2 de Julio: San Otón, obispo


San Otón

San Otón, obispo, que evangelizó con gran celo al pueblo de los pomeranios. Luego de arduos trabajos, falleció en Bamberg a 30 de junio de 1139. Fue canonizado por Clemente III en 1189, celebrándose su fiesta el 2 de julio.


Día celebración:
Lugar de origen: Mistelbach de Franconia, Alemania.
Fecha de nacimiento: Año 1602.
Fecha de su muerte: Año 1139.
Santo Patrono de: Protector contra la fiebre y la rabia.


Contenido

– Introducción
– Obispo de Bamberg
– Voto de obediencia
– Apóstol de Pomerania
– Santa emulación entre dos ciudades
– Segunda misión: Muerte del santo
– Oración a San Otón


Introducción

Fue San Otón natural de Mistelbach de Franconia. Allí nació, por los años de 1062, de padres nobles, pero pobres en bienes terrenales. Desde jovencito se dio al estudio de las letras humanas y llevaba ya algunos años de grande aprovechamiento, cuando, casi a un tiempo, se le murieron los padres, con lo que se tornó más apurada su situación. Para no ser gravoso a su hermano mayor, pasó a Polonia, que por en­tonces carecía de maestros, y puso escuela, a la que en breve acudieron muchísimos alumnos.

Con su ciencia, piedad y finos modales se ganó muy presto la confianza de los principales señores de Polonia, los cuales no sólo se hicieron amigos de San Otón, sino que a menudo ponían en sus manos muy enmarañados pleitos para que él los compusiera. Creció tanto su fama, que el duque Boleslao II le nombró su capellán; y habiendo muerto su primera mujer, eligió al Santo para que fuese a pedir para él la mano de Judit, hermana de Enrique IV de Alemania.

El negocio salió admirablemente, pero el duque perdió en él a su prudente y sabio consejero; porque el emperador, prendado del embajador de Boleslao lo retuvo en su corte. Y San Otón, que dejara su patria, pobre y casi desconocido, volvió a ella como personaje importante y calificado. Su principal oficio fue por entonces, rezar salmos a coro con el emperador.

Vacó entretanto el cargo de canciller, y el emperador, no hallando persona más capaz que su capellán para desempeñarlo cumplidamente, le nombró canciller del imperio. El Santo ejerció tan importante empleo por espacio de algunos años con celo y acierto tales, que nunca prosperaron tanto los negocios de palacio como en el tiempo en que los administró San Otón.

Quiso el emperador premiarle dándole un obispado, aun a costa de los intereses del imperio que perdería a tan sabio ministro, pero el Santo no aceptó aquella dignidad. No llegaba a entender Enrique [V cómo un varón tan virtuoso y prudente rehusaba el obispado, siendo así que eran muchos los que con intrigas y amaños lo solicitaban. Ignoraba que su canciller tenía corazón muy noble para allanarse a tamaña bajeza. Sabía San Otón que el poder de distribuir beneficios y obispados, lo había usurpado el emperador a la Iglesia, y temía manchar su alma con el crimen de simonía, si aceptaba la propuesta de su señor.

Obispo de Bamberg

El año 1102 quedó vacante el obispado de Bamberg. Otra vez propuso el emperador a su canciller que aceptase el ser obispo. El santo varón que tan obstinadamente había hasta entonces rehusado tal dignidad, la aceptó ahora para evitar que en la silla de Bamberg se sentasen hombres indignos. Hizo más, consintió en recibir de manos del impío emperador el anillo y el báculo pastoral, aunque con propósito de permanecer fiel de corazón a la Iglesia, y haciendo voto de no aceptar la consagración episcopal hasta tanto que el Sumo Pontífice ratificase aquella elección.

Por disposición del emperador, los obispos de Wurzburgo y Augsburgo acompañaron a San Otón hasta Bamberg. Hicieron el viaje a principios del mes de febrero en que el frío es rigurosísimo en aquellas tierras. En cuanto vio de lejos la torre de la catedral, San Otón se descalzó, y prosiguió el viaje andando sobre hielo y nieve, rodeado del clero y pueblo que salieron a recibirle con grande alborozo.

Lo primero que hizo al llegar, fue escribir al papa Pascual II, para in­formarle de lo sucedido y pedirle consejo sobre lo que tenía que hacer. Al mismo tiempo le afirmaba estar pronto a partir para Roma, si tal era la voluntad del Pontífice:

Por espacio de dos años, serví a Enrique, mi señor, logré ganar su amistad, pero dos veces he rechazado la investidura que me ofrecía, por juzgar yo que el emperador no es quién para otorgar la dignidad episcopal. Me instó a ello tercera vez y me nombró obispo de Bamberg, mas si yo supiera no ser del agrado de Vuestra Santidad el investirme y consagrarme, renunciaría al obispado. Por tanto, le suplico me dé a conocer cuál sea su voluntad en este negocio, para que al acudir yo a Vuestra Santidad no sea en balde.

Mucho se regocijó el Papa al leer la carta de San Otón, pues raras veces recibía tales muestras de adhesión y respeto de parte de los prelados alemanes. Al punto correspondió Su Santidad con otra en la que le decía:

Pascual, siervo de los siervos de Dios, a Otón, hermano amadísimo, obispo electo de la iglesia de Bamberg, salud y bendición apostólica. El hijo sabio llena de alegría el corazón de su padre. Tus obras y todas tus trazas dan a entender que eres varón prudentísimo. Nos juzgamos que es menester respetar y amparar tu promoción. No dudes de Nuestra benevolencia, ven cuanto antes a darnos con tu presencia cumplido gozo.

La paternalísima acogida que el Padre Santo le brindaba, calmó de momento las ansiedades de San Otón ; no obstante lo cual, se preparó el celoso obispo para acudir cuanto antes. Le urgía resolver de manera definitiva aquel enojoso asunto que le preocupaba. Porque, además de las razones alegadas en su carta a Roma, había otras de carácter personal que influían en su ánimo y le invitaban a descargarse de su responsabilidad.

Partió el siervo de Dios para Italia, acompañado de nutrida representación de los fieles de Bamberg. El Papa le recibió en la ciudad de Anagni. San Otón le refirió cuanto hacía a su elección, entregó al Vicario de Cristo el báculo y anillo recibidos de mano del emperador, y le pidió humildemente perdón de cuanto hallara de reprensible en su conducta. AI mismo tiempo confesó ante el Pontífice ser indigno del episcopado, e insistió para que le quitase de los hombros carga tan pesada. Pero el Papa, admirado de tan grande humildad, le dijo «Cerca estamos de la fiesta del Espíritu Santo; encomendémosle este asunto».

Al volver a casa, San Otón se puso a considerar las dificultades de aquellos tiempos, los peligros a que estaban expuestos de continuo los obispos, y la indocilidad de reyes y vasallos a la Iglesia. Aun temió que su elección estuviera contaminada con algún rastro de simonía. Estando en estas considera­ciones, le vino el pensamiento de renunciar a las dignidades y honras vanas de este mundo para vivir en apartado retiro hasta su muerte.

Re­suelto ya a poner por obra su propósito, partió a toda prisa para Alemania , pero aun estaba en la primera jornada del viaje cuando le alcanzaron los embajadores del Sumo Pontífice que le llevaban mandato de obediencia de desandar lo andado, y volver a presentarse al Papa. A vista de orden tan expresa y formal, bajó el Santo la cabeza y volvió a ver al Pontífice, el cual le consagró obispo, el 17 de mayo del año 1103, fiesta de Pentecostés.

Voto de obediencia

Vuelto ya a Bamberg, juzgó el nuevo prelado que para ejercer acción duradera en los fieles de su diócesis, necesitaba auxiliares que le ayudasen eficazmente. Por eso su primera providencia fue favorecer cuanto pudo a las Órdenes religiosas. En breves años fundó y dotó en Alemania unos veinte monasterios, merced a la liberalidad de los fieles. Quejábanse algunos de que levantase tantos monasterios, pero él solía responderles: «Hermanos, nunca edificaremos demasiadas hospederías para los que se consideran extranjeros y desterrados en este mundo».

En tanto que de esta suerte se mostraba liberal para con los prójimos, llevaba él mismo vida tan pobre y austera, que todos cuantos le servían quedaban admirados. Llevaba de ordinario vestidos remendados como los pobres; en la comida era sobrio como un anacoreta. Muy a menudo salía del comedor sin haber casi probado los manjares, lo cual hacía de intento para que los diesen a los menesterosos.

Un día de ayuno, le trajo el administrador un pescado hermoso, pero algo caro. «¿Cuánto ha costado? —le preguntó el obispo— . Dos monedas de plata — respondió el criado— . Pues no se dirá que el pobrecillo Otón se ha comido hoy él solo cosa tan cara. Tomó luego la fuente y añadió: «Lleva este manjar a Jesucristo. Ofréceselo en la persona de algún pobre enfermo o paralítico. Por lo que a mí hace, ya estoy bastante robusto; me bastará con un pedazo de pan».

Más adelante padeció el Santo larga enfermedad. Cuando ya estuvo curado, mandó llamar al abad Wolfrán de quien era íntimo amigo, y le rogó con vivas ansias que se dignase admitirle entre sus monjes. Le dijo además que estaba resuelto a dejar las insignias episcopales para vivir apartado de los vanos cuidados del siglo, y entregado a la pobreza, obediencia y mortificación. Alabó mucho el abad tan santo propósito, y accediendo a los deseos del prelado, recibió su voto de obediencia. Pasada una temporada, volvió San Otón a ver a su superior para pedirle que le admitiese ya en el monasterio y le diese el hábito de monje.

No quería el abad Wolfrán privar a la Iglesia de Dios de un apóstol tan celoso como el santo obispo de Bamberg; recordaba quizá lo que hizo el abad de San Vanne cuando el emperador Enrique II le pidió que le admitiese entre los monjes.

— ¿Estáis dispuesto — preguntó al obispo— a observar fielmente el voto de obediencia por el que os habéis obligado conmigo?

— En el nombre del Hijo de Dios «que se hizo obediente por nosotroshasta la muerte», dispuesto estoy a observarlo —respondió San Otón.

De ser así repuso el abad— os mando, santísimo Padre, que prosigáis las buenas obras y santas ocupaciones que habéis emprendido para gloria de Dios. Creo que ésa es la divina voluntad.
San Otón se sometió humildemente. De allí adelante, el palacio episcopal de Bamberg fue para el Santo como un monasterio en el que vivió como humilde religioso y donde hallaban cariñosa acogida todos los pobres.

Apóstol de Pomerania

Por aquel entonces conquistó a Pomerania Boleslao, duque de Polo­nia, el cual, para someter a los súbditos, bárbaros e indisciplinados, no halló mejor camino que ganar su amistad trayéndolos a la fe católica que él profesaba. Se le ocurrió encargar al celoso obispo de Bamberg la evangelización de aquella provincia, propuesta que el Santo acogió con indecible gozo de su alma. Y en cuanto supo que el Papa bendecía aquella empresa, a toda prisa preparó lo necesario para el viaje.

De sobra sabía que Pomerania era una provincia opulenta, donde se odiaba y menospre­ciaba a los pobres, por eso juzgó ser necesario presentarse con mucho aparato y ostentación, para que los bárbaros entendiesen que no buscaba sus bienes sino sus almas. Llevó consigo algunos virtuosos clérigos y también se proveyó, de misales, salterios, cálices, ornamentos sagrados y de cuanto era menester para el servicio del altar. Llevó asimismo telas y otros regalos de mucho precio para jefes y principales de aquella nación.

Partió el celosísimo apóstol el día 24 de abril de 1124, cruzó a Bohemia y fue primero a la ciudad de Gnezno, que era a la sazón capital de Polonia. Siete días le tuvo albergado en su palacio el duque Boleslao. Al despedirle, le dio algunos intérpretes entre los que iba un tal Paulicio que ayudó mucho al Santo en el ministerio de la predicación.

Después de seis días de penoso caminar a través de la selva, hicieron alto a orillas del río Netze. En la ribera opuesta acampaba el duque de Pomerania, que vino con quinientos soldados al tener noticia de la llegada del Santo. Cruzó el río con unos cuantos hombres y fue a saludar al obispo. Ambos se abrazaron muy efusivamente, pues ya entonces el jefe de los bárbaros era cristiano, si bien en secreto por temor de los infieles.

San Otón ofreció al príncipe, entre otros preciosos regalos, un lindo bastón de marfil, que el duque tomó al punto y utilizó desde aquel instante, agradeciendo al Santo tan fino obsequio. La piadosa caravana partió para Piritz, adonde llegó al anochecer, pero nadie quiso entrar en la ciudad. Aquel mismo día habían celebrado los paganos una fiesta en honor de sus dioses, con bacanales y bulliciosas diversiones, y aun de noche seguía el ruido y alboroto.

Al amanecer del siguiente día, Paulicio y algunos delegados del duque fueron a entrevistarse con los principales señores de la ciudad, para dar­ les parte de la llegada del obispo de Bamberg, y mandarles que saliesen a recibir al prelado. Embarazados por lo inesperado de la visita, pidieron por favor que les dejasen deliberar unos instantes; pero los delegados entendieron ser aquello una artimaña, y así les dijeron que convenía de­ terminarse cuanto antes, porque el prelado estaba ya a la puerta de la ciudad, y, si le hacían aguardar, lo tomarían a mal los duques de Pomerania y Polonia.

Los señores de Piritz se espantaron al oír que el obispo estaba tan cerca. Determinaron salir a recibirle, pues «no podemos —decían— resistir al Dios verdadero que sabe frustrar todos nuestrosplanes; bien comprendemos que nuestros ídolos no son dioses». Dieron parte a toda la ciudad de su determinación, y todos a una pidieron a gritos que viniese el obispo.

Los bárbaros, que salieron en tropel a recibirle, se quedaron admirados ante sus nuevos huéspedes, y, cuando ya hubieron curioseado a su gusto las personas, hábitos y enseres de los recién llegados, los aposentaron lo mejor que pudieron en su ciudad y los honraron con muestras de profundo aprecio. Entretanto, el santo obispo vestido de pontifical, subió a una eminencia, y habló con intérprete al pueblo que ansiaba oírle.

— Bendígaos el Señor — les dijo— por la buena acogida que me habéis otorgado. No ignoráis por qué causa hemos venido a vosotros de tan le­ janas tierras; sólo para traeros la dicha y la salvación; eternamente se­ réis felices si queréis conocer y servir a vuestro Criador.

Estaba así hablando al pueblo con admirable familiaridad y sencillez, cuando todos a una voz clamaron que deseaban conocer y abrazar la fe cristiana. Una semana pasó el Santo enseñándoles la doctrina, ayudado en tan excelente ministerio por los demás sacerdotes y clérigos. Les mandó luego que ayunasen tres días, al cabo de los cuales hizo que se vistiesen de blanco para disponerse al bautismo que había de administrarles poco después.

Santa emulación entre dos ciudades

No tuvo el Santo igual acogida en Vollín, ciudad comercial situada en la desembocadura del río Oder, pues aun cuando el prelado se albergó en el palacio ducal, todo el pueblo, alborotado y furioso, acudió allí dando voces contra él. La paciencia del santo misionero los impresionó, sin embargo, de tal manera, que acabaron declarándose dispuestos a abrazar la fe cristiana, si los habitantes de Stettín les daban ejemplo convirtiéndose primero, proposición que el apóstol aceptó complacido.

Partió San Otón para la ciudad de Stettín. Paulicio y los delegados del duque se adelantaron al Santo, y fueron a hablar con los principales hombres de la ciudad, proponiéndoles que recibiesen a San Otón. «No queremos dejar nuestras leyes y costumbres — respondieron ellos— ; nuestra religión nos gusta muchísimo.

 Corre la voz que hay entre los cristianos muchos ladrones a quienes les cortan los pies y les sacan los ojos; se dice que entre ellos se cometen toda suerte de delitos y que se odian entre sí. Religión así, no la queremos». Como se ve, la calumnia ponía obstáculos.

Dos meses permanecieron obstinados los de Stettín. Finalmente, dos mancebos nobles vinieron a ver al santo obispo, para que los adoctrinase. Con ternura indecible acogió San Otón a aquellos jóvenes, que eran las primicias de nueva y abundante cosecha; los instruyó, y luego los tuvo consigo ocho días, vestidos de blanco como solían estar los neófitos. Dio­ les unas túnicas bordadas de oro, cinturón dorado y vistoso calzado.

Al volver a casa y juntarse con sus compañeros, les contaron cuanto habían observado en el misionero: su vida ordenada y santa, su mansedumbre, caridad y liberalidad con los pobres. Otros jóvenes paganos, alentados con lo que oían, siguieron el ejemplo de sus dos compañeros; lo propio hicieron luego mozos y ancianos, de suerte que toda la ciudad se con­ virtió en poco tiempo a la religión que antes repudiara.

El padre de los primeros bautizados se hallaba fuera de casa cuando se convirtieron aquéllos. Al saber que su dos hijos y casi toda su familia eran ya cristianos, se enfureció sobremanera y juró vengarse del obispo. Pero después, apaciguado con las súplicas de su mujer y movido de la gracia de Dios, fue a ver a San Otón, se echó a sus plantas bañado en lágrimas, y le declaró que había ya recibido el bautismo en Sajonia, mas que por haberle ofrecido los paganos cuantiosas riquezas, no quiso nuncamostrarse públicamente cristiano.

Hecha esta humilde confesión, aquel hombre se trocó en celoso apóstol de la fe de que había renegado. Volvió San Otón a la ciudad de Vollín, y esta vez halló al pueblo dispuesto a recibir la luz del Evangelio. Habían enviado secretamente dele­gados a Stettín para que se informaran de la acogida que los de aquella ciudad habían otorgado a los misioneros. Recibieron, pues, en Vollín al
santo prelado con grande alborozo, y para reparar los malos tratos que le habían dado en su primer viaje, lo colmaron de atenciones y agasajos.

Rasgos semejantes a éste se repitieron en multitud de casos. Que así como el mal ejemplo de algunos había provocado la apostasía de muchos, la vuelta al redil de los débiles fue en parte consecuencia de la rectifica­ ción de aquellos a quienes la santidad y mansedumbre del siervo de Dios atrajeron al recto camino. El santo prelado podía estar satisfecho de su obra. Finalmente, tras una ausencia de casi un año, regresó a Bamberg.

Segunda misión: Muerte del santo

El año de 1128, con la bendición del papa Honorio II y el beneplácito del rey Lotario, San Otón dejó nuevamente a Bamberg y partió para Pomerania, donde la idolatría amenazaba desvanecer totalmente las hala­güeñas esperanzas concebidas en los principios de la misión. Se detuvo primero en Stettín, donde halló muy divididos a los habitantes: unos perseveraban firmes en la fe, pero los más habían vuelto al paganismo. Los sacerdotes de los ídolos amotinaron a los apóstatas que, como fieras, asaltaron a gritos la casa del obispo, dando mueras al apóstol.

San Otón, ansioso de ser mártir de la fe, se vistió de pontifical, mandó alzar la cruz, y entonando himnos y salmos, salió procesionalmente con su clero para encomendar al Señor aquel postrer combate. Maravillados los bárbaros al ver el buen temple de aquellos hombres que aun estando a punto de morir tenían humor para cantar, empezaron a amansarse un tanto.

Pero al ver llegar al sumo sacerdote de los ídolos que había mandado matar al Santo, los apóstatas enristraron sus lanzas para atravesar con ellas al misionero. ¡Oh maravilla! Los brazos de aquellos desdicha­ dos se paralizaron de repente y permanecieron rígidos y como petrificados.

El Santo se movió a compasión y con sólo bendecirlos los sanó a todos. Al ver tan grande prodigio, pidieron perdón al Santo y lloraron sus pasados yerros. San Otón pasó después a la ciudad de Vollín, cuyos habitantes recibieron humildemente sus amonestaciones; y dejando en Pomerania algunos sacerdotes, volvió a Bamberg, donde murió a 30 de junio de 1139. Fue canonizado por Clemente III en 1189, celebrándose su fiesta el 2 de julio.

Oración a San Otón

San Otón, ruega por nosotros.

San Otón | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.