14 de Abril: San Justino, el filósofo


San Justino, el filosofo

San Justino, el filósofo  siguió íntegramente la auténtica sabiduría conocida en la verdad de Cristo, la cual confirmó con sus costumbres, enseñando lo que afirmaba y defendiéndola con sus escritos. Al presentar al emperador Marco Aurelio, en Roma, su Apología en favor de la religión cristiana, fue conducido ante el prefecto Rústico y, por confesar que era cristiano, fue condenado a la pena capital († c. 165)


Día celebración: 14 de abril / 1 de junio.
Lugar de origen: Flavia Neapolis.
Fecha de nacimiento: Año 100.
Fecha de su muerte: Año 165-168.
Santo Patrono de:


Contenido

– Introducción
– En busca de la verdad
– Las primeras escuelas Cristianas
– San Justino y sus perseguidores
– Cómo saben morir los cristianos
– Oración a San Justino


Introducción

En el año 72, dos después de la destrucción de Jerusalén, el emperador Vespasiano hizo reedificar la ciudad de Siquén, célebre por el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob. Llamóla Flavia Neápolis —hoy Naplusa— y la repobló con familias procedentes de Italia. En el seno de esa colonia romana nació San Justino, en los primeros años del siglo II, probablemente en el 103. Sus padres eran paganos y él dice de sí mismo que era un incircunciso.

Como casi todos los hombres de letras de aquella época, aunque exteriormente aparentaban adhesión al politeísmo, no tenían la menor fe en semejantes doctrinas. La razón humana había conquistado por fin la verdad de la existencia de un solo Dios, y las enseñanzas de los filósofos coincidían casi con unanimidad en ese punto. Además, aunque los miembros de la colonia romana de Neápolis apenas tenían trato con los habitantes de la región, no es probable que Justino ignorase en su infancia el monoteísmo y la moral de los judíos.

Dios, en su bondad, le había concedido alma recta y espíritu penetrante y ávido de saberlo todo. El deseo de conocer a ese Dios único fue su pasión, y para hallarlo pasó de una a otra escuela y de un filósofo a otro de los que entonces tenía más predicamento.

En busca de la verdad

Desde mis años juveniles —dice de sí mismo— me sentí dominado por un amor ardiente a la Filosofía. H e puse bajo la dirección de un estoico, pero después de haber estado mucho tiempo con él, me convencí de que no aprendía nada de Dios, cuyo conocimiento —según afirmaba— era inútil. Me separé de él para seguir a un peripatético, hombre de gran finura de espíritu, según propio parecer.

A los pocos días me habló de los honorarios que debía darle, para que sus lecciones fueran provechosas para los dos. No podía yo concebir cómo un alma tan baja fuese la de un filósofo, porque la sabiduría no se vende; y sin más me aparté de su lado.

Después acudí a un pitagórico de gran reputación y que también estaba muy pagado de su saber. Al exponerle mi deseo de ser discípulo suyo, me replicó:

—Perfectamente, amigo mío; pero ¿sabes la Música, la Astronomía y la Geometría? Sin esos conocimientos preliminares que desprenden el alma de los objetos sensibles, no podrás profundizar en los secretos de la Filosofía ni llegar a la contemplación de la belleza y de la bondad soberanas. Confesé ingenuamente que ignoraba esas ciencias, y sin más formalidades me despidió.

Quedéme grandemente decepcionado de mi desventura, y tanto más afligido cuanto que atribuía cierto mérito a aquel doctor. Pero como los estudios preliminares que de mí exigía tenían que ser necesariamente muy largos, no me sentí con suficiente valor para vencer tan dura prueba.

En la incertidumbre en que me hallaba, decidí acogerme a los platónicos. Había en mi ciudad un hombre de buen juicio y de los más distinguidos de entre ellos. Sostuve con él varias conversaciones que me aprovecharon mucho. De tal modo, que al poco tiempo me tuve por sabio y fui lo bastante necio para creer que inmediatamente iba a ver a Dios: porque la visión de Dios es precisamente el objeto de la filosofía de Platón. ¡Ilusión sublime, pero ilusión al fin! Justino quiere contemplar a Dios. 

No es un sofista que se entretiene en el placer intelectual que procuran los goces del raciocinio, es un hombre de acción que ama la verdad para practicarla. Oigamos sus palabras:

—Paseábame cierto día por la orilla del m ar y noté que un anciano seguía mis pasos. Era de majestuosa presencia y respiraba toda su persona gravedad y dulzura; al encontrarnos entramos en conversación. Desde las primeras palabras manifestó el anciano su desconfianza en la Filosofía, y por una serie de objeciones insospechadas que planteaban nuevos problemas insolubles para la razón, quebrantó la confianza del joven en sus maestros y le obligó a confesar que habían presumido demasiado de las fuerzas humanas.

—Todos los filósofos —dijo el anciano— se han extraviado en las sendas del error y ninguno de ellos ha conocido bien ni a Dios ni al alma razonable.

—Si ellos no pueden enseñarnos la verdad —exclamé entonces—, ¿a qué maestros debemos seguir?

—En tiempos muy remotos —contestó el anciano— y muy anteriores a los filósofos, hubo hombres justos y amados de Dios, que, inspirados por el Espíritu divino, vaticinaron cuanto ocurre en el mundo. A esos hombres se los llamó profetas. Sólo ellos conocieron la verdad y sólo ellos la anunciaron a los hombres.

Predicaron lo que de lo alto les fue revelado y sus escritos, que todavía poseemos, nos dan a conocer perfectamente la primera causa y el último fin de todas las cosas. Para establecer la verdad de las cosas no empleaban ni disputas ni sutiles razonamientos. Lo que infunde fe en sus palabras son sus predicciones ya cumplidas o que se van cumpliendo y los milagros que obraron. Realizaban esos prodigios en nombre de un solo Dios creador de todas las cosas y de su hijo Jesucristo, que debía venir al mundo según decían y que, en efecto, vino.

Y tú —dijo el desconocido al terminar— ruega con ardientes plegarias para que las puertas de la luz te sean abiertas, porque nadie puede comprender tales cosas si Dios y su Cristo no se las dan a entender.Dichas esas palabras desapareció el anciano y no se le volvió a ver.

Sentí entonces —añade Justino— que súbitamente se encendió en mi alma una viva llama y quedé prendado de amor a los profetas y a aquellos hombres amigos de Cristo; y, reflexionando sobre las palabras del anciano, hallé que aquella filosofía era la única verdadera y útil. Estudió los Libros Santos y su espíritu quedó iluminado; el valor moral del cristianismo le conmovió profundamente.

—Cuando era discípulo de Platón —escribe—, al oír las acusaciones lanzadas contra los cristianos y verles intrépidos en presencia de la muerte y de cuanto los hombres más temen, me decía que era imposible que viviesen en la maldad y en el amor a los placeres.

Justino ve de cerca a los cristianos y aprende a conocerlos, los admira y se convence de la energía que la fe les infunde para llevar una vida santa en medio de un mundo corrompido y para soportar con alegría los tormentos del martirio. Abraza con amor una fe que da tales prendas de inmortalidad y se hace bautizar. Tenía unos treinta años y era poco antes de la guerra de Barcoquebas (132-135).

Desde entonces llevó una vida austera y santa y, devorado por la llama del apostolado, consagró su vida a la enseñanza y a la defensa del cristianismo.

Las primeras escuelas Cristianas

Cuando los Apóstoles habían sembrado la buena nueva en una comarca, iban a otras conquistas; pero dejaban a sus discípulos más fervorosos e instruidos el cuidado de mantener la fe en los corazones. Los obispos, sucesores inmediatos de los Apóstoles, seguían instruyendo a los fieles. Más tarde los pontífices prepararon sacerdotes que enseñaban públicamente la religión cristiana y demostraban, por la razón, la falsedad y lo absurdo del paganismo. Así nacieron las escuelas cristianas.

San Justino no fue sacerdote, ni siquiera diácono; pero no se creyó por eso dispensado de enseñar.

—Todos los que pueden enseñar la verdad y no la enseñan —escribe Justino— serán juzgados por Dios… Nuestro deber —añade en otro paso— es dar a conocer a todos cuál es nuestra doctrina, para que no nos sean imputadas las faltas de los que pecan por ignorancia, y no suframos el castigo de ellas. Como me ha concedido Dios la gracia de entender las Escrituras, procuro hacer partícipes de esa gracia a todos, por temor de ser condenado en el juicio de Dios.

Revestido del manto de los filósofos, emprendió numerosos viajes, fundando por doquier escuelas a estilo de los platónicos y de los estoicos, predicando la verdad en toda ocasión y refutando sin tregua las objeciones que le presentaban los partidarios de las diferentes sectas filosóficas o religiosas. Al mismo tiempo se informaba de las creencias y cultos de los pueblos que visitaba, y los conocimientos e informes que en tal concepto nos ha dejado son también de amplitud y seguridad extraordinarias.

Hallamos primeramente a San Justino en Éfeso hacia el año 135. Allí, según se cree, escribió el famoso diálogo con el judío Trifón, maestro en Israel, a quien confundió con su ciencia de las Sagradas Escrituras, y a quien demostró con citas luminosas de los Libros Santos el cumplimiento de las profecías y la venida del Mesías en persona de Nuestro Señor Jesucristo.

De Éfeso pasó San Justino a Roma, en donde abrió una escuela junto a la cátedra de Pedro y en el centro de la idolatría, encima de los Baños de Timoteo, en el monte Viminal. Los cristianos iban a oírle para fortalecer sus almas y los paganos para probar de convencerle de error; pero cada respuesta de Justino era un victoria, y no pocas veces tuvo la suerte y la dicha de conducir a sus adversarios al camino de la salvación. Porque ése era su único fin: deseaba ardientemente la salvación de los hombres.

Ensebaba el cristianismo tradicional con gozo y ternura, para que a él se acogiesen los que, teniendo buena voluntad, eran débiles o se hallaban vacilantes. Sentía dicha infinita cuando, en sus admirables Apologías, podía mostrar la concordancia de la antigua sabiduría con las enseñanzas de Cristo.

Pero no bastaba a su celo el estrecho recinto de una escuela; ansiaba comunicar la verdad al mundo entero. Con ese fin escribió gran número de obras, de las que desgraciadamente se han perdido la mayor parte. Quedan todavía unas cuantas de tanto valor que ponen a San Justino en el primer lugar entre todos los apologistas del siglo II.

Es, además, el primer autor que intentó dar un esbozo de Teología.Y fue también el primero que, convencido de la fuerza conquistadora de la verdad y persuadido de que el cristianismo era perseguido por ser mal conocido, trabajó audazmente por poner de manifiesto a la luz del día los dogmas y usos de la Iglesia que hasta entonces habían quedado ocultos en la sombra misteriosa de las catacumbas. Por eso los escritos de San Justino son en extremo preciosos como testimonios de la fe, de la liturgia y de la vida cristiana en aquella época.

Sus tres obras principales son: la primera Apología, escrita hacia el año 150; el Diálogo con Trifón, en el 155; y la segunda Apología, por los años 166 ó 167, poco después del suplicio de algunos mártires. Apenas hubo recibido el Bautismo cuando dirigió un D iscurso a los paganos, cuyo objeto era justificar su conversión. Algún tiempo después escribió una Exhortación a los griegos. Además compuso un Tratado de Monarquía, o de la Unidad de Dios, y una Carta a Diogneto.

En el discurso dirigido a los griegos resumió los principales puntos de la moral y de los dogmas cristianos y, para hacer resaltar su superioridad divina, los comparó al tejido de mentiras y de infamias que constituían toda la religión de los paganos.

—Tal vez saquéis buen provecho de vuestros poetas y de las fábulas que cuentan de los dioses; pretendéis hallar la verdad entre los filósofos. Pero decidme: ¿quién puede entenderse en medio del laberinto de sus contradicciones? Ninguno de ellos ha logrado convencer a su contrario, ¡qué digo!, ni siquiera están de acuerdo consigo mismos. No merecen, pues, mayor crédito que vuestros poetas y sólo han servido para multiplicar los extravíos de estos últimos.

Abjurad, por tanto, de tan vergonzosas como ridículas creencias y venid a participar de una sabiduría que no puede compararse con ninguna otra. Nuestro Jefe, el Verbo Divino, que marcha delante de nosotros, no exige ni la virilidad de los miembros, ni la nobleza de la sangre, sino la santidad de la vida y la pureza del corazón.

La contraseña de este conquistador de almas es la virtud, arma maravillosa que doma todas las pasiones; de esclavos de la muerte nos hace inmortales, y de esta tierra nos transporta a un cielo mil veces superior a vuestro Olimpo. Venid, pues, a instruiros en esta escuela divina. Yo era lo que sois; sed ahora lo que yo soy. Tal es la fe, tal es el Verbo cuyo poder me ha subyugado.

San Justino y sus perseguidores

Al principio del reinado del emperador Antonino Pío, que subió al trono en 138, los cristianos fueron víctima de los más terribles suplicios, y la Iglesia sufrió cruelmente porque la sangre de sus hijos corrió a torrentes. San Justino salió en su defensa, y la voz elocuente del filósofo convertido elevó sus quejas hasta el trono de los Césares. Hízolo sin debilidades y no temió denunciarse a sí mismo firmando valerosamente su primera Apología.

En nombre de la justicia, reclama San Justino para los discípulos de Cristo el libre ejercicio de su culto, favor que Roma concedía a todos los pueblos. Después de demostrar la injusticia de los tormentos que se aplicaban a los cristianos, prueba el apologista la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, defiende a los fieles de todas las calumnias que les imputan sus enemigos y añade, dirigiéndose a los príncipes:

—Si nuestra religión os parece conforme a la razón y a la verdad, respetadla; si creéis por el contrario que todo es un tejido de futilidades, desdeñadla. En cuanto a nosotros bástanos haberos advertido: No evitaréis el juicio del Señor. Cualquiera que sea vuestra sentencia repetiremos siempre: Bendito sea Dios.

¿Impresionó al emperador este noble lenguaje? Tal vez muy poco. No obstante, en aquel reinado fue menos violenta la persecución y no pocas veces se quedaron olvidadas las leyes contra los cristianos. Pero la paz fue poco duradera, porque Marco Aurelio, que sucedió a Antonino Pío en 161, puso en vigor los edictos de muerte contra los hijos de la Iglesia.

Pretendía obligar a todos los fieles a sacrificar a los ídolos. Entre los cristianos surgió entonces un caso de conciencia pródigo en discusiones. Una mujer de mala vida, que se había hecho cristiana, intentó inducir a su marido a que la siguiese en la senda de la salvación, hablándole de los fuegos eternos reservados a los que viven en la incontinencia y la degradación, sin que lograse nada a pesar de sus esfuerzos.

Temiendo desde entonces participar de sus crímenes y de sus impiedades se separó de él. El pagano la denunció a los jueces, y la desgraciada mujer fue condenada a muerte por haberse apartado de la compañía de un hombre con quien no quería compartir la corrupción.

Ese crimen le sirvió a Justino de ocasión para escribir su segunda Apología, complemento de la primera, y la dirigió a Marco Aurelio. Los acentos de esta nueva defensa na eran menos enérgicos que los de la primera, pero no surtieron efecto alguno.Tenía el emperador por favorito a un filósofo cínico, Crescente, que por su mala vida y su avaricia, se hacía odioso a los mismos idólatras y era el que más acusaba a los cristianos de adúlteros, homicidas y de otros actos nefandos.

Había llamado a Justino varias veces a controversia pública y siempre había salido cubierto de vergüenza y confusión, quedando patentes sus mentiras y sus hipocresías, sin que nunca hubiese logrado coger en falta a su adversario. El pagano se vengó de tantas derrotas, haciendo encerrar a San Justino en un horrible calabozo.

Cómo saben morir los cristianos

Los seis confesores llamados Carito, Caritana, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano tuvieron el honor de compartir la cautividad y el martirio glorioso del ardiente defensor de la Iglesia. Ponemos el relato sacado de las Actas.

«Justino y sus compañeros fueron conducidos al tribunal del prefecto de Roma, Rústico.

—Sé dócil a los decretos de los emperadores —dijo el juez al filósofo cristiano— y ofrece incienso a nuestros dioses.

—Obedezco los preceptos de Cristo y nadie tiene derecho a obligarme a violarlos —respondió el intrépido confesor de la fe—. He estudiado sucesivamente en todas vuestras escuelas de filosofía y he abrazado la fe de los cristianos porque es la única verdadera, aunque tenga tantos adversarios cuantos son los esclavos del error.

—¡Miserable! —interrumpió el pagano—, ¿cómo te atreves a alabarte de profesar semejante doctrina?

—Sí, me glorío de participar de la religión de los que adoran a un solo Dios creador del universo y confiesan que Jesucristo, su único Hijo, vino a la tierra según la predicción de los profetas para salvar a todos los hombres, de los cuales él será Juez supremo en el último día del mundo.

—Dime, ¿dónde tenéis vuestras reuniones?

—Nos reunimos dondequiera que podemos; nuestro Dios está en todas partes y no se le puede circunscribir a los límites de un espacio cualquiera; aunque sea invisible, llena la inmensidad de la tierra y de los cielos; le adoramos en todas partes y por doquier cantamos sus grandezas y sus glorias. Esta respuesta no satisfizo al prefecto, que deseaba coger’de una sola redada a todos los sacerdotes y fieles de la Iglesia de Roma.

—Quiero saber —dijo— dónde se reúnen los cristianos en esta ciudad.

Pero Justino, lejos de denunciar a sus hermanos, se contentó con dar su propio domicilio:

—Vivo cerca de las termas de Timoteo; todos los que han querido venir a mi casa han recibido de mí la enseñanza de la doctrina, única verdadera, que profesaré hasta la muerte.

Rústico preguntó a todos los demás acusados si eran cristianos. Confesaron todos animosamente su fe. Y, dirigiéndose de nuevo a Justino, le dijo:

—Escúchame, pues, filósofo, cuya sabiduría y elocuencia tanto se ponderan: ¿crees seriamente que subirás al cielo cuando te haya hecho destrozar el cuerpo a fuerza de azotes y te hayan cortado la cabeza?

—Si tales son los suplicios que me reservas, espero merecer la recompensa otorgada a cuantos confiesan le fe de Jesucristo, y tengo la certidumbre de que la gracia divina me concederá eternamente los goces celestiales.

—Así, pues, ¿te imaginas de veras que irás al cielo?

—No me lo imagino, lo sé con certeza absoluta y no me queda de ello la menor duda.

—Basta ya de palabras —dijo el prefecto irritado—; se trata del punto capital: sacrificad todos a los dioses; si no obedecéis de grado, os forzarán a ello las torturas.

Tomó Justino la palabra en nombre de todos y dijo:

—Lejos de temer esos suplicios, queremos tener la gloria de sufrirlos en nombre de Jesucristo nuestro Señor; ese será nuestro inmortal honor en el tribunal de ese Juez supremo, cuando todos los hombres comparezcan ante Él. Los otros seis mártires contestaron unánimes:

—No sacrificaremos jamás a los ídolos. Entonces Rústico dictó la sentencia en estos términos:

—Por no haber querido sacrificar a los dioses ‘ni obedecer a los edictos del emperador, esos rebeldes son condenados según los términos de la ley a sufrir primero la pena de la flagelación y a ser después decapitados.

Los santos confesores fueron conducidos al lugar destinado a las ejecuciones. En el camino cantaban las alabanzas del Señor. «Después de haberlos azotado —dicen las Actas de los Mártires— , cortó su cabeza el hacha del lictor y sus almas volaron al reino de Cristo nuestro Señor, a quien se dé honor y gloria por los siglos de los siglos».

Sucedió eso hacia el año 165 ó 166, en los primeros del reinado del emperador Marco Aurelio, apellidado el Filósofo y que —según decía— ¡hacía diariamente el examen de conciencia! La Iglesia latina celebra la fiesta de San Justino el 14 de abril y la Iglesia griega el 1 de junio. León XIII extendió su culto a toda la Iglesia en 1882. San Justino es el patrono de las almas rectas, sinceras, decididas y valientes.

Oración a San Justino

San Justino | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.