14 de Mayo: San Pacomio, confesor


San Pacomio

San Pacomio fue abad y confesor nacido en Tebas, actual Egipto. Muy cerca de allí, había una región que por su proximidad a esta ciudad, pasó a llamarse la Tebaida. Esta se convirtió en un lugar de retiro de numerosos ermitaños cristianos. Esta vida eremítica fue introducida en la Tebaida Inferior por San Antonio Abad en el siglo III. Es allí que San Pacomio, a fines del siglo IV, tras un tiempo de vida como ermitaño, decidió crear una regla para monjes en comunidad que tuvieran el trabajo y una vida sencilla y austera como medio de subsistencia.


Día celebración:  14 de mayo / 9 de mayo (Iglesia copta).
Lugar de origen: Tebas, Egipto.
Fecha de nacimiento: 276.
Fecha de su muerte: 348.


Contenido

– Introducción
– En el desierto
– Pruebas y victorias
– Un pueblo en el desierto
– Jonás el viejo | La higuera seca
– San Pacomio y sus discípulos
– Otras maravillas | El premio
– Oración a San Pacomio


Introducción

Nació San Pacomio de padres gentiles, en Tebaida, pero a pesar de vivir en el paganismo, tuvo desde niño instintivo horror a la idolatría; y así, cierto día que su padre lo llevó a un sacrificio de sus falsos dioses, a orillas del rió Nilo, no pudieron responder los demonios a las preguntas de los sacerdotes. Se enojaron estos en gran manera contra los padres de Pacomio y les dijeron: «¿Por qué habéis traído aquí a un enemigo de nuestros dioses?  ¡Echadle y que no vuelva más!.»

Ellos espantados, tomaron de la mano al niño y huyeron despavoridos, porque temían las iras de la muchedumbre. Este incidente impresioné mucho al joven Pacomio, y su recuerdo atormentaba no poco a aquella alma nacida para conocer y amar la verdad.

Siendo soldado, tuvo ocasión de tratar con algunos santos y caritativos monjes y, después de conversar con ellos, le vinieron deseos de conocer una religión que producía tales ejemplos de virtud. Acabada su milicia, se fu a una aldea de la Alta Tebaida, donde moraban algunos siervos de Dios. de los cuales fue enseñado y bautizado.

La misma noche de su Bautismo tuvo un sueño; vio que del cielo caía sobre su mano derecha un roció que se convertía en miel, y al mismo tiempo oyó una voz que le decía: «Pacomio, este roció es señal de la gracia que Cristo te da». Con esta visión se encendió mas Pacomio en el amor divino; determinó luego renunciar al mundo y consagrarse a la vida monástica.

Se fue pues, a las montañas de la Tebaida y se echo a los pies del santo ermitaño Palemón, suplicándole que le admitiese en su compañía. «Solo me sustento de pan y sal —le contestó el santo anciano—; y mis noches se emplean en cantar salmos y en meditar las Sagradas Escrituras.» San Pacomio, admirado de vida tan áspera y dificultosa, le respondió, sin embargo: «Espero que merced a vuestras oraciones, el Señor me dará gracia para perseverar hasta la muerte en este género de vida.» Maravillado Palemón de oír estas palabras le abrió la puerta de su celda le recibió.

Pacomio cumplió lo prometido. De allí en adelante llevó totalmente vida de oración, ayunos, austeridades y vigilias. Después de rezar se ocupaban ambos en hacer sacos de pelos de camello y cestos de juncos y mimbres, y lo que sacaban de venderlos lo daban de limosna a les pobres.

Pasaban la noche en oración, dedicando solo dos o tres horas al descanso y, si Palemón veía tentado del sueño a Pacomio, para despertarle y vencer aquella tentación, le mandaba pasar de una parte a otra con espuertas unos montones de tierra. «Tienes que estar alerta, Pacomio —le decía—, no sea que el demonio te seduzca y vengan a parar en nada nuestros esfuerzos.»

A pesar de su ancianidad, Palemón ponía el primero la mano al trabajo para darle ejemplo. También te ejercitaba mucho en la obediencia. Llegó la fiesta de Pascua y Palemón dijo a San Pacomio: «Hermano, hoy es fiesta para los cristianos anda, pues, y prepara la comida.» Se fue Pacomio y, teniendo cuenta con la solemnidad de aquel día, eché unas gotas de aceite a las hierbas silvestres de que se sustentaban los dos anacoretas.

Palemón bendijo las hierbas y se senté para comerlas; pero, al ver el aceite, se dio una palmada en la frente y exclamó sollozando: «A mi Salvador le dieron a beber hiel y vinagre, y ¿yo regalaría mi paladar con aceite?» No quiso probar bocado.

 

En el desierto

A montada en donde vivían estos dos siervos del Señor, se hallaba cubierta de extensos bosques, pasados los cuales, se llegaba a un dilatado desierto. Salió cierto día San Pacomio a buscar leña y, cuando quiso volver, no hallé el camino de la ermita. Con esto fue andando hasta que llegó a la aldea de Tabena, a orillas del rió Nilo, Estaba allí en oración pidiendo al Señor que le mostrase el camino para volver a su ermita, cuando oyó una voz que le dijo:

«Pacomio,estate aquí y haz un monasterio, porque muchos vendrán a ti con deseo de salvarse y tu los encaminaras conforme a la instrucción que yo te daré».

Se le apareció entonces un ángel, el cual le dio una tabla en la que estaba escrita la Regla que habían de guardar él y sus monjes.

Fue San Pacomio a juntarse otra vez con Palemón y le comunicó la visión que había tenido. Le pidió que viniese con él al desierto, y Palemón, entendiendo que aquella visión y Regla era cosa del cielo, le animó a poner por obra lo que Dios le había mandado; el santo anciano dejó también su celdilla de la montaña y fue al desierto con su discípulo. Ocurrió esto por los años de 325 y unos veinte después que San Antonio fundé el primer monasterio. A poco, Palemón acabó santamente su vida, consumido por los años y las penitencias.

 

Pruebas y victorias

El primer discípulo de San Pacomio fue su hermano mayor, que se llamaba Juan, el cual se abajó a ser inferior e hijo suyo en la vida religiosa y monástica. Muchas veces ocurre caso semejante en el claustro.

Pero el demonio, nuestro común enemigo, viendo la vida perfectísima que llevaba San Pacomio, le hacia cruel guerra para desmayarle, asombrarle y hacerle volver atrás, porque sabia de antemano que aquel esforzado monje llegaría a ser bellísimo ornamento de la Iglesia y del desierto. Se le aparecían aquellos monstruos infernales para espantarle; traían a su memoria el recuerdo de las vanidades del siglo, de los regalos y delicias de que podría gozar en el mundo. San Pacomio vencía estas tentaciones internándose mas y mas en la soledad y redoblando las oraciones y austeridades.

Al volver por la tarde al monasterio, le salían al paso multitud de diablillos que corrían tras él ladrando como suelen los perros cuando no alcanzan la presa. Otras veces iban delante de él como soldados en formación y, haciendo como que aplaudían cuando pasaba, se decían unos a otros: «Paso, paso; dad lugar al hombre de Dios.»

Viendo los diablejos que aquello no les servía de nada, le tentaron de risa, haciendo delante de el cosas que le pudiesen provocar. Así, mientras oraba, un diablillo en figura de un enorme gallo se ponía delante de él y cantaba a más no poder para distraerlo de la oración, y, viendo que el Santo permanecía recogido, se le saltaba a la cabeza y empezaba a picotearle recio y arañarle con las uñas de las garras. San Pacomio no le hacia caso y con solo la señal de la cruz ahuyentaba al diablejo.

Otro día. al salir a rezar, vio el Santo alrededor de una palmera una caterva de diablejos muy menudos, los cuales pretendían hacerle reír y distraerlo; porque, agarrándose todos ellos al tronco de la palmera, la sacudían con furia para que cayesen las hojas; recogían luego en un santiamén todas las caídas, las juntaban en fajos y empezaban a arrastrarlos con grande esfuerzo, como si de trasladar montes se tratara.

Pacomio se contentaba con hacer fa señal de la cruz, y al punto se desvanecían aquellos diabólicos trampantojos. Mas no por esto dejaron de molestarle y perseguirle. Probaron de acometerle con tentaciones deshonestas, trayendo a su mente visiones de escenas abominables. Otras veces, al ir San Pacomio a tomar su frugal sustento, los demonios, en forma de mujeres hermosas y lascivas, se querían sentar a la mesa a comer con él. Salió victorioso el Santo de esta nueva prueba y de todas las demás, llegando con esto a un alto grado de caridad.

Para poder estar siempre alerta contra los embates del enemigo, el valeroso y esforzado San Pacomio, pidió a Jesús, vencedor de Satán en el desierto, que le concediese la gracia de no estar sujeto al sueño.

Un pueblo en el desierto

Llegaba el día en que muchísimas almas iban a santificarse y ganar el cielo viviendo y luchando en aquella soledad de Tabena. Una noche, mientras oraba San Pacomio, se e apareció de nuevo el ángel y le dijo: «Pacomio, el Señor quiere que seis ministro suyo para reconciliar a su pueblo.»

De allí a pocos días comenzaron a llegar de diversas partes muchos desengañados del siglo, deseosos de salvarse. Mas de cien monjes se juntaron en breve tiempo. «Los montes de la Tebaida  – decía más tarde San Atanasio – están poblados de cristianos que pasan el día y la noche cantando salmos, estudiando, ayunando, orando y trabajando para dar limosna; conservan entre si el espíritu de paz, de unión y caridad.

A la vista de tan devotos solitarios podemos otra vez exclamar: «¡Cuan hermosos son los tabernáculos de Jacob y cuan bellas las tiendas de Israel! Como frondosos valles cubiertos de fresca sombra, como islas deliciosas en medio de anchuroso río. como pabellones que el Señor ha levantado para si.»

San Pacomio gobernaba a sus monjes conforme a la Regla que el Ángel le trajo del cielo y. aunque a todos recibía amorosamente, no daba a ninguno el habito de monje hasta examinar y probarle con una larga probación por espacio de tres años. Grande e inmensa hubiera Ilegado a ser la fuerza espiritual de esas tribus penitentes y contemplativas. si hubiesen guardado, junto con el fervor de la vida religiosa, integra y pura la doctrina católica.

Por desgracia  de estas colonias del desierto salieron, andando los años, muy ardientes y temibles secuaces de las herejías; San Pacomio lo predijo con dolor a sus discípulos después de una visión en que Dios le mostré los sucesos por venir.

Sin embargo de todo eso, hizo el Santo cuanto pudo para alejar de sus hijos tan fatales daños. Les prohibió tener trato con los herejes, particularmente con los arrianos, los melecianos y los dirigentes; estos últimos, más que nadie, le causaban instintivo horror: si es verdad que Orígenes no escribió ningún error —sobre lo cual hay diversidad de pareceres—, no deja de ser cierto qué los herejes, escudándose en la fama del sabio autor, introdujeron muchas falsedades en sus escritos.

Pero por entonces, en aquella soledad de la Tebaida, donde los hombres no veían sino la inmensidad del desierto, crecía, poco a poco y sin ruido, un pueblo en medio del cual hallaría el Señor intrépidos defensores de la verdadera fe.

Jonás el viejo | La higuera seca

Además de los hechos referidos que se relacionan con la historia del mismo San Pacomio, el monasterio de Tabena fue testigo de escenas muy edificantes ocurridas en la vida de otros solitarios. Había en Tabena —dice el heliógrafo— un santo anciano llamado Jonás, cuya vida fue maravillosa por extremo. Llevaba en el monasterio ochenta y cinco años, y por espacio de todo ese tiempo sólo él ejerció el oficio de hortelano; cultivaba las flores y arboles frutales, sin probar nunca fruta alguna; se sustentaba únicamente de raíces de hierbas silvestres a las que echaba un poco de vinagre.

Era su vestido una sencilla túnica de piel de oveja, que él mismo se había fabricado. Los monjes añadían que Jonás nunca estuvo enfermo, y que nunca había dormido a gusto; puesto el sol, se recogía en su celdilla y allí entretejía cestos, hasta que la campana llamaba a la oración de la noche.

Cuando,siendo ya de cien años, le llegó la hora de la muerte, se durmió apaciblemente en el Señor, estando sentado en su silla de trabajo y teniendo en las manos una cesta de junco que no tuvo tiempo de acabar. Todos los monjes, al saber que había muerto, vinieron a enterrarle; pero les fue imposible doblar los miembros del santo anciano, por haberse quedado entumecidos con los muchos años y estar rígidos como palos.

Maravillados con este prodigio, ahondaron y ensancharon algo mis la sepultura y enterraron el cuerpo del solitario en la misma postura en que murió. Fue tal la veneración y respeto que todos le tenían por sus grandes virtudes, que aun el mismo San Pacomio no se atrevía a mandarle, «Cierto día —prosigue el hagiógrafo—, volviendo el bienaventurado Padre de visitar uno de los muchos monasterios edificados junto al de Tabena, cruzó por la huerta de Jonás, y vino a pasar por debajo de una frondosa higuera, cuyos sabrosos frutos eran muy a menudo causa de tentación para los novicios.

Por cierto que ese día, San Pacomio sorprendió a algunos de sus jóvenes discípulos que habían tenido la debilidad de caer en la tentación y estaban saboreando aquellos higos tan ricos. Se acercó al árbol para reprenderlos y advirtió en la cima a un diablillo sentado en un tronco cuyas gradas eran frutas de distintos colores y clases. Era el demonio de la gula que suele tentarnos a todos y más a los niños. San Pacomio llamó a Jonás y le dijo: «Mira, corta luego esta higuera, porque es la vergüenza del monasterio.»

El santo viejo había siempre obedecido puntual y prontamente los mandatos del superior; con todo, esta vez no se sintió con ánimo para echar abajo un árbol que él mismo había plantado y regado tantas veces con el sudor de su rostro, y así, respondió a San Pacomio: «No hagáis eso, Padre mio; esta higuera sola rinde lo bastante para sustentar a todos los monjes.»

Por no hacer pasar un mal rato al viejecito, no insistió mas el Santo; pero al siguiente día Jonás vio que la higuera se había secado hasta las raíces.

San Pacomio y sus discípulos

El mas famoso y amado discípulo de San Pacomio fue el abad Teodoro, llamado el Santificado, el cual, siendo de edad de quince años, abandonó riquezas y familia, sin que fueran parte para hacerle malograr tan santo propósito las caricias y lagrimas de su madre. En aquella temprana edad daba ya muestras de consumada prudencia y sabiduría, por lo que San Pacomio le apreciaba en extremo y le tenia como su vicario cerca de los demás monjes y de los muchos extranjeros que acudían a Tabena, atraídos por la fama de santidad del preclaro fundador.

Cada tarde se juntaban los monjes para oir las exhortaciones del santo abad Pacomio. «Velemos y oremos —les dijo un día—, porque el maligno espíritu, come león rugiente, da vueltas alrededor de cada uno de nosotros, en busca de alguna presa que pueda devorar. Guárdenos siempre el nombre de Jesús, y sea el solo nuestro escudo; con eso serán desbaratados y dispersos nuestros enemigos como polvo que zarandea y esparce el viento.»

Inspirado en aquella hora por el Espíritu Santo, llamó a Teodoro y le dijo:

«Vete a la celda que está enfrente de la tuya, por si en ella encuentras todavía a un monje que esta a punto de perder su alma, pues en lugar de armarse con la oración, mientras el enemigo ronda a su lado, descuida su defensa.»

Obedeció al punto Teodoro, pero ya era tarde, porque aquel monje había sucumbido a la tentación y abandonado el monasterio. Los monjes encargados de la panadería estaban un día charlando en tiempo de silencio. Lo supo el santo abad por divina revelación, y al punto envió a Teodoro a que los amonestase por aquella falta.

«No vayan a creer los monjes que sea cosa de poco peligro el faltar a la Regla en puntos que al parecer carecen de importancia.»

También es para maravillar cuán humildemente y de buen grado recibía las amonestaciones de sus mismos novicios, cierto día que San Pacomio hacia esteras, vino a verle un monje novicio y, advirtiendo que su santo maestro no trenzaba las hojas como solían los demás monjes, le dijo muy ingenuamente: «Padre, no las hacéis bien; el abad Teodoro no las quiere así. —Bueno, hijo —le respondió San Pacomio con mansedumbre—, enséñame ti mismo a hacerlas.» El novicio se lo enseño, y el Santo, de allí en adelante, las hizo de aquella manera.

Otra vez, un monje hizo dos esteras en un día, no teniendo obligación de hacer mas que una, y las sacó fuera de la celda para que San Pacomio las pudiese ver. Vino a pasar por allí el  santo al atardecer, como solía, y vio las dos esteras; pero entendiendo que el no había hecho aquello por vanidad, dijo San Pacomio a los que le acompañaban:

«No veis que este pobre hombre ha estado trabajando todo el día para el demonio?» Le llamó y reprendió gravemente en presencia de todos y le mandó que les pidiese perdón, de rodillas y teniendo en cada mano un de las dos esteras. Además le encerró cinco meses en una celda, y le obligó a hacer dos esteras cada día, no dándole de comer en todo aquel tiempo sino pan y sal.

En otra ocasión, volvía a Tabena después de prolongada ausencia, Salieron a recibirle todos los monjes, y un novicio más atrevido, dijo al Santo «A la verdad, Padre, desde que salisteis de aquí no hemos probado verduras cocidas. —No te quejes, hijo —repuso san Pacomio con mansedumbre—; ya lo arreglaremos».

Llegado al monasterio, se fue a la cocina halló al cocinero haciendo cestos y esteras, «Oiga, hermano —le dijo el Santo—, desde cuando no da a los novicios verduras cocidas: —Desde hace cerca de dos meses —respondió el cocinero—. Juzgué que no convenía gastar inútilmente las hortaliza de la huerta, al ver que, fuera de los novicios, nadie las probaba. Por eso no encendí fuego en la cocina; para no estar ocioso, hago cestos y esteras como los demás».

Sintió mucho San Pacomio la desobediencia del cocinero y lo mandó a que trajese todos los cestos y esteras que había hecho, y los echó al fuego, diciendo: «Pues habéis menospreciado la obediencia para ahorrar un poco de aceite, vuestro trabajo merece trato semejante. No consentía que ningún súbdito suyo examinase curiosamente lo que mandaba, porque no era aquel su oficio. sino obedecer pronta y perfectamente, esto es, con entera sumisión de la voluntad.

Otras maravillas | El premio

La vida de San Pacomio fue una cadena de milagros. Aquí traeremos algunos. Vino un hombre a rogarle que sanase a una hija suya. «Apiadaos de mi —le dijo: —sólo tengo una hija y los demonios la atormentan cruelmente.»

Se excusó el Santo, diciéndole que no solía hablar con mujeres: pero le dijo que le presentase un vestido de su hija. Así lo hizo el atribulado padre y  viéndolo. dijo Pacomio: «Este vestido no es de vuestra hija». Afirmó  el padre que si era y el Santo le dijo: «Bien sé que ella lo lleva, pero no le pertenece, porque ese vestido es el que usan las vírgenes y vuestra hija no guarda la castidad.» Prometió enmienda la mujer, y San Pacomio le envió un poco de aceite bendito con el que sanó.

Le dio el obispo Serapión un lugar cómodo donde edificase una iglesia para los pastores de los alrededores de Tabena. Algunos herejes vinieron de noche y derribaron lo que se había ya edificado. Tuvo paciencia San Pacomio y exhortó a sus monjes que la tuviesen; pero el Señor envió fuego del cielo y quemó a los herejes.

Vino de Roma cierto monje que deseaba sobremanera manifestar su conciencia a San Pacomio y confesarse con él. Pero el Santo no sabia sino el idioma de su tierra, que era el egipcio. Habló con Dios y le dijo:

«Señor, si yo por falta de saber lenguas no puedo ayudar a los que vienen de lejanas tierras, para qué me los enviáis? Si queréis que les sirva, dadme lo que he menester para cumplir vuestra voluntad.»

Al poco rato vio caer del cielo a su mano un papel escrito a manera de carta. Lo leyó San Pacomio, y luego comenzó a hablar en griego y latín con tanta elegancia y copia de palabras, que parecía que hacia ventaja a todos los letrados del mundo.

Dice el hagiógrafo que el Señor dio al santo Fundador dominio sobre los animales fieros y serpientes venenosas. Cuando quería pasar el río Nilo para visitar los monasterios, los mismos cocodrilos le servían y le traspasaban a la otra parte.

Llegó, finalmente, para San Pacomio la hora de recibir el galardón de sus muchos trabajos y virtudes. El año de 348, la peste hizo estragos en el monasterio. Murieron más de un centenar de monjes y el mismo Santo cayó enfermo. Junté a los religiosos y les dijo:

«Amados hijos, voy a entrar ya en la mansión de los bienaventurados, pues veo cerca de mi a mi santo Ángel que me llama. Guardad mis preceptos y exhortaciones, y aborreced a los herejes cualesquiera que sean. Petronio, vuestro hermano, es varón muy prudente, virtuoso y santo; sea él mi sucesor y Padre vuestro desde este instante».

Hizo la señal de Is cruz y, a los catorce días de mayo, expiró en brazos de sus discípulos, que eran mil cuatrocientos en aquel monasterio.

Oración a San Pacomio

Haz, Señor, te lo suplicamos, que la intercesión de San Pacomio, abad, nos torne agradables a Ti, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

San Pacomio | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.