14 de Julio: San Buenaventura


San Buenaventura

San Buenaventura, teólogo y filósofo escolástico. El séptimo ministro general de la Orden de los Frailes Menores, también fue cardenal obispo de Albano. Fue canonizado el 14 de abril de 1482 por el Papa Sixto IV. Se le conoce como el «Doctor Seráfico» (en latín: Doctor Seraphicus).


Día celebración: 14 de Julio.
Lugar de origen: Bagnorea de Toscana, Italia.
Fecha de nacimiento: 1221.
Fecha de su muerte:  15 de julio de 1274.


Contenido

– Introducción
– Orden de los Hermanos Menores
– San Buenaventura, Doctor
– Ministro General de la Orden
– Siervo de María
– Cardenal y Obispo de Albano
– El Concilio de Lyon
– Muerte de San Buenaventura
– Oración a San Buenaventura


Introducción

Juan de Fídenza, tan célebre en la Iglesia con el nombre de San Buena­ventura, nació en Bagnorea de Toscana, en 1221. Cuatro años tenía cuando fue acometido por una enfermedad tan peligrosa, que los médicos perdieron la esperanza de curarle, su madre, sin embargo, resolvió salvarle por medio de un milagro. San Francisco de Asís recorría a la sazón los campos de Umbría, sembrando prodigios a su paso. A él acudió la angustiada madre para pedirle con lágrimas la curación de su hijo.

Prometía, en retorno, consagrarlo a Dios en la Orden que el «Poverello» acababa de fundar. Éste tomó al niño en sus brazos, y después de curarle, previendo los misteriosos destinos que le estaban reservados en la Iglesia, exclamó « ¡Oh buena ventura! » De esta efusiva exclamación le quedó el nombre de Buenaventura, con que se le conoce.

Llegado que fue a la edad de entenderlo, descubrióle su madre el voto que había hecho. Esta noticia hizo saltar de gozo a Buenaventura a quien su natural inclinación empujaba hacia el claustro. Sin embargo, antes deingresar en el convento, hubo de prepararse con profundos estudios. En­viáronle, para ello, a las universidades más célebres de Italia. La humil­dad y la inocencia de nuestro joven, le preservaron eficazmente de los peligros espirituales a que por desgracia suele estar expuesto el mundo estudiantil.

Orden de los Hermanos Menores

Estaba San Buenaventura en los diecisiete años; era el momento de cumplir la promesa que hiciera su madre y que él de tan buen talante había aprobado. Precisaba, pues, trocar la vida cómoda del siglo por la austeridad del claustro, y nuestro mancebo se entregó generosamente a la que entendía ser su verdadera vocación. Ingresó en la Orden de los Frailes Menores y, después de un fervorosísimo noviciado, dio desahogo a sus ansias con la profesión religiosa.

Pronto notaron sus superiores las felices disposiciones y cualidades eminentes del joven profeso; por lo cual determinaron, hacia el año 1242 probablemente, enviarle a la Universidad de París, en donde fue confiado a los cuidados del célebre Alejandro de Hales, llamalo el «Doctor irrefutable». Éste, considerando la pureza de Buenaventura, su gracia y modestia, y la suavidad de sus palabras, hablando de él solía decir: «Éste es un verdadero israelita en quien parece no haber pecado Adán».

Por aquel tiempo llegó también a París Santo Tomás de Aquino, con quien Buenaventura trabó muy pronto amistad tan íntima y santa, que parecía hacer revivir la que San Basilio y San Gregorio Nacianceno se tu­ vieran en Atenas. Ambos corrían, más bien que andaban, por las vías de la ciencia y de la virtud. Buenaventura pasó sin interrupción y con el más prodigioso resultado, de las escabrosidades de la filosofía a las excelsitudes y profundidades de la teología, reina de las ciencias.

Muy pronto se halló apto para resolver con exacta precisión las más intrincadas dificultades, por lo que resonaron en su honor los aplausos y alabanzas de toda la Universidad. Pero su única intención al adquirir conocimientos iba encaminada a la más rápida y perfecta inteligencia de sus deberes.

Las luces del estudio servían para hacerle avanzar con mayor rapidez y seguridad por las sendas de la virtud y para acercarle más a Dios. Empezaba siempre el estudio por la invocación al Espíritu Santo. La caridad consumía su corazón. Servir a los enfermos era su más dulce anhelo.

Cuidábalos con paternal amor y exquisita delicadeza haciendo caso omiso de la repugnancia natural. El valor para tan heroica abnegación hallábalo a los pies del Crucifijo, fuente inagotable de caridad. En vista de tanta virtud y de tan extraordinarios talentos no pudieron resignarse los superiores a que permaneciese nuestro Santo como simple lego y se propusieron elevarle al sacerdocio.

Convencido Buenaventura de que el deseo era voluntad manifiesta de Dios, pospuso toda repugnancia y temor, nacidos de su profunda humildad. y fuese a los pies del obispo para recibir la unción sagrada. Desde entonces el augusto ministerio de los altares, única y exclusiva preocupación de su espíritu, le absorbía por completo. Los ardores de su caridad inflamábanse más y más durante el Santo Sacrificio. Su corazón derretido en tierno amor a Jesucristo encendía en divino amor a los asistentes mientras celebrada. Hablaba de la Eucaristía con acentos arrebatadores.­

San Buenaventura, Doctor

Poco después, encargáronle sus superiores de explicar una cátedra en las escuelas de la Orden; pero su fama traspasó pronto tan cercados límites, y cuando Juan de la Rochela dejó su cátedra en la Sorbona, en el año 1254, Buenaventura, a la sazón de treinta años, fue designado para sucederle. Allí explicó las teorías de Pedro Lombardo, el «Maestro de las Sentencias», con tal abundancia de doctrina y tanta claridad, que más bien se le hubiera tomado por autor que por intérprete.

Empezaba la prueba de sus cuestiones por las Sagradas Escrituras, continuaba por la autoridad de los Padres y juntaba a ellas razones tan convincentes y sugestivas, que no daba lugar a la menor duda acerca de las materias por él explanadas.

De dónde sacaba tales conocimientos, él mismo nos lo dirá. Cierto día en que fue Tomás de Aquino a visitarle, preguntóle en qué libros aprendía la profunda doctrina que tan justamente en él admiraban. Buenaventura le enseñó algunos volúmenes que leía con frecuencia. Su amigo respondióle que también él manejaba igualmente aquellos libros, pero que no veía en ellos la rica mina que con tanta fortuna explotaba. Buenaventura entonces le señaló un crucifijo que sobre su mesa tenía y le dijo : «Esta es la verdad, la fuente de mi doctrina, de estas sagradas llagas fluyen mis luces».

Con justo título es conocido por «el Doctor Seráfico», pues sus enseñanzas tenían tanto fervor y fuerza, que al mismo tiempo llevaban a los espíritus la luz y la ciencia y a los corazones el fuego del amor divino.

Tan preciosas cualidades le valieron la más completa confianza del rey San Luis. Este piadoso monarca convidábale a menudo a su mesa y le admitía en sus consejos. Buenaventura ayudaba siempre con amable candor a su real amigo. A ruegos del rey mitigó la regla de Santa Clara para las jóvenes de la Corte que quisieran consagrarse a Dios e ingresar en la abadía de Longchamps.

No le impedían, sin embargo, sus innumerables ocupaciones, participar activamente en la lucha, tristemente célebre, que ciertos espíritus habían emprendido contra las Órdenes mendicantes. En esta lucha estuvo también al lado de Santo Tomás. Escribó dos opúsculos: Apología de los pobres y Pobreza de Jesucristo, para refutar las funestas y pérfidas impugnaciones de Guillermo de Saint-Amour y del maestro Gerardo de Abbeville.

Ministro General de la Orden

Mientras el ilustre Doctor prodigaba sus luces en la Universidad de París, la Orden de Frailes Menores era presa de disensiones intestinas, producidas, en gran parte, por las sospechas de herejía que con respecto al Ministro General, Juan de Parma, alimentaban algunos. Lamentábase principalmente el papa Alejandro IV de esta situación, y para esclarecerla convocó un Capítulo general, que reunió el 2 de febrero de 1257, en el convento de Araceli, en Roma.

El General dimitió; y, por deferencia, le rogaron sus Hermanos que escogiese un sucesor. Nombró sin vacilar a fray Buenaventura como el más indicado para dirigir la Orden Seráfica. Este nombramiento fue acogido con unánimes aplausos. El Papa lo confirmó y Buenaventura, a pesar de su resistencia e insistentes súplicas, tuvo que aceptar el cargo.

El nuevo General salió inmediatamente de París para Roma, donde su presencia era de absoluta necesidad, y emprendió, sin pérdida de tiempo, la tarea de apaciguar los espíritus. Dulzura sin debilidad, firmeza sin acritud, palabras impregnadas de suavidad y fuerza: tales fueron las armas que empleó para animar a los cobardes, estimular a los tibios y sostener a los fervorosos.

Gracias a esta conducta, volvió pronto la serenidad a los espíritus, y pudo nuestro Santo regresar a París. Visitó de camino todos los conventos sometidos a su jurisdicción, mostrando por doquier que no había sido nombrado superior sino para dar más perfecto ejemplo de humildad y de caridad.

Durante su estancia en París, desplegó Buenaventura prodigiosa actividad, que le permitió atender a sus múltiples ocupaciones sin perjuicio de los estudios personales. Y a Santo Tomás y San Buenaventura habían liquidado el pleito de las Órdenes religiosas y a las pasadas turbulencias habíanse sucedido la paz y la calma. Como prueba de reconciliación, brindóseles la borla del doctorado que previamente conquistaron en lucidos ejercicios. Aun hubo una pugna entre ambos santos por ver quién sería coronado primero; triunfó, por fin, la humildad de San Buenaventura al
conseguir, aunque a duras penas, que aceptara la primacía su compañero.

Después de este suceso acaecido el 23 de octubre de 1257, se retiró a Nantes para gozar allí de apacible soledad que le permitió escribir varios tratados. El año 1260 convocó, en Narbona, el primer Capítulo general de su mandato, en él se dio a las Constituciones de la Orden la forma definitiva, y se determinó escribir la Vida del seráfico San Francisco.

De allí pasó al monte Alvemia, con el propósito de vivir durante algún tiempo en el oratorio donde su bienaventurado Padre recibiera la impresión de las llagas. Su vida fue un éxtasis continuo, cuya sublimidad puede apreciarse en las páginas de la obra Camino para llegar a Dios, que compuso poco después.

Antes de salir de Italia, visitó en Asís los distintos lugares donde San Francisco viviera, y recogió informes de boca de quienes fueron testigos oculares de las maravillas obradas por el santo fundador. De vuelta en París en 1261, consagróse a su noble tarea con increíble fervor. Basta, en efecto leer la admirable Vida de San Francisco que San Buenaventura escribió, para notar que el autor poseía en grado eminente las virtudes que ensalza.

Tomás de Aquino fue cierto día a visitarle, y estando entreabierta la puerta de la habitación, viole en éxtasis fuera de sí y levantado del suelo, penetrado de admiración y de respeto, no quiso estorbarle y se retiró di­ciendo «Dejemos a un santo escribir la vida de otro santo».

Siervo de María

La ferviente devoción a la Madre de Dios dio San Buenaventura clarísimas e inequívocas muestras al principio de su generalato. Inmediatamente después de su elección puso su Orden y su persona bajo la especial protección de María; su vida fue una continua propagación de la devoción a la Santísima Virgen y todos sus escritos respiran el más puro amor y la más absoluta confianza en tan cariñosa Madre. En su Espejo de la Virgen describe maravillosamente las gracias, virtudes y privilegios con que María fue favorecida.

Compuso asimismo en su honor un Oficio que destila las más tierna efusión de un corazón amante y respetuoso. El Sumo Pontífice deseaba investirle con alguna dignidad eclesiástica para darle más autoridad. Habiendo vacado el arzobispado de York, en Inglaterra, Clemente IV, sucesor de Urbano IV, no encontró persona más a propósito para gobernar esta iglesia que Buenaventura. Sin consultarle, le nombró arzobispo el 24 de noviembre de 1265. Esta noticia sobrecogió al humilde religioso, que acudió espantado a echarse a los pies del Papa, para suplicarle que descargase sus débiles espaldas de tan pesada carga.

Tantas fueron sus instancias, que Clemente IV cedió, aunque a disgusto, ySan  Buenaventrua, conservado al amor de sus hijos, se dio de lleno a guiar­los por las vías de la santidad, más con ejemplos que con palabras.

Presidía todos los actos de su vida una profundísima humildad. Convencido de su indignidad, se abstuvo durante algún tiempo de celebrar el Santo Sacrificio; pero asistiendo una mañana a la Santa Misa y mientras meditaba sobre la Pasión de Cristo, desprendióse milagrosamente una parte de la hostia consagrada de manos del sacerdote y vino a posarse en labios del Santo. Este dulcísimo favor llenó su alma de celestiales delicias.

Cardenal y Obispo de Albano

A la muerte de Clemente IV, en 1268, reinó la mayor indecisión y desconcierto en el Colegio de los cardenales, para designar sucesor. La­mentábase toda la Iglesia, pues tan larga vacante, se prolongó por espacio de dos años y diez meses, cuando Buenaventura decidió poner remedio. Procuró que los cardenales se inclinasen hacia el piadoso Teobaldo, oriundo de Placencia, cuya elección tuvo lugar el primero de septiembre de 1271.

El recién electo tomó el nombre de Gregorio. Vuelto Buenaventura a París, reanudó sus trabajos. Fue entonces cuando compuso su Hexameron —Sermones acerca de los seis días de la Creación—, en donde se encuentra, rica y sentenciosa, toda la penetración de la sutil escolástica. Apenas hubo acabado esta obra, recibió un Breve de Roma, fechado en 3 de junio de 1273, en el que Gregorio X le nombraba obispo de Albano y cardenal de la Santa Iglesia.

Para que no pudiese oponer nuevos obstáculos, el Sumo Pontífice le intim aba la orden de aceptar y de salir inmediatamente para Roma. Al mismo tiempo despachaba dos nuncios que debían encontrarle en camino y entregarle, en nombre del Papa, las insignias cardenalicias.

Halláronle, efectivamente, en el convento franciscano de Muglio, cerca de Florencia. El General, que siempre buscaba los oficios más humildes, estaba ocupado, con varios de sus Hermanos, en fregar los platos. La llegada de los legados pontificios no le afectó lo más mínimo, pidióles permiso para continuar el trabajo y les rogó colgaran de una rama de árbol, que allí cerca había, el capelo cardenalicio que en aquel momento no podía tomar decentemente con sus manos. Los enviados accedieron a su deseo. Una vez que Buenaventura acabó su humilde tarea fue a rendirles los honores debidos a su dignidad.

La alegría de tan grata nueva distrajo a los religiosos hasta el punto de que dejaron pasar la hora de rezar Completas sin atreverse a abandonar a sus respetables huéspedes. Éstos no salieron del convento hastala tarde. Después, dirigiéronse los religiosos al refectorio, aplazando el oficio para después de la comida. No bien se hubieron sentado a la mesa cuando el General, a cuya atención nada escapaba, quiso saber si habían rezado Completas, ante la respuesta negativa, preguntóles cuál de los dos ejercicios debía prudentemente ser aplazado, y mandó suspender la co­mida para acudir al coro. A los religiosos gustó sobremanera tal proceder.

El Concilio de Lyon

Mientras transcurrían estos sucesos llegó el Papa a Florencia, donde le fue presentado San Buenaventura. Gregorio X le exhortó a sobre­ llevar con valor su nuevo cargo como príncipe de la Iglesia. El nuevo cardenal recibió la orden de prepararse para hablar en el XIV Concilio ecuménico que con el fin de estudiar una forma de unión entre las iglesias griega y latina, iba a reunirse en Lyón. Había sido llamado también Santo Tomás, pero falleció en el camino.

Hondamente preocupado por los nuevos deberes que el cardenalato le imponía y perfectamente compenetrado con los deseos y propósitos del Papa, entregóse Buenaventura a una tenaz labor. Una vez abierto el Concilio, dirigió las asambleas preliminares y planteó todos los extremos que se habían de estudiar. A la llegada de los embajadores griegos, tuvo primero que conferenciar con ellos, refutar sus objeciones y defenderse de sus argucias.

Su dulzura y la fuerza de su argumentación los subyugó de tal modo que acabaron por someterse a todo lo que les fue propuesto. La intensidad de estos trabajos habían acabado por debilitar una salud hasta entonces muy robusta.

San Buenaventura, sin embargo, cuidóse muy poco de ella. Asistió a la apertura del Concilio el 7 de mayo de 1274 y después del Papa dirigió la palabra a los Padres, reunidos en número de quinientos tomando por tema el Surge, Jerúsalem, «Levántate, Jerusalén, álzate a un sitio elevado, mira hacia el Levante y ve a tus hijos reunidos desde el Oriente hasta el Occidente».

La oportunidad y precisión del texto, junto con los encantos y fluidez de su elocuencia arrastraron los corazones. Pero se temía que ciertos intereses creados impidieran a los circunstantes ponerse de acuerdo. Como por milagro, pudo Buenaventura sostenerse todavía hasta la cuarta sesión del Concilio, a principios de julio.

Convenía, en efecto que el obrero del Señor gozase por un momento el admirable efecto de su obra. Durante la misa, después del canto del Credo, los griegos, de manera oficial, abjuraron el cisma, aceptaron la profesión de fe de la Iglesia romana y reconocieron libremente y sin restricción alguna la primacía del Papa.

Muerte de San Buenaventura

os incesantes y duros trabajos que, no obstante su debilidad, se había impuesto el Siervo de Dios, redujéronle a un extremo abatimiento físico, y aunque el espíritu pugnaba por seguir en su ardoroso esfuerzo, hubo de rendirse ante la enfermedad. No fueron los dolores corporales su tormento mayor. Devoto fervorosísimo del Santísimo Sacramento, hubo de privarse .de la Sagrada Comunión a causa de los continuos y violentos vómitos que le molestaban, y sólo encontraba lenitivo repitiendo de continuo sus comuniones es­pirituales.

Con el fin de complacer los deseos que multitud de veces expresara, llevaron a su cuarto el santo copón. No bien lo hubo visto cuando, reconcentró todas sus fuerzas, elevó fijamente sus ojos al Pan de los Ángeles, y arrebatado de fe y amor, suplicó al sacerdote le acercara el Sacratísimo Cuerpo de Cristo y lo pusiese sobre su pecho. Apenas la Sagrada Hostia hubo tocado el corazón ardiente de este serafín terrenal, penetró en su pecho dejando visible señal del milagro. Después de este divino favor, en una paz inalterable alzó nuestro Santo el vuelo hacia Dios. Era el 15 de julio de 1274. Tenía entonces 53 años.

Toda la Iglesia le lloró, pues en él perdía a uno de sus más valiosos y bellos ornamentos, un Doctor incomparable, que aprendiera mucho más de las revelaciones divinas que en sus estudios, y que supo traducir su ciencia al humano lenguaje con inflamado amor. San Buenaventura fue canonizado el 14 de abril de 1482, por Sixto IV. El 14 de marzo de 1567, Sixto V lo incluyó en el número de los Doctores.

Oración a San Buenaventura

Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, los senos más escondidos de mi alma con el suavísimo y saludabilísimo dardo de tu amor y de una verdadera y pura caridad, tal como la que llenaba el corazón de los Santos Apóstoles, a fin de que desfallezca y se derrita sólo en amor tuyo y en deseo de poseerte.

Que ansíe por Ti, que desfallezca en tus atrios, y que no aspire más que a verse libre para unirse contigo. Haz que mi alma tenga hambre de Ti, oh Pan de los Ángeles, alimento de almas santas, pan nuestro cotidiano, lleno de fortaleza, de dulzura, de suavidad, que a cuantos con él se nutren hace sentir las delicias de su sabor.

¡Oh Jesús a quien los Ángeles desean siempre contemplar, haz que mi corazón sin cesar tenga hambre de Ti, se alimente de Ti, y lo más profundo de mi alma sea regalado con la dulzura de tus delicias. Que mi corazón tenga siempre sed de Ti, oh fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la casa de Dios.

Que no ambicione otra cosa sino poseerte, que te busque y te encuentre, que a Ti me dirija y a Ti llegue, en Ti piense, de Ti hable y todo lo haga en loor y gloria de tu nombre, con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto, con perseverancia hasta el fin; y que Tú sólo seas siempre mi esperanza, toda mi confianza, mis riquezas, mi deleite, mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, mi paz, mi suavidad, mi olor, mi dulcedumbre, mi alimento, mi comida, mi refugio, mi auxilio, mi sabiduría, mi heredad, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija, firme y hondamente arraigada mi alma y mi corazón.

Amén.

San Buenaventura | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.