18 de Mayo: San Félix de Cantalicio


San Félix de Cantalicio

San Félix de Cantalicio, fue un humilde monje capuchino que durante cuarenta años pidió limosnas para su convento, volviéndose una de las más queridas figuras de la Ciudad Eterna


Día celebración: 18 de mayo.
Lugar de origen: Cantalicio, Estados Pontificios.
Fecha de nacimiento: 1515.
Fecha de su muerte: 18 de mayo de 1587.
Santo Patrono de: Criadores de gusanos de seda de Italia. Spello.


Contenido

– Introducción
– Vocación religiosa
– Virtuosos limosnero
– Las diversiones de los santos
– El peso de una moneda
– Espíritu de pobreza y mortificación | Su muerte
– Oración a San Félix de Cantalicio


Introducción

San Félix de Cantalicio fue el primero y uno de los más hermosos frutos de santidad que a la Orden seráfica dio la rama capuchina; rama nueva del tronco franciscano, que alcanzó su  independencia en el año 1525, siguiendo las huellas del bienaventurado Mateo de Bascio, y cuyas Constituciones fueron aprobadas por Clemente VIII en 1528 y más tarde por Urbano VIII en 1638.

Nació Félix el año 1515 en Cantalicio, pueblo de los antiguos Estados Pontificios, situado al pie del Apenino, en los límites de la Sabina y de la Umbría. Se llamó su padre Santos y Santa su madre, nombres de tal modo predestinados, que justificaban la dignidad de su vida. No obstante, Félix, su tercer hijo, fue «santo» con mayor propiedad, puesto que manifestó desde su tierna infancia tales muestras de predestinación, que sus compañeros le llamaban corrientemente el «santo».

Sus padres, que eran pobres y labradores de profesión, le emplearon desde muy temprano en guardar los rebaños. Esta vida rimaba muy bien con la disposición meditabunda del niño; poco inclinado a las conversaciones ociosas y con el corazón siempre inclinado hacia el cielo, tomó la costumbre de conversar con Dios por medio de la oración.

Buscaba preferentemente los lugares solitarios y allí con frecuencia repetía el Padrenuestro, el Avemaría y otras sencillas oraciones que le habían enseñado; y , cuando los demás pastores se entregaban al sueño, arrodillado él ante un árbol, en cuya corteza había grabado una cruz, meditaba la Pasión de Cristo. Pronto sintió el anhelo de juntar a esta fervorosa meditación el ayuno y la disciplina, ejercicio este último que repetía cada tarde antes de entregarse al descanso.

Sus compañeros se le burlaban y le decían:

— ¿Piensas demostrarnos que eres mejor que nosotros? Duerme, necio; descansa de noche. Aunque hicieses milagros, no creeríamos en tu santidad.

Soportó valientemente el pastorcillo todas estas burlas, y su tranquila indiferencia desconcertó a sus adversarios. Al que le ofendía, le respondía:

«¡Vamos; ojalá llegue a ser santo!»

Sin embargo, algunos de sus compañeros, admirados de su conducta, se volvieron formales, y se cree que uno de ellos ganó por sus consejos la gracia de la vocación sacerdotal. Llegado a la edad de doce años le enviaron a Ciudad Ducal para servir a Marco Tulio Picarelli, noble y honrado ciudadano, el cual le destinó a guardar ganado; y poco después, cuando más crecido, a la labranza de su hacienda.

Se alegró Félix con su nuevo empleo porque le permitía asistir diariamente a misa antes de ir al campo. Se cuenta que un día en que un trabajo urgente le había privado de este consuelo, acudió un ángel a reemplazarle en el arado mientras él iba a desahogar su corazón en la iglesia, cerca de Jesús Sacramentado. Este humilde jornalero, sin instrucción, ya que nunca había podido asistir a la escuela, había aprendido mucho del Espíritu Santo.

Como cándidamente lo confesó él mismo más tarde, nunca supo ni quiso saber más de seis letras: cinco encarnadas y una blanca. Las cinco encamadas eran las cinco llagas del Salvador, y la letra blanca, la Santísima Virgen.

 

Vocación religiosa

Dios mismo acabó de iluminarle inspirándole un género de vida más perfecto. El alma santa siempre está dispuesta a escuchar la voz del Señor que interiormente le habla. Atraído Félix por la extraordinaria vida de los ermitaños de Egipto, que oyó leer en casa de su amo, pensó hacerse anacoreta; pero tiene la vida solitaria sus inconvenientes; la vida de comunidad ofrece sus ayudas y garantías. Reflexionando sobre ello, el joven volvió sus ojos hacia el convento de los Padres Capuchinos, fundado poco antes en Ciudad Ducal.

Procuró un primo suyo desviarlo de tal propósito, exponiendo a su consideración las austeridades que le aguardaban; pero Félix se contentó con responderle «que e él quería ser religioso, costase lo que costase, o que de lo contrario no valía la pena abrazar dicho estado».

Aunque tenía tan bien arraigada en su alma la semilla de la vocación celestial, dudando si acaso era Dios quien la había sembrado, puso alguna dilación en cumplirla; un accidente le sacó de toda duda. Un día que domaba unos novillos, enseñándoles a llevar el yugo, se embravecieron las bestias, le echaron al suelo y pasaron el arado y la reja sobre el pecho y el rostro del Santo. A no ser por un milagro hubiera perecido en el percance.

Al levantarse reparó que sus vestidos estaban completamente rotos, sin que su cuerpo tuviera el menor rasguño; vio en lo sucedido una atención especial de la Providencia y resolvió abandonar el mundo sin demora y hacerse capuchino.

Ordenó rápidamente sus negocios; distribuyó a los pobres el poco dinero que poseía, y pidió perdón a todos de los disgustos que hubiera podido causar. Habíase tomado en dos o tres ocasiones licencia para ofrecer a escondidas de su amo un poco de vino a un amigo suyo; suplicó a Marco Tulio que descontase del salario el valor de aquel vino y que distribuyese lo restante a los pobres. Luego abrazó a los suyos y partió.

El Padre guardián examinó su vocación, y le representó la austeridad de la religión y la continua mortificación de los sentidos y de la propia vo­luntad a que debía sujetarse hasta la muerte; para mejor probarle, añadió con cierta aspereza, al verle tan mal vestido: «Tú vienes aquí, sin duda, para hacerte con un vestido nuevo. Querrías vivir en religión sin hacer nada; o piensas, tal vez, que podrás mandar a los religiosos como mandabas a tus bueyes. Has de saber que aquí el trabajo es incesante y la obediencia absoluta. Renuncia, pues, a tu propósito, y no vuelvas a pensar en el convento».

No se amedrentó ante acogida tan inesperada el nuevo postulante: «Padre mío — dijo— , tomo a Dios por testigo de que no vengo aquí guiado por otro motivo que por el de entregarme a su servicio. Él sólo me inspira, me fuerza y ordena presentarme a vos. ¿Queréis que resista a sus inspiraciones y que rehúse el honor que me dispensa?

La sinceridad que denotaban las palabras del santo labriego hizo comprender al Padre guardián que se trataba de una vocación verdadera, y sin más dilación le entregó letras comendaticias para el convento de Roma.

Se encaminó allá el postulante, teniendo a Dios como norte y guía de su viaje. Desde Roma fue enviado a Áscoli para vestir el santo hábito y empezar su noviciado en calidad de hermano lego. Esto ocurrió en 1545: tenía entonces treinta años.

Virtuosos limosnero

A poco de profesar y tras breve permanencia en el convento de Tivoli, fue Félix destinado definitivamente al de Roma, con el oficio de limosnero. Cuarenta años permaneció en tan humilde empleo, para edificación de los romanos y conversión de gran número de almas. Cada día, con la alforja al hombro, iba a mendigar el alimento para sus Hermanos, con los pies descalzos, los ojos bajos y rezando el rosario, diciendo a veces al Hermano que le acompañaba: «¡Caminemos, Hermano, con el rosario en la mano, los ojos en el suelo y en el cielo la mente!»

Era tan fiel a su consejo, que le aconteció acompañar a algún fraile que era sacerdote, ayudarle a misa y no poder decir a la vuelta quién había sido su compañero. No obstante, si a la vuelta de una calle había alguna imagen de Nuestra Señora, instintivamente le dirigís amorosa mirada y exclamaba cada vez:

¡Oh Madre de Dios!, deseo amaros cono un buen hijo, y Vos, cual tierna Madre, no apartéis de mí vuestra mano protectora, porque soy como esos parvulitos que, por sí mismos, no pueden dar un solo paso y caen sin el apoyo o amparo de su madre llega a faltarles. ¡Bendecidme, Reina Augusta! Virgen bendita, ¡adiós!

Su cándida devoción al Niño Jesús le llevaba a pronunciar en cualquier circunstancia el santo nombre del Salvador y hacerlo repetir a cuantos niños encontraba: — Decid «Jesús», amiguito; decid todos «Jesús». O bien: — Hijos míos, decid como yo: «Jesús, Jesús» Jesús; tomad mi corazón sin que jamás vuelva a mi posesión». Otras veces, particularmente hacia el fin de su vida, los exhortaba a exclamar: Deo gratias! ¡Demos gracias a Dios!

Nii que decir tiene que los pequeños, arrebatados por la sencillez del fraile, correspondían gozosos a su anhelo. Consideraban como una fortuna para ellos encontrarse con él, y en cuanto le veían, por lejos que estuviese, exclamaban a porfía: «¡Deo gratias Hermano Félix, Deo gratias!». Y él, derramando lágrimas de alegría, contestaba: «Sí, Deo gratias! Dios os bendiga, hijos míos, Deo gratias

Los alumnos del Colegio Germánico le saludaban con esas dos únicas palabras, lo cual le regocijaba mucho. En cierta ocasión, estas mismas palabra; Deo gratias le sirvieron como de «fórmula mágica» para hacer caer la espada de manos de dos duelistas a punto de entrar en liza. Corrió el santo religioso a arrojarse entre ellos gritando: «¡Decid Deo gratias hermanos; decid los dos: Deo gratias!». Por extraña que fuese, la exhortación tuvo su efecto inmediato y los dos rivales prefirieron «dar gracias a Dios» antes que herir sus cuerpos ofendiéndole.

Toda la vida de San Félix de Cantalicio muestra la humildad más profunda y verdadera que podemos imaginar. Aunque estimado y considerado como santo, así por la gente sencilla como por los grandes personajes, no podía soportar alabanzas ni muestras de veneración. No sufría que le besasen la mano. «Besádsela — decía— al compañero, que es sacerdote, y na a mí, que soy indigno pecador».

Tocante a los sacerdotes, les guardaba tales deferencias que les besaba las manos puesto de hinojos; se consideraba indigno de conversar con ellos y no les hablaba más que para responder cuando algo le preguntaban.

Deseoso de humillarse ante los demás, gustaba de llamarse el burro del convento . «¡Paso al burro del convento de los Capuchinos!» — exclamaba un día ante la muchedumbre, que deseosa de contemplarle no le dejaba puesto a la salida de una iglesia. Todos buscaban ansiosos al animal.

— Pero ¿dónde está su burro, Hermano Félix ? — le preguntaron.

— El burro soy yo, soy yo — respondió el buen religioso, prosiguiendo su camino, con los ojos bajos, encorvado bajo el peso de las alforjas llenas que llevaba al convento.

De las limosnas solía hacer dos partes: una para sus Hermanos los religiosos y otra para sus hermanos los necesitados. Los superiores le autorizaban esta largueza una vez cubiertas las estrictas necesidades de la comunidad.

Caminaba en otra circunstancia el Hermane San Félix de Cantalicio por una calle muy estrecha con las alforjas a cuestas. Completamente absorto en su meditación, no reparó en un jinete altanero que hacia él iba y sin avisar se abrió paso derribándole en tierra. Algunos testigos de la escena se indignaron, y el arrogante caballero creyó deber suyo detenerse para responder a tan injustificadas quejas.

El Hermano San Félix de Cantalicio, en cambio, aunque pateado y maltrecho por el animal, se levantó y adelantándose modesto y pacífico, dijo al que tan brutalmente le había tratado: «Dispense, señor, que por mi torpeza y distracción así le haya quitado el paso».

Un despectivo encogimiento de hombros fue la respuesta del caballero. Al día siguiente nuestro jinete vino a postrarse a los pies del humilde capuchino e imploraba su perdón, prometiendo usar en el porvenir de más suavidad y vivir como buen cristiano, para lo cual pidió la ayuda de las oraciones y consejos del buen Hermano. San Félix de Cantalicio, complacido, accedió a ello de buen gusto.

Tanto a las humillaciones como a las penas corporales, las llamaba San Félix de Cantalicio favores celestiales, rosas del paraíso, y por nada en el mundo hubiera consentido verse privado de ellas. Le prometía en cierta ocasión el cardenal de Santorio, arzobispo de Santa Severina y protector de la Orden, a cuyos oídos había llegado la fama de santidad de nuestro biografiado, que en sus últimos años le haría descargar de sus penosas funciones:

— Por favor, Eminencia— respondió el religioso— , permítame que siga con mi oficio de limosnero: un soldado debe morir con la espada en la mano; un burro, bajo la carga; y el Hermano Félix, encorvado bajo la alforja.

Las diversiones de los santos

Vivía por este tiempo en Roma otro campeón de la causa de Cristo, de virtud no menos admirable que la de San Félix de Cantalicio: era San Felipe Neri, apóstol de la juventud y fundador del Oratorio. En las alturas de la santidad intimaron grandemente estos dos aristócratas de la virtud.

Se encontraron en la calle y se estrecharon íntimamente en fraternal abrazo sin decirse una palabra: ¡tan bien se comprendían! Otras veces, se saludaban de una manera extraña. Decía el uno:

— ¡Quién me diera verte achicharrado!
— ¡Y a mí verte tendido en la rueda! — respondía el otro.
— ¡Permita Dios que te corten las manos! — replicaba el primero.
— ¡Y a ti la cabeza! — añadía su interlocutor.
— ¡Bendito el día en que te veas azotado y a pedradas despachurrado!
-decía a veces Felipe.
— ¡ Y tú maniatado y en el Tíber anegado! — respondía San Félix de Cantalicio.

Los deseos que mutuamente expresaban eran propiamente deseos de martirio, favor que hubiesen preferido a cualquier otro. Las dos anécdotas que vamos a referir no dejarán de sorprender a los hombres de nuestro siglo, singularmente a los moradores de otras latitudes; a nuestro parecer, los dos Santos son tal vez más dignos de admiración que de imitación.

Encontrando un día al Hermano San Félix de Cantalicio en la calle, postulando, le cubrió San Felipe con su bonete, y le dijo: «Sigue pidiendo la limosna en esta forma y veremos si eres tan mortificado como pareces». Como buen capuchino, San Félix de Cantalicio iba siempre con la cabeza descubierta; era pues casi un escándalo verle de este modo y , sobre todo, con bonete semejante. Sonrióse y prosiguió su camino, cubierto y coronado con el cuadrado bonete de San Felipe.

Los pasajeros le propinaban amables burlas como éstas: «Fray Félix vuelve a la infancia» — decían unos— . «Hace penitencias tan asombrosas, que pierde la cabeza» — exclamaban otros. No obstante, los más adivinaban el secreto y estaban por ello profundamente edificados. A la vuelta de una calle, cercana a la plaza de San Lo­renzo in Dámaso, se encuentran de nuevo frente a frente los dos siervos de Dios. Se adelanta Felipe, quita el bonete al lego bruscamente y exclama con fingida indignación:

«¡Vaya espectáculo que estás dando, Hermano Félix! ¡Qué vergüenza para tu Orden! Voy a contárselo a tus superiores y suplicarles que castiguen con severidad tus chifladuras».

Tranquilo, el humilde capuchino respondió beatíficamente:

«En verdad, merezco que me castiguen por mis pecados; todo lo aceptaré por amor le Dios».

En otra ocasión, acercándose los dos amigos al puente Santángelo en medio de una gran concurrencia, probaron de atraer hacia ellos las burlas y desprecios. Felipe presentó a San Félix de Cantalicio una enorme botella de vino, el «fiasco» tradicional; la llevó a sus labios el capuchino y se puso beber en medio de la calle. Pero esta vez ambos amigos quedaron burlados, pues la gente dijo admirada: «Ved a un santo que da de beber a otro santo».

El peso de una moneda

Entre los preceptos que el seráfico Patriarca dejó a sus hijos figura esta importante recomendación: «Hermanos, si encontráis dinero en vuestro camino no hagáis más caso que del barro que huellan vuestros pies». ¿No había él mismo predicado con el ejemplo, haciendo arrojar oro al estercolero para inculcar más profundamente en los suyos el menosprecio de los bienes perecederos?

Ninguno era más exacto que San Félix de Cantalicio en el cumplimiento de este artículo de Regla. La más pequeña moneda parecía quemarle las manos. Lo que oído por un burlón, le puso un día maliciosamente una moneda de plata en las alforjas, sin advertirlo el siervo de Dios; pero luego exclamó: «¡Jesús, Jesús, Jesús! ¡La serpiente está en la alforja. ¡Oh, qué peso!» Y llegándose a un soportal cercano descargó toda la alforja, y vista la moneda la echó al lodo. «¡Ah !, ¡eres tú, vil metal — exclamó con aire satisfecho— ; eres tú el que tanto pesabas! Que te recoja el que quiera, que yo no quiero mancharme contigo». Y volviendo a cargarse la alforja se fue.

Espíritu de pobreza y mortificación | Su muerte

Es bien conocido el afecto que San Félix de Cantalicio tenía a la santa pobreza. Su hábito era corto, estrecho y remendado; si por ventura se rompiera o deshilachaba, él mismo lo remendaba; tanto en invierno como en verano se abstenía de túnica y se contentaba con el hábito de la Orden, o si se permitía un vestido interior había de ser un áspero cilicio o una camisa de mallas que sobre sus carnes  llevaba cuando hacía la romería de las siete basílicas.

Su mortificación era tan admirable como su espíritu de pobreza. Se privaba incluso de las legítimas satisfacciones, tales como acercarse al fuego durante un frío riguroso: probaba de calentarse paseando por el jardín del convento, y al propio tiempo que caminaba, hablando alto consigo mismo, se iba diciendo:

«Vamos, Hermano asno — así llamaba a su cuerpo— ; estás transido de frío, preciso es que te calientes sin fuego, que no de otro modo se calientan las bestias de carga. ¡Lejos del fuego, hermano asno, lejos del fuego! Junto al fuego negó San Pedro a su Divino Maestro».

Siempre hallaba razones para ocultar sus austeridades. ¿Iba descalzo? Era para caminar más cómodamente. ¿Se disciplinaba hasta derramar sangre? Así se calentaba un poco. ¿Alejábase del fuego? Era para evitar la tentación de entretenerse con largas conversaciones. También hallaba motivos para no dormir más que dos horas cada noche y pasar lo restante del tiempo en oración.

Esta fue su norma de conducta durante los cuarenta y dos años de su vida religiosa, acumulando en lo íntimo de su corazón renunciamiento y sacrificios, y por ellos méritos y gloria eterna. Purificado por dolorosos padecimientos crónicos, soportados sin queja alguna, le llamó Dios a disfrutar de las alegrías del paraíso el día 18 de mayo del año 1587. Murió San Félix  Cantalicio pronunciando los dulcísimos nombres de Jesús y María.

Oración a San Félix de Cantalicio

La humilde alforja limosnera
recoge pan de puerta en puerta;
pide fray Félix por amor
y un don de amor pidiendo entrega.

Juntas se encuentran para el pobre,
servidas juntas en la mesa,
la caridad del Padre bueno,
la bendición de quien la ofrenda.

Camina humilde, como templo
que dentro lleva la Presencia,
y si dialoga, sus palabras
vienen de Dios cual Buena Nueva.

Mirad las cinco flores rojas,
rosas que son de llagas bellas;
mirad la blanca flor bendita,
María, fúlgida azucena.

Ellas serán sus libros santos,
fuente secreta de su ciencia;
todo lo ignora y todo sabe
quien a Dios tiene y se contenta.

ìHonor a Cristo, nuestro Hermano,
que a los sencillos se revela;
honor, que el Padre así lo quiso
y en los humildes se deleita!

Amén.

San Félix de Cantalicio | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.

https://santavirgenmaria.com/2016/05/18/la-oracion-a-san-felix-cantalicio/