19 de Junio: Santa Juliana Falconieri


Santa Juliana Falconieri

Santa Juliana Falconieri, hija de una noble familia de Florencia. Su tío, Alexis Falconieri, fue uno de los siete fundadores de la Orden Servita. Bajo su influencia, ella decidió a temprana edad seguir la vida consagrada. Después de la muerte de su padre, ella recibió. 1285 el hábito de la Tercera Orden de los Servitas.


Día celebración: 19 de junio.
Lugar de origen: Florencia, Italia.
Fecha de nacimiento: 1270.
Fecha de su muerte: 19 de junio de 1341.
Santa Patrona de: Orden de los Servitas.


Contenido

– Introducción
– Infancia de Juliana
– Recibe el hábito
– Procesión perpetua
– Su plan de vida
– Superiora
– Milagrosa Comunión – Admirable muerte
– Oración a Santa Juliana Falconieri


Introducción

Al suscitar Dios algún santo en el seno de una familia, concede gracias especialísimas a los miembros de la misma, en atención a las oraciones y méritos de tan fervorosa alma. Es lo que cabalmente sucedió en la noble casa de los Falconieri de Florencia.

Los hermanos Clarencio y Alejo, de idénticas prendas personales y de las mismas cuantiosas riquezas, eran los genuinos representantes de la familia de los Falconieri en el siglo X III. Sus virtudes y riquezas igualaban al aprecio y estima que entre sus compatriotas gozaban. Desde muy temprano, Alejo, el menor de los dos, sintió los llamamientos de la gracia, y abrazó la vida religiosa, siendo uno de los siete fundadores de la Orden de los Seritas, o Siervos de María, que en 1223 añadió nuevos florones a la ya recamada corona que la Iglesia ceñía.

Clarencio, no hallándose todavía bastante despegado de las riquezas, no tuvo ánimos para imitar el ejemplo de abnegación y humildad que su hermano le daba. Las ocupaciones terrenales absorbían por completo su atención y no le daban lugar para pensar en las eternas, hasta que la vejez, con tardo paso, se le fue acercando, acompañada de toda su secuela de achaques y enfermedades, tristes pruebas de lo efímero de la vida humana, haciéndole cobrar también hastío del mundo y de sus riquezas deleznaban.

Fuera de esto, las exhortaciones y ejemplos de su santo hermano obraban poderosamente en su ánimo y conmovían su corazón. Convencido, al fin de que, ante todo, debía asegurar la salvación eterna de su alma, arregló su conciencia, dio cuantiosas limosnas y solicitó la absolución del Sumo Pontífice, y acabó santamente su vida entregado a la práctica de la caridad cristiana. A su munificencia se debe en gran parte la construcción de la magnífica iglesia llamada «La Anunciata», que, en su convento de Florencia, poseen los Servitas de María.

Infancia de Juliana

Hacia el año 1270 alegró Dios el cristiano hogar del ya entrado en años Clarencio Falconieri con el natalicio de una niña, que, andando el tiempo, había de ser dechado de encumbrada santidad. Su virtuosa madre, bajo cuyo amparo la niña pasó los primeros años, la inició en las prácticas de piedad y de virtud, no dándose punto de reposo para preservarla de los peligros del mundo. Las primeras palabras que pronunció fueron los dulcísimos nombres de Jesús y de María; nombres que repetía frecuentemente con gran satisfacción de su madre; pues al poco tiempo de nacer Juliana, su cristiano padre había pasado ya a mejor vida.

En una de las visitas de San Alejo a su familia, maravillado de la inocencia y santidad de su amada sobrina, dijo en tono profético a la madre: «No te ha dado Dios una hija, sino un ángel. Seguramente la destina para cosas grandes.» Al par que crecía la niña y su inteligencia se desarrollaba, aumentaba en ella el gusto y atractivo por el servicio de Dios, y se dedicaba con más fervor a los ejercicios de piedad que su santo tío le enseñara.

Enemiga de la ociosidad, permanecía constantemente al lado de su madre para aprender a coser e hilar, y no abandonaba las labores más que para arrodillarse ante un altarcito que ella misma se había construido, donde se entregaba con gran recogimiento a la lectura de libros piadosos, al rezo de oraciones y al canto de alabanzas en honor de María. Dedicaba a menudo gran parte del día a ejercicios devotos. Su madre, juzgándolos exagerados, le decía a veces:

— Si no pones mas empeño en aprender las labores propias de un ama de casa, difícil me será encontrarte esposo.

— No le dé cuidado, madre — respondía Juliana— , que la Santísima Virgen lo arreglará todo cuando llegue la hora.

Dotada de excelentes prendas naturales y heredera de cuantiosa fortuna, no le faltaron pretendientes. Varias proposiciones muy honrosas y brillantes se le hicieron. La instaba su madre a que diera palabra al noble Falco, de los Falconieri, joven que reunía hermosas cualidades y cuya elección era a gusto de sus parientes. Mas el alma de Juliana alimentaba secretamente, proyectos muy distintos.

Hacía tiempo que su tío Alejo le había sugerido el pensamiento de consagrar su virginidad a Jesús y María. Esta idea respondía perfectamente a los secretos impulsos de su corazón, y se la hizo tan suya, que el tiempo y demás circunstancias no lograron sino arraigarla más y más en su alma. Llegada la hora de romper resueltamente con el mundo y sus vanidades, declaró con franqueza a su madre que renunciaba a las ventajas con que el mundo pudiera brindarle, para unirse al divino Esposo con el voto de castidad.

Recibe el hábito

Tan pronto como conoció la decisión de su sobrina, Alejo se apresuró a participar tan fausta nueva a Felipe Benicio, a la sazón Prior General de los Servitas de María, Un ardentísimo celo de propagar la devoción a la Reina del cielo animaba a los Santos Servitas. Bajo su dirección, muchas devotas señoras se habían propuesto llevar vida fervorosa, sin abrazar la del claustro, profesando especial devoción a María Santísima y a sus dolores.

Se las llamó Mantellatas porque vestían una corta mantilla, prenda del humilde y sencillo hábito de las Terciarias. Santa Juliana Falconieri solicitó el favor de entrar en esta asociación para testimoniar públicamente su renuncia del mundo. Catorce años contaba a la sazón pero, dadas las notabilísimas virtudes, tan poco frecuentes en su tierna edad, el Capítulo de los Servitas reunido en 1204, decidió admitirla.

Acompañada por las Damas de la Orden Tercera, su madre y numerosos familiares, se presentó en la iglesia de la Anunciata, en donde, con las acostumbradas ceremonias, recibió el hábito religioso de manos de San Felipe Benicio.

Es imposible describir la alegría que experimentó Santa Juliana Falconieri aquel día memorable y el ardor con que se entregaba a Dios. Cada prenda de su hábito religioso, cada detalle de la ceremonia, era para su piadosa alma objeto de profundas enseñanzas:

La larga túnica negra le recordaba la tristeza, el duelo y prolongado martirio de María al pie de la Cruz; el cinturón de cuero traía a la memoria el cuerpo de Cristo rasgado por los azotes, herido con la lanza y taladrado con los clavos; los velos blancos representaban la pureza de María; el rosario, el saludo del ángel; el manto, la protección que María sobre sus hijas; el libro, le enseñaba la vida de oración y meditación a que se consagraba; el cirio encendido le indicaba que las vírgenes prudentes deben ir al encuentro del Esposo de las almas, llevando en sus manos la misteriosa antorcha, símbolo de las luces de la fe y los ardores del amor divino.

Estas consideraciones la sumían en profundo recogimiento. Su piedad y generosa entrega al Señor conmovieron sobremanera a todo» los presentes; y sus familiares, hasta entonces hostiles a la vocación de la Santa, acabaron por aprobarla y alabarla.

Procesión perpetua

Transcurrido en la piedad, la oración, el trabajo, el recogimiento y obras de caridad el año de prueba de Juliana, Alejo Falconieri, Felipe Benicio y las Hermanas de la Orden Tercera, la juzgaron, por unanimidad, digna de ser admitida a la profesión religiosa. Nuevamente la iglesia de la Anunciata fue testigo de conmovedoras es­cenas. Los deseos de la joven iban a cumplirse felizmente.

Llegado el momento, la novicia recibió el velo de manos de San Felipe Benicio; y en presencia de los religiosos y de las Mantellatas se consagró definitivamente a Jesucristo con los votos perpetuos. Un notario, según costumbre, levantó acta de la profesión, con gran regocijo de la noble hija de los Falconieri, al ver que el cielo y la tierra eran testigos de unos compromisos que ella había de guardar por siempre con puntual fidelidad.

Debía Felipe marchar a Tuderto, donde era esperado con impaciencia, pero, conociendo la eminente virtud de su nueva hija espiritual, tuvo con ella varias entrevistas antes de partir, dándole saludables consejos. Por fin, en 1285, se despidió de ella, diciéndole que ya no la vería más en este mundo, pues se acercaba el fin de sus días. Santa Juliana Falconieri conservó fielmente en su corazón las postreras recomendaciones del santo religioso.

Su plan de vida

La Santa adoptó un reglamento austero: ofrecía el lunes cuantos sufragios podía en alivio de las almas del purgatorio; en este día ejercitábase en rigurosas penitencias, rezaba el oficio de difuntos y otras preces y terminaba con una sangrienta disciplina.

Los miércoles y viernes guardaba riguroso ayuno, siendo la Sagrada Eucaristía su único alimento. El sábado ayunaba a pan y agua en honra de la Santísima Virgen. Su comida era frugal; casi nunca bebía vino y, cuando se veía precisada a tomarlo, lo cortaba con tanta agua que aquél perdía su sabor. La cama era dura y el sueño corto.

Transcurría todo el viernes meditando la pasión del Señor. A veces sentía tan vehementes ímpetus de amor divino y ansias tan grandes de sufrir por su Amado, que, perdido el uso de los sentidos, quedaba arrobada en sublime éxtasis. Le colmaba a veces el Señor sus ansias de padecimiento haciéndola partícipe de los suyos en la Sacratísima Pasión, oyéndosele exclamar con frecuencia en medio de sus dolores: «¡Ah , que nadie me arrebate del corazón a mi Amor Crucificado!».

Pasaba los sábados en subida contemplación de los Dolores de María Santísima. Rezaba con particular devoción los oficios divino y monástico, preparándose al rezo de las horas canónicas con un rato de meditación sobre los tormentos sufridos por Jesucristo y su Santísima Madre en aquel momento del día. Recomendó a sus religiosas esta piadosa costumbre. Fiel a una práctica que su tío le había enseñado y que más tarde adoptó la Iglesia, terminaba cada parte del oficio con el rezo de la Salve Regina.

Asistía frecuentemente al oficio de los religiosos Servitas en la iglesia de la Anunciata, complaciéndose en rezar en la capilla de la Inmaculada Concepción, debida a la munificencia de su familia, y en la que descansaban los restos de su querido padre.

Se disciplinaba con frecuencia hasta derramar sangre. Después de su muerte, las Hermanas se quedaron asombradas al ver la cadena de hierro que llevaba a guisa de cinturón a raíz de las carnes, tan incrustada que a duras penas la pudieron arrancar. ¡Qué dolor no debió causarle aquel instrumento de penitencia, llevado seguramente desde los primeros años de su vida religiosa!

A ejemplo de su santo tío y de su padre espiritual, se ejercitó toda la vida en la práctica de la humildad, cuya virtud llegó a poseer en tal alto grado, que fue para ella verdadero manantial de favores celestiales; tan ciertas son las palabras de la Sagrada Escritura: «Dios resiste a los soberbios; mas a los humildes les da su gracia». Su pobreza corría parejas con la humildad; tenía en tan alto aprecio esta virtud, que, ya en casa de sus padres,quería ganar con el trabajo personal el sustento que le era necesario.

Un discreto celo de salvar almas impulsaba su corazón. No perdía oportunidad de obrar el bien, con la prudencia y la caridad debidas. Su madre fue la primera en aprovecharse de sus ejemplos y consejos, pues siguiéndolos acabó santamente su cristianísima vida. Su parienta Francisca Falconieri, guiada por los ejemplos de la Santa, distribuyó sus bienes entre los pobres para hacerse pobre por Jesucristo.

Otra señora, llamada Guitluecia, se distinguió por su generosidad con los Servitas. Una tercera, por nombre Diana, y su marido, se convirtieron gracias a la joven religiosa, y consagraron desde entonces su vida al servicio de la Santísima Virgen. Pero donde ejercitaba su celo de un modo particular era en el reclutamiento de almas para la Orden Tercera a que ella pertenecía.

Superiora

La muerte de su madre, sentidísima pero aceptada con resignación cristiana por el tierno corazón de Santa Juliana Falconieri, rompió los lazos que hasta entonces la habían retenido en la casa paterna. Distribuyó sus bienes entre los pobres y llamó humildemente a las puertas de la modesta casa donde varias Hermanas de la Orden Tercera se habían retirado para vivir en comunidad.

No sólo fue admitida sino que ya desde su ingreso consideráronla como directora. A su ejemplo varias piadosas jóvenes ingresaron en aquella santa casa; entre ellas Juana Soderini, de Florencia, que imitó en todo las virtudes y ejemplos de nuestra Santa, a la que sucedió más tarde en la dirección del convento.

La que hasta entonces había sido exigua comunidad de Terciarias, habíase convertido en convento regular. El padre Andrés Balducci, segundo sucesor de San Felipe Benicio en el gobierno de la Orden, secundando los deseos de su predecesor, reunió a las Hermanas y les expuso la conveniencia de elegir una superiora, ya que deseaban vivir apartadas del mundo. Hecho el escrutinio, resultó elegida por unanimidad Santa Juliana Falconieri, que contaba a la sazón treinta y seis años.

Repugnaba sobremanera este cargo a su humildad y, juzgándose incapaz de ejercerlo debidamente, se arrojó a los pies del Superior General, suplicándole nombrara a otra más digna; pero no fue atendido su ruego y el General de la Orden confirmó su nombramiento.

Santa Juliana Falconieri se vio obligada a aceptar el nuevo cargo que la obediencia y la caridad le imponían. Las Terciarias Servitas o Mantellatas vivieron desde entonces canónicamente como religiosas, dirigidas por tan santa priora en la fiel observancia de las Reglas propias de las Órdenes Terceras, aprobadas un siglo más tarde: el 16 de marzo de 1424, por el papa Martín V.

Mientras Santa Juliana Falconieri vivió fue la Regla viva para sus Hermanas y dechado acabadísimo de las virtudes religiosas. Hube de resistir terribles tentaciones y múltiples asaltos del demonio que agotó contra ella cuantos recursos le inspiraban su malicia y astucia; sobre todo procurando empañar sus más puros afectos y pensamientos con el hálito de la vanidad, ya que de otro modo no podía vencer su amor inquebrantable a la virtud.

Desórdenes de los sentidos, imaginaciones impuras, desolaciones interiores, todo lo sufrió pacientemente Juliana, que. sostenida por la gracia y dispuesta a perderlo todo antes que pecar, quedaba fidelísimamente unida a Jesucristo en medio de la tormenta. «¡Señor! — decía angustiada un día de formidable lucha— . ¡Señor, cuánto sufro! Con todo, vengan, si te place, todos los tormentos del infierno, con tal que no permitas que te ofenda».

Ante semejante fuerza de voluntad, ¿qué podía hacer demonio, sino huir vencido? En 1310 su tío San Alejo, lleno de méritos, descansó en la paz del Señor a los ciento diez años de edad. Antes de exhalar el último suspiro llamó a Santa Juliana Falconieri para bendecirla y encomendarle, de un modo especial, la Orden cuyos orígenes había presenciado y a la que amaba como padre. Treinta años le sobrevivió nuestra Santa, sin que en el transcurso de ellos se apar­tara en lo más mínimo del camino que le trazara el bienaventurado patriarca.

Milagrosa Comunión – Admirable muerte

El triunfo más bello de Santa Juliana Falconieri fue su muerte. Así se expresa un historiador de la Orden de los Servitas. Y , en efecto, su tránsito fur espectáculo admirable, digno remate de su vida. Durante varios años sufrió tales dolores de estómago que le era imposible tomar alimento. Cuando, agotada por continuos vómitos, sintió que su vida estaba próxima a extinguirse, reunió cabe sí a las Hermanas para la despedida.

Su rostro, aunque flaco, estaba sereno; la extremada debilidad de su cuerpo no menguó la perspicacia y penetración ordinarias de su espíritu; su timbre de voz tenía algo de sobrenatural. El perfecto conocimiento que tuvo siempre de las cosas de Dios era entonces más sorprendente; hubiérase dicho que vislumbraba refulgentes destellos de la eternidad. Las religiosas escuchaban conmovidas los últimos consejos de la que amaban como a madre y las había guiado por los senderos de la piedad y de la virtud.

Aumentaban su tristeza las amorosas quejas de la moribunda, imposibilitada para satisfacer sus ansias de recibir a su Amado, a causa de su dolencia, temerosa de profanar las especies sacramentales. Los dolores corporales, con ser muchos y extremados, no igualaban a la pena que le producía el verse privada de Jesús, únicas delicias que gozaba en este mundo.

No pudiendo, pues, recibir la Comunión, solicitó y obtuvo de su confesor, el padre Santiago de Montereggio, Servita, que al menos le permitiera tener en su celda la Sagrada Hostia, a fin de adorarla con devoción y comulgar espiritualmente. Concedido este favor, ¡con qué alegría preparó su alma para recibir al divino Huésped!

Llegado el momento, las Hermanas forman devoto cortejo y acompañan al Señor hasta la estancia de la enferma. A su vista, el pálido rostro de Santa Juliana Falconieri se reanima con esplendor angélico y suplica al Padre que extienda el corporal sobre su jadeante pecho y que por breves momento descanse allí la Augusta Víctima. No pudo el Capellán desechar tan tiernas súplicas; pero la Sagrada Hostia, apenas fue depositada sobre el sagrado paño, desapareció como si, abierto el costado, hubiera penetrado en sus carnes el santo cuerpo de Jesucristo bajo las especies sacramentales.

Santa Juliana Falconieri, en un transporte de inefable y celestial alegría, exclamó: «¡Oh, Jesús dulcísimo!», y su santa alma voló al cielo. Era el 16 de junio de 1341. Juana Soderini — siguiendo la costumbre de entonces— comenzó a lavar respetuosamente el cuerpo de Santa Juliana Falconieri; pero al descubrir el pecho, se detuvo lanzando un grito de admiración al ver grabada en el lado izquierdo una hostia con la imagen de Jesús crucificado.

Fue enterrado el santo cuerpo en el nicho que poseía su familia en la iglesia de la Anunciata. Dios manifestó la santidad de su sierva obrando por su intercesión numerosos milagros, hasta que el papa Inocencio XI la proclamó Beata, el 9 de julio de 1678, y Clemente XII la inscribió en el catálogo de los Santos, el 16 de julio de 1737, fijando su fiesta para el 19 de junio.

Entre las estatuas de los Santos Fundadores de Órdenes, que existen en la basílica Vaticana de Roma, se encuentra la de Santa Juliana Falconieri. La Orden Tercera regular de las Servitas de María se extendió por toda Europa. Se dedica a propagar el culto de María Santísima y de sus dolores, y a la educación cristiana de las jóvenes.

Oración a Santa Juliana Falconieri

Dios nuestro, que por medio de Santa Juliana Falconieri, modelo de castidad y penitencia, hiciste florecer en la Orden de los Siervos de María una familia de vírgenes a ti consagradas, haz que la Iglesia, esposa de Cristo, mantenga constantemente encendida la llama de la virginidad fecunda.
Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Santa Juliana Falconieri | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.