17 de Julio: San Alejo, confesor


San Alejo

También conocido como San Alejo de Roma, fue hijo de un rico Patricio romano que vivió por amor a Cristo una vida de mendigo. Su  ejemplo de santidad y modestia ha de ser para nosotros una invitación a tratar de pasar por esta tierra sin buscar honores ni alabanzas vanas, de manera que se cumpla en cada uno aquello que Cristo prometió: «El que se humilla, será enaltecido».


Día celebración: 17 de Julio.
Lugar de origen: Roma, Italia.
Fecha de nacimiento: Siglo IV.
Fecha de su muerte: 17 de Julio de 412.
Santo Patrono de: Enfermeras, mendigos, peregrinos, viajeros.


Contenido

– Introducción
– Familia de San Alejo
– Principio y fin de una obra
– De Roma a Edesa
– San Alejo sale de Edesa
– Mendigo en la casa paterna
– Muerte de San Alejo
– Reconocido por sus padres
– Oración a San Alejo


Introducción

Aparece en varios documentos latinos, con algunos variantes de secundario interés, una larga relación de la vida de San Alejo. Esta relación, redactada en Roma hacia el siglo X, al parecer por los monjes encargados de la iglesia de San Bonifacio, parece ser como la traducción, algo retocada, de una leyenda o biografía que en lengua griega fuera compuesta más de un siglo antes por un autor desconocido.

La biografía griega, a su vez tiene mucho parecido, por una parte, con una narración del siglo V, posterior a la muerte de Rabula, obispo de Edesa u Orfa, en Mesopotamia (435), y, por otra, con las Actas del monje San Juan Calibita que, como San Alejo, vivió varios años en la casa paterna, sin ser reconocido por sus padres hasta después de su muerte.

El relato siríaco y las Actas han debido inspirar, muy probablemente, al redactor griego de la historia de San Alejo, aparecida a principios de la Edad Media. Aunque varias partes de esta obra se consideran históricamente discutibles, la coincidencia de ciertos datos documentales y la tradición apoyan la veracidad esencial del asunto en aquello que viene a ser como la medula de la narración. Y como quiera que es ésta la parte más inte­resante para nuestro estudio, a ella nos atendremos.

Familia de San Alejo

Según el historiador griego, Alejo nació en Roma, hacia la segunda mitad del siglo IV. Era su padre Eufemiano, uno de los más ricos e ilustres senadores de la ciudad; y su madre Agíais, de nobleza igual a la de su esposo; pero ambos, aún mucho más recomendables por su notoria virtud que por su nacimiento y bienes de fortuna. Su casa era albergue de todos los necesitados, y su caridad ilimitada.

Fuera de las muchas limosnas secretas que repartían entre los pobres honrados y vergonzantes, cada día daban de comer a trescientos o cuatrocientos indigentes a la puerta de su casa , de manera que todas sus grandes rentas se consumían en limosnas. Inclinábales más a esta misericordiosa liberalidad el hallarse sin sucesión y sin heredero, pero al fin les concedió el cielo uno que, desde luego, consideraron como fruto de sus limosnas y de sus oraciones.

El nacimiento de Aiejo llenó de gozo a toda la familia, la santidad de su vida la colmó con el tiempo de gloria y esplendor. Pasó los primeros años de la niñez en compañía de sus padres, cuyos ejemplos y doctrina eran igualmente eficaces para grabar en su tierno corazón el amor a todas las virtudes. Pusieron ellos el mayor cuidado en buscarle maestros que fuesen tan hábiles en la ciencia de los santos como en las ciencias huma­nas. Con la ayuda de éstos, hizo Alejo progresos extraordinarios que acreditaron en poco tiempo la excelencia de su ingenio.

Concurrían, además, en nuestro joven la afabilidad y nobilísima índole del carácter, rara agudeza y penetración, y fácil palabra. Condiciones éstas que no tardaron en granjearle muy halagadora fama. Como, por otra parte, realzaba tales dotes con un exquisito trato y modales elegantes y finos, pronto aquel renombre acabó por formar un ambiente de popularidad que hizo de Alejo la admiración y el encanto de la ciudad entera.

Lo cual no dejaba de alegrar profundamente a sus padres. Fundaban ellos todas sus humanas ilusiones en el que había de heredar las glorias familia­res, y aquel feliz comienzo tenía que causarles gran satisfacción.

Heredero de inmensa fortuna, y emparentado por alguno de sus ascendientes con el príncipe que a la sazón gobernaba el imperio romano, el joven parecía naturalmente destinado a empleos y cargos distinguidos, el mundo con sus glorias y honores le sonreía. Pero todo ello le importaba poco. Al paso que iba creciendo en sabiduría, crecía también en virtud, y desde luego fue fácil conocer el tedio y disgusto que le causaban las cosas terrenales.

Dios, que le destinaba a una gloria más sólida que la de la tierra, preparábale para que fuera en el mundo, maravilloso signo de contradicción concediéndole el don sin par de la pobreza voluntaria.

Principio y fin de una obra

Alejo llegó a la edad núbil, sus padres le propusieron en matrimonio a una doncella romana, emparentada también con la familia imperial. Competían en ella la virtud y la hermosura, y parecía destinada expresamente por el cielo para coronar las felicidades de aquella familia. A pesar de sus repugnancias por el estado de matrimonio, condescendió Alejo con la voluntad de sus padres, precisamente por el respeto que les profesaba, y por temor a disgustarlos con su resistencia.

Éstos se alegraron sobremanera al ver asegurada la felicidad de su hijo, al mismo tiempo que la continuación de su casa y las tradiciones cristianas de la familia, ambiciones éstas que son muy naturales en todo hogar.

Cuando llegó el día indicado, empezáronse, con esplendor extraordina­rio, las diversas ceremonias o formalidades que en aquella época acompañaban a la celebración del matrimonio. Alejo se prestó a todo, pero en la noche del mismo día, en el momento de cumplir la formalidad que debía hacer definitivo el contrato empezado, vaciló el joven. En vez de acompañar a su desposada a la suntuosa habitación que les estaba destinada, Alejo se apartó de los convidados, y en ferviente oración pidió a Dios que le hiciera conocer su voluntad.

Por divina inspiración, con la gracia que iluminó su alma, renovó la promesa que había hecho de pertenecer sólo a Jesucristo y de imitarle en su humildad y pobreza, consagró su cuerpo y su alma a Dios determinando permanecer virgen. Alejo debía de dar a conocer a su desposada la decisión que acababa de tomar.

A este efecto, puso en la habitación de la joven el anillo de oro, prenda de la alianza, cuya devolución, en aquella hora, según las costumbres de la época, rompía el matrimonio aún no definitivamente concluido. Libre ya del compromiso, como de una servidumbre, Alejo abandonó secretamente, aquella misma noche, la casa paterna para poder practicar la pobreza voluntaria e imitar a Cristo que, siendo dueño de todas las cosas, quiso hacerse pobre y vivir por amor al hombre en la más extremada humildad.

De Roma a Edesa

Desconócese el itinerario que siguió el piadoso pere­grino. Pero bien puede suponerse que evitaba con cuidado todo lo que pudiera darle a conocer a los mensajeros enviados por sus padres.
Para alejarse más aún de su familia, encaminóse a pie hacia una antigua y opulenta ciudad de la Mesopotamia septentrional. Era Edesa —hoy Orfa—, capital de Osroena, ciudad fronteriza romana que había sido evangelizada en los primeros días del cristianismo.

Edesa había llegado a ser el primer centro religioso de los arameos cristianos y el foco ardiente de un movimiento intelectual, gracias a su célebre escuela o universidad. Había en ella más de trescientos monasterios fervientes en los que el culto de María se celebraba con extraordinario fervor.

Esta ciudad, profundamente cristiana, fue escogida por el joven patricio romano para su asiento. Mezclóse a los mendigos que permanecían acostumbrada­mente cerca del santuario, muy concurrido, de la Santísima Virgen. Como ellos, pedía limosna a la puerta de esta iglesia algunas horas del día ; las demás, las pasaba en oración.

Por la noche dormía en el pórtico de ella tendido en el duro suelo. Contentábase con un poco de pan y algunas legumbres, y daba a los otros pobres lo demás que recibía de los fieles. Aquel modo de vivir era muy distinto del que conociera en sus años mozos, y así, en breve tiempo, se desfiguró de manera que era imposible conocerle. Llegaron a Edesa, en busca suya, algunos criados de su padre, con la noticia que tuvieron de que un mancebo se había embarcado para el Oriente, conociólos él muy bien, pidióles limosna, y se la dieron sin saber a quién se la daban.

No estuvo escondida mucho tiempo virtud tan extraordinaria, a pesar de las diligencias que San Alejo hacía para ocultarla. El sacerdote sacristán de la iglesia quedó muy edificado de la conducta
y palabras de este pobre, que un día, bajo el sello del secreto, le abrió su alma y le dio a conocer la razón de su presencia en Edesa. Si ha de creer­se al autor de la vida griega, el hijo del senador Eufemiano debió permanecer diecisiete años en la abyección y el olvido entre los mendigos de Edesa. Tras este lapso de tiempo, plugo a la Santísima Virgen glorificar a su siervo revelando su gran santidad por un portentoso milagro.

San Alejo sale de Edesa

Pasando un día el tesorero, o tal vez, el sacristán de la iglesia, bajo los pórticos del santuario dedicado a la Santísima Virgen María, la imagen de la virgen se iluminó con claridad inusual y repentina. Asombrado por este prodigio, el sacerdote se arrodilló temblando a los pies de Nuestra Señora. La Madre de Dios le tranquilizó con ademán lleno de dulzura y, mostrándole el men­digo que estaba cerca, le dijo:

«Ve, prepara a este pobre una habitación conveniente, no puedo sufrir que uno de mis siervos tan devoto permanezca abandonado y desconocido a la puerta misma de mi santuario».

La noticia de esta revelación se divulgó pronto por la ciudad. San Alejo, para sustraeise a las muestras de respeto y veneración de que era objeto, y para impedir que su verdadera condición viniera a descubrirse, salió inmediatamente de Edesa y, por etapas, llegó a la costa siria, y embarcóse en un navío que se hacía a la vela para Tarso. Esperaba visitar esta ciudad llena aún le recuerdos de San Pablo, pero una furiosa tempestad obligó al barco a cambiar de rumbo.

Después de una travesía bastante larga, llegaron frente a las costas de Italia y no lejos de Roma, en donde la Providencia había fijado la morada definitiva del ilustre peregrino.

Mendigo en la casa paterna

Al entrar pobre y mendigo en esta ciudad en la que su familia ocupaba situación distinguida, recibió San Alejo un pensamiento sublime. En vez de escoger para refugio, como en Edesa, el pórtico de una iglesia, se dirigió hacia la morada paterna y pidió un rincón en la casa que le pertenecía. Considerándole por menesteroso, Eufemiano, que jamás rechazaba a los pobres, no quiso que se impidiese permanecer en su casa, día y noche, al que llegaba con vestido tan pobre y roto.

Preparósele, pues un aposentillo, debajo de la escalera principal, y en pago de esta hospitalidad, que el mundo juzgaba extraordinaria, el bienhechor no pidió más que un favor.

— ¿Cuál? — interrogó el mendigo.

—Que ruegues por la pronta vuelta de un hijo único que nos abando­ nó hace mucho tiempo.

El corazón se le desgarró ante las lágrimas de sus padres, pero guardó su secreto, pensando que el Señor se había comprometido a recompensar magníficamente todo sacrificio sufrido en su nombre, y que aun el dolor de su padre se cambiaría en gozo en el cielo. Resolvió, pues, permanecer desconocido de los suyos, y distribuyó el día entre la oración, la visita a las iglesias y las obras de caridad.

Tuvo que sufrir a menudo las burlas e insultos del populacho y los malos tratamientos de los criados de su padre. Vio las lágrimas de su madre, las de su desposada, que conservó inviolable fidelidad a aquel a quien había esperado pertenecer. Escuchan­do sus quejas y la relación de sus sufrimientos, supo sin duda consolarlas y darles una legítima esperanza. Su alma sufría lo indecible viendo sufrir a los que amaba tan ardientemente, pero guardó silencio para poder per­manecer fiel al amor perfecto prometido a Jesús.

Así vivió otros diecisiete años, como mendigo, en la propia casa de sus padres, en frecuente con­tacto con ellos. Dios permitió que quedase ignorada de todos hasta la hora de su muerte. Sin embargo, llegó un día en que se ordenó pusiera por escrito su nombre y la historia de su vida. Hízolo así San Alejo con sencillez y cual si ya no importase su secreto; comprendía que estaba cerca su fin.

Muerte de San Alejo

Agotado por las austeridades  a las que se entregaba desde hacía tantos años, el pobre de Cristo se vio obligado por la enfermedad a quedarse en su pobre escondrijo. Alegrábase de esta última prueba, pero ansioso de llevar su secreto a la tumba, continuó aquella lucha extraordinaria con Dios, que quería glorificar a su siervo, mientras éste no se cuidaba más que de glorificar la humildad y la pobreza evangélicas.

Lucha maravillosa que sólo pueden comprender quienes se han iniciado en los misterios del divino amor. Pugna admirable en que el Santo se esfuerza por conquistar el último galardón de la virtud —la perseverancia—, por temor de que un desfallecimiento o un punto de vanidad roben un poquito de la gloria que ha querido reservar exclusivamente para Dios.

Algunos días después —cuenta la leyenda—, estando el papa San Inocencio I (401-417) celebrando misa en la basílica de San Pedro, en presencia del emperador y de gran concurso de fieles, oyóse una voz que decía: «Buscad al siervo de Dios, y rogará por Roma y el Señor le será propicio».

Por toda la ciudad se buscó a ese santo desconocido, cuya existencia se dignaba el cielo revelar. Pero los esfuerzos fueron infructuosos. El pueblo, reunido de nuevo en la misma basílica, se puso a rogar, suplicando al Señor le hiciera conocer el retiro de su siervo. «El siervo de Dios que buscáis —fue la respuesta—, se encuentra en la casa de Eufemiano».

El senador no creía poseer semejante tesoro, pero un esclavo, que había adquirido cierta amistad con Alejo, dijo: «Señor, el siervo de Dios, cuya existencia en vuestra casa ha revelado el cielo, debe ser aquel pobre a quien vos dais hospitalidad, porque es hombre que comulga a menudo, reza mucho, ayuna, visita las iglesias y sufre con’ paciencia, humildad y alegría muchas y graves molestias de los criados de casa».

Eufemiano entró en el cuartucho; en él, tendido en el suelo, cubierto el rostro con su pobre capa, estaba el Santo: Alejo había muerto pocas horas antes. Esto sucedió —según el autor de la biografía latina— en el pontificado de San Inocencio I. San Alejo moriría, pues, entre el 401 y el 417, en los primeros años del siglo v y en fecha que no se puede precisar exactamente. El Martirologio y Breviario romanos, señalan el 17 de julio como el día de su fallecimiento.

Reconocido por sus padres

Comprobada la muerte del mendigo, quitaron el saco que le cubría pecho y manos. Tenía en éstas un pergamino que llenó de estupor a todos los asistentes en él se revelaba la personalidad verdadera de aquel mendigo. El hijo único del senador Eufemiano acababa de morir desconocido y casi abandonado en la casa de su propia familia. Fácilmente se adivina el dolor de los padres de Alejo ante tan dolorosa e inesperada sor­presa. Casi no podían creerlo. Hallaban, por fin, a su hijo, pero sin vida, y le habían albergado, sin saberlo, durante tantos años… Reprochábanse
no haber sabido reconocerle bajo los harapos que le cubrían.

Era espectáculo desgarrador ver a toda la familia sumida repentinamente en tan terrible prueba. El Papa hizo celebrar funerales tan solemnes, cual no se vieron semejantes en Rom a, y durante una semana, el cuerpo de Alejo quedó expuesto en la basílica de San Pedro, ante un concurso inmenso de pueblo que acudía a implorar la protección del siervo de Dios.

Algunos días más tarde —si se ha de creer el relato de varios manuscritos latinos— se le trasladó a la iglesia de San Bonifacio, donde se había desposado, y erigiósele en ella un magnífico sepulcro, que hizo glorioso el Señor con gran número de milagros. Con el tiempo, se convirtió en la iglesia de San Alejo el palacio de Eufemiano, sito en el monte A ventino; aun hoy se muestran algunos peldaños de la escalera bajo la cual estaba el aposentillo del Santo, y también una imagen de Nuestra Señora, que, según se cree, es la misma que estaba colocada sobre la puerta de la
iglesia de Edesa y que habló al sacristán en favor de San Alejo.

Oración a San Alejo

Oh, glorioso San Alejo Santo bienaventurado! siervo fiel, piadoso y bueno que estas en la gloria gozando de Dios, alcánzame el favor de alejarme de todo mal.

San Alejo Bendito tú que tienes el poder de alejar todo lo malo que rodea a los siervos del Señor, haz que sea invisible para mis enemigos; tú que encontraste favor ante María, aléjame de Satanás, aléjame del enemigo, del mentiroso, del traidor y del dañino, del que siembra cizaña a mi alrededor, del que con maldades, magias, conjuros o hechicerías me quiere atar, embrujar y mi vida perjudicar; líbrame de las malas lenguas, de los chismes, difamaciones e intrigas, de todo aquel que quiere verme rendido y hundido.

Aléjame de la envidia, del mal de ojo y la injusticia, aléjame de los celos y el rencor, de la infidelidad, la traición, el rechazo y la soledad, escóndeme donde no me puedan encontrar los que quieren causar mi perdición.

¡Oh Glorioso san Alejo!, llamado “el Hombre de Dios” acércame a Jesús y a María, para que con sus Divinas Bondades me cubran con todos sus bienes, y me concedan la gracia que con humildad solicito:

San Alejo bendito: por la Santísima Virgen María, por su amado Hijo Jesucristo y por la gracia del Espíritu Santo, ten piedad de mí y no desoigas mi pedido. Amén.

San Alejo| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.