18 de Julio: San Camilo de Lelis


San Camilo de Lelis

San Camilo de Lelis fue un sacerdote católico romano, nacido en Italia que fundó la orden conocida como Los Camilianos o más Camilos, una orden religiosa dedicada al cuidado de los enfermos. Fue beatificado por el Papa Benedicto XIV en el año 1742 y canonizado por él cuatro años después, en 1746. Lellis es el santo patrón de los enfermos, hospitales, enfermeras y médicos. Su asistencia también se invoca contra el vicio del juego.


Día celebración: 18 de Julio.
Lugar de origen: Bucchianico, villa del antiguo reino de Nápoles, Italia.
Fecha de nacimiento: 25 de Mayo de 1550.
Fecha de su muerte: 14 de julio de 1614.
Santo Patrono de: De los enfermos.


Contenido

– Introducción
– Infancia y juventud
– Conversión Milagrosa
– En el Noviciado
– San Camilo de Lelis funda su instituto
– Votos solemnes
– Muerte
– Oración a San Camilo de Lelis


Introducción

Este gran apóstol de la caridad, padre de los pobres y de los enfermos, consagró a su servicio, en el siglo sensual y egoísta de la Reforma, sus propias fuerzas y la Congregación que fundó. El antiguo soldado a quien sólo apasionaba el juego, empleó sus días, salud, y vida en pro de los miembros doloridos del cuerpo místico de Cristo. Enfermo como estaba, el dolor y el amor le dieron un corazón de madre ante el sufrimiento, como ha pasado por el hospital, conocerá las miserias que hay que aliviar y los desórdenes que deben ser suprimidos.

Pondrá a la cabecera de los desgraciados, en vez de enfermeros codiciosos y, en ocasiones, descuidados, almas complacientes, abrasadas de la ardiente llama de la divina caridad. El hospital es su elemento; su paraíso terrestre; fuera de él desfallece su vida. En el lecho de muerte, como un gesto simbólico, hará que le traigan las llaves del hospital, porque ellas le abrirán el cielo, como se lo abrirán a sus hijos y a cuantos sean en esta tierra «ministros caritativos», siervos de los enfermos. Santa y poderosa filosofía cuya verdad es el mismo amor, única fuerza de crear los grandes
héroes de la fe.

Infancia y juventud

San Camilo de Lelis nació, como el Divino Salvador, en un pobre establo. Fue el 25 de Mayo de 1550 en Bucchianico, villa del antiguo reino de Nápoles, verdadera fortaleza por su ubicación y defensas. Su padre, Juan de Lelis, dedicado al ejercicio de las armas, era uno de los mejores capitanes de Carlos V , el nombre de la madre, Camila Compellio, era ilustre en la marca de Ancona.

El nacimiento de nuestro Santo fue especial don del cielo, pues su madre tenía ya sesenta años de edad, y tal debilidad de constitución, que toda razón humana debía juzgarla estéril. Pocos días antes de dar a luz a Camilo tuvo un misterioso sueño, parecióla que su hijo iba, como jefe, a la cabeza de una cuadrilla de niños que tenían como él una cruz roja en el pecho, y que llevaba un estandarte donde aparecía una cruz igual. La virtuosa madre tuvo miedo, el niño tanto tiempo deseado, ¿no llegaría a ser jefe de bandoleros, y, por tanto, vergüenza de la noble y antigua familia de los Lelis?

Pero este sueño no era un presagio siniestro, sino anuncio de la maravillosa vocación del que sería padre y jefe de una familia de héroes que tendrían por distintivo la cruz roja. Durante los trece años que vivió todavía, consagróse la madre con vigilante solicitud a la educación moral y religiosa del niño, le inculcó fe profunda y sólida piedad basada en el amor y temor de Dios y en el horror al pecado.

Aunque de natural ardiente y de carácter noble y delicado, disgustóse pronto Camilo del estudio, y, muerta su madre, dejólo a un lado para entregarse a la lectura de libros de caballería y, sobre todo, para jugar a los naipes y a los dados en compañía de otros jóvenes, el juego vino ser su pasión dominante y su gran ocupación diaria.

Llegado a la edad de 19 años, resolvió Camilo, al igual que dos primos suyos, abrazar la carrera militar, en la que se habían distinguido mucho sus antepasados y a la cual le preparaba su educación. Partió, pues, con su padre, a sentar plaza al servicio de la república de Venecia. Los dos cayeron enfermos y hubieron de volverse atrás. A poco murió Juan de Lelis, en San Lupidio, junto a Loreto, en casa de un capitán amigo suyo.

Cumplidos los últimos deberes para con su padre, prosiguió Camilo su itinerario con el firme propósito de alistarse. Para colmo de desgracias, le había salido en la pierna una llaga que le hacía cojear y que comprometía su porvenir en el ejército.

Enfermo como estaba, el huérfano tuvo, que pararse en la ciudad de Fermo. Vio allí, casualmente, a dos religiosos franciscanos cuya compostura y modestia reflejaban vivamente la santidad de sus costumbres. Espectáculo tal le compungió el alma y le hizo avergonzarse de su vida disipada. Reflexionó y decidió cambiar de vid a, y para conseguirlo con mayor facilidad hizo allí mismo voto de tomar el hábito de San Francisco en una de las casas de la gloriosa Orden.

Deseoso de poner por obra su promesa, presentóse en el convento de San Bernardino, en Áquila. El guardián, tío suyo, no se atrevió a admitir a aquel postulante enfermo y de vocación tan repentina. Camilo tomó pie de esta negativa para abandonar su resolución de hacerse religioso.

Con el fin de aprovechar para curar la pierna, entró de enfermero en el hospital de Santiago de Roma. Pero la pasión por el juego, que le hacía olvidar el cuidado de los enfermos, y su carácter fogoso fueron causa de que al cabo de un mes se le despidiera, no curado aún por completo.

Era el año 1569. En Roma se reclutaban soldados para combatir al sultán Selim, que quería arrebatar Chipre a los venecianos. Camilo se alistó y permaneció tres años al servicio de la república de Venecia. En Corfú cayó gravemente enfermo, por lo que no pudo tomar parte en la batalla de Lepanto; en el sitio de Cáttaro sufrió mucha necesidad y hasta tuvo que alimentarse de hierbas.

Después de esta terrible campaña, en la que Dios le protegió de un modo visible, pasó al servicio de la corona de España. Durante una violenta tempestad renovó —28 de octubre de 1574— el voto de hacerse franciscano. Las galeras reales sufrieron tales averías, que llegadas a Nápoles hubo que desarmarlas y licenciar a la dotación. Aunque Camilo no tenía más bienes que los vestidos que llevaba puestos, dejóse otra vez vencer por su pasión dominante, y jugó la espada, el mosquete, la tabaquera, el capote de campaña y hasta la camisa.

Hubo de perderlo todo; con lo cual vióse en el mayor desamparo y en la necesidad de mendigar el pan. Dios, para convertirle, le enviaba la enfermedad, la humillación, la miseria. Este jugador empedernido no fue, sin embargo, ni impúdico, ni blasfemo, ni traidor. Permaneció casto aun en la vida licenciosa del campamento, no mancharon su labios ni la blasfemia, ni la imprecación,
en el juego fue siempre justo y noble, y en su vida aventurera, permaneció fiel a la fe de su infancia.

Conversión Milagrosa

A fines de Noviembre de 1574, Camilo, con un compañero llamado Tiberio, pide limosna en la puerta de la Iglesia de Manfredonia. Un tal Antonio de Nicastro, encargado de la construcción de un convento de Capuchinos, le ofrece trabajo; Tiberio le impide aceptarlo y le lleva consigo hacia Barletta. Empero, instigado Camilo por una voz interior,vuelve atrás y pide trabajo en el convento de los religiosos.

Diéronle el encargo de acarrear piedra y cal con la ayuda de unos jumentos. Aunque el ejercicio era en sí poco penoso, costaba mucho a su arrogancia de soldado. «¡ Vaya ocupación más degradante para quien ha manejado la espada!» —le repetía Tiherio— . Los pilludos menudeaban asimismo las befas contra el militar. Fue necesaria toda la amabilidad de los buenos Padres para calmar un poco el orgullo que se encabrita.

Camilo estaba resuelto a dejar el hospitalario convento por la guerra, el juego y la vida frívola y disipada, en cuanto tuviera un poco de dinero. Así pensaba él, pero Dios iba a orientar su vida en una dirección totalmente contraria. En los comienzos de 1575 nuestro mozo va al convento de San Juan, a algunas leguas de Manfredonia, para traer de allí una carga de vino. Fray Ángel, guardián del convento, le toma aparte, le habla de la brevedad de la vida, de la cuenta que deberá dar un día del empleo del tiempo, y de cómo ha de habérselas para alejar y vencer las tentaciones.

Camilo le escucha con atención. Al día siguiente, durante el camino, reflexiona sobre las palabras del religioso. Una luz extraordinaria inunda su alma: ahora se da cuenta de la bondad de Dios, de la fealdad del pecado, de la vanidad de los mundanos placeres. Conmovido y arrepentido, cae de hinojos en medio del campo.

«¡ Ah, desgraciado de mí! —exclama—. ¿Por qué he conocido tan tarde a mi Dios? ¿Cómo he podido ofender a un Padre tan misericordioso? Perdonad, Señor, a este miserable pecador, dadle tiempo para hacer rigurosa penitencia. No quiero quedarme más en medio del mundo que me aparta de Vos. Renuncio, Señor, renuncio a él para siempre».

Acababa de cumplir Camilo los veinticinco años, y ya nunca dejó de celebrar con fervorosa gratitud el aniversario de esta conversión tan decisiva para su vida y tan fecunda en resultados para sus proyectos de caridad.

En el Noviciado

En cuanto llegó a Manfredonia, pidió y obtuvo el hábito franciscano. De allí fue enviado a Trivento para hacer el noviciado como Hermano converso. Le apellidaban el Hermano Humilde por su amor a la abyección, a la obediencia y a la paciencia. Poco antes de la fecha fijada para la profesión, habiéndose renovado, con el continuo ludir del hábito, la llaga peligrosa que tenía en la pierna, no pudo continuar en aquel tenor de vida. Los religiosos, que estimaban sumamente las virtudes heroicas que advertían en él, prometieron recibirle siempre que sanase de su llaga.Esta promesa suavizó un tanto la amargura de su corazón.

Volvió, pues, Camilo a Roma para hacerse curar en el hospital de Santiago. Allí sirvió a los enfermos durante cuatro/años, con gran fidelidad y abnegación. Una vez curado, creyóse obligado, a causa de su voto, a volver a la orden seráfica. En el noviciado de Tagliacozzo, en los Abruzos, volvió a abrírsele la llaga, y tuvo que alejarse nuevamente como se lo había pronosticado en Roma su confesor San Felipe Neri.

Nueva estancia en el hospital de Santiago, donde le dieron el empleo de mayordomo. Con una administración prudente, restableció el orden y procuró a los pobres enfermos los cuidados más asiduos. Comunicó a los enfermeros y empleados, con sus pláticas o con lecturas piadosas y, sobre todo, con el ejemplo de una vida de paciencia, de abnegación y de amor sobrenatural, algunas centellas de su ardiente caridad para con los desgraciados. Siempre preocupado por su voto, intentó, por dos veces más entrar en la Orden de San Francisco.

Dos certificados de negativa motivada, expedidos por los superiores, calmaron finalmente sus inquietudes, pero conservó siempre profunda devoción hacia el Pobre de Asís, en cuyos ejemplos aprendiera bellísimas obras de caridad.

San Camilo de Lelis funda su instituto

Testigos de la negligencia con que los empleados asalariados solían atender al cuidado de los enfermos, y del abandono en que se dejaba a los moribundos así como los graves desórdenes que pudo muy a menudo observar dentro del hospital, buscaba Camilo remedio para tantos y tan graves males.

Se imponía una obra nueva. Por la fiesta de la Asunción de 1582, decidióse a agrupar a su alrededor algunos hombres de aspiraciones sobre­naturales, generosos y abnegados, prestos a servir a los enfermos únicamente por amor a Jesús. Sería su distintivo la cruz encarnada que llevarían sobre el hábito. Después de haber orado, ayunado y pasado largas noches de hinojos, para empezar mejor, escogió Camilo cinco enfermeros de los más piadosos y les comunicó su proyecto.

En una habitación que había transformado en oratorio, tenía con ellos diversos ejercicios de devoción y trataban de los medios conducentes para mejorar la suerte de los enfermos. Tal fue el núcleo de la Orden, de los Ministros de los Enfermos. No tardó en llegar el período de las contradicciones. Engañados los directores del hospital por delaciones calumniosas, deshicieron el pequeño oratorio. El mobilario fue repartido, y el gran Crucifijo, arrojado sin respeto detrás de una puerta.

Aunque muy afligido Camilo con esta desgracia, no cedió a la tentación de abandonar el hospital. Llevó piadosamente el Crucifijo a su aposento; y estando delante de él vertiendo muchas lágrimas por la destrucción de aquella obra caritativa, advirtió que el divino Salvador después de desclavar las manos de la cruz, le decía con gran ternura: «¿ De qué te afliges, oh pusilánime? Sigue la empresa, que yo te ayudaré en esta obra que es enteramente mía y no tuya».

El milagroso Crucifijo está todavía en Roma en la iglesia de Santa Magdalena. Camilo dio parte de esta visión a sus compañeros. Desde entonces se reunieron en la capilla del hospital; sin embargo, los obstáculos y las pruebas no habían terminado.

Los alientos y las aprobaciones no escasearon tampoco. Aconsejábanle, sobre todo, que antes de fundar una Congregación, se hiciese ordenar de sacerdote. Para disponerse a ello, frecuentaba las aulas inferiores del Colegio romano, no obstante tener ya treinta y dos años. Los estudiantes se burlaban de él, diciendo: «¡ Muy tarde te has acordado!» Su generoso corazón aceptaba en silencio estas afrentas. Los progresos fueron rápidos.

El antiguo soldado celebró su primera misa el 10 de junio de 1584, en el altar de la Santísima Virgen en la capilla del hospital de Santiago. Algunos meses más tarde le encargaron de la pequeña iglesia llamada la Madonnina dei Miracoli. Allí fundó su Congregación y dio el hábito a los dos primeros discípulos. La pequeña comunidad repartía el tiempo entre la oración y el cuidado ds los enfermos en el gran hospital del Espíritu Santo.

Enfermo de gravedad, así como uno de sus discípulos, hubo de volver Camilo al hospital de Santiago. Dios le curó y le envió con qué poder alquilar para sus hijos un lugar más salubre en otra calle de Roma. Hubo entonces afluencia de postulantes, pero quedaron muy pocos, porque el nuevo Instituto, muy austero, se proponía, además de cuidar de los enfermos en los hospitales, la asistencia de los moribundos, día y noche, aun en las casas particulares. Fue aprobado por el papa Sixto V el 18 de marzo de 1586.

Los religiosos, que habían de llamarse «Ministros de los Enfermos», llevarían sobre la sotana y del lado derecho, una gran cruz encarnada. Así se realizó el sueño de la madre de Camilo. A fi­nes de diciembre de 1586, el fundador instaló a sus primeros compañeros en los edificios contiguos a la iglesia de Santa Magdalena que acababa deadquirir. Esta fue definitivamente la casa matriz de su Congregación.

Votos solemnes

Habían llegado al puerto soldados atacados de peste. Tres religiosos murieron cuidando a los apestados.Esta heroica caridad atrajo a la comunidad numerosos miembros. En una sola mañana recibió Camilo a doce, entre ellos a su futuro biógrafo, Santis Cicatelli. En 1590 una fiebre maligna devastaba un arrabal de Roma habitado principalmente por obreros. Camilo no contento con enviar socorros a los desgraciados, visitábalos con sus religiosos, les daba de comer, hacía las faenas de casa, los atendía, en fin, con amor de madre.

El año siguiente el hambre y la peste causaron en Roma al pie de sesenta mil víctimas. Camilo dio a los necesitados hasta lo de su comunidad, y recorrió los sótanos y los establos de Rom a para asistir a los desgraciados que allí se habían refugiado. Los cardenales y los religiosos convirtieron sus habitaciones en hospitales, mas, a pesar de todo, fue preciso establecer en San Sixto, un nuevo hospicio, que el incansable hospitalario organizó y dirigió en lo temporal y en lo espiritual. Durante la terrible epidemia, veinte hijos suyos cayeron víctimas de la abnegación.

Pasados aquellos días de luto, Gregorio XIV erigió la Congregación en Orden religiosa. Camilo fue elegido Superior General, y el 8 de diciembre de 1591 hizo profesión solemne con veinticinco religiosos más. A los tres votos ordinarios, añadieron el de servir a los enfermos, incluso a los apestados. Las vocaciones abundaron y el fundador pudo establecer poco a poco casas en Milán, Génova, Florencia, Mesina, Palermo, Ferrara, etc.

Por donde quiera que iba, pasaba haciendo el bien. Apaciguó una furiosa tempestad en la que estuvieron en grave riesgo los religiosos, falto de recursos, dio lo que tenía a los enfermos y a los pobres, contando con la Providencia que hace envíos milagrosos, y tuvo siempre lo necesario para calmar a los acreedores inquietos, o alimentar a los religiosos en extrema necesidad. Dios le preservó de peligros en sus viajes, le ayudó en sus apuros pecuniarios y le asistió palpablemente en las fundaciones; pero le dejó la cruz del sufrimiento físico, cinco achaques corporales que Camilo llamaba las cinco misericordias de Dios.

Muerte

En los albores del siglo XVII, Camilo considera a su Orden como definitivamente organizada. Él, empero, gastado y agobiado por los achaques, consigue que le sustituyan en el cargo de Superior General. Hasta llega a pedir insistentemente que se le trate como al último de sus religiosos. Consagra los últimos años al cuidado de los enfermos en los hospitales de Nápoles, Génova, Milán y, sobre todo, en el del Espíritu Santo de Roma. Allí pasa casi toda la noche asistiendo a los moribundos y luego la mañana toda haciendo camas, sirviendo comidas, curando llagas y administrando los sacramentos.

A este trabajo abrumador y a sus continuos sufrimientos, añade disciplinas, ayunos, largas oraciones que dice de rodillas y el servicio de los enfermos más repugnantes.En 1612 y 1613 acompaña Camilo al Superior General en su visita a las casas de los Abrazos y de Lombardía. En la ciudad de Bucchianico, acosada por el hambre, multiplica milagrosamente la cosecha de un campo de habas en beneficio de los pobres. De vuelta a Roma, agotado ya y sabiendo que iba a morir, acudió por última vez a rezar junto a la tumba de los Apóstoles.

Aún pudo cuidar con sus manos ya sin fuerzas a sus queridos enfermos del hospital del Espítitu Santo. El 14 de julio de 1614 —como lo había anunciado— expiró Camilo, con los brazos puestos en cruz, durante el rezo de las oraciones de los agonizantes. Tenía 64 años. Sus hijos y el pueblo todo de Roma hicieron a los venerados restos del «Padre de los pobres», solemnísimas exequias.

El cuerpo, depositado en un triple ataúd, fue colocado en la iglesia de Santa Magdalena, primero cerca del altar mayor y después debajo del altar dedicado al Santo.

No tardaron en obrarse milagros portentosos en la tumba de Camilo. Su intercesión, el contacto de sus reliquias y el llevar su pequeña cruz roja fueron, asimismo, motivo para ellos. En abril de 1742, Benedicto XIV beatificó al fundador de los «Ministros de los Enfermos»: cuatro años más tarde, el 29 de junio de 1746, San Camilo de Lelis fue solemnemente canonizado. Su fiesta se celebra el 18 de julio con rito doble.

El 22 de junio de 1886, León X III proclamó a San Camilo, con San Juan de Dios, «Protector celestial de todos los enfermos y de todos los hospitales del mundo católico». Por breve del 28 de agosto de 1930, Pío XI dio a estos dos Santos por patronos de las asociaciones hospitalarias y de los enfermos de ambos sexos, proponiéndolos como modelos de lo que debe ser la verdadera caridad en el servicio de nuestros hermanos dolientes.

Oración a San Camilo de Lelis

Señor Jesús, que haciéndote hombre,
quisiste compartir el sufrimiento
de nuestra naturaleza humana,
te suplico por la intercesión de San Camilo,
el santo protector de los enfermos,
que amó y se entregó a los demás,
que con caridad y compasión sirvió intensamente
a los pobres y a los enfermos como si fueran sus hijos,
que ayudes a los que están pasando dolor,
a los que necesitan alivio y sanación
y viven el difícil momento del sufrimiento.

Sana al que está llagado en el cuerpo y en el espíritu,
sostén la fe de los que bajo la cruz vacilan por la fuerza del mal,
abre horizontes de esperanza a los que están en la oscuridad.

Haznos, como San Camilo,
conscientes de que en el rostro del enfermo,
del que sufre y está agobiado
o del que padece grandes necesidades,
está tu mano acariciando a nuestro corazón.

¡San Camilo de Lellis, ruega por nosotros!
San Camilo glorioso, a ti clamamos en nuestra aflicción,
tú que siempre viste a Jesús en los enfermos,
que con ardiente caridad y ternura los serviste y cuidaste,
y que tantas veces dijiste:
«los enfermos son la pupila y el corazón de Dios»,
lleva nuestras suplicas al Señor
y ruégale por la salud de…
pide que le conceda alivio y remedio en sus padecimientos,
que sane su cuerpo y le llene de optimismo y vitalidad,
que fortalezca su alma y le de valor y energía,
y le colme de esperanza en medio de tanto dolor y angustia,
porque solo Él puede guardarnos de todo mal
y darnos salud en la enfermedad.

Así sea.

Rezar el Credo, Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Camilo de Lelis | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.