19 de Julio: San Vicente de Paul


San Vicente de Paúl

San Vicente Paúl fue un sacerdote católico francés que se dedicó a servir a los pobres. Después de trabajar durante algún tiempo en París entre esclavos de galera encarcelados, volvió a ser el superior de lo que ahora se conoce como la Congregación de la Misión, o los «Vicentinos» (en Francia conocidos como «Lazaristes»). Estos sacerdotes, con votos de pobreza, castidad y obediencia, debían dedicarse por completo a la gente de las ciudades y pueblos más pequeños. Era conocido por su compasión, humildad y generosidad.


Día celebración: 19 de Julio.
Lugar de origen: Pouy. Francia.
Fecha de nacimiento: 12 de abril de 1581.
Fecha de su muerte: 27 de septiembre de 1660.
Santo Patrono de: Hospitales, leprosos, prisioneros, Paúles, enfermos.


Contenido

– Introducción
– Esclavo en Túnez
– Las «Conferencias»
– En casa de los Gondi
– Obras de caridad en París
– Alimenta a Provincias enteras
– Las Hijas de la Caridad
– Muerte
– Oración a San Vicente de Paul


Introducción

Al formar el corazón del hombre. Dios infundió en él la bondad —dice Bossuet—. En pocos ha tenido esta verdad tan brillante manifestación como en Vicente de Paúl, cuyo nombre personifica la abnegación y caridad. Es, este hombre extraordinario y gran santo, honor de la Humanidad, y una de las glorias más preclaras de la Iglesia católica. que siempre lo ha propuesto como digno de admiración.

Nació, según se cree en Pouy, pueblecito de las Landas, cerca de Dax, Francia— el 12 de abril de 1581. Durante su infancia, y al igual que hicieran el inocente Abel y el esforzado David, guardó los rebaños de su padre. Puede muy bien decirse de nuestro Santo, a tono con la Sagrada Escritura, que había «recibido del Cielo un alma buena y que la misericordia crecía en él».

Niño aún, cada vez que volvía del molino a la casa paterna llevando harina, daba puñados de ella a los pobres que se la pedían; por cierto que, al decir de su biógrafo, «el padre de Vicente, hombre íntegro a carta cabal, nunca puso reparos a semejante proceder».

En cierta ocasión —tenía el niño doce años— encontróle un pobre que parecía hallarse en extrema necesidad; movido a compasión, entróse en casa para luego volver con una treintena de monedillas que puso en manos d tí mendigo: era su capital íntegro; los pequeños y laboriosos ahorros que al paso de los años lograban reunir los chicuelos del campo que en aquellas épocas coleccionaban sus parcos ingresos económicos.

Eran, en este niño de bendición, las señales primeras de la gran caridad con que había de asombrar al mundo. Estas felices disposiciones decidieron al padre de Vicente a imponerse algunos sacrificios para dedicarle a la carrera sacerdotal. El joven estudió primero en D a x ; más tarde, vendió su padre una pareja de bueyes para ayudarle a continuar sus estudios en la Universidad de Tolosa, donde se graduó en Teología.

Esclavo en Túnez

San Vicente de Paúl fue ordenado de sacerdote el 13 de septiembre del año 1600. Tenía a la sazón sólo 19 años, pues los decretos del Concilio de Trento no regían aún en Francia. En 1605 hizo un viaje por mar, debía desembarcar en Marsella, pero cayó prisionero de los piratas y fue llevado a Túnez. Él mismo nos cuenta el percance.

«Habíase celebrado en Beaucaire una feria que era conceptuada entre las mejores de la cristiandad. Con el fin de asaltar las embarcaciones que de aquel punto venían, habíanse juntado hasta tres bergantines turcos.

Apenas nos divisaron, vinieron sobre nosotros con tal acometividad y furia que mataron a dos o tres y dejaron heridos a los demás. Yo recibí un flechazo que me servirá de reloj para toda la vida. Hubimos de rendirnos incondicionalmente. Después de lo cual desahogaron su furia descuartizando al piloto y cargándonos de cadenas a los restantes. Curaron muy ligeramente a los heridos y emprendieron rumbo a Berbería. Llegados allí, nos pusieron en venta.»

Vicente fue primero vendido a un pescador, después a un médico y por fin a un renegado que le empleó en trabajos del campo. Una de las mujeres de este renegado que era turca, sirvió de instrumento a la Providencia para la conversión del marido. Vicente, a instancias de ella, ponderó la belleza de la religión cristiana ante su patrón y dueño.

El marido, recordando a su vez lo que un día fue su máximo contento, se embarcó en un ligero esquife y huyó de aquella tierra infiel, con Vicente su esclavo. Desembarcaron en Aigues-Mortes, y el renegado hizo su abjuración en manos del vicedelegado del Papa, en Aviñón, con gran contento de Vicente de Paúl, que no tenía poco que ver en aquella conquista. A fines del año de 1608 la Providencia llevó al apóstol a París, emporio de todas las miserias y de sus convenientes remedios. Llegó a ser capellán de la reina Margarita de Francia y en su nombre visitaba los hospitales.

En adelante, su vida será un acto sublime y continuo de caridad en servicio de los necesitados. Vicente sirvió a los pobres en todas las circunstancias. Primero en humildes parroquias provincianas donde ejerció la cura de almas, luego en Clichy, cerca de París, y en Chatillón, que entonces pertenecía a la diócesis de Lyón. No había lugar en que no brillase su extraordinario celo.

De tal modo se manifestaba en él la mano de Dios que transformó en contados años la población de Clichy, reconstruyó la iglesia, instituyó cofradías, y puso las bases de una escuela eclesiástica; pero principalmente trabajó para ganar para sí todos los corazones.

En Chatillón, de donde aceptó ser cura en 1617 en atención a los ruegos de su director espiritual, no empleó sino cinco meses para realizar las maravillas que había llevado a cabo en Clichy atrajo a vida ejemplar a los sacerdotes que vivían en aquella población; convirtió a multitud de herejes, y, finalmente, allí fundó las primeras asociaciones de caridad.

Las «Conferencias»

Un domingo del mes de agosto, algunos días después de su llegada a la parroquia, postuló Vicente durante el sermón, en favor de una familia enferma y abandonada en una granja vecina. Una vez acabado el sermón, la mayoría de los oyentes, provista de socorros, se dirigió a la granja. Después de vísperas, acudió también Vicente y quedó gratamente sorprendido al ver los grupos que volvían de Chatillón o buscaban bajo los árboles del camino un refugio contra el excesivo calor.

Es éste —exclamó— un caso de mucha caridad, pero mal organizada; porque esos pobres enfermos disponen ahora de demasiadas provisiones, dejarán malgastar parte de ellas y volverán después a su primera necesidad».

Y con el espíritu de orden y de método que en todo tenía, trazó un reglamento para las mujeres piadosas y caritativas de Chatillón: de esta manera, quedaban fundadas las cofradías y las asociaciones de caridad. En otras localidades de diferentes regiones, como Folieville, Courboin, Joigny, Macón, Montreuil, preparó un reglamento análogo para los hombres que quisieron reunirse bajo su dirección; de ahí nacieron más tarde las famosas y beneméritas Conferencias de San Vicente de Paúl.

Se conserva, escrito de su puño y letra, un reglamento referente a la organización cristiana de una fábrica, y para el mejor modo de socorrer en sus necesidades a los pobres y darles medios de vida. También se incluyen en dicho manuscrito los deberes del maestro obrero y del aprendiz, y un método para el empleo cristiano del d ía, es, como se ve, un primer paso hacia la mutualidad entre patronos y obreros en el amplio sentido cristiano.

En casa de los Gondi

Su caridad era universal. También por mandato de su confesor, aceptó ir a vivir con la noble familia de los Gondi, que entonces daba servidores al Estado y jefes a la iglesia de París. Vicente fue pronto como el alma de la casa. La condesa de Gondi no podía prescindir de él en la dirección de su conciencia y la práctica de las buenas obras.

El Conde era administrador general de las galeras de Francia. Vicente aprovechó de su influencia para poder visitar a los presos, evangelizarlos y procurar el mejoramiento material de los condenados a prisiones y galeras.

Luis XIII le dio el título de capellán general de las galeras de Francia; título que grandemente apetecía el Santo, por abrir ancho campo a su caridad y del que supo aprovecharse generosamente en favor de los pobres.

Obras de caridad en París

«Los pobres son evangelizados» —había dicho Nuestro Señor. Fueron tal vez las palabras del Evangelio que más profundamente se grabaron en el corazón de Vicente. Para evangelizar a los pobres, fundó una comunidad de misioneros. Fue a principios de 1617 Encontrábase con el conde de Gondi en el castillo de Folleville, en la diócesis de Amiéns, cuando se le llamó a una aldea próxima para confesar a un labriego que se hallaba en peligro de muerte. Tenía éste fama de hombre de bien, pero una falsa vergüenza hacíale ocultar, de mucho tiempo atrás, algunas faltas en la confesión.

Vicente invitó al moribundo a hacer confesión general, y devolvióle la paz, de modo que el penitente no cesó de bendecir a Dios públicamente durante los pocos días que vivió. «¡ Ah !, señora —dijo a la condesa de Gondi—, si no hubiera yo hecho confesión general estaba condenado, por causa de varios pecados graves de los que temía acusarme».

Emocionada y asustada por este ejemplo, la piadosa condesa instó entonces a Vicente para que evangelizara a los pueblos de la comarca. Precisamente era aquél el más ardiente deseo del hombre de Dios. A su alrededor se agruparon otros sacerdotes celosos que se dedicaron a la misma obra y se comprometieron por voto, bajo la dirección de Vicente, a trabajar toda su vida en la salvación de los campesinos. Así empezó la Congregación de la Misión. Quedaba así fundada una de las obras apostólicas más importantes de Vicente que aún hoy día produce frutos abundantes.

Nuestro Santo trabajó durante toda su vida en la evangelización de los sencillos labriegos; tenía setenta y cinco años y aún seguía con las misiones. Cuando entró en París, decía, pensando en los pobres que quedaban por evangelizar: «Me parece que las murallas de la ciudad van a derrumbarse sobre mí para aniquilarme».

A fin de conservar los frutos de aquel apostolado, era necesario establecer en los pueblos buenos curas. Se imponía, pues, la reforma eclesiástica. Los ejercicios espirituales de los ordenados, los seminarios, las reuniones periódicas de que hablaremos más abajo, fueron los principales medios de que se valió para regenerar el clero. Las obras de caridad se multiplicaban por doquier al paso de Vicente, y su reputación se extendía cada vez más. El mismo Luis XIII, ya en su lecho de muerte (1643), hizo llamar al hombre de Dios para que le preparase a comparecer ante el Supremo Juez.

Cerca de la iglesia de San Lázaro había una gran casa en la que residía una comunidad de canónigos que se extinguía; el prior, testigo de la labor emprendida por Vicente, y de la modestia y celo de sus discípulos, ofrecióles la residencia. Con esto, la nueva Congregación recibió el nombre popular de Lazaristas, y la iglesia de su advocación, por la presencia del Santo, vino a ser el centro de la caridad material y espiritual de París, centro a donde confluyeron las iniciativas de la generosidad cristiana.

En San Lázaro, organizó el hombre de Dios la obra de los Niños Expósitos. Los recién nacidos que madres desnaturalizadas abandonaban en las calles o depositaban en las iglesias, eran llevados por orden de la policía a la llamada Casa Cuna, en donde, por falta de alimentos y cuidados, morían casi todos. Con ayuda de las Señoras de la Caridad, tomó Vicente a su cargo aquellas criaturas y logró rescatarlas así de la muerte, luego las cuidaba hasta que estaban en edad de ganarse la vida.

Esta obra hizo su nombre celebérrimo en los anales de la caridad. Fundó también, en el arrabal de San Martín, el hospital del Nombre de Jesús, de San Lázaro salieron los que de él se encargaron. Hizo lo mismo con la fundación y organización del Hospital general de París, destinado a recoger a los innumerables mendigos que plagaban la capital.

En la puerta de San Lázaro, multiplicaba asimismo las limosnas, sin dejar de prodigar al mismo tiempo los socorros espirituales. Multitudes de seglares, sacerdotes y soldados acudían a San Lázaro para hacer ejercicios espirituales. El clero de París reuníase allí para las llamadas conferencias del martes, presididas porVicente; tratábanse temas científicos y de virtud. Bossuet, que era uno de sus miembros, escribía de ellas al Sumo Pontífice: «Al oír las palabras de este santo sacerdote, parecíanos estar oyendo palabras de Dios». Allí también organizó Vicente la lucha contra el Jansenismo, entonces en boga.

Alimenta a Provincias enteras

Desde 1639, durante el último período de la guerra de los Treinta Años, Vicente había realizado prodigios para acudir en socorro de Lorena, devastada por la guerra. No quedaban ya cosechas, ni semillas en aquellos campos recorridos continuamente por las tropas. Viéronse los horrores del hambre y hasta hubo casos abominables de antropofagia. Agotada por cinco cuerpos de ejército que mantenía entonces en pie de guerra, Francia no tenía qué dar a sus numerosos mendigos. Un hombre de corazón misericordioso se atrevió a soñar en el alivio de provincias enteras: este hombre era también San Vicente de Paúl.

Postuló en la Corte, organizó la caridad y envió sacerdotes y hermanos de su Congregación a aquellas provincias con el pan material y los socorros de la Religión. La peste se juntó con el hambre. Vicente hacía enterrar a los muertos y distribuir entre los labradores pan y semillas. Socorría a los nobles lo mismo que a los labriegos, suministraba a los sacerdotes ornamentos para las iglesias arruinadas; y recogía a las religiosas arrojadas de sus conventos por la guerra y la miseria.

En Lorena, en Champaña, en Picardía y en otras provincias, la gente se acostumbró a mirar a Vicente de Paúl como a una encarnación de la Providencia. En la capital, hubo de renovar idénticos prodigios durante las turbulencias de la Fronda. Cuando se le agotaba la bolsa de San Lá­zaro, pedía limosna por sí y por otros. Este hijo de labradores pudo distribuir durante su vida, limosnas cuyo total debió de sobrepasar la cantidad de ¡veinticuatro millones de pesetas! Indudablemente, merecía el nombre de «salvador de la patria» que le dieron varias ciudades agradecidas.

«Dios —decía Salomón— me ha dado un corazón cuyo amor es extenso como las playas del mar». Vicente de Paúl, cuyo celo no conoció barreras, podría haber dicho otro tanto; envió a sus misioneros a las Hébridas, a Polonia y hasta a Berbería para cuidar a los cristinos que los turcos tenían cautivos en las mazmorras de Argelia y de Túnez.

Previendo la conquista de Argelia, impulsó a Richelieu y después a Luis XIV a llevar a cabo aquella empresa. Mientras tanto, aceptó para sus misioneros los títulos de cónsules y de prefectos apostólicos de Túnez y Argelia, que le daban medios de socorrer a los esclavos. En las mazmorras se evangelizó primero en secreto; más tarde se celebró en ellas la santa misa y se cumplieron otras ceremonias litúrgicas. El día del Corpus era llevado en procesión el Santísimo.

Escoltábanlo los cautivos que, a su modo, con sus cadenas y sus harapos, rendían a Jesucristo un espléndido homenaje. Los misioneros enviados por Vicente eran a veces condenados a los grillos o morían de la peste mientras evangelizaban en las cárceles, pero los que sucumbían eran pronto reemplazados por otros Envió también obreros evangélicos a la isla de Madagascar, y al fin de sus días aún preparaba una expedición de misioneros para China, Babilonia, y Marruecos. Sólo le dolía no poder acudir él también como un apóstol más.

Las Hijas de la Caridad

La obra cumbre de San Vicente de Paúl fue, tal vez, la fundación de las Hijas de la Caridad. De acuerdo con una señora de rara inteligencia y de fe eminente, llamada Luisa de Marillac —que la Iglesia había de ca­nonizar en 1934—, planeó y estableció esta obra con una audacia que sólo el genio de la caridad podía inspirarle. Hasta entonces, las mujeres consagradas a Dios vivían en los claustros. Vicente osó lanzar a sus hijas en medio del mundo, contando con su abnegación para asegurar la salvaguardia de la angélica caridad:

«Las Hermanas de la Caridad —escribía— tendrán por monasterios las casas de los pobres, y vivirán en la calle y en los hospitales; su clausura será la obediencia, y su velo la santa modestia».

Siempre prontas a entregarse a su heroico apostolado, las Hijas de San Vicente se desvivían junto a las cunas de los niños expósitos o sobre el lecho de los moribundos.

Fueron enviadas por su mismo bienaventurado Padre al campo de batalla, en el sitio de Calais, y aun se las vio entre los apestados. Su grandeza de alma provocó un grito de admiración que no ha cesado de resonar en la conciencia católica. Estas humildes religiosas proclamaban así su fidelidad al servicio de los pobres, a quienes Vicente les había enseñado a mirar como a señores y amos. Una de ellas moría asistida por el santo Fundador.

— ¿No tienes nada que te inquiete? —preguntó éste.

— Sólo una cosa, padre mío —replicó la moribunda— ; he experimentado demasiado placer en el cuidado de los pobres. ¡Me sentía tan feliz a su servicio!

— Muere en paz, hija mía —dijo el hombre de Dios, emocionado y consolado por tanta sencillez y caridad.

Las Hijas de San Vicente de Paúl están hoy esparcidas por todo el mundo, en naciones católicas y entre pueblos infieles.

Muerte

El  secreto de tantas maravillas, que apenas hemos apuntado, estaba en el amor de Dios, amor práctico, que ardía en el corazón de San Vicente. «Amemos a Dios, señores y hermanos míos —decía a los miembros de su comunidad—, y amémosle con el sudor de nuestras frentes». De hecho, el hombre de Dios, hasta su muerte —y murió a los ochenta y cuatro años— se levantó cada mañana a las cuatro. A menudo inauguraba la jornada con una sangrienta disciplina.

Las horas primeras del día eran para la oración y la meditación, que hacía de rodillas, con los suyos, en la capilla de la casa de San Lázaro. Celebraba después la santa misa con extraordinaria devoción. Durante el santo sacrificio le sucedía, a veces, extasiarse con divinas visiones: un día vio el alma de Santa Juana de Chantal que subía al cielo y la de San Francisco de Sales que venía a recogerla, y cómo luego las dos almas iban a abismarse en Dios.

Cuando terminaba de decir la misa, dábase al trabajo del día sin per­mitirse ni una tregua. En su trato con reyes, príncipes o mendigos, fue siempre hombre de extraordinaria humildad. Inspirado por el celo, solía decir que «un sacerdote debe tener siempre más trabajo que el que puede realizar». Juntaba al trabajo una penitencia incesante; oyósele decir más de una vez cuando entraba al refectorio. «Desgraciado, ¿has ganado el pan que vas a comer?» Su día se prolongaba hasta muy entrada la noche, y antes de entregarse al sueño, poníase en la presencia de Dios y se preparaba a la muerte.

Dios le llamó a Sí el 27 de septiembre de 1660. Benedicto X III le beatificó el 13 de agosto de 1729, y Clemente XII le canonizó el 16 de junio de 1737 Sus reliquias descansan en la iglesia de los Lazaristas de París. León XIII le proclamó, en 1885, Patrono de las Instituciones de caridad.

Oración a San Vicente de Paul

¡Oh glorioso San Vicente, celeste Patrón de todas las asociaciones de caridad y padre de todos los desgraciados, que durante vuestra vida jamás abandonasteis a ninguno de cuantos acudieron a Vos!

Mirad la multitud de males que pesan sobre nosotros, y venid en nuestra ayuda; alcanzad del Señor socorro a los pobres, alivio a los enfermos, consuelo a los afligidos, protección a los desamparados, caridad a los ricos, conversión a los pecadores, celo a los sacerdotes, paz a la Iglesia, tranquilidad a las naciones, y a todos la salvación.

Sí, experimenten todos los efectos de vuestra tierna compasión, y así, por vos socorridos en las miserias de esta vida, nos reunamos con vos en el cielo, donde no habrá ni tristeza, ni lágrimas, ni dolor, sino gozo, dicha, tranquilidad y beatitud eterna.

Amén.

San Vicente de Paul | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.