16 de Marzo: San Abraham Kidunaia


San Abraham Kidunaia
San Abraham Kidunaia, admirable varón cuya vida nos dejó escrita san Efrén, nació en las cercanías de Edesa en la Mesopotamia, de padres muy ricos. Su nombre significa «Aquel que es padre de muchos pueblos».


Día celebración: 16 de marzo.
Lugar de origen: Edesa, en la antigua Siria.
Fecha de nacimiento: Año 300.
Fecha de su muerte:  Año 366.
Santo Patrono de:  – 


Contenido

– Introducción
– Vida de ermitaño
– Recibe la unción sacerdotal
– El misionero
– Inopinado retorno a la vida eremítica
– Muerte del asceta | Solemnes honras fúnebres
– Oración a San Abraham Kidunaia


Introducción

La vida y virtudes de este renombrado ermitaño sirio son harto conocidas gracias a los himnos compuestos en honra suya por el contemporáneo —y quizá pariente— San Efrén (373), y, sobre todo, por una extensa biografía escrita probablemente en el siglo V.

San Abraham Kidunaia o Kiduna, vio la luz primera en la segunda mitad del siglo III, muy cerca de la ciudad de Edesa — la actual Orfa— , en Mesopotamia. Sus padres eran ricos y muy estimados. Fue una de sus preocupaciones procurar al joven Abraham una alianza matrimonial digna de su fortuna y de su alcurnia. Desposáronle, en efecto, con una joven tan recomendable por sus virtudes como por su abolengo.

Cuando más tarde llegó el momento de concertar el matrimonio, vióse San Abraham Kidunaia fuertemente obligado por las lágrimas y los ruegos de su madre y por el mandato expreso de su padre a aceptar, a pesar de su gran repugnancia, el partido que se le proponía, aparentemente, con visos de providencial.

Las fiestas y diversiones que acompañaron a la ceremonia de la boda duraron, según costumbre, una semana; pero el séptimo día, horas antes de la conclusión del matrimonio propiamente dicho, el alma de Abraham fue repentinamente iluminada por una luz celestial y oyó la voz del Señor que le llamaba a bodas más castas y deleitables. El joven no titubeó un instante, dejó secretamente casa, padres y prometida esposa, y se retiró a una cabaña solitaria situada no lejos de la ciudad.

Una vez en refugio seguro, dio gracias a Dios por haberle separado del mundo y de sus seducciones, y se entregó por entero a glorificarle en la soledad mediante continuas austeridades y oración prolongada.

Esta repentina y nunca esperada fuga, sorprendió y afligió sobremanera a sus padres y parientes, quienes despacharon mensajeros a todas partes para inquirir noticias de él.
Finalmente, al cabo de diecisiete días le encontraron en la cueva, con no poca admiración de unos y otros.

El padre, la madre, la esposa y todos los parientes, deshaciéndose en lágrimas, pusieron en práctica todos los medios que les sugirió la ternura para retirarle de aquella soledad; pero el santo mozo les supo demostrar que Dios acababa de otorgarle una merced señaladísima, sustrayéndole a las ocasiones de pecar e imponiéndole el yugo suavísimo de su divino servicio en el estado de perfección.

Sus padres comprendieron sin dificultad la gracia con que los distinguía el Señor y dejaron libre a su hijo para que siguiera su vocación. Abraham, para mejor conseguir que respetasen su soledad y su vida de ermitaño, mandó tapiar las ventanas y no conservó en su celda más que un diminuto ventanillo por donde le pudiesen proveer de pan y agua, único alimento que tomaba.

Vida de ermitaño

El nuevo asceta se dio con extraordinario ardor a la práctica de las virtudes cristianas. No poseía más que los objetos indispensables, una túnica de pelos de cabra, una capa, una estera para el escaso reposo que tomaba y un cantarillo para el agua. Negaba a los sentidos hasta las satisfacciones más legítimas. Hace observar su biógrafo que, a pesar de las vigilias, penitencias y ayuno prolongado, conservó Abraham su cuerpo sano y vigoroso, con todo y estar dotado de temperamento delicado; tanta era la alegría espiritual con que la suavidad de la gracia le fortalecía.

Pobre en bienes temporales, hallábase ricamente provisto de los dones celestiales: lágrimas de compunción, humildad profunda, espíritu de oración, caridad inagotable. Permitió el Señor que la acrisolada virtud de Abraham tuviera extenso campo de acción. Su celda se trocó en breve en una especie de santuario que atrajo a muchos visitantes. Unos iban a buscar ejemplaridad o mayor
fervor, otros dirección y oportunas enseñanzas, pues Dios le había otorgado con larga mano el don de sabiduría y de consejo; muchos anhelaban conseguir del cielo, por su mediación, algún favor particular.

Sabía el buen ermitaño que tales visitas habían de procurar más gloria a Dios y a las almas más alientos en la práctica de la virtud, y por eso las recibía. Era su humildad de las más profundas y arraigadas, por lo que trataba a sus visitantes con la mayor llaneza, sin mostrar preferencia alguna: idéntico celo e idéntica bondad sobrenatural para los pobres y los ricos.

No reprendía a nadie con ira ni usaba jamás términos duros o altaneros; sus palabras — según nota su biógrafo más antiguo— iban impregnadas siempre de prudencia y mansedumbre, por lo que no se cansaban de oírle, y tanto su conversación como sus ejemplos movían las almas a una vida más cristiana.

Hacía más de diez años que Abraham había dejado el mundo para vivir como ermitaño, cuando cierto día llegó a sus oídos la noticia del fallecimiento de sus padres, que le dejaban heredero de considerable fortuna. Tenía el corazón demasiado desprendido de los bienes de la tierra y demasiado deseoso de la pobreza evangélica para retener.semejante herencia y cargarse con su administración. Rogó, pues, a un amigo suyo, de reconocida probidad, que repartiera a los pobres y huérfanos la mayor parte, reservándose lo demás para alguna necesidad imprevista y urgente.

Con tales limosnas pensaba San Abraham Kidunaia librarse de cuidados importunos y peligrosos y cumplirademás los deseos de sus difuntos padres y los deberes que le imponía la piedad filial. Su alma salió con ello ganando mucho, pues esta renuncia constituyó un paso más en el desprendimiento total de los bienes creados y, por lo tanto, la ocasión de enriquecerse más de los dones sobrenaturales.

Recibe la unción sacerdotal

Había en las cercanías de la ciudad de Edesa una villa importante llamada Beth-Kiduna. Sus moradores, gentiles aún, persistían rebeldes a las predicaciones y al celo de los sacerdotes, diáconos y monjes enviados para su conversión; no cosechando los misioneros más que odio y malos tratos. Sumamente afligido por tan pertinaz resistencia a la doctrina evangélica, el obispo de Edesa buscaba qué medio emplearía para librar a los habitantes de Kiduna de la idolatría.

Ocurriósele cierto día valerse de San Abraham Kidunaia, el ermitaño: su gran piedad, extraordinarias virtudes y crédito ante el Señor conseguirían, a no dudarlo, conversiones a la fe cristiana. El clero que asistía al prelado aprobó unánimemente la elección.

Fue,pues, el obispo acompañado de algunos sacerdotes a la celda del ermitaño y le habló de los infieles de Beth-Kiduna, de su propósito de ordenarle de sacerdote y de encargarle de la evangelización de la villa pagana. Como Abraham protestase de su indignidad y pidiese que le dejasen en paz llorando sus culpas en la soledad, respondióle el prelado que la gracia de Dios le haría llevar a feliz término lo que su superior le ordenaba; pues, trabajar en la salvación de las almas de los demás a la vez que en la propia, era prueba de mayor amor a Dios y manantial más abundante de méritos propios.

—Cúmplase la voluntad de Dios —dijo entonces el solitario, rindiéndose a las razones del prelado— , dispuesto estoy a obedeceros y a ir adonde queráis mandarme.

Dejó con tristeza su retiro para seguir la voluntad de Dios, preparóse algún tiempo al ministerio sacerdotal y recibió el sacerdocio en una fecha que no podemos fijar con exactitud, pero que hubo de ser hacia el año 330.

El misionero

Sacerdote ya, San Abraham Kidunaia encaminóse sin tardanza al campo de su apostolado. Allí reinaba el demonio como dueño y señor, y la lucha había de ser dura y prolongada. El nuevo apóstol conjuró al Señor que se apiadara de su debilidad, que le asistiera en aquella obra emprendida únicamente por su gloria y que librara de la tiranía de Satanás a aquellas almas creadas a su imagen y redimidas con la sangre de su Hijo.

Aprovechando los pocos recursos que providencialmente había reservado al distribuir su herencia paterna, y ayudado por la administración civil, edificó un templo modesto pero de bella ornamentación y decorado con buen gusto. Nuestro Santo pasaba gran parte de los días en oración, pues sabía que sólo las fervorosas plegarias, unidas a las austeridades y prolijos sufri­mientos, conseguirían del Señor gracia para transformar aquellos corazones empedernidos y hostiles a la fe.

A los paganos que por curiosidad iban a visitar el nuevo templo, explic­ábales Abraham que había un solo Dios verdadero y que los ídolos no eran más que deidades falsas y sus sacerdotes impostores o ministros de los demonios.

Por inspiración de Dios y apoyándose en la legislación civil establecida por el emperador Constantino, el celoso misionero derribaba las estatuas de los dioses y juntamente sus altares. No hizo falta más para excitar el furor de aquellas gentes; los más fanáticos se echaron sobre él, le golpearon bárbaramente y le arrojaron de la villa. Pero el Santo volvió durante la noche y entró en su iglesia, suplicando al Señor que se apiadase de sus perseguidores.

No quedaron poco sorprendidos los paganos al encontrarlo allí al día siguiente. Exhortólos el Santo a renunciar a sus supersticiones, mas en vez de prestarle oído, llenos de furor echaron mano de él, sacáronle de la iglesia y le arrastraron por las calles hasta fuera de la villa. Arrojaron sobre él una nube de piedras y se retiraron al fin dándole por muerto. Al volver en sí el santo mártir, lo primero que hizo fue orar por la conversión de sus verdugos.

Con la ayuda de Dios pudo llegar a la iglesia y emprender nuevamente su ministerio de oración y predicación. Al verle, sus enemigos quedaron más asombrados que nunca; pero redoblóse su encono y por espacio de tres años procuraron, por todos los medios posibles, hartarle de insultos, ultrajes, golpes, malos tratos, negativa de sustento, expulsión; en una palabra, de todo usaron para forzarle a que se retirara.

Mas todo fue en vano, pues Abraham soportó tantos vejámenes sin manifestar la menor señal de cólera o de queja. Cuanto más le perseguían, más bondad demostraba a sus enemigos, tratando a los más ancianos como a padres, y a los jóvenes como a hijos suyos.

Al fin, el odio y la crueldad de sus enemigos quedaron vencidos: todos admiraban ya la conducta de su víctima. A pesar de los malos tratos y de los insultos, el santo sacerdote a todo se había sobrepuesto; todo lo había soportado sin quejarse y hasta con alegría; jamás se le oyó una palabra de reproche contra nadie, siempre la misma caridad y la misma disposición de ánimo. Había derribado con suma facilidad todo los ídolos y los ídolos no habían podido vengarse de él.

Evidentemente este hombre anunciaba la verdad y era prudente escucharle. Así se decían aquellos pobres extraviados. Acabaron, pues, por ir a verle a la iglesia. ¡Qué grande fue la alegría de San Abraham Kidunaia cuando los vio acudir en masa a someterse al verdadero Dios!

¡Con qué acentos de reconocimiento y de júbilo dio gracias a Dios por haber oído sus plegarias! Los nuevos catecúmenos fueron instruidos en las verdades de nuestra fe con todo esmero y preparados al santo bautismo. Casi toda la población,compuesta de unas mil personas, se bautizó y el Santo gastó un año en organizar la nueva parroquia.

Inopinado retorno a la vida eremítica

Viendo Abraham la decisión de los recién convertidos de permanecer fieles a la fe y a la religión de Cristo, juzgó terminada su misión; y tanto más cuanto que el afecto y veneración de que era objeto por parte de sus hijos espirituales, le hacían temer que tal vez su amor a Dios y el celo de su gloria fueran menos desinteresados. Por otra parte, el cuidado de tantas almas no le permitía orar y mortificarse como era su deseo.

Por estos motivos resolvió Abraham reanudar la vida eremítica y, temiendo que el obispo no se lo permitiera, se creyó con derecho a colocarle ante el hecho consumado, puesto que ya había dado fin a su mandato, que era la conversión de los paganos de Kiduna. Así, pues, cierta noche partió secretamente de la villa, no sin haberle dado antes por tres veces su bendición, se internó en el desierto y ocultóse lo mejor que pudo.

Con profundo dolor se dieron cuenta al día siguiente los fieles de la partida de su venerado padre; pero a pesar de todas las pesquisas el paradero de éste permanecía ignorado. Avisado el obispo, llegóse a Kiduna para consolar a sus moradores, y eligió de entre ellos a los varones más notables por su virtud; preparólos a la recepción de las diversas órdenes sagradas, los ordenó y les confió la dirección espiritual de sus paisanos.

No bien supo San Abraham Kidunaia lo que el prelado acababa de hacer, se holgó en extremo y dio gracias al Señor por ello. Con esto, seguro ya de que en lo sucesivo habían de dejarle tranquilo, volvióse a su antigua celda, edificó al lado otra, mejor dispuesta y más resguardada de las miradas de los visitantes, y se abrazó nuevamente con los ejercicios de la vida monástica.

Envidioso el demonio de las virtudes eminentes y del apostolado fecundo del santo recluso, hízole continua guerra para lograr que dejara la soledad o conseguir siquiera que atenuara el rigor de vida en el servicio de Dios.

Unas veces, disfrazado de ángel de luz, le daba alabanzas y parabienes por su santidad; otras, presentábase como un hombre armado de un hacha en ademán de echar abajo la celda; o bien, le amenazaba de muerte, o aparecían fantasmas que con gritos pretendían distraer al ermitaño postrado en fervorosa oración. Mas el varón de Dios no se dejaba intimidar; antes bien, despreciaba a su enemigo, ahuyentábale invocando el santo nombre de Dios, redoblando sus austeridades, y sobre todo humillándose más y más ante el divino acatamiento.

Maravillosas fueron las victorias que tuvo San Abraham Kidunaia de la carne, del mundo, de los gentiles que convirtió, y de los mismos demonios;, pero no fue la menos ilustre de todas la que sigue. Su primer biógrafo asegura que el ermitaño se dedicó en su soledad a la educación de una sobrina suya, por nombre María, huérfana de padre y madre.

Algunos historiadores modernos ponen sus reparos a la autenticidad de esta parte de la biografía; sin entrar, pues, en discusión histórica, diremos que la niña — lo refieren las Actas— , por no haber querido encargarse de ella sus parientes, fue recogida por San Abraham quien, habiendo hecho repartir entre los pobres los grandes bienes que sus padres la habían dejado; dispuso que viviera en una celda inmediata a la suya, y allí por una ventanilla la instruía y le enseñaba los salmos y otras oraciones.

Hizo tan grandes progresos — dice. San Efrén— bajo la disciplina de su tío, que fue perfecta imitadora de sus virtudes y modelo de pureza y de piedad. Pero, ¡ay!, el demonio le armó un lazo para hacerla caer. Sirvióse al efecto de un joven que iba algunas veces a visitar a Abraham, el cual la vio un día y se encariñó y, enredándolo todo el demonio, tuvieron ocasión, lugar y tiempo para perderse.

Entró a la pobre joven ciega desesperación, y, en vez de declararse y pedir consejo a su tío, tuvo vergüenza y huyó secretamente. Creyendo que su mal era sin remedio, se entregó a una vida disoluta en una población que había a dos jornadas de allí.

Luego que el enemigo de la salvación triunfó de su presa, vio San Abraham en sueños que un espantoso dragón se estaba tragando a una inocente palomita cerca de su celda. Creyendo que esto significaba alguna grande persecución que amenazaba a la Iglesia, pasó todo el día siguiente en oración y en gemidos.

La noche inmediata se le volvió a presentar en sueños el mismo dragón que, viniendo a reventar a sus pies, arrojaba del vientre la misma palomita, pero todavía con vida. No tardó mucho en comprender el verdadero sentido de la visión, porque, reparando que había dos días que no oía cantar a María los salmos que acostumbraba, y habiéndola llamado inútilmente, conoció que ella era la paloma que el dragón se había tragado.

No se pueden explicar las lágrimas que derramó y las penitencias que hizo por espacio de dos años para alcanzar la conversión de aquella desgraciada. Mientras derramaba lágrimas de sangre por aquella tan lamentable caída de su sobrina, iba en busca de ella, no como pariente iracundo, deseoso de vengar el ultraje hecho a sus venerables canas, sino como buen pastor que corre en busca de la oveja descarriada para volverla al redil de que en mala hora se apartara.

Mas sus pesquisas resultaron durante bastante tiempo infructuosas, porque la pecadora sabía burlar la diligencia de su tío, a quien su hábito delataba por donde quiera que iba, mudando de residencia así que San Abraham Kidunaia se presentaba en el lugar que ella se encontraba.

Inspiróle, por fin, el Señor la traza de disfrazarse de soldado; dejó su retiro y fue a la ciudad, donde sabía que su sobrina vivía, y se hospedó en el mismo mesón donde la joven estaba. Logró hablar con ella a solas, dióse a conocer y la rogó que se volviera a Dios que perdona al hijo pródigo.

No pudo María resistir al espíritu divino que hablaba por su tío; así, pues, volvió a la soledad y se encerró en una -de las celdas que había edificado San Abraham Kidunaia, María reparó sus extravíos con larga y austera penitencia, tuvo revelación de que el Señor se los había perdonado, e hizo muchos milagros sanando a los enfermos de diversas y peligrosas enfermedades, con grandísimo regocijo del santo viejo Abraham.

Muerte del asceta | Solemnes honras fúnebres

Después de estos sucesos, pasó todavía San Abraham Kidunaia veintitrés años en los ejercicios de la vida eremítica. Tenía más de setenta cuando murió, habiendo pasado cincuenta en la soledad. Su biógrafo dice que al salir de este mundo el solitario tenía el rostro tan risueño y hermoso cual si los ángeles hubieran venido a recibir su alma. Si hemos de dar fe de una anotación cronológica inserta en una Catena Patrum (Cadena de los Padres) del siglo VIII, San Abraham Kidunaia murió el 14 de diciembre del año 366.

Otros documentos históricos, tales como la Crónica de Edesa, la Crónica eclesiástica de Bar-Hebrceus (1286), dicen tan sólo que era contemporáneo del diácono Efrén, sin mencionar el año de su muerte.

Muchedumbre incontable de gente asistió a sus exequias, que fueron solemnísimas. En ellas se cantaron himnos que de intento compuso San Efrén en honra de Abraham. El cuerpo del difunto fue colocado en el sepulcro en que más tarde descansó el del diácono de Edesa. Ya antes muchos fíeles habían cuidado de hacerse con trocitos de la túnica y de la capa del santo monje; algunos enfermos se curaron al contacto de su cuerpo o de sus vestidos.

Del ermitaño sirio San Abraham Kidunaia hace mención el Martirologio romano el 16 de marzo, agregando que el diácono San Efrén escribió sus Actas.

Oración a San Abraham Kidunaia

San Abraham Kidunaia, ruega por nosotros. Amén.


Oración a San Abraham Kidunaia | Fuentes
El Santo de cada día | Edelvives.