los acuerdos tomados en el Concilio de Calcedonia.

Triunfo de Cristo y de la verdad

Tras muchas privaciones y sufrimientos, el venerable desterrado murió al año siguiente, 20 de junio de 538, después de haber perdonado a todos sus enemigos y pedido para ellos la misericordia del ciclo. El mártir recibió cristiana sepultura en la isla Palmaria; la gloria con que Dios le coronó y premió sus sacrificios fue proclamada de una manera manifiesta por los muchos milagros que ilustraron su tumba.

Belisario se arrepintió de lo que había hecho a San Silverio, y borró con una vida de fervor y de penitencia su enorme culpa, siendo muestra perenne de su feliz mudanza de vida, la iglesia que en honor del santo Papa hizo edificar en Roma entre el Pineio y el Quirinal , con una inscripción en su frontispicio, donde consta la confesión y el desagravio de su pecado.

Dios concedió también a Vigilio la gracia de expiar su falta en este mundo. Todo cuanto hizo Teodora para recordar a Vigilio su compromiso de restablecer en la sede de Constantinopla al hereje Antimo, fue en vano. En sta circunstancia se ve palpablemente la asistencia del Espíritu Santo al Jefe de la Iglesia universal: lo que Vigilio había prometido tan imprudentemente siendo diácono, se resistió a cumplirlo con invencible constancia una vez constituido Papa legítimo.

Detenido por orden de la emperatriz, conducido a Constantinopla, amenazado de muerte, arrastrado por las calles con una soga al cuello como un malhechor, Vigilio permaneció fiel defensor de la fe católica, sostén del patriarca legítimo San Menas, adversario de los herejes. Teodora, excomulgada, murió impenitente, y Vigilio volvió a Roma. Otra versión, apoyada en el testimonio de un autor griego, Procopio, simplifica mucho las circunstancias de la muerte de San Silverio.

Según ella, el Pontífice entraría en casa de Belisario de la cual no volvería a salir; un familiar de palacio, Eugenio, después de haberle asestado el golpe mortal habría hecho desaparecer su cadáver por orden del general de Justiniano.

En este caso, la elección de Vigilio habría sido canónicamente regular, puesto que la Santa Sede estaría vacante. Lo cierto es que en la isla Palmaría nunca se ha encontrado el cuerpo de San Silverio. El nombre de este santo Pontífice no se baila en ningún martirologio antiguo, como el de Floro, Usuardo o Adón, por lo menos según sus versiones primitivas. Seguramente que el papa Cregorio VII impondría su oficio en Roma.

Consta en el Breviario de 1550 como fiesta de rito simple y fue conservada por San Pío V. Después se ha modificado la leyenda por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos.

Oración a San Silverio

Conduce Señor, a tus fieles por el camino de la eterna salvación, que tu obispo San Silverio enseñó con su doctrina y martirio, y haz que, perseverando en tus mandamientos, merezcamos ser coronados con él. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

San Silverio, ruega por nosotros.

San Silverio | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.