15 de agosto: San Alipio de Tagaste


San Alipio de Tagaste


Día celebración: 15 de agosto.
Lugar de origen: Tagaste, Argelia.
Fecha de su muerte: 431.


Contenido

– Introducción
– San Agustín y San Alipio
– Detenido como ladrón | Su probidad
– La crisis suprema de San Agustín
– Conversión de San Agustín y de San Alipio
– Peregrino a Tierra Santa y obispo de Tagaste
– Oración a San Alipio de Tagaste


Introducción

No suele pecar de pródigo en los elogios el Martirologio romano cuando anuncia o comenta la festividad de sus Santos, pero en la de San Alipio manifiesta cierta delectación en. exponer con detalle las relaciones de este Santo con el gran obispo de Hipona, como si el haber merecido la íntima amistad de San Agustín fuese hermoso timbre de gloria y casi garantía de santidad. Dice así:

«En Tagaste, en África, San Alipio obispo, que habiendo sido primero discípulo de San Agustín, le acompañó en su conversión, fue colega suyo en las funciones episcopales, hermano de armas denodado en los combates contra los herejes, y por fin glorioso copartícipe en la recompensa eterna del paraíso».

El mismo San Agustín nos tiazó la biografía de su amigo en las páginas inmortales de sus Confesiones, donde celebra las virtudes de Alipio y cuenta los momentos más conmovedores de su vida. Aunque el valor exacto de esta biografía sólo adquiere su plenitud en el contexto de aquella admirable obra, la entresacamos para ajustarla a nuestro libro. Dice así:

San Agustín y San Alipio

San Alipio nació, como yo, en la ciudad de Tagaste y pertenecía a una de las principales familias de dicha población. Era más joven que yo y acudió a mis lecciones como discípulo desde que puse cátedra en mi pueblo natal, siguiéndome después a Cartago. Me amaba mucho porque le parecía hombre de bien y muy devoto, y yo le amaba porque notaba en él natural disposición para la virtud, manifestada ya en tan tiernos años.

Pero se dejó llevar por la corriente impetuosa de las costumbres de Cartago, cuyos habitantes eran aficionadísimos a los frívolos espectáculos del circo, y en ellos participó Alipio con verdadera furia. Cuando él andaba envuelto miserablemente en esa pasión, empecé a enseñar públicamente la retórica, pero él no acudía aún a mis lecciones porque había cierto disgusto entre su padre y yo…

Un día, cuando yo enseñaba desde mi cátedra, entró Alipio, me saludó, se sentó y se puso a escucharme. Para hacer más comprensible y ameno el asunto que exponía, se me ocurrió traer a cuento lo que ocurría en los juegos del circo, burlándome con ironía de los esclavos de aquella pasión.

Bien sabéis, Dios mío, que ni siquiera pensaba entonces en corregir a Alipio de aquella inclinación, pero tomó la burla para sí convencido de que había hablado sólo para él. Y lo que en otro cualquiera podía haber sidomotivo para mirarme con enojo, en ese excelente mancebo lo fue para incomodarse consigo mismo y aumentar el afecto que hacia mí sentía…

Al oír aquellas palabras mías salió Alipio prontamente del abismo en que tan ciega y apasionadamente se hallaba hundido, y ya no volvió mása los juegos del circo… Poco después logró vencer la resistencia de su padre a que fuese yo su maestro, con lo cual, convertido en discípulo mío, me siguió en las supersticiones de los maniqueos, amando él en ellos aquella continencia de que hacían ostentación y que él creía verdadera, siendo sólo fingida y engañosa..

Para conformarse con los deseos ambiciosos de sus padres, Alipio se apresuró a precederme a Roma, donde cursó la carrera de Derecho, y llegó a apasionarse increíblemente en los combates de los gladiadores. Esa pasión tuvo en él una causa por demás extraña. Porque sintiendo verdadera aversión por tales espectáculos, se encontró cierto día con unos condiscípulos y amigos suyos que después de un banquete iban a asistir a esas diversiones.

Invitáronle a acompañarlos, y como se resistiera con verdadera obstinación le hicieron amigable violencia logrando que los siguiese; pero les d ecía- «Aunque obliguéis a mi cuerpo a ir al anfiteatro y me coloquéis entre vosotros, ¿podréis por ventura forzar mi alma ni mis ojos a que presten atención a tan bárbaros espectáculos? Yo estaré allí como si no estuviera, y triunfaré de ellos y de vosotros».

Mas sus amigos no le hicieron caso y le obligaron a entrar. Todo respiraba allí la voluptuosidad de la sangre y estaba el anfiteatro rebosante de gente, de modo que se colocaron donde pudieron. Apenas sentado, cerró Alipio las puertas de sus ojos para impedir que su alma presenciase aquellos horrores.

¡Ojalá que también hubiese cerrado los oídos! Porque en un incidente del combate se elevó de todos los ámbitos del anfiteatro tan formidable clamor que conmovió su alma y, creyéndose bastante preparado para vencerse después de haber visto, cedió a la cu­riosidad, abrió los ojos y quedó su alma más gravemente herida que el desgraciado a quien con ardiente mirada contemplaba desangrándose en la arena y que había provocado el ingente vocerío.

En cuanto vio la sangre, bebió con los ojos la crueldad y ya no volvió la cara para no ver, sino que abrió más los ojos con ansia de contemplar aquellos furores, los saboreó con delectación apasionada y se embriagó en la voluptuosidad del espectáculo.

Ya no era el mismo joven que allí había entrado, era uno de tantos de aquel populacho y digno compañero de los que allí le llevaron. ¿Qué más diré? Vio, gritó, se inflamó, salió de los juegos con un ansia loca de volver a ellos, no ya como acompañante de sus amigos, sino como capitán y guía de otros. Y, sin embargo, de ese tan hondo abismo lo sacó vuestra mano poderosa y misericordiosa y le enseñó luego a no confiar en su fuerzas, sino en Vos únicamente, aunque eso fue mucho después..

Detenido como ladrón | Su probidad

Otro contratiempo le ocurrió en Cartago, cuando era estudiante y discípulo mío. Sería la hora del mediodía y Alipio se paseaba en el Foro con las tablillas y el estilo, preparando un ejercicio escolar de declamación, cuando he aquí que un mozalbete, también estudiante, pero verdadero ladrón, provisto de un hacha que ocultaba, entró sin que Alipio le viese y llegándose a los barrotes de plomo de los salidizos de la calle de los Plateros, empezó a cortarlos para llevárselos.

Al oir los hachazos, dieron voces los plateros y enviaron algunos hombres en persecución del ladrón; pero éste, notando la alarma por los gritos, huyó tirando el hacha para que no le sorprendieran con ella. Alipio, que no le había visto llegar, le vio huir y escabullirse con precipitación, y, queriendo enterarse del motivo, se acercó de aquel lugar, vio el hacha y se puso a examinarla extrañado de hallarla allí. En esto llegaron los que buscaban al ladrón y encontraron a Alipio con el hacha en la mano.

Detuviéronle y, llamando a todos los vecinos de la calle, lleváronle a la presencia del juez, muy ufanos de haber cogido in fraganti al criminal. En el camino se encontraron con el arquitecto especialmente encargado del cuidado de los edificios públicos. Alegrándose grandemente y le presentaron el preso, para convencerle de que no eran ellos, como él suponía, los culpables de las fechorías que se cometían en el Foro.

El arquitecto había visto varias veces a Alipio en casa de un senador a quien él visitaba con frecuencia. Lo reconoció al instante y, cogiéndole de la mano, se lo llevó aparte y le preguntó cuál era la causa de aquel desorden. Informado por Alipio de la verdad del caso, el arquitecto se volvió a toda aquella gente amotinada que gritaba amenazadora y mandó que le siguiesen.

Llegaron todos a casa del mancebo ladrón y hallaron a la puerta un niño esclavo incapaz de comprender que sus declaraciones pudieran comprometer a su amo y que había acompañado a éste al Foro. Reconociólo Alipio y se lo indicó al arquitecto, quien le mostró el hacha y le preguntó de quién era: «Es nuestra», respondió el niño, y poco a poco fue descubriendo todo lo demás, según le fueron preguntando.

Así el delito recayó en aquella casa y toda aquella gente que tan alegre estaba de haber prendido a Alipio, quedó corrida y se retiró confusa. Y el que había de ser. ¡oh Señor!, sembrador de vuestra palabra juez de tantos negocios eclesiásticos, salió de ese peligro con más experiencia. Volví, pues, a encontrar en Roma a Alipio, y de tal manera se estrechó nuestra amistad, que me siguió a Milán, ya por no separarse de mí, ya también para ejercitarse en la práctica de la jurisprudencia, a la que se dedicaba más por complacer a sus padres que por inclinación propia.

Mientras ejercía en Roma las funciones de asesor ante el superintendente de Hacienda, cierto senador muy poderoso por los muchos a quienes había favorecido y por el crédito de que gozaba, acostumbrado como estaba a no encontrar obstáculos en su camino, pretendió se le permitiese algo que no estaba conforme con la ley; pero no se lo consintió Alipio.

Prometiéronle una recompensa si accedía y la rechazó, acudieron a las amenazas y las despreció. Admirábanse todos de un hombre de tan raro valor y rectitud que no buscase por amigo ni temiese por contrario a quien tantos medios tenía para granjearle favores o para vengarse de él…

Sólo la afición a las letras le tenía algún tanto enredado, porque pensaba procurarse manuscritos prevaliéndose de su cargo, haciendo que los notarios públicos le copiasen algunos códices; mas, tomando consejo con la justicia, se decidió por lo mejor, prefiriendo la equidad que prohíbe a la ocasión que permite…Tal era el hombre tan íntimamente unido conmigo, y, como yo, vacilante sobre el género de vida que debíamos seguir.

La crisis suprema de San Agustín

Apartabame Alipio del matrimonio, alegando que esos lazos no nos permitían de ningún modo vivir tranquilamente juntos, en el amor de la sabiduría, como lo anhelábamos desde hacía tiempo. Porque él guardaba una castidad perfecta tanto más admirable cuanto que en sus primeros juveniles años se había dejado vencer, pero reaccionó tan virilmente que sentía vivos remordimientos de aquellas caídas y tanto desprecio de los deleites sensuales que guardaba perfecta continencia…

Vivía yo en una ansiedad congojosa suspirando siempre hacia Vos. Alipio estaba a mi lado, descansando por la tercera vez de sus funciones de asesor… Un día en que nuestro común amigo Nebridio estaba ausente, no recuerdo por qué causa, recibimos Alipio y yo la visita de uno de nuestra tierra llamado Ponticiano, hombre principal, uno de los primeros oficiales de la milicia palatina y además fervoroso cristiano..

En el curso de la conversación hablónos de Antonio, solitario de Egipto, cuyo nombre, tan glorioso entre los de vuestros siervos, nos era desconocido. Oíamos con admiración el relato de tan portentosas y auténticas mara­villas, recientes además y obradas por vuestros siervos en el seno de la santa Iglesia Católica. Y todos quedamos sorprendidos; nosotros de oir cosas tan grandes y extraordinarias, él de que nos fuesen tan nuevas y desconocidas.

Hablónos después de los muchos monjes que llevaban en los monasterios vida más angelical que humana, del perfume suavísimo de sus virtudes, que de aquellas soledades se elevaba hacia Vos, y de la maravillosa fecundidad del desierto de la que tan ignorantes nos hallábamos. Pero, ¿qué? ¡Si hasta desconocíamos que allí mismo, en Milán, extramuros de la ciudad, había un monasterio poblado de santos monjes que dirigía y cuidaba el santo obispo Ambrosio!…

Mientras Ponticiano nos refería tantas maravillas de la gracia y de la virtud, mi conciencia se hallaba torturada por los remordimientos, y la vergüenza invadía todos los senos de mi alma. En cuanto dio fin a su relato y al asunto que motivó su visita, se retiró aquel amigo, enviado sin duda por tu Providencia misericordiosa… Entonces, reflejando en el rostro la tempestad que se había levantado en mi ánimo, me volví hacia Alipio y exclamó:

– «¿Y qué hacemos nosotros aquí? ¿No lo has oído? ¡Levántanse los ignorantes y arrebatan el cielo, y nosotros, hinchados de nuestra ciencia, estamos aquí revoleándonos en la carne y en la sangre! ¿Es por ventura vergonzoso seguir sus huellas? ¿No es más humillante para nosotros tener el ánimo tan apocado que nos venzan en el dominio de las pasiones y en la perfección de la vida espiritual?».

Esas fueron poco más o menos mis palabras. Y la agitación que me dominaba me obligó a alejarme de él. Alipio me miraba en silencio, porque mi voz tenía un sonido y Un deje para él desconocidos. Y aun más que mis palabras, la turbación de mi frente, el color de mis mejillas, la expresión de mis ojos, lo demudado de mi rostro y el timbre de mi voz, delataban la conmoción de mi alm a… Me retiré al jardín y Alipio me siguió de cerca, porque comprendía que no podía dejarme solo en aquella crisis de mi ánimo, y nos sentamos lo más lejos posible de la casa.

Hablábame yo en mi interior y me decía; «Ánimo, no hay que esperar más». Y mis deseos parecían responder a mis palabras, veíame a punto de obrar y me quedaba suspenso… Los apetitos sensuales, las locas vanidades, mis antiguas amigas, me tiraban de la vestidura de mi carne y me decían por lo bajo. «¡Cómo!, ¿nos despachas?, ¿nunca jamás hemos de acompañarte?, ¿y ya desde ahora no podrás hacer esto ni aquello?» Y ¿qué era esto y aquello que me sugerían? ¡Oh Dios mío! ¡Apartad mi­sericordioso del alma de vuestro siervo y borrad de mi memoria esas manchas, esas torpezas, esas infamias!

Pero ya no las oía más que a medias, ya no se me ponían de frente y con osadía, sino que tímidamente susurraban a mis espaldas, me seguían los pasos solicitando una mirada al alejarme. Pero retardaban la decisión de mi voluntad, faltábame valor para romper con ellas con brusquedad y librarme de sus importunidades, porque la violencia del hábito me hacía repetirme a mí mismo «¿Te imaginas que has de poder vivir sin ellas? ..».

Pero eso me lo decían con poca firmeza, débilmente, porque en el camino que veía delante y por el que temía pasar descubríaseme serena, ma­jestuosa, sonriéndome modesta y reservadamente amable la castidad, que, tendiéndome las manos pudorosas como para recibirme y abrazarme, me mostraba al mismo tiempo una multitud de niños, de vírgenes purísimas, de
viudas venerables, de ancianos que ostentaban su niveo ropaje, y como haciéndome cariñosa burla, pero revestida de invitación solícita al esfuerzo, parece que me decía «¿Qué? ¿No podrás hacer tú lo que hicieron éstos y aquéllos?…»

Alipio, sin apartarse de mí, esperaba en silencio en qué pararían los descompuestos movimientos y los extremos que en mí veía. Y cuando tras las profundas reflexiones que ocuparon mi espíritu y conmovieron hasta lo más profundo de mi alma, puse ante la vista de mi conciencia todo aquel amasijo de miserias, se levantó de lo hondo de mis entrañas una como densísima nube que se resolvió en un diluvio de lágrimas.

Y para darles más libre curso y comprendiendo que para descargar hasta la última gota de aquella nube, necesitaba la soledad más absoluta y que debía evitar aun la presencia de mi amigo, me levanté y me alejé de él cuanto pude. Él permaneció sentado en el mismo sitio, lleno del ma­yor asombro. Yo me eché debajo de una higuera, no sé de qué manera, y allí di rienda suelta a mi llanto y brotó de mis ojos un torrente de lágrimas que Vos, Dios mío, recibisteis como gratísimo sacrificio..

Conversión de San Agustín y de San Alipio

Así estaba yo cuando oí en la casa vecina una voz de niño que decía así cantando: « ¡Toma y lee! ¡Toma y lee! » Cambiando entonces la expresión de mi rostro, empecé a reflexionar si acaso sería algún estribillo de juego de niños, pero no recordaba haberlo oído nunca. Y dando tregua a mi llanto, me levanté y tomé esas palabras como una orden de lo alto para que abriese la Escritura y leyese el primer capítulo que se me ofreciese.

Volvíme al instante al lugar donde permanecía Alipio, porque allí había dejado las Epístolas de San Pablo, cogí el libro, lo abrí y leí para mí lo primero con que toparon mis ojos, y que decía así:

«No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestios de Nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo»

(Epístola a los Romanos, X III, 13-14).

Ni quise, ni necesitaba leer más, porque luego de leídas esas palabras brilló en mi corazón una ráfaga de luz que disipó todas sus dudas y perplejidades. Entonces, no recuerdo si con el dedo o con qué objeto, dejé señalada la página, cerré el libro y, con ánimo sosegado, conté a Alipio lo que me pasaba.

Él también me refirió lo que le sucedía; me dijo que le indicase las palabras que había leído, y prosiguiendo él por el versículo siguiente, tomó para sí estas palabras: «Recibid con caridad al que todavía está flaco en la fe». Fortalecido con esa advertencia unióse a mí sin la menor vacilación en aquella tan buena y santa resolución que armonizaba perfectamente con la pureza de costumbres en la que desde hacía tanto tiempo me aventajaba..

Dios mío, por vuestra gracia poderosa, ya somos vuestros.. Siento placer en publicar los incentivos interiores con que habéis domado todo mi ser., y cómo sojuzgasteis a Alipio, el hermano de mi corazón, al suave yugo de vuestro unigénito Hijo Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo nombre quería él antes desdeñosamente apartar de nuestros escritos.. En cuanto llegó el momento de inscribirnos como cristianos, regresamos del campo a Milán.

Alipio quiso ser bautizado al mismo tiempo que yo; ya estaba adornado de la humildad necesaria para recibir los sacramentos y domeñaba varonilmente su cuerpo hasta caminar con los pies descalzos por el suelo de Italia, cubierto entonces por los hielos.

Peregrino a Tierra Santa y obispo de Tagaste

Esa era el alma de Alipio, tan magistralmente revelada por San Agustín en las hermosas páginas que acabamos de transcribir. San Ambrosio bautizó a los dos amigos y a Adeodato, hijo de San Agustín, por Pascua del 388 ó 389.

Poco hay que añadir para completar la vida de nuestro Santo, y aun en eso poco hemos de acudir a las cartas de su amigo. Después de asistir a la muerte de Santa Mónica, Alipio y Agustín se embarcaron para África. Alipio fue uno de los discípulos escogidos que formaron el primer monasterio agustiniano, de Tagaste y de Hipona sucesivamente. Con ellos vivió hasta que fue elegido para la sede de su ciudad natal, hacia el 394.

Según el testimonio de San Paulino de Ñola, conservó en su nuevo cargo la austeridad de un religioso. Hizo cuanto pudo para reprimir los abusos que se habían introducido en su diócesis, y combatió la herejía. No hubo en África concilio, sínodo, ni asamblea de importancia en la que no fuese uno de los oráculos, y en la célebre Conferencia de Cartago contra los donatistas, él fue uno de los oradores escogidos para defender la doctrina católica.

San Alipio visitó los Santos Lugares cuando fue a entrevistarse con San Jerónimo, el célebre y sabio solitario de Belén. Como obispo, hizo Alipio cuanto pudo y con la más afectuosa complacencia para favorecer los trabajos de Agustín. Él hacía copiar las obras de los pelagianos para que su amigo las refutase, él le acompañó en muchos viajes como el que hicieron a Mauritania, delegados por el papa San Zósimo, para conferenciar con el obispo donatista Emérito de Cesarea.

Hay motivos para creer que, al ocurrir la invasión de los vándalos, Alipio se retiró al lado de San Agustín, a quien sobrevivió un año.

Oración a San Alipio de Tagaste

San Alipio de Tagaste, ruega por nosotros.

San Alipio de Tagaste | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.